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Full text of "Historia íntima de seis mujeres"

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Presented to the 

LffiRARY ofthe 

UNTVERSITY OF TORONTO 



PROFESSOR 
ALAN M. GORDON 




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INTRODUCCIÓN. 






\ 



TEODORO GUERRERO 



HISTORIA INTIMA 



• DE 



CUADROS SOCIALES. 



HABANA.— 1S5U. 

Imprenta lia Charanga, calle de S. Ignacio, 

núm. 117. 



Madre mía: 
~J //fOZíirA'.i/',. 

iíOio r¡M6 €¿6áo a ^íu ^ui/ua^^ e/jMvat gue /ía e/üt. 

' fiOf. /ta^cui/* afr/ti7}' 
'ft j y con {a tze^a, aue me i'ic/y ¿(cf/ticd.) '■ 
^'- ^'*^U9)uta't€¿ae¿, me encucníto ¿nó/uiaiü- 

-yfí(7^yf¿ <.)^( fiCto Aitece^tüitc dtcci attr //• /r 

Teodoro. 



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o (lo iuüo (ío ]; 



f- 





^■' • '' -^*c^M^< 



El café, esa planta indíjena que ha dado su 
nombre á tantos establecimientos de Europa, se to- 
ma en la Habana en familia. 

En la Habana no hay cuíes. 

La Dominica es una elegante confitería que se 
asemeja en la forma á los cafés europeos; pero ese 
ambiguo recinto, adonde nunca falta concurrencia, 
carece del sello característico que distingue al café- 
carece de vida propia/ 

Escauriza es solo un punto de parada. 

¡Bienaventurado el pais que no tiene cafés! 

Los cafés no han conseguido mas que divor- 
ciar á los dos sexos; ellos destruyeron las tertulias 
de confianza, separaron al hijo de famiha del ho- 
gar doméstico, al amante de su amada, al hombre, 
en una palabra, del cultivo de la buena sociedad. 

Y sin embargo, yo he perdido, como otros tan- 
tos, muchas horas de mi vida corriendo de café en 
café. 






.10:A*^v» 1^ 



Para conocer la corte basta ir algunois dias al 
Casino, trasnocharse en los salones, visitar los clubs 
y sobre todo estudiar la fisonomía de los cafés. 

En ellos se come, se bebe, se murmura, se gri- 
ta, se juega, se fuma, se conspira, se confeccionan 
duelos y se destruyen honras: — el café no es mas 
que un protesto. 

A fines del siglo pasado, si no me engaña la 
memoria, abrió un Mr. RoUin en Paris el primer 
establecimiento de esta clase, que escitó vivarmente 
la atención; sin el descubrimiento del Nuevo Mun- 
do, es decir, sin el café, el azúcar y el tabaco, no 
hubiera tenido su productiva idea Mr. Rollin y la 
humanidad hubiera ganado no poco. 

A imitación de Paris, Canosa abrió en Madrid 
su célebre botillería, que aun recuerdan nuestros 
padres con placer; en aquella taberna de buen to- 
no en-pezaron ellos á practicar las costumbres que 
hemos heredado en mayor escala. 

Los cafés en Madrid se cuentan hoy á cente- 
nares: cada uno tiene su concurrencia especial. 

Las exij encías locales del ornato público echa- 
ron por tierra el Gafé de Lorencini, que había ILiga- 
do á sfer un monumento histórico: este estableci- 
miento sui generis arrastraba una existencia inve- 
rosímil, por cuanto el aspecto de sus visitantes le 
puso el nombre popular con que se le conoció de 
Panteón de los cesantes; las clases pasivas que en 
aquellos tiempos vivían de milagro se reunían allí. 



-II - 

iiu liacienclo otro eonHumo ;il auo ([ue el (jue les 
permitía las do» ó tres casi hiix)t<^ticas pagas (juc 
alcanzaban, gracias á la exhausta situación que 
atravesaba el erario. 

Kste café se sostenia como sus concurrentes: 
allí no se hacia mas gasto quo el de la murmura- 
ción, alimento de todos los estómagos famélicos. 

También desapareció el Café nutro, que mu- 
rió ó por no poder sostener el adjetivo ó de plétora 
de revolución: en él se vivia en perpetua calentu- 
ra. Era un club lí puerta abierta en que ee con.s- 
piraba a gritos; las gentes tranquilas huyeron de 
aquel foco maléfico, y el café se cerró, dejando su 
nombre inscrito en algunos anales repugnantes de 
la política. 

Cervantes, el autor de una obra colosal cuyo 
título no es preciso citar, sufrió en vida mil con- 
trariedades; pero esto no fué bastante: después de 
muerto profanaron su nombi'e estampándolo á la 
puerta de un café que po^^ fortuna no pudo atraer 
concurrencia. Consagrado entonces el Café de Cer- 
vantes á la exhibición de animales sapientes y de 
mon#ruos, murió de inanición. — lí. I. P. 

En el Café del Príncipe entran todavía los neó- 
fitos de las letras con cierto temor y con algún res- 
peto; para ellos hasta el mozo sabe algo de nuestra 
literatura; y hay motivo fundado para creerlo así: 
yo he alcanzado en ese templo de las artes y de las 
letras al .Romo y después á Perico, sirvientes que. 



—12— 
elevados á la categoría de notabilidades, imprimían 
al café un carácter que del café mismo recibieron. 

En este local, llamado por unos el Parnasillo, 
y por otros TaherniUa de las musas, se reúnen hom- 
bres de letras y políticos distinguidos de todos co- 
lores, que solo allí fraternizan, porque allí se vive 
en familia y se estraña la cara desconocida del re- 
cien llegado; el público, eso que se llama público, 
no lo invade mas que en los entreactos de las fun- 
ciones del coliseo del Príncipe con quien se comu- 
nica. 

Este recinto tiene su historia que seria larga 
de contar: él inspiró á Moratin su comedia M Café. 
— No hace todavía dos años que concurría á aquel 
sombrío y poco confortable local un anciano, íntimo 
amigo de Inarco Gelenio, y se le veía todas las no- 
ches sentado á la misma mesa en que tomaba su 
copa con Moratin. — Su puesto lo respetaban todos. 

Del Café del Príncipe han brotado no solo 
nuestras glorias literarias, sino también casi todas 
las eminencias que han brillado en la esfera políti- 
ca en los últimos cuatro lustros. 

El elegante y espacioso Café del Iris Ic^inva- 
dio el comercio al por mayor y al por menor: allí 
los individuos representaban cantidades. El Bolsín, 
esa sucursal de la Bolsa, se situó en él para conti- 
nuar el juego fatal de tira y afloja que híf arruina- 
do á tantos incautos. 

Este café acaba de hundirse cuando estaba en 



i 



—13— 
' I verdes años: sin duda ha sucumbido al inso- 
portable pf-'sp de su conciencia. 

El que entra en el (Ái/é de Moraiin se asusta de 
la profanación que se cometió al bautizar con ese 
nombre respetable en la república literaria á un 
local visitado solo por toreros y gente de mal vi- 
vir. El lunes presenta una animación estraordina- 
riii después de }& corrida: allí se discurre sobre la 
torpeza de los diestros y se disputan palmo á pal- 
mo las glorias del redondel. 

La concurrencia del Oh., i , .^c J:J{HJttndd a to- 
en al úítimo tercio de la \nda: la gente tranquila 
va allí á saborear el buen cafó' con su poquito de 
^ política palpitante y á hacer hora para arrebujarse 
en las sábanas, gozando también en el billar con 
la habilidad de los héroes de carambolas y palos ó 
con la fortuna insultante (\e los c/t i rijfero.'-i. 

El Ga/é de R>nd)o, á pesar de su pésimo local, 
adquirió celebridad por su leche amerengada, como 
el de Levante por su chocolate: son dos cafés que 
viven de su reputación, mal 6 bien adquirida como 
todas las reputaciones. 

El recinto elegante de la Nueva Iberia ha cam- 
biado de fisonomía de algunos años á esta parte; la 
fashion que al bajar del Prado lo llenaba para pa- 
ladear sus escelentes bebidas lo fué abandonando 
á medida que lo invadieron las turbas revoluciona- 
rias.— Ya no es café; es un club: la tea de la discor- 
dia arde perpetuamente en el salón. 



—14— ♦ 

En la calle del Prado, á dos pasos de la plaza 
de Santa Ana, está el Gafé de Venecia; abrid paso 
á esos reyes de una noche que deponen su corona 
de oropel para vestir los andrajos del mendigo; á 
esos traidores de melodrama que arrojan el puñal 
y el coleto para vestir la casaca de Utrilla y ma- 
nejar por las calles la cafia de Indias; á esos seres 
que cuando sienten oprimido el corazón por una 
desgracia tienen que pisar la escena, obligados á 
divertir á un público exijente que paga. 

Ese hormiguero que pulula por la plaza y que 
ocupa las mesas del café son actores sin compañía 
que se reúnen allí para esperar ajuste.— El Café de 
Venecia es el mercado de los cómicos. 

No entréis en el Café del Recreo de la calle 
de Alcalá; allí el que entra pobre cree salir rico y 
sale arruinado; esa multitud de piedras que circu- 
lan de mesa en mesa os las presentan como la base 
del edificio de una fortuna; pero guardaos de alu- 
cinaros: esos pedruscos son un verdadero filón para 
los que comercian con la credulidad de los filarji- 
rios.— El Café del Kecreo es el sanedrín de los mi- 
neros. 

Si pasáis á las altas horas de la noche por la 
calle del Caballero de Gracia dirijid una visual á 
lo interior del Café de San José: esa concurrencia 
de aspecto sospechoso se esparce por las calles con 
la sana intención de dar el ¿quién vive? á vues- 
tro bolsillo. Los árales de la policía tienen regís- 



—10— 
s las glorias desús visitan tes.- jPaaad de pii- 

V como scriii interminable mi relación, me de- 
tengo por último en el elegante recinto de Matossi, 
' 'anconi y compañía. El Gafé iSnizo es el apeadero 

o los elcgimtes, el remJez-voit^ de la juventud cor- 
; sana y de los forasteros. 

La animación reina bicuipie en sus saloneg.. 
cada mesa presenta una fase distinta. AUi están 
contundidas las clases: los imberbes destrozan una 
reputación 6 se ocupan del último figurin al con- 
templarse en sus magníficos espejos; los militares, 
los literatos, los comerciantes, las damas, los polí- 
ticos, todos allí se mezclan, cumpliendo con la gran 
misión de matar el tiempo.-No llevan mas que una 
idea: hablar. 

Y kíiblan todos, como decirse suele, por los 
codos, frase cuyo oríjen es difícil encontrar. 

El Cate Suizo es el trono de la crónica es- 
candalosa y el^ mentidero público; en los dias en 
que están ajitados los ánimos por un motivo cual- 
quiera que afecte al interés general en él se recon- 
centra la atención. 

Para el viajero, en el Café Suizo se encierra 
Madrid; para los que viven en Madrid, el Café Sui- 
"> 'is una necesidad. 

En esos grupos está retratada la corte. La vi- 
^^^ los cafés es el daguerreotipo de Madrid. 

o busquéis en los cafés de la Habana el re- 



—16- 
flejo de nuestra sociedad; en la Habana se vive en 
el hogar doméstico, tranquilamente; se desconoce, 
por fortuna, esa ajitacion que trastorna los senti- 
dos y que arranca al hombre de su bufete y del es- 
tudio. El tipo áelflaneur es aquí una planta desco- 
nocida. 

La vida de la Habana está retratada en el 
muelle: el joven que por la noche se entrega al de- 
leitable movimiento de la voluptuosa danza del 
pais ha procurado por la mañana resolver el pro- 
blema de la vida, que es vimr. 

Aprende á trabajar para formarse tina .fortu- 
na y lleva en la mente inculcada esta gran máxi- 
ma de Franklin: el tiempo es plata. No pretende, 
felizmente para él, escalar el poder, ni se revuelca 
en el fango de la política, esterilizando su imajina- 
cion y gastando en balde sus fuerzas. 

Cuando el hombre ha atesorado en la Habana 
pone sus ojos en Europa; aquí se hace fortuna para 
alcanzar honores ó un puesto; allá se alcanzan ho- 
nores ó un puesto para hacer fortuna.- Aquello es 
mas lógico. 

No busquemos, pues, en nuestra nueva socie- 
dad esos cuadros íntimos que forman el agrupa- 
miento de los cafés en la viej^ Europa. 

Esto podrá no ser?a/eZ¿c¿(/cw¿,.^^eroamiell^^ •" 
lo es seguramente. 

¡Bienaventurado, repito, el pais que r'^^e 
cafés! 



f'^ 



<r\ 



II 



l'iui noclie dol último mes de marzo llovía cou 
fuerza y muchas personas se hablan refujladoen la 
Dominica, notándose ese niurmuUo'de cien conver- 
saciones que analizadas * '■ lolcn no dar una 
palabra de })rovechü. 

Yo me encontraba en el salón sin tener una 
mesa de qué disponer cuando seis amigos que ocu- 
paban itna en el ángulo de la izquierda me llama- 
ron para brindaínie con^ un puesto, que acepté al 
instante. 

La mesa de un café es siempre digna de estu- 
dio; y mucho mas cuando no se sientan á ella per- 
sonas de una misma clase y de las mismas aspira- 
ciones. 

Al ver la franqueza que reinaba entre nosotros 
se hubiera creido que estábamos ligados por gran- 
des vínculos de amistad ó por una idéntica posición; 
pero para convencerse de lo contrario me permiti- 
ré, usando la fórmula importada en la buena socie- 



—18— 
dad, presentar al lector k mis seis companeros de 
mesa. 

Yo liabia tomado asiento entre Eafael Guz- 
man y Julio Calderón. 

Guzman es un joven de veinticinco años, vivo, 
locuaz, de genio alegre, y muy á propósito para la 
plaza de gacetillero que hace tieftipo desempeña en 
uno de los diarios de esta capital; anda siempre á 
caza de noticias, entra, sale. Corre, no descansa, en 
una palabra: se le vé ahora en el teatro y luego en 
el baile y vá de un entierro á un bautizo y de una 
fiesta á un velorio. 

Rafael Guzman se reproduce, se multiplica; á 
veces hay quien asegura que está á una misma "ho- 
ra en dos sitios distintos: nada ignora de cuanto 
pasa, pues todos acuden á él como á un buzón que 
reparte después las noticias por conducto del diario. 

El redactor de la gacetilla es un pregonero; 
Rafael es uno de los hombres mas importantes de 
la Habana; asi como antes no había función sin ta- 
rasca puede decirse que hoy no hay función sin Ra- 
fael: la primera papeleta de convite es para el ga- 
cetillero, pues todo el mundo rinde ya culto al de- 
monio de la publicidad. 

Julio Calderón tiene cinco anos mas que Ra- 
fael: no necesita el lector mas que fijar en él la vista 
para conocerlo: sobre los hombros de su flux rayado 
lleva dos presillas. 

Calderón no cambia esas dos presillas por el 



10- 
baston de un alcaUle mayor; su cntusiaBmo \x)r h 
carrera militar no tiene limites y pi-.-ri..-.' "vmdar 
su compañía á gobernar un reino. 

Calderón cumple estrictamente oou ios (k'l)O- 
ros imperiosos del servicio militar, sin que por v>:o 
(k'jc dt^ \ ( rsele siempre en el teatro y en los bailes 
y en cualquier punto donde haya <iue correr un;i 
rumhiintda; allí despU'-;i su buen humor y manda 
siempre en jefe. 

La vida para ól es una serie de emociones que 
lo sostiene: en teniendo t||gunas horas para su so- 
la/, una copa de buen cognac para hacerse el terne, 
un amor en activo servicio, dos ó tres de rcempl.i- 
zo y cuatro ó cinco que forman su cuadro de reser- 
va, nada teme ni del > 

Calderón seria feiiz si su oaiallon no tuviesr 
comandante, ni su regimiento coronel-, los ascenso- 
que tafdan lo atormentan. 

. Al lado de Calderón está don Serapio Martí- 
nez saboreando con cierta fruición un sorbete; es 
hombre de mas de cuarenta anos y en el descui- 
do de su traje y en su fisonomía lleva retratada la 
poca importancia que dá á las esterioridades del 
mundo. 

Don Serapio es un comerciante inmensamente 
rico; se ha labrado su fortuna con el trabajo y para 
él no hay nada en la vida que no se compre y se 
venda: el oro es para él el dios del siglo y el rey del 
mundo. 



—20- 

Adora el becerro de oro como el único ídolo á 
que debe rendirse culto; ama al dinero por el dine- 
ro y no por los placeres que puede proporcionar. 

Dice como el comerciante de Bretón: 

"Cinco y tres ocho y dos diez; 
quito nueve: una me resta; 
toda mi doctrina es esta: 
sépalo usted de una vez." 

Don Serapio no es mn hombre vulgar, pero es 
un avaro. 

El licenciado Tellez que está junto á Guzman 
es un joven, muy grave en el foro que le ha pro- 
porcionado una reputación, pero muy alegre en el 
circulo de sus amigos: hay en él dos entidades: el 
hombre de ley y el amigo.— Yo prefiero el segundo. 

Kespeta á sus afecciones como nadie, pero no 
se para ante ningún medio para enredar un nego- 
cio que se le confia: ha obtenido el calificativo de 
travieso y esto es mucho para el vulgo por mas que 
no hable muy en favor de su honrosísima carrera. 

Yo aprecio mucho á mi amigo Tellez, pero 
tengo miedo al licenciado. 

Las otras dos personas que completan nuestro 
grupo son Fernando Peña y Alfonso Ulloa. 

Peña es un dandy que en sus maneras y en 
el corte de su traje revela al hombre de mundo que 
ha corrido aventuras y que es siempre superior en 



—21— 

cualquiera clase de reunión adonde se encuentra. 
Peuíi, que no tiene otros cuidados que el de su ca- 
pital, gasta alegremente los treinta mil pesos que 
le renta, y hoy está en la Habana y mañana vá á 
Europa por el placer de viajar: puede decirse que 
con poco mas de treinta años ha dado la vuelta al 
mundo. 

Tambi(Mi I Iloa im viiijauo; pun) de oficw: 
Ulloa es alférez de navio; franco y alegre, como to- 
dos los marinos en tierra, Ulloa trata con la misma 
cordialidad á cuantas personas encuentra y deja 
simpatías en cuantos puertos abandona. 

En cada puerto tiene una pasión que le hace 
sentir dejarlo y desear volver á él; pero con el aire 
fresco de la mar y el servicio olvida á la mujer que 
deja para acariciar el recuerdo de la que va á en- 
contrar en la playa que lo espera. 

Las pasiones de los marinos son violentas co- 
mo las tempestades del océano; pero su alma está 
avezada á la lucha y casi siempre triunfii sin zoz/y- 
hrar. 

Ahora que el lector conoce á mis seis compañe- 
ros y como acaso me conozca también, diga qué lazo 
de simpatía cabe entre siete individuos tan opues- 
tos en posición y en caracteres. Y sin embargo, rei- 
nó entre nosotros una cordialidad sin límites: no 
temo decir que los siete nos queríamos mucho, con 
ese cariño que en la sociedad hace íntimos k los in- 
dividuos, sin necesidad de quilatarlo. 



—22— 

Hablamos de todo lo que no nos interesaba, es 
decir, de esas cosas que se llaman de interés gene- 
ral; discurrimos sobre el estado de la plaza, char- 
lamos sobre las últimas noticias de Europa y dis- 
putamos sobre la lucha entablada por los partidos 
en el teatro de Tacón acerca del mérito de las dos 
tiples, lucha que iba tomando colosales proporciones. 

Peña se esforzaba por convencer á Ulloa de 
que el hel canto es mas apreciado en Europa que el 
canto dramático, cuando sin concluir su peroración 
se levantó dejando al contrario sin la réplica. 

Todos volvimos la cabeza para saber- lo que 
motivaba aquella evolución de Peña y le vimas lle- 
gar á una mesa y tender la mano á un joven que 
la ocupaba. 

A los seis nos llamó la atención el aspecto de 
aquel recien llegado que debia ser nuevo en la Ha- 
bana por cuanto ninguno le conocia. Era un joven 
de unos treinta años, alto, esbelto, delgado, escesi- 
vamente pálido y de una fisonomía interesante. 

Al ver llegar á Peña aceptó su mano, pero con 
un movimiento que revelaba si no indiferencia por 
la persona, á lo menos un desvío significativo: ha- 
bía cierta vaguedad en su mirada que retrataba el 
dolor en lucha con la impasibilidad. 

Peña se sentó al lado del joven pálido, que, 
apoyada la mejilla en la mano izquierda, apuraba 
de un trago la copa que tenia delante, volviendo en 
seguida á llenarla. 



—23— 
No so porqué los seis teniamos la vista fija eu 
aquel hombre y. seguímos en silencio el movimien- 
to (le 8U brazo, f'f^^ixx-'io i,.,ttn f..,,» ;ipnr<> hi bo- 
tella do rom. 

Apenas vació en su e.-itómago la última gota, 
arrojó un doblón sobre la mosa, estrechó la mano 
de Peña y sin decirle una palabra mas salió del 
café. ' 

— ¡Cáspita! esclamó Calderón al ver llegar á Pe- 
ña; sabes que ese mozo es capaz de habérselas con 
un mosquito; lo mismo traga rom que agua. 

— tlse modo (le beber, auadió Raíael, envuelve 
un misterio. 

— Ese modo de beber, interrumpió el licenciado, 
es criminal. 

— Ese modo de beber, dijo Peña sentándose, en- 
cierra la desgracia. 

— Ya lo habia adivinado yo, repuso don Sera- 
pio; ese joven se arruipara pues paga á doblón las 
botellas do un mal agiiardiente. 

—¿Quien es ese individuo? pregunté. 

— Un desventurado, me contestó Peña; lo cono- 
cí en San Petersburgo. 

— ¡ Debe ser rico! esclamó don Serapio. 

—Julián de Figueroa es muy rico. 

— Entonces no es desgraciado, dijo el gacetillero. 

— Muy desgraciado! 

— ¿Ama por ventura? 

— Tiene una mujer muy linda 



—24— 

— ¡Ba, ba! te haces ilusiones, repitió Guzman en 
el mismo tono; un joven de buena figura, rico y con 
una mujer bonita no puede ser infeliz: yo quisiera 
tener todo eso para reirme del mundo. 

— Serias tan infeliz como él. 

— ¡Quiá! dijo don Serapio riéndose; la felicidad 
consiste en tener dinero. 

— Y en gastarlo, añadió Rafael. . 

— Los dos se equivocan, repuso Peña; que lo di- 
gan si no mi amigo Julián de Figueroa y Mercedes, 
su mujer. 

— ¡Escepciones! pregúntalo á mi amigo Barreda y 
á Emma. 

— No los conozco. 

— Barreda despejó la incógnita; la felicidad es en- 
contrar una mujer bonita y -rica. 

— Eso no, interrumpió el licenciado; porque pue- 
den desmentir á usted mi cliente Federico Rosales 
y Belén 

— ¡Siempre escepciones! 

— El mundo, amigo mió, dijo Uiloa, está lleno 
entonces de escepciones. 

— Yo creo, dijo Calderón, que seré feliz cuando 
pesque la faja; no hay felicidad mas que en la po- 
sición social. 

— Tampoco lo creo, añadió don Serapio; si hu- 
biera usted conocido á Virginia, mujer de mundo, y 
á su amante veria usted que eso no es tan cierto. 

— La felicidad consiste en encontrar una mujer 



—'¿o— 

lionnos;' nuf líos (íiu«.'r;i, sea poln'o t» 

— ¡Ahí no, dijo Caliiorou beljiéndosc otra copa de 
cognac; mi pobre amigo el teniente Curios Diaz tro- 
pezó con Tula y compro á bien caro precio su en- 
cuentro. « 

— ¿Cree usted acaso, señor publicista, dijo ülloa 
11 Rafael, que la gloria proporciona la felicidad? 
—Para el que tiene alma de artista puede ser. 
— Pues yo he conocido á la cantante Rosario, que 
podia llenar un almacén con sus laureles, y era bien 
desgraciada. # 

— Señores, dije yo que hasta entonces habia i)er- 
manecido callado; veo que ustedes ng se entienden 
y que no es posible fijar el tipo de la felicidad; yo 
me encargo de aclarar ese misterio. 
— ¿De qué modo? preguntaron todos. 
— Acaban ustedes de nombrar á seis mujeres: 
íkleiiy Emmay Tiila^ .^osario, Mercedes y Vh-rfinia. 
Por ]o que de las palabras se desprende, cada uno 
de esos nombres encierra una historia, que por pue- 
ril que sea me hace ahpra al caso. 

— No te comprendo, dijo el gacetillero. 
— Ahora lo sabrás; hace tiempo que tengo con 
uu editor compromiso de escribir un libro v mu 
falta el asunto, lo cual no sé si es muy necesario 
liara escribir un libro. 

— Eso es lo de menos, esclamó Rafael. 
— Sin embargo', ya temro libro: pero me \«'(» (ti>li- 
•1 



•—26— 
gado á exijir de los seis que me escriba cada cual 
la historia de una de esas mujeres. 

Puso don Serapio repugnancia^, pero pude con- 
vencerlo y mis seis amigos me dieron formal pala- 
bra de mandarme pronto el manuscrito. 

Y, cosa rara, todos cumplieron su oferta. 

He aquí, pues, el orijen de este libro. 



III. 



E^ lector rae permitirá que le dedique algunas 
lineas: quiero tanto á mis lectores que me gusta 
platicar con ellos. 

IIal>lemo«, pues, del libro (\no doy á la es- 
tampa. 

jiiSLc iii'iu iiu c-> iiiiiL xiu\*-iii, «i.-i. iv_ O tor queri- 
do, no encontrarás en sus páginas enredo, ni inci- 
dentes dram4ticos, pi escenas violentas, ni n.ada 
sobrenatural. . 

'Forman este volumen unos cuadros Íntimos 
arrancados de tu casa y de la mia y de la del ve- 
cino; no se esconden en sus hojas el puñal ni el ve- 
neno, pero si lágrimas y sonrisas: y no de esas son- 
risas y esas lágrimas que se ensa3Mn al espejo^para 
buscar un efecto: si se representa un drama, se re- 
presenta á puerta cerrada; si hay comedia no tiene 
público: todo es natural. 

• En unos cuadros sencillos que no se han in- 



—28— 
ventado para conmoyer, no hay derecho á exijir 
mas: los resortes que se tocan para herir la fibra 
de los lectores no han estado á mi disposición. 
Trasmito integras las relaciones que con el nombre 
de historias debo á la complacencia de seis amigos. 

"El estilo es el hombre" decia un poeta: y aquí 
está bien justificado: cada uno de los narradores ha 
puesto un sello especial á su relato. No cargo, pues, 
con culpas ajenas. 

Si hay ideas exajeradas suyas son; si hay mo- 
notonía en los cuadros cúlpese á la verdad, que no 
arroja siempre tintes dramáticos en las horas de 
nuestra existencia. 

Buscar el tipo de la felicidad ha sido mi idea; 
no se me tache de visionario: yo no he buscado 
mas que el tipo; la humanidad entera consume su 
vida en buscar la felicidad misma. 

Ergo, la humanidad es mas visionaria que yo. 

Esos cuadros que doy á continuación son un 
pequeño croquis del gran cuadro del mundo, que es 
imposible copiar. 

Porque el mundo es un cuadro jigante traza- 
do por el sublime pensamiento del Criador y deli- 
neado por el magnífico pincel de la naturaleza. 

Su conjunto es el caos, pero sus detalles son 
la verdad. 

El pintor no tiene en su paleta la luz ni pue- 
de animar á sus figuras. 

El mas hábil piíjtor no es mas que un pobrí- 



» 

simo copiante: el misterio de la naturaleza solohro- 
t!i del dedo de Dios. 

Tus sensaciones de placer ó de dolor nu las 
iiallaraR reproducidas en ningún libro del mundw-. 
ño hay pluma que retrate tus emociones oomo no 
iiay flaguerreotipo que traslade, por ejemplo, la 
mirada de ariior que penetra fu alma y te con- 
mueve. 

El lector no ^u.sLii dv. la \«.iu.iu ^v,i.iv> i.^ .-ci 
sobrenatural: quiere salir del círculo en que vive 
aprisionado y hallar en las pajinas del libro que re- 
corre, lo inverosímil: 1<» iiivn.^íniil es ol iwwm.im «le 
la imajinacion. 

Si no buscas la verdad, arroja mi libro; nada 
líuy en él de nuevo. He copiado escenas sencillas 
para -resolver vm problema qpie, sin embargo, está 
ya resuelto. 

¿Existe el tipo de la felicidad? 

;La felicidad que aí^^eña el hombre es la que 
alcanza? 

Vamos á verlo. 



HISTORIA PRIMERA. 



EMMA. 



RELACIÓN DEH/ GACETILLERO. 



:e:i^JsKA.. 



"Un artista notable. — En el vapor-correo de 
España ha llegado á la "Habana el distinguido piar 
nista andaluz don Eusebio Barreda que con su ha- 
bilidad adquirió una reputación envidiable en Es- 
paña y en algunas capitales de Europa. Bienvenido 
sea el artista á este pais que tan bien acoje á los 
que brillan por su talento." 

Estas líneas que en febrero de 1857 vieron la 
luz en las columnas del diario de que soy humilde 
gacetillero forman la primera pajina de la historia 
que voy á referir. 

5 



—34— 

Eusebiq Barreda era un buen muchacho que 
me recomendó un paisano mío; un joven ganoso de 
gloria y de fortuna, pero de una fortuna que pre- 
tendia adquirir con su talento; tocaba el piano con 
bastante destreza y abandonó el rincón de Málaga, 
convencido de que los aires de provincia son pesa- 
dos para tender el vuelo con las alas del genio. 

Barreda se trasladó á Madrid, soñando laure- 
les y riquezas, que creyó eran allí la cosecha del 
talento; cultivó algunas amistades, se introdujo en 
los bastidores de los teatros para familiarizarse con 
los dispensadores de reputaciones y gastó su esca- 
sísimo patrimonio sin conseguir que le oyeran. 

Como solo tocó en pequeños círculos no alcan- 
zó que la prensa proclamase su nombre: la prensa 
que tanto habia enaltecido á Listz y á Gottschalk 
y á tantos otros estranjeros no tuvo algunos ren- 
glones para aquel compatriota que llamaba humil- 
demente á las puertas de la atención pública. 

Verdad es que Ensebio Barreda no era Gotts- 
chalk ni Listz, pero lo mismo hubiera sucedido á 
valer tanto como ellos. Lo diíicil en el edificio de 
las reputaciones es poner la primera piedra. 

Y el pobre Eusebio no tuvo en Madrid un ami- 
go que se encargara de imponer silencio á las gen- 
tes para hacerles oir las vibraciones de las cuerdas 
de su piano, imponiéndoles al mismo tiempo su mé- 
rito, fuese ó no verdadero. 

Eusebio que soñaba laureles y riquezas vio pa- 



sar los meses y con ellos «us pobres recursos. — No 
será necesario decir que la desesperación se iba apo- 
derando de su ánimo y que la melancolía lo domi- 
naba. 

¡Es tan triste creerse águila y no tener hori- 
zonte para remontarse! 

Su amor propio sufria doblemente: deliraba 
como todo el que tiene alma de artista por los 
aplausos, y olvidando ya sus ideas de fortuna, solo 
buscaba un público, un público que le oyera. — Pa- 
ra él oirle y aplaudirlo era una consecuencia no du- 
dosa. 

Cuantió encontraba un gentío amontonado pa- 
ra ver un espectáculo cua^uiera, se acordaba de su 
piano y tenia envidia hasta al ciego que por las 
calles conseguía con su destemplada bandurria reu- 
nir un centenar de personas. 

Ensebio nunca tuvo un público á su disposi- 
ción y hubiera dado en el suicidio 6 en la demen- 
cia á no haber tropezi^o con el amigo que después 
me lo recomendó. Este amigo, interesado en su suer- 
te, le señaló con el dedo en el mapa la isla de 
Cuba. 

Los ojos de Ensebio se dilataron: Cuba es to- 
davía para muchos una especie de Jauja; dio gra- 
cias á mi amigo por su luminosa idea, recibió de él 
varias cartas de recomendación amen de algunos 
recursos y se lanzó á cruzar el océano proceloso, en 
busca no solo ya do un público, sino de una fortu- 



-^se- 
na. Los sueños de Eusebio se despertaron al poner 
el pié en el Nuevo mundo. 

Dos dias después aparecía en el periódico la 
gacetilla con que encabecé mi relación. 

Veo bien que puede dirij írseme un cargo jus- 
tísimo, pero nunca me arrepentiré de las líneas con- 
sagradas á Eusebio: esas mentiras son pecados ve- 
niales de la prensa. 

Verdad es que Eusebio no habia adquirido una 
reputación envidiable en España y mucho menos en 
otras capitales de Europa, adonde nunca estuvo; 
pero Eusebio me liabia entregado una carta eficaz 
de recomendación, liabia simpatizado conmigo y ne- 
cesitaba que le abriesen una puerta para entrar con 
tambor batiente: la intención disculpa mi flaqueza. 

Aquellas líneas trastornaron la cabeza de Eu- 
sebio; después de verlas en letras de molde se ol- 
vidó de sus pasados tormentos y hablaba ya de su 
reputación, como si lo que yo habia escrito, por es- 
tar impreso, fuese un hecho consumado; fácil es 
comprender que necesitándome procuró estrechar 
conmigo los lazos de la amistad, y lo consiguió: soy 
impresionable y mas con las personas que me de- 
muestran cariño. 

En el periódico saqué á relucir varias veces á 
Eusebio Barreda, y el público empezó á familiari- 
zarse con aquel nombre, convenciéndose de que de- 
bía ser una notabilidad cuando un diario lo pro- 
clamaba tan frecuentemente. 



—37- 

L:i prensa, ese poder que parece haber perdi- 
do su prest ijio para ciertas jen tea, es y será siem- 
pre poder pura el vulgo; la prensa, como la escena, 
tiene sus misterios que imponen, aun 4 los que vi- 
viendo en medio de ellas ven de cerca los bastido- 
res y bambalinas con que se engaña u la imaj ¡na- 
ción. 

Y es menester convencerse; la gran potencia 
en el periodismo no se encierra en el artículo de 
fondo; la gran ¡jotencia és la gacetilla. 

Los genios de gacetilla pululan por el mundo; 
¡cuántos se han levantado sobre ese pequeño pe- 
destal! 

La gacetilla es un arma oíeii.-ixa \ viciciioivct 
que hiere como el puñal: de un solo golpe; es tam- 
bién un incensario magnífico porque el humo llega 
á todos; ¿quión no lee la gacetilla de un diario? 

Soy un mozo que tengo una reputación colo- 
sal en Cuba; mis obras no están impresas en volú. 
menes, pero están impr^as en la mente del vulgo; 
debo tcLer en la cabeza muchos libros, pero me 
guardaré bien de escribirlos y si arrastrado por el 
instinto los escribiera, no cederla á la debilidad de 
darlos á la estampa. 

Mis ideas se encierran en un corto número de 
líneas que el público lee y repite: tengo un públi- 
co numeroso que me lea y me señale con el dedo. 

Los célebres autores contemporáneos han ne- 
cesitado escribir muchos libros para adquirir una 



—38— 

reputación que he conquistado con pequeñas dosis 
literarias que suministro diariamente al público 
inocente que lee, y sobre todo que paga lo que lee. 

¿No vale un pensamiento de Pascal ó un apo- 
tegma de La Bruyére tanto como todo un libro de 
Kousseau? 

Pues he ahí mi sistema: yo no soy La Bruyére 
ni Pascal, pero soy el gacetillero de mi diario, y 
estoy seguro que la hija de mi vecino y el bode- 
guero de la esquina me leen siempre con gusto y 
me conocen más que á esos pensadores sublimes. 

Si no paso á la posteridad será porque no de- 
ba pasar, pero eso no quitará la importancia á la 
gacetilla. 

La gacetilla es la homeopatía de la literatura: 
el pensamiento suministrado en cantidades infini- 
tesimales es un gran principio. 

Vosotros los que pretendéis vivir de vuestra 
reputación, ¡rendid holocausto á ese primer escalón 
de la fortuna! 

El artista que ejecuta con su voz 6 su instru- 
mento una obra maestra, el actor que interpreta un 
papel, el escritor que publica un libro, todos,, hasta 
el comerciante que quiere vender su mercancía, 
me aprietan la mano al encontrarme: aquel apre- 
tón de manos es un aviso: llama á las puertas de 
mi diario para pedir un poco de incienso. 

Y gracias que no fabrico reputaciones á tanto 
por línea como en otros países: guardo mi indepen- 



—30— 
dencia. La prensa aquí no es una mujer perdida 
que vende sus halagos: conserva todavía su pudor. 
Por eso al elojiar á Barreda habré cedido á 
una flaqueza disculpable, pero nadie teñirá mi ros. 
tro con el carmin de la vergüenza. 



II 



Mi idea no fué estéril por fortuna. Ensebio 
Barreila se fué infiltrando en la sociedad y realizó 
la primera parte de su sueno: encontró un público. 

El Liceo le abrió sus puertas, y la concurren- 
cia le prodigó esos aplausos que exije la galantería 
de buen tono que nunca hace distinciones marcar 
das. Eusebio vio un horizonte sin límites con la óp- 
tica de la imaj ¡nación (jue abarca un espacio infi- 
nito, y se arrulló con ese murmullo deleitable que 
para él era el eco de una reputación no lejana. 

Eusebio era un joven distinguido, y de no vul- 
gar instrucción; poseía algunos idiomas y bailaba á 
la perfección; su carácter comunicativo, su habili- 
dad en el piano y su bella figura le abrieron todaa 
las puertas: Eusebio era uno de esos hombres que, 
según el decir de las j.entes, tiene partido. 

Eusebio contaba solo veinticinco años; era ul- 



_40— 
to, esbelto, con unos magníficos ojos meridionales 
y unos suaves bigotes negros que llevaba retorci- 
dos: indudablemente habia en las lineas de su ros- 
tro algo que cautivaba. 

Pero el joven artista que rendia en su alma 
el primer culto á la gloria forjaba de continuo de- 
lirios que acariciaba, y era en balde que le presen- 
tase yo la realidad: creia mas en sus sueños que en 
mis palabras. 

La mujer era para él un objeto de cariño, pe- 
ro secundario; estaba dispuesto á amar á todas las 
que veia con ese ardor del mediodía, pero sus im- 
presiones eran pasajeras: á pesar de que conocía la 
superioridad de su físico hubiera despreciado á la 
mujer que en una pasión no se sintiera arrastrada 
hacia él mas por su talento que por su figura. 

Esta debilidad era una belleza del alma de 
Eusebio que me encantaba. 

Al mes de tratarnos hablamos estrechado tan- 
to los lazos de nuestra afección que vivíamos jun- 
tos, dispuestos á no separarnos. Sosteníamos nues- 
tra modesta habitación, yo con el escaso producto 
de mis gacetillas, y él con algunas lecciones que iba 
adquiriendo. 

Una tarde, después de comer, nos mecíamos 
muellemente en los columpios, fumando, y viendo 
yo que se encontraba en una de sus enajenaciones, 
le dije: 

— ¿En este momento atormentas el porvenir? 



-41- 

— No, me contestó saliendo de su estupor, vivia 
en lo presente. 

— Es estrafío. 

—Estaba trayendo á mi mente el cuadro de nues- 
tra situación. 

—¡Qué ganas tienes de perder el tiempo! esclamé. 

—¿Porqué? 

—Porque el hombre debe dejarse arrastrar por 
su suerte, siempre con la vista en lo porvenir ali- 
mentando la esperanza, ó con los ojos fijos en lo pa- 
sado acariciando un recuerdo. 

— Me norprende oírte hablar así! 

— Lo presente, querido Eusebio, no existe; lo 
presente no es mas que un minuto que desaparece 
para entrar en la esfera de lo pasado. El horizonte 
que se abre ante nuestros ojos es inmenso y nadie 
sabe lo que le está reservado en ese espacio que mi- 
ramos con avidez. 

— ¡Ay, Raíiiel! ¡si yo realizara mis sueuos de glo- 
ria seria feliz! ^ 

— Después de realizarlos querrías ir mas allá: no 
hay límite para el deseo. 

— La gloria 

— La gloria es un cuervo astuto que se viste con 
las plumas del cisne, y es diñcil atraparlo. 

— ¡Siento acá en mi alma algo de grande! 

— Sí: tienes ambición de riquezas que pretendes 
adquirir con tu talento: ese problema ya está re- 
suelto por la humanidad. 



-42- 

— ¿En sentidonegativo? 

— Justamente. 

— No lo creo. 

— Haces mal. También tengo ambición, pero te 
juro que aceptaría el resultado de cualquier parte 
que viniera; lo que importa es atesorar, porque si la 
felicidad no la proporciona el dinero, la verdad es 
que debe contribuir en gran parte á ese fin. 

— ¡Eres un iluso! 

— Me conformo con el calificativo. 

Y Eusebio, casi indignado, se esforzó para pro- 
barme que no habia. felicidad para él sino en sua 
sueños de artista y en formar una fortuna que mos- 
traría con orgullo por ser producto lejitimo de su 
talento. 

Tanto se esforzó en hablar que su elocuencia 
y la brisa deleitable que penetraba por mi entrea- 
bierta ventana me adormecieron y caí en un pro- 
fundo sueño. 



III. 



Pasaron las semanas y pasaron tres meses. 
Eusebio iba adquiriendo lecciones y yo conti- 
nuaba surtiendo de pensamientos el est<5mago de 



-43- 
esa incanBable tarasca que se llama periódico dia- 
rio; nuestra vida en nada habia cambiado; hablába- 
mos siempre de lo porvenir con esa confianza de 
los desesperados, sin que nunca estuviéramos acor- 
des,, pero estaba escrito que la fortuna habia de 
sonreimos para burlarse sin duda de nuestra suer- 
te, proporcionándonos, sin embargo, un soberbio 
paréntesis en nuestra monótona existencia. 

Eusebio y yo, como todo el que no tiene nada 
ó tiene mucho, que para la ambición es lo mismo, 
arriesgábamos siempre una pequeña parte de nues- 
tras entradas á ese juego de resultado inverosímil 
que se llama lotería y que ha enriquecido á muy 
pocos, pero que ha arruinado á muchos, trastor- 
nando la razón de tantos cabalistas. 

Jugábamos sin esperanza, pero jugábamos; no 
teniamos fé ni en el juego ni en nuestra suerte, 
pero jugábamos: la humanidad esplicará mejor que 
yo esta inconsecuencia del modo de pensar con el 
de obrar. •' 

Una mañana de junio en que el calor enervar 
ba mis facultades, cuando tenia empezada una ga- 
cetilla que yo mismo no sabia como habia de con- 
cluir, por cuanto no habia pensado en cual era el 
pensamiento que me la inspiraba, llegó á la redac- 
ción la lista de los números premiados en el sor- 
teo. 

Mi vista cayó maquinalmente sobre nuestro 
número; di un salto en mi asiento, y me quedé in- 



—44— 
móvil; no sé el tiempo que estuve petrificado: cuan- 
do sentí que la sangre circulaba de nuevo, me res- 
tregué los ojos y repasé la lista cien veces: nuestro 
número estaba premiado con ¡dos mil pesos! 

Arrojé la pluma y sin tener en cuenta el eece- 
so de temperatura, di á correr por las calles, como 
Arquímedes al salir del baño, esclamando entre 
dientes ¡eureha!; fui de una en otra subcolecturía 
para convencerme de que el número no estaba 
equivocado y después de repasar cuantas listas ha- 
llé á mano corrí á cobrar mi billete. 

Una hora después entraba en casa, triunfante 
como Colon en Barcelona, y arrojé á los pies de 
Ensebio, que me aguardaba tranquilo, aquel tesoro. 

— ¿Qué es esto? me dijo pegando un salto y abrien- 
do sus grandes ojos. 

— ¡Hé ahí la felicidad! esclamé jadeante y deján- 
dome caer en un mecedor. 

— ¡La felicidad! repuso Eusebio recojiendo el di- 
nero y contemplándolo con estupor. 

— Sí: trabaja un año para reunir con tu talento 
esa cantidad y veremos si te produce esa emoción 
que estoy leyendo en tu rostro. 

Eusebio se puso encendido como una grana. 

— No te comprendo, dijo. 

—¡Ese dinero es nuestro! 
-¿Tuyo? 

— No: de los dos; nuestro billete salió premiado. 

¡Somos poseedores de dos mil pesos! 



—45— 

— ¡Ab! os('lnni<'> Pluscbio acnrioian'lo el metoleoii 
los ojos. 

— ¡Es iimi fortuna! 

— Bien escasa por cierto, repuso entonces Euse- 
bio queriendo aparentar un desden que estaba muy 
lejos de su alma. 

—Es cierto; pero bienaventurada sea. 

—El destino se ha burlado de nosotros, Rafael. 

— Ojalíl se burlara así de nosotros todos los dias, 
querido Eusebio. 

— Eres incorrejible. 

— Pero soy franco. 

No ea posible considerarlos proyectos y cálcu- 
los que formamos para emplear aquella cantidad; 
^odo lo queríamos comprar, pero tropezábamos al 
momento con la exigua estension de los fondos; 
Creso no se hubiera visto mas apurado para em- 
plear su fortuna que nosotros con aquel mezquino 
guarismo de pesos fuertes que debiamos á una ca- 
ricia de la suerte. 

Una semana fuimos dichosos con solo contar 
el dinero y buscar medios de emplearlo: nada nos 
satisfacia. 

Una tarde, después de la siesta, llamé ti Eu- 
sebio y le dije: 

— Me ha asaltado una idea que creo te parecerá 
luminosa. 

— ¿Alguna calaverada? 

— No: una idea que nos dará importancia. 



-46- 

— Ya te escucho. 

—Con dos mil pesos me he convencido de que 
no podemos, nosotros hombres de imajinacion, for- 
mar la base de una fortuna; esa cantidad no alcan- 
za mas que para hacer una espedicion de placer: la 
gastaremos alegremente. 

—¿Estás loco? 

— Deliro por los viajes, añadí sin hacer caso de 
su esíilamacion, y un viaje da siempre importancia: 
un artista que viaja no solo aprende sino que dá 
una alta idea de su posición. Vivamos esta vez de 
lo presente. 

— También me gustaría una espedicion, pero.... 

— Ademas, repuse yo para convencerlo, el calor 
es insoportable en la Habana, y no dejaría de con- 
venirte ponerte á salvo de la fiebre amarilla...... 

— ¡Oh! si, sí, tienes razón! esclamó Ensebio in- 
quieto, ya porque se despertara en él ese temor tan 
justo en todos los que llegan á Cuba, ya porque la 
posesión del dinero le hiciera tener mas apego á la 
vida. 

— Entonces, prepara la maleta. 

— Y ¿adonde vamos? 

— A cualquiera parte. 

— ¿Al campo? 

— No: mas lejos; nos vamos á los Estados-Unidos; 
tengo ganas de visitar ese pais que tanto se desco- 
noce aquí á pesar de que está besando los lindes 
de Cuba. 



-47— 

Eusebio aprobó mi idea y preparamos nues- 
tras maletas. 

A los tres dias aparecía en el periódico de que 
soy redactor esta gacetilla que (en confianza) ha- 
bia escrito yo: 

"EsrEJDiGiON ARTÍSTICA.— Hoy sale para los Es- 
tados-Unidos en el vapor Empire- City nuestro amigo 
y colaborador D. Rafael Guzman, acompañado del 
distinguido pianista D. Eusebio Barreda; este via^ 
je de placer no será infructífero por cuanto el pri- 
mero lleva la idea de escribir un libro sobre aquel 
país y el segundo la de estudiar el desarrollo de 
las artes en la Union." 



IV. 



Pisamos la cubierta del vapor £V72ptV6.Cí<y con 
alegría casi infantil: hay siempre en un viaje cier- 
to secreto que regocija el alma. 

La manía de viajar se ha hecho una manía 
universal: no sé si se viaja por ceder á un impulso 
de conocer lo desconocido o por seguir la moda. Y 
la poesía de un viaje está solo en el dia antes y en 
el dia después: esta es la realidad. 

La máquina ruje y escupe y me vuelvo á mis 



i —48— 

amigos para estrecharlos entre niis brazos; no sé 
que tiene una despedida que impresiona siempre. 
Aunque se emprenda un viaje por placer, en el 
primer momento flaquea el alma: el acaso y el pe- 
ligro se pintan en ese primer paso y se vé desapa- 
recer todo lo que se ama con cierta opresión del 
corazón que hace presentir algo triste. 

El vapor traspone el Morro, ese centinela 
avanzado de la Habana, y me vuelvo á dirijir una 
última mirada á mis amigos: ellos nos saludan des- 
de la bahía y hasta los edificios que parecen mo- 
verse nos dan un adiós. 

Observamos después á los compañeros que la 
suerte nos depara, y encontramos personas conoci- 
das; en seguida fraternizamos: la amistad y el amor 
caminan en los viajes impulsados par esa fuerza 
motriz que se llama vapor. Las afecciones de los 
viajes nunca son pasajeras: el peligro ó una fran- 
queza característica unen íntimamente: estrecho 
siempre con fruición la mano de la persona que ha 
viajado en mi compañía. 

Debo mirarlo todo detenidamente porque me 
he comprometido á escribir un libro; antes dije que 
no escribiría libros, pero no tenia un real; ahora 
soy rico. Ademas, un gacetillero puede ser incon- 
secuente sin temor de comprometerse. 

Estoy, pues, decidido á ser observador para no 
calumniar á un país estranjero; no quiero parecer- 
me á cierto francés que al traspasar el Pirineo se 



—49— 

propusp escribir sus impresiones; iba á su lado un 
español y lo tomó como tipo general. El español 
que estaba resfriado estornudó varias vcecí^; el fran- 
cos, después de observarlo, sacó su cartera para ha- 
cer en ella este apunte: "Zo« españolea estornudan 
jnucho." 

Voy á ser imparcial; aunque no sé si diciendo 
la verdad en un libro de viajes conseguiré desper- 
tar el interés: lo que el autor inventa suele ser la 
salsa que hace mas apetitosa la lectura. 

Dando vueltas á mi idea y hablando con Eu- 
sebio sobre sus sueños de felicidad, pasaron los seis 
dias que duró la travesía y el 2 de julio desembar- 
camos en Nueva- York, en esa ciudad centro de un 
movimiento sin fin y de una vida ajitada. 

Ensebio me dijo entonces con razón que hu- 
yendo de Scyla habiamos dado en Caribdis, pues 
el calor era espantoso; tomando lenguas, como de- 
cirse suele, supimos que la jente de tono se encon- 
traba esparcida en distintos puntos. 

Todos eran nuevos é iguales para nosotros, 
pero la casualidad ó el destino nos hizo preferir á 
Saratoga, célebre por su agua salutífera; y al dia 
siguiente tomamos por asalto el camino de hierro 
que había de trasladarnos á aquel punto. 

Y aquí puede decirse que comienza la relación 
que hace tiempo comencé. 



-üO- 



La locomotora, ese demonio inflamado que hu- 
ye de si misma, nos arrastraba, regateando con el 
viento, y dejándolo atrás. 

Como vulgarmente se dice, Íbamos volando. 

Yo iba entretenido en contemplar el bello pa- 
norama que ofrece la ribera del Hudson, y varias 
veces llamé la atención á Eusebio para que con- 
templara el cuadro de la naturaleza, pero Eusebio 
obedecia maquinalmente, abandonando en seguida 
la ventanilla del carro. Sorprendióme al cabo su 
indiferencia, y me volví á observarlo. 

jAh! ¡para Eusebio estaba el espectáculo en 
otra parte! 

Los negros ojos de mi amigo estaban clavados 
en los ojos negros de una mujer. 

¡Ya pareció aquello! oigo esclamar á mas de 
uno; justamente: ¡ya pareció aquello! Una his- 
toria sin mujer es lo mismo que un cuerpo sin alma. 
— Eusebio, le dije; ¡qué pradera tan hermosa! 
— Rafael, me contestó; ¡qué mujer tan linda! 

Pronunció estas palabras en voz alta, pero allí, 
felizmente, nadie entendía el castellano. 

He dicho mal al decir nadie; cuando se dirije 



una alabanza á una mujer, Hca en el idioma que 
quiera, su amor propio so lo traduce letra por letra. 

El amor es un idioma universal. 

Las palabras que Eusebio pronunció en espa- 
ñol salieron por sus ojos traducidas al inglés. 

La ladi/ que le habia inspirado aquel arran- 
que entusisiítta bajó la vista, sin dejar por eso de 
mirar á Eusebio. Este juego de guerrillas, que pa- 
rece imposible, lo posee toda mujer. 

Porque en materias de espresion de sentimien- 
to, la mujor, por vulgar que sea, tiene una fibra 
mas que el hombre de talento, siquiera sepa tanto 
como Ovidio en el arte de amar. 

Eusebio, al ocupar su asiento, no habia repa- 
rado en aquella joven que tenia enfrente. 

Ella había abierto un libro, compañero inse- 
parable de todas las mujeres de ese pais, para en- 
tregarse á la lectura; pero al llegar á MaiíJiatian, 
cuando el tren se detuvo, alzó la cabeza y sus ojos 
se encontraron con la c^ra de Eusebio. 

Los ojos de Eusebio se dirijian en aquel ins- 
tante al sitio que ocupaba la joven. 

Y los ojos de Eusebio y los de ella se encon- 
traron. 

Digan en contra cuanto quieran esos moralis- 
tas que se burlan de las pasiones repentinas; estoy 
convencido de que el amor es un fluido magnético 
que se comunica de repente en un cambio de mi- 
radas. 



—52— 

La primera mirada es el poema de una pa- 
sión. 

En la correspondencia hay después emociones 
de placer ó de dolor, toman parte los sentidos ó el 
amor propio, hay lucha y contrastes, hay felicidad 
6 desdicha; pero la primera mirada vive siempre. 
El alma entera se asoma á los ojos un instante y 
con un impulso violento se escapa para ir á con- 
fundirse con otra alma que la acoje. 

¡Y hay necios que pretenden probarnos que el 
amor es mentira! 

¡Esos seres ignorantes son ciegos! 

Eusebio se recostó en el respaldo del asiento, 
estudiando la postura para disimular la fijeza con 
que miraba á su compañera de viaje. 

Ella abrió de nuevo el libro: era la novela 
Vivían Grey. 

Disraeli hubiera podido reclamarle con algún 
derecho la alteración que resultaba en el diálogo; 
lo que el autor habia escrito no era lo que balbu- 
ceaban los labios de la joven: estaba leyendo ma- 
quinalmente, pues delante de las letras impresas 
habia una nube que le estorbaba: era el fluido de 
la mirada de mi amigo. 

— Eusebio, has dado flechazo á esa joven. 
—¡Calla y no mires! me dijo con temor. 
—¿Porqué? 

— Observa al viejo que vá con ella: no me quita 
el ojo. 



—63— 

— Será su padre, 
— Por la misma razón. 
— No temas: los padres son cortos de vista. 
— Ese padre tiene trazas de ser un tigre. 
— ¡Bribón! ¡qué afortunado eres! ¡La niiía te co- 
me con la vista y por Dios que es una perla! 

Con efecto, la joven era encantadora. 

Y habia en su rostro algo que revelaba un al- 
ma superior; ese no só qué que se escapa al pin- 
cel del retratista y que yo tampoco acertaría á des- 
cribir por inspirada que estuviese mi pluma. 

En su elevada frente se adivinaba la inteli- 
jencia. 

El que la acompañaba le llamó varias veces 
la atención, tratando sin duda de distraerla de la 
idea fija* que la dominaba. 

Por lo que hablaron pudimos saber que el 
nombre de la joven era Emma y que el anciano 
era su padre. 

Emma fijó en s^ padre sus rasgados ojos, y 
queriendo motivar su enajenación echó la culpa al 
interés que le inspiraba Vívian Grey. 

El anciano hizo un jesto significativo y miró 
de reojo á Eusebio. 

La solicitud del padre de Emma me habia 
cautivado: abstraído de cuanto pasaba á su alrede- 
dor atendia á su hija con una ternura que escede 
á toda ponderación. 

Esa mirada paternal que vela por un hijo es 



-54- 
simpática á todo el mundo, aunque aparezca ridicu- 
la en la exajeracion. 

El padre que iba enteramente ocupado de 
Emma, y que leia en el alma de su hija, que era 
su alma,liabia comprendido bien que se habia obra- 
do en ella una revolución instantánea, tanto mas 
terrible cuanto mas violenta era. 

Los ojos del anciano brotaban un raudal de 
cariño al fijarse en Emma, y aquellos mismos ojos, 
al volverse instintivamente hacia Ensebio, presen- 
taban de relieve im cambio súbito: los ojos del an- 
ciano reventaban preñados de cólera: parecía que 
encerraban una tempestad. 

No mira de otra manera la leona que abriga 
á sus cachorros al imprudente que se acerca á su 
guarida. 

Pero Ensebio ya no veia al anciano, ni veia 
el camino, ni á la jente que llenaba el carro, ni me 
Teia á mi, ni se veia él. Ensebio iba fascinado por 
los ojos de Emma que no le abandonaban ya, aun- 
que mirasen á otra parte. 

Los que no han tenido la suerte de inspirar 
<5 de sentir una pasión repentina creerán que exa- 
jero; pero serán pocos los seres que no hayan ama- 
do de veras alguna vez. 

Y si han amado de veras han sentido lo que 
Emma y se han encontrado en la situación de En- 
sebio. 

Verdad es que este en aquel momento no es- 



taba enamorado: obedecía solo á la fascinación de 
los sentidos que produce la mirada fija de una* mu- 
jer que nos persigue. — El amor propio de Ensebio 
era el primer ájente de su inquietud. 

A las siete horas de viaje el tren paró. — Ha- 
bíamos llegado íi Saratoga. 

El primero que se puso en pié fué el padre de 
Emma. 

Ensebio le imitó, pero lo contuve por el bra- 
zo, aconsejándole que tuviese calma. 

Al salir del carro, Emma volvió la cabeza, co- 
mo si buscara algo para disculpar su evolución, y 
dirijió á mi amigo una mirada en que parecía de- 
cirle: ^'jDejo aquí mi alma.!" 

Ensebio quiso saltar por la ventanilla, creyen- 
do que se le escapaba; pero volví á llamarlo al or- 
den, amonestándolo de nuevo. 

Emma y su padre entraron en un gran edifi- 
cio que está enfrente del paradero; alcé los ojos y 
leí el siguiente Ifetrero: United States Hotel. 

— Eusebio, le dije, ahí está el enemigo, pero si 
quieres vencer, déjame obrar; aunque creo que se- 
ria mejor irnos á otro hoteJ. 

— ¿Estás loco? Iré de tras de esa mujer, aunque 
vaya al otro mundo. 

— Se entiende, añadí riéndome, si el viaje al otro 
mundo no es costoso, pues tus fondos son limitados. 
— Es verdad; pero entremos, Rafael, porque te- 
mo que el destino me robe á esa criatura. 



—66— 

— Ten prudencia y no espantes la caza. 

—Sé lo que hago. 

— ¿Estás enamorado? 

— No; pero Emraa es muy linda y me mira de 
un modo que rae encanta; como hemos de pasar 
aquí algún tiempo me complace la idea de una 
aventura. 

— Es preciso averiguar quién es esa mujer. 

— Sea quien quiera, Rafael, me dá lo mismo: es 
una mujer bonita y basta. 

Entramos en el office y al apuntar nuestros 
nombres en el libro del rejistro leí este último ren- 
glón: "Mr. Payne and lady." 

Puse el dedo sobre el nombre, pero ya Ense- 
bio lo habia leido. 



VI. 



/Saratoga-Springs es un delicioso sitio de re- 
creo, merced á la industria americana que todo lo 
esplota. 

El Gongress-ioater es la panacea universal; la 
buena sociedad norte-americana se traslada en ve- 



—57— 
rano á este pueblo eu busca de una salud que á 
juzgar por el semblante de la mayoría no ha perdi- 
do, pues no es la humanidad doliente en masa la 
que se precipita desde la madrugada hasta el ama- 
necer al manantial del agua benéfica que según 
i'ox j^^puU resucita á los muertos. 

El hervidero de gente que allí afluye no va á 
buscar la salud; va á curarse por moda, que por 
cierto es una moda bien orijinal: las aguas de Sara- 
toga, como las del Jordán, purifican, y ladies y 
gentlemen llenos de vigor beben el agua repug- 
nante que el hon ton impone como necesaria para 
no hacer en balde el viaje estacional. 

Ya no puede citarse como rasgo característico 
de nuestro suelo aquel epitafio: ^'Aqid ijace un es- 
pañól que estando bueno quiso estar me^orr — Con 
razón dicen los rancios castellanos que en todas 
partes cuecen habas. 

Al siguiente dia de nuestra llegada á Sarato- 
ga Eusebio me despertó nfuy temprano, y me re- 
belé contra su intención, diciéndole: 

— Amigo mió, se conoce que ó has dormido muy 
bien ó no has dormido nada. 

— He dormido poco, me contestó; la imájen de 
Emma me ha robado el sueño. 

—Bueno fuera que en los Estados-Unidos te ena- 
moraras como un colejial. 

— Enamorarme no; pero me interesa esa mujer. 

—Entonces estás en la pendiente; huye de ella. 

8 



—58— 

— ¡Imposible! 

— ¡Cuidado con Mr. Payne! 

— No deja, Rafael, de inquietarme la demasiada 
solicitud con que ese padre feroz vela por su hija, 
sobre todo en este pais adonde las mujeres disfru- 
tan de una libertad sin limites. 

—En este pais, amigo mió, la mujer es un ídolo; 
el que se atreve á profanarlo compra á caro precio 
su desliz: no lo olvides. 

— Como llegue á amarla poco me importan todos 
los códigos del mundo por tirantes que sean. 

— Veo (jue la amas ya y presiento una aventura 
en que figurarán lastimosamente nuestros nombres. 

— Levántate. 

— ¿Adonde vamos? 

— A beber el agua: es de cajón. 

— ¡Si estoy muy bueno! 

— No importa: allí va todo el mundo. 

^Quieres decir que allí va Emma? 

—Justamente. 

— Pero también irá Mr. Payne 

— No le temo. 

— Y á propósito: ¿quién es ese señor? 

— ¿No lo sabes todavía? 

— No me he ocupado en eso: supongo que habrás 
averiguado algo. 

— ¡Todo, Rafael, todo! Mr. Payne es un lionora- 
Ue senador, protejido por la suerte y candidato 
probable á la presidencia; su opinión es respetada 



—59— 
por todo el mundo y su elocuencia le ha captado 
una reputación colosal. 

— ¡Ay, amigo mió! preveo una catástrofe; esos 
hombres elevados que tienen una hija no perdona- 
rán medio alguno para quitar estorbos de su ca- 
mino. 

— Nü me asustas; Emma es una conquista que 
me honrará siempre; ademas, Mr. Payne es mas 
rico que Rotschild. 

Sin dejarle concluir salté de la cama y di un 
fuerte abrazo á Eusebio; todo lo olvidé al conside- 
rar que mi amigo tenia delante la perspectiva de 
una riqueza improvisada. 

Ya no me acordaba del peligro que Eusebio 
corria, y confieso que en aquel momento envidié su 
suerte. 

Nos dirijimos al manantial. 

Allí estaba Emma y por supuesto su padre. 

Al vernos, la joven se quedó inmóvil con el 
vaso junto á los labios. 

Mr. Payne soltó el suyo sin beberlo y en su 
rostro y en un movimiento impulsivo de su cuerpo 
se pintó una espresion marcadísima de disgusto. 

Decididamente Eusebio no habia caído en gra- 
cia al senador americano. 

El prólogo de aquella historia de una pasión 
anunciaba un desenlace borrascoso. 

Aconsejé á Eusebio que no siguiera la pista á 
la joven para no asustar á Mr. Payne, y aunque 



—60— 
con una repugnancia grande tuvo esta vez el jui- 
cio necesario para ceder á mi consejo amistoso. 

Nos volvimos al Iwtél; Ensebio estaba inquie- 
to y comprendí que su impresión habia avanzado 
mucho desde el dia anterior. No diré que las noti- 
cias adquiridas por Ensebio sobre la riqueza de 
Emma habian contribuido mucho; pero era de 
creer: la humanidad tiene grandes flaquezas en 
asuntos de esta clase. 

A la hora de almorzar, al sentarnos á la me- 
sa, vi con cierto sentimiento que la casualidad nos 
habia colocado enfrente de Emma y de su padre. 

La casualidad es una diosa protectora del 
amor. 

Comí con apetito. 

Mr. Payne tragaba hiél y veneno. 

Emma y Ensebio apenas tocaron loa platos 
que tenían delante: se alimentaron con mirarse; el 
amor en los primeros dias se sostiene de ilusiones. 

Al levantarnos de la mesa me quejé del mal 
servicio del liotél y de los condimentos y de todo; 
Ensebio se sorprendió, asegurándome que nunca 
habia almorzado mejor. 

El amor es una fantasmagoría de la imajina- 
cion; no vé lo que existe sino lo que crea. ¡Dicho- 
sos y bienaventurados los que aman! 

A la hora de comer, Ensebio habia estudiado 
prolijamente su toilette para dar golpe; es discul- 
pable esta debilidad de los amantes. 



-01— 

Enfrente de nosotros se sentaron dos vieja» 
que comieron como dos desesperadas. 

Mr. Payne y su hija ocupaban una mesa en 
otra sala: la bandera negra ondeaba ya entre 
nosotros y la declaración de guerra era un hecho 
consumado; este acto de primera hostilidad exaspe- 
ró á Eusebio hasta el punto de pretender que se le 
habla hecho un desaire; y me aseguró formalmen- 
te que iba á desafiar á Mr. Payne. 

Costóme trabajo convencerlo de que estaba en 
su derecho comiendo adonde se le antojara: nada 
hay mas exijente ni mas tenaz que un hombre 
enamorado. Aquella escena fué la primera del dra- 
ma que se iba á representar. 



vn. 



El Lago de Saratoga ofrece una perspectiva 
encantadora. Magníficos trenes se dirijian por la 
tarde á aquel sitio de recreo, y Eusebio alquiló un 
carruaje para ir adonde estaba la jen te. Abrigaba 
la esperanza de encontrar alli á la que para él era 
ya objeto de sus desvelos. 

Estábamos parados á la orilla del lago contem- 
plando el pintoresco cuadro que presenta, y siguien- 



—62— 
do con la vista los botes que cruzaban por sus tran- 
quilas aguas, guiados por los inespertos brazos de 
remeros de levita, cuando de repente Ensebio, sin 
decirme una palabra, saltó dentro de un bote que 
estaba atracado al puentecillo de madera. 

— ¿Adonde vas? le dije. 

— Sigúeme; si no vienes iré solo. 

— Te advierto que no sé nadar, añadí riéndome. 

— Voy á probarte mi habilidad en el remo; en 
la bahía de Málaga no habia quien me dejara atrás. 

— Te has vuelto loco y lo peor es que me vas 
contajiando. 

Entré en el bote; Easebio, apoderándose de los 
remoh-, dio con entusiasmo un impulso violento al 
lijero esquife. 

— ¿Quieres esplicarme, le pregunté, qué idea te 
ha obligado á emprender esta cansada espedicion? 

— ¡Qué sandeces te ocurren, amigo Rafael! 

— ¡Sandeces! 

— Sí; ¿nada ves en lontananza? 

— Veo un cielo de arjentadas nubes que me re- 
cuerda el poético sol poniente de Cuba. 

— No te remontes tanto: nunca miro á las nu- 
bes; baja un poco la vista. 

— Distingo enramadas espesas adonde no pondré 
el pié porque son guarida de implacables serpien- 
tes de cascabel. 

— Te alejas demasiado. 

— Acaso aquellos botes 



—63— 

— Diste en el clavo, añadió Eusebio remando cou 
tal híibilidad que me sorprendió. 

El bote iba cortando el agua como un pesca- 
do: oíamos los elojios que en la orilla le prodiga- 
ban los curiosos. 

— Los botes están muy lejos, añadí, y no veo.... 

— En aquel Ciltimo de franja verde van cuatro 
¡adíes y un (jenfleman, como dicen aquí. 

— Diviso solo los bultos. 

—Pues bien: la que lleva el sombrero de paja es 
Emma, y el que rema no es su padre: ya me en- 
tiendes. 

— Será posible que te equivoques; con un teles- 
copio no seria fícil conocer á las personas. 

— Los ojos de un enamorado alcanzan mas que 
todos los telescopios inventados por la ciencia. 

— ¿Qué intentas? 

— Voy á avergonzar á ese mozo que acompaña 
á Emma. Ahora no me impondrás miedo con el 
Argos fatal que la naturaleza le dio por padre. 

Pocos minutos después alcanzamos el bote que 
Eusebio me señaló; con efecto, no se habia equivo- 
cado: en él iba Emma. 

Esta habia conocido á Eusebio y en su rostro 
se pintabaesa emoción que revela la lucha interior; 
Emma habia comprendido la idea de Eusebio y 
dejaba ver el interés que le inspiraba la escena. 

Al acercarse nuestro bote, el remero que tam- 
bién habia adivinado la intención de Eusebio, se 



—64^ 
esforzó en balde para no dejarnos pasar, pero bien 
pronto le sacamos una gran ventaja; las jóvenes lo 
animaban y al ver su descalabro asomaba á su ros- 
tro la cólera. 

Los espectadores de la orilla nos seguian con 
la vista, interesados en la regata, espectáculo pe- 
culiar del pais, y nuestro contrario lo sabia bien. 

Eusebio viró para deshacer el camino y cuan- 
do el otro bote estuvo á una distancia regular vol- 
vió á virar y consiguió pasar delante; esta evolu- 
ción nos trajo el eco de un aplauso que resonó en 
la orilla. 

No contento Eusebio todavía, cruzó por la po- 
pa y dio la vuelta entera al bote rival; al ganar la 
proa, para dejarlo atrás, el joven que lo guiaba tor- 
ció la dirección y como una flecha se arrojó sobre 
nuestro bote con intención de volcarlo: aquel ar- 
ranque de exasperación hubiera tenido consecuen- 
cias funestas sin la notoria habilidad de Eusebio. 

Al ver el otro bote casi encima del nuestro 
dio una habilísima vuelta á los remos y nuestro 
esquife lo dejó pasar sin conseguir su objeto. 

Las jóvenes habían dado un grito, temiendo 
una catástrofe: Eusebio, en vez de rebelarse con- 
tra aquel ataque, se puso en pié y se quitó el som- 
brero para saludar á las damas, acompañando su 
acción con una sonrisa que puso bien de relieve su 
serenidad. 

Tres de las jóvenes contestaron el saludo y 



~65— 
moviendo instintivamente las manos le dieroií*un 
aplauso espontáneo. 

Aquel aplauso se repitió con estrépito en lu 
orilla. 

Solo Emma no habia contestado al saludo de 
Eusebio ni le habia aplaudido; pero su sobresalto 
en el momento del peligro, la mirada rápida de in- 
dignación que dirijió á su acompañante y la que 
después fijó en Eusebio, muy prolongada, valian 
por todos aquellos aplausos que él casi no oyó. 

Eusebio era el héroe de la fiesta y todas las 
miradas estaban fijas en él. Si el alma de Emma 
necesitaba de un incentivo mas aquella tarde lo 
habia encontrado. 

La gloria, por pueril que sea la causa que la 
conquiste, es un aliciente para la mujer. 

El bote que guiaba el joven americano puso 
la proa al puentecillo de madera y Eusebio le si- 
guió, dejándole ir siempre delante, galantería que 
encerraba una humillación para el vencido. 

Cuando nos acercábamos á la orilla hubo un 
murmullo de aprobación que acabó de desconcer- 
tar á nuestro contrario. 

Dirijí la vista á los curiosos que nos espera- 
ban. En primer término se hallaba^un anciano cru- 
zado de brazos: en su fisonomía estaba retratada 
una espresion imposible de copiar; sus cejas arquea- 
das y sus labios contraidos eran muestra evidente 



—66— 
de un despecho oculto que quería romper la cárcel 
que lo aprisionaba: era Mr. Payne. 

Cuando las jóvenes del bote que nos precedia 
saltaron á tierra, Mr. Payne se dirijió á Emma, le 
presentó el brazo y sin decirle una palabra ni dar- 
le tiempo para que saludara á sus amigas empren- 
dió con ella el camino, subiendo apresuradamente 
la penosa cuesta que conduce al liotel. 

Sin detenerse en el edificio entraron en el 
carruaje y su magnifica pareja de caballos cruzó á 
escape las cuatro millas que liay al pueblo. 

Ensebio víó la acción de Mr. Payne y puso 
el pié en el puente, despechado, sin hacer caso de 
los elojios que todos le tributaban. 

— Eres un hombre superior, le dije cojiéndole 
del brazo; te has portado como los gladiadores ro- 
manos. 

—¡He sido feliz esta tarde, Rafael! 

— Esos aplausos 

— No: aquella mirada 

— ¡Ba! ¡ba! ¡eres un niño! 

— ¡Ese Mr. Payne es una calamidad! me veré 
obligado á pegarle una estocada. 

—^o olvides, querido Ensebio, que aquí los pa- 
dres desheredan á sus hijos cuando se les antoja. 

— No me importa: daré un escándalo. 

—Las leyes 

—Déjame en paz; como sea verdad esto que sien- 
to en el corazón arrostraré por todo. 



—07— 

Eusebio tenia de vez en cuando arranque?» 
magníficos y rae iba convenciendo de v^ue valia 
mas de lo que sospechaba. 

Mis gacetillas lo lial)ian hecho hombre. — A lo 
menos tengo la presunción de creerlo así. 



VIII. 



La actitud de Mr. Payne contra Eusebio te- 
nia su fundamento, aunque no fuera disculpable. 

Bueno será que conozcamos de cerca á nues- 
tros personajes. 

Las noticias que Eusebio habia adquirido acer- 
ca de la posición del senador no eran exajeradas. 
Las muestras de respeto y deferencia que de con- 
tinuo recibia por cuantos le trataban, me dieron á 
entender claramente que no solo su fortuna era in- 
mensa, sino que se le tenia en mucho en la Union. 

Con efecto, era el oráculo de los políticos ame- 
ricanos; su voz en la tribuna se escuchaba con fer- 
vor profético y su elocuencia encontraba siempre 
un eco en los aplausos de la multitud. 

Un discurso de Mr. Payne se anunciaba de 
antemano: los grandes oradores como los cómicos 



—08— 
eminentes no se prestan á lucir sus facultades sin 
que antes la trompeta de la Fama haya anuncia- 
do su presentación: necesitan de un público que los 
oiga, lo cual equivale á un público que los aplau- 
da. Los efectos de sus improvisaciones se estudian 
antes al espejo. 

Predicaba la democracia, detestando sin em- 
bargo á la plebe que manchaba con los pies la al- 
fombra de sus salones. 

Mr. Payne llevaba la democracia en los labios 
y la aristocracia en el corazón. 

En ninguna parte como en esos pueblos que 
se llaman republicanos se ensoberbecen mas los ri- 
cos ni se desvelan por humillar á los pobres. — Y 
es que la democracia no es mas que una utopia, 
bella como todas las utopias. 

La aristocracia de la Union, esa aristocracia 
de ayer, sin blasones, sin pasado, sin mas títulos 
que su riqueza, es una aristocracia insoportable. 
No predica lo que quiere, pero tampoco quiere lo 
que predica. 

Ese senador que arrastra un tren ruinoso y 
que vive con el fasto de un príncipe se llama Mr. 
Payne; en \-ano seria buscar las glorias de sus as- 
cendientes para disculpar esa soberbia que procura 
esconder debajo del gorro frijio una corona de con- 
de. Las glorias del actual senador que datan de la 
¡segunda época de su vida se escondían modesta- 
mente en el sencillo mostrador de una tienda que 



—69— 
estableció su padre, y en la cual pasó Mr. T&yne 
los primeros años de su juventud. Allí puso el ci- 
miento de una fortuna que fomentó después en ma- 
yor escala. 

A los treinta, anos Mr. Payne contaba con 
una riqueza fabulosa y abandonó el comercio para 
lanzarse á los mares de la política; habia tenido 
ambición de fortuna y una vez realizado su sueño, 
tendió la vista á otro campo mas ancho, aunque 
mas estéril. 

Fogoso en el ardor de su juventud y cons- 
tante en toda idea que elaboraba en su mente, se 
habia hecho lugar entre ese infinito número de nu- 
lidades que se lanzan á la pelea en el campo polí- 
tico sin otro lema en su escudo que ¡adelante! 

Mr. Payne tenia talento y osadía; y esos dos 
grandes escabeles son los que conducen al poder. 

Empezó, como todos los que se encuentran con 
fuerzas para imponer su talento, arrastrando á un 
número determinado de/personas á un círculo que 
se formaba en las calles ó en los club», sin mas mo- 
tivo que su capricho, dejando oir su tonante voz y 
sus ideas atrevidas: los speechs del futuro senador le 
abrieron paso para llegar á la representación na- 
cional: en el Congreso completó Mr. Payne su re- 
putación. 

Corrieron algunos años y llamó á las puertas 
del Senado, que lo recibió con los brazos abiertos: 
el oscuro comerciante de ayer habia comprado el 



-70— 
blasón de la nobleza, ese blasón que solo se con- 
quista con el talento. 

Desde su asiento senatorial fijó la vista en el 
sillón del presidente: allí se encerraban todos los 
sueños de su ambición. Mr. Payne, desvelado por 
esa idea fija que trabajando de zapa en la mente 
del hombre concluye ó por el logro del deseo 6 por 
la demencia, habia avanzado mucho terreno: todosí 
le señalaban ya como uno de los candidatos proba- 
bles y estas designaciones en política se realizan 
tarde ó temprano. 

Sus riquezas no le proporcionaban la felicidad, 
pero lo habían puesto en camino de llegar á ella. 

Habiendo aprendido á tratar á los hombres 
como resortes que sirven para mover á su antojo la 
máquina del mundo acabó por no estimarlos en 
nada: la humanidad para él era una fuente desti- 
nada por la Providencia á saciar la ambición: co- 
mo él apagara su sed nada le importaba que se 
desperdiciaran caudales de agua. 

Desgraciadamente en ese pais todos discurren 
del mismo modo. 

El senador no habia sentido afección alguna 
en el mundo: se habia casado por razón de conve- 
niencia; no habia tenido mas amigos que aquellos 
que podía utilizar en provecho propio, y habia 
prescindido en sus primeros años de su familia 
porque le impuso la obligación de buscarse el sus- 
tento.. 



—71— 

Mr. Payne hubiera sido un paria en la socie- 
dad; pero la naturaleza no nos dá en balde las fi- 
bras de la sensibilidad. Todos los tesoros de ternu- 
ra que el hombre gasta durante su existencia, esos 
tesoros que repartimos entre los padres y los her- 
manos, entre las amantes y los amigos, entre la es-' 
posa y los hijos, se habian conservado intactos en 
el corazón de Mr. Payne; asi cuando un afecto 
llegó á herir su organización, se reconcentraron en 
su alma todos aquellos tesoros de carino y fueron 
á rellejarse en un mismo objeto. 

Emma consiguió ser un ídolo para su padre; 
este se sintió doblemente feliz al encontrar un al- 
ma que le comprendiera, uii alma que era la suya; 
feliz al ver que en el vasto horizonte que se abría 
ante sus ojos brillaba una estrella que recibiendo 
su luz la trasmitiría después; feliz, sobre todo, por- 
que nada hay mas grande que sentir los senti- 
mientos. 

Todo lo que habia espresado solo por la intui- 
ción del talento se despertó real y positivo en su 
alma; cuando lo comprendió así, deseó ser grande 
para engrandecer á su hija, noble para ennoblecer- 
la, recibir aplausos para aturdiría con ellos, reco- 
jer coronas para arrojarlas á sus pies: quería des- 
lumhrar á aquel ser que siendo él mismo, era su 
rejeneracion. 

Emma, que fué para Mr. Payne su único amor, 
llegó á ser la personificación de una deidad. 



—72— 

Emma habia rej enerado á Mr. Payne; el amor 
paternal purificó . aquella alma estraviada por el 
egoísmo y la materia. 

Desvelado por su hija, prodigándole toda cla- 
se de ternuras y de cuidados, le dio una educación 
esmeradísima; á los diez y ocho años, Emma era 
una mujer superior. 

Su hermosa figura, su talento y su esquisito 
trato la habían colocado en primera línea en la al- 
ta sociedad que cultivaba su padre, merced á su 
actual posición.— El orgullo de Mr. Payne no cabe 
en mi pluma: siéntanlo por mí los que son padres. 

Alguna vez cruzaba por su imajinacion, como 
una ráfaga, la terrible idea de que habia de llegar 
una hora en que el sagrado sacramento del matri- 
monio le robara á aquella hija que era para él to- 
da su existencia; pero rechazaba aquel pensamien- 
to, haciéndose la ilusión de que ó era irrealizable 
ó no estaba próximo. 

Y si aquel pensamiento tomaba cuerpo en su 
alma en alguna noche de insomnio, solo le sonreía, 
creando un trono con ángeles y querubes que ro- 
deaban á su hija para hacerla feliz, elevándola so- 
bre el nivel de los mortales. 

Esta ambición de Mr. Payne, la mas deliran- 
te de todas sus ambiciones, era sin embargo la mas 
justificada, la masjejítima. 

Ahora^bíen: después de conocer la pasión de 
aquel hombre por su hija se comprenderá cuanto 



—73— 
pasaría por su alma al leer con ese privilejio del 
que lee en el corazón ajeno sus sentimientos, que 
en Emraa se había obrado un cambio súbito al en- 
contrarse con Eusebio. 

Todos los sueños del padre, todas las ambicio- 
nes del senador hablan venido á tierra desde el 
momento en que un mortal se cruzó en su camino 
para robarle no ya la atención de su hija, sino á su 
hija misma. 

La primera mirada de Emma que recojió su 
padre, porque vivia en los ojos de ella, fue un agu- 
dísimo puñal que se clavó en su alma. 

Las miradas siguientes ya eran para el des- 
venturado senador otros tantos golpes que le herían 
en medio del corazón. 

Cuando d solas luchando con su idea quería 
conformarse, se le aparecia Eusebio y su sangre to- 
da subia á la cabeza y brotaba por los ojos. El ído- 
lo de oro que habia acariciado, al tocarlo, lo encon- 
traba de barro. ^ 

Porque la hija del senador, futuro presidente 
de los Estados, no podia enlazarse con un simple 
pianista. 

Y el que asi discurría no echaba una ojeada 
retrospectiva para contemplar el antiguo mostra- 
dor de su tienda. ¡Y el que así discurría era uno de 
los predicadores mas fuertes del principio repu- 
blicano! 

Esa es la historia de la pobre humanidad. 

10 



—74— 

Emma, con un alma impresionable y un ta- 
lento cultivado, no podia hallar encantos en los jó- 
venes que la rodeaban de continuo; la mujer de los 
Estados-Unidos es muy superior al hombre. Entre- 
gado este siempre á los cálculos llega él mismo á 
ser un guarismo y las mujeres detestan las mate- 
máticas. 

Los magníficos ojos meridionales de Ensebio 
se abrieron camino por el alma de Emma, cerrada 
hasta entonces para las miradas de sus compatrio- 
tas que suman y restan, lo mismo en su bufete que 
al conducir á una mujer al altar. 

Los arranques caballerescos, tradicionales de 
nuestro carácter, son simpáticos á las mujeres de 
todo el mundo. 

El americano compra una mujer; el español 
la roba. 

Para el alma de Emma eran repulsivos los nú- 
meros; los ojos de Ensebio hablan robado aquella 
alma que no quería venderse. 

Emma ya no dormia, ajitada por el insomnio. 

Tampoco dormia Mr. Payne; y ya no era el fan- 
tasma de la presidencia el que le robaba el sueño. 

A los dos se les aparecía la misma sombra, 
pero bajo distinta forma. 

Emma veia á Eusebio con las alas del ángel. 

El senador lo veia con los cuernos del demonio. 

Y sin embargo de esta diferencia de visiones 
Eusebio era el mismo. 



I^iis ilusiones son la fantasmagoría de la ima- 
jin ación. 



IX. 



No faltará algún crítico que me eche en cara 
la imposibilidad de saber yo lo que pasaba por el 
alma de Mr. Payne y por la de Emma. 

Pero debe tenerse presente que cuanto discur- 
rieron ambos y cuanto tuvo lugar entonces lo he 
sabido después. 

Además ¿qué no sabe un gacetillero? 



U 
X 



piaron cuatro dias. 

En la historia de una pasión cuatro dias sue- 
len ser un siglo. 

Y sin embargo, en la sencilla historia que re- 
fiero nada habia ocurrido. 



—Te- 
Para Emma y Eusebio estos cuatro dias fue- 
ron un minuto. 

Para Mr. Payne una eternidad. 

Solo para mi habían trascurrido las horas con 
su perpetua regularidad. 

Eusebio y Emma continuaban en ese anima- 
dísimo é interesante diálogo que sostienen dos al- 
mas que se quieren, sin otros intérpretes que los 
ojos. 

Las exijencias de las costumbres americanas 
ponian una barrera entre ambos, pues necesitaban 
salvar la fórmula de la indispensable presentación 
para comunicarse; ¡cómo si las fórmulas sociales se 
hubieran inventado para los amantes! 

Los amantes que concluyen por atropellarlo 
todo empiezan por una sumisión estraordinaria; se 
arrodillan ante un ídolo que después colocan de- 
bajo de sus pies. 

En las historias de amor como en los dramas 
hay recursos imprevistos que salvan á los persona- 
jes, y un recurso de esta clase favoreció á Eusebio. 

En el parlor se reunía aquella masa hetereojé- 
nea de huéspedes que poblaba el edificio, viviendo, 
por decirlo así, en familia; allí estaba siempre Eu- 
sebio: nunca fué mas sociable. ^ 

La mañana del día á que me refiero estaba 
lloviznosa: por tanto, era mucha la afluencia de 
huéspedes en el parlor: había gran animación. 

Eusebio que hablaba correctamente el inglés 



se había puesto eo contacto con mucha parte de 
aquella sociedad, y su distinguida figura y sus fi- 
nos modales le habían captado simpatías. Algunos, 
teniendo noticia de su habilidad en el piano, le ha- 
bían suplicado varias veces que tocara, pero él, 
contra su costumbre, se había negado siempre. 

Un joven alemán había tocado bastante bien 
en el violin unas variaciones y una lady había can- 
tado bastante mal una romanza: la concurren- 
cia había tributado los mismos aplausos á ambos: 
este tributo era consecuencia de cortesía y de la 
mala organización de los americanos para la mú- 
sica. 

Entre los presentes estaba un nuestro amigo 
cubano llamado Gutiérrez que con su carácter ale- 
gre y sus muchas relaciones sostenía siempre la 
animación en las fiestas del Iwlel. Dirijióse este á 
Eusebio y cojiéndolo por el brazo le dijo que las 
señoras esperaban que luciera su habilidad. 

Esta vez era impgsible sostener la negativa y 
Eusebio se dejó arrastrar al piano, bien a pesar 
suyo; Emma estaba sentada enfrente de él, y cru- 
zando por su mente una ráfaga luminosa empezó á 
mover las teclas con un ardor febril. 

Eusebio repitió en el piano con verdadera ins- 
piración los acentos desgarradores del enamorado 
Edgardo en el aria final de Lucía, de esa sublime 
concepción de Donizetti. 

El amor hace prodijios; yo mismo me sorpren- 



■ —78- 
dí de la verdadera poesia que mi amigo prestó á 
las apasionadas frases musicales del bellísimo tro- 
zo que interpretaba. 

El alma entera de Emma estaba vagando por 
las teclas del instrumento, recojiendo aquellos so- 
nidos, emanaciones del alma de Ensebio que se es- 
capaba de sus dedos para volar á ella. 

Aquel ¡alma innamorata! que -es el último 
quejido de un alma que se desprende de la tierra 
para volar al cielo en unión de su adorada, conmo. 
vio la fibra de todos y Eusebio se vio interrumpido 
por un ¡hravo! estrepitoso. 

El artista en aquel momento no oia las acla- 
maciones; tenia sus ojos fijos en los ojos de Emma, 
que reventaban preñados de unas lágrimas que en 
vano queria ocultar. En aquellos sonidos adivinó 
Emma el tesoro de amor que debia encerrar el co- 
razón de un hombre que tan bien lo espresaba. 

Cuando el piano exhaló el último sonido las 
almas de Emma y de Eusebio se hablan confundi- 
do, cruzando el éter con ese vuelo fantástico que 
solo posee el amor.; 

Un aplauso jeneral obligó á Eusebio que ha- 
bla abandonado el piano, á volver á ocuparlo y á 
repetir la pieza. Eusebio maquinalmente obedeció; 
aquella ovación, que era la mayor de su vida, no 
se grabó en el alma del artista, pero se grabó en el 
pensamiento del hombre. — Emma llenaba en aquel 
momento todo su ser. 



—79— 

Ninguno quiso después lucir su habilidad eu 
aquel concierto improvisado. 

Gutiérrez se acercó á Emraa para suplicarle 
que cantara; al oir la indicación, varias i)ersona8 
se unieron á él; pero ella se negó, pretestando que 
no sabia acompañarse. 

El joven cubano, de repente, se dirijió á Eu- 
sebio y sin comunicarle su idea lo llevó al lado de 
Emma; después de hacer la presentación de rigor, 
le dijo: 

— Aquí tiene usted al artista que acaba do cau- 
tivarnos y que estoy seguro se prestará gustoso á 
acompañar á usted. 

Emma se estremeció visiblemente y Eusebio 
no supo hacerle el ofrecimiento galante qu| I^ si- 
tuación exijia. ^ 

Gutiérrez miró á ambos con sorpresa querien- 
do esplicarse aquella actitud estraña. 

Yo desde mi asiento me sonreí. Habia llega- 
do el recurso imprevistg que la casualidad depara 
á los amantes. 

— Supongo, dijo Gutiérrez comprimiendo el bra- 
zo de Eusebio, que acompañarás al piano á esta se- 
ñorita. 

— Con mucho gusto, esclamó vulgarmente mi 
amigo. 

— No soy mas que una aficionada, añadió ella 
haciendo un esfuerzo para reponerse, y me impone 
miedo el talento de este caballero. 



— so— 

—Dejémonos de escrúpulos, repuso Gutiérrez; 
este no es un palenque artístico; cada uno hace lo 
que puede y no se exije mas. 

Ensebio fijó los ojos en Emma y le presentó 
el brazo sin añadir una palabra: aquella demostra- 
ción encerraba una orden y la joven se levantó va- 
cilante, dejándose conducir al piano. 

El brazo de Emma temblaba y Eusebio lo 
comprimió lijeramente con el suyo. 

En aquel momento entraba en el 'parlor Mr^ 
Payne; hice un jesto de disgusto y me volvi al se- 
nador para observarlo. Al ver á su hija que se 
acercaba al piano con Eusebio, se nubló su fisono- 
mía y dio dos pasos hacia adelante, pero se contu- 
vo, y pasándose la mano por la frente, se dejó caer 
en un sillón cerca de la puerta. 

Solo yo habia notado aquella escena mímica 
que era el preludio de una catástrofe. Emma y Eu- 
sebio no vieron á Mr. Payne: estaban muy ocupa- 
dos de ellos mismos para ver nada de lo que pau- 
saba en el salón. 

— Qué quiere usted cantar? preguntó Eusebio en 
voz alta apenas se hubo sentado. 
— No lo sé, contestó Emma. 
— Estoy á las órdenes de usted, señorita. 
— Cantaré, dijo Emma como herida por una idea, 
la cavatina de Lucia. 

Eusebio alzó la cabeza para mirarla. Aquella 
elección encerraba una correspondencia íntima; 



-81— 
Zitcia iba á devolver á Edgardo sufl frases apasio- 
nadas. — Eq el amor, las mujeres tionon momentos 
sublimes. 

Emma cantó con espresion, pero estaba muy 
lejos de ser una artista. Los concurrentes la aplau- 
dieron, haciendo entre sí justicia al talento de Eu- 
sebio que habia interpretado mejor la creación de 
Donizetti. 

Las notas de Emma que en tan poco se habian 
estimado allí tenían un valor inapreciable para 
Eusebio; ninguna artista del mundo ha lanzado 
esas notas con mas espresion; así lo creía él. Nunca 
hubo mas armonía entre unos labios que cantan y 
unas manos que tocan. 

Y es que el alma que se exhalaba por los la- 
bios de Emma era la que movía los dedos de Eu- 
sebio. 

— ¡Bravo, miss Payne! esclamó este dejándose 
llevar del cumplimiento de un deber de galantería. 
Emma le miró, pep comprendiendo la idea 
del pianista, le dijo en voz baja: I 

— Lucía quisiera tener el órgano privilejiado de 
Jenny Lind para devolver dignamente á Edgardo 
sus privilejiadas notas. 

— ¡Ah! repuso Eusebio con entusiasmo, las notas 
de Jenny Lind no me llegarían al alma como las 
de Emma. 

— ¿De veras? preguntó ella queriendo leer la 
verdad en los ojos de mi amigo. 

11 



—82— 

— Aquellas notas me encantarían, pero las de 
usted me conmueven. 



— ¡Si usted me engañara!, 



— ¡Lea usted en mi alma! Estoy aturdido y no sé 
lo que me digo. Perdone usted mi insensatez; mi 

temeridad en el Lago la otra tarde 

— ¡Qué tarde aquella! 

— Conocí entonces que mi amor 

En aquel momento una mano se apoderó del 
brazo de Ensebio y lo arrancó del piano adonde 
había permanecido clavado, sia reparar en la jen- 
te que los rodeaba. 

Emma hizo un jesto marcadísimo de disgusto; 
Ensebio se dejó conducir algunos pasos y al llegar 
á la puerta del salón, volvió la cara para ver al 
que se había permitido interrumpirle en su amoro- 
so coloquio. 

Era Gutiérrez; detúvose este delante de Mr. 
Payne que estaba poseído de una idea fija por cuan- 
to tuvo dos veces que llamarle la atención. 

— Mr. Payne, dijo el joven cubano, presento á 
usted al distinguido artista Mr. Barreda, mí amigo. 
— Servidor de usted, contestó Ensebio con cierto 
temor instintivo. 

Al oír el apellido de Barreda, Mr. Payne se 
puso en pié de un salto y sin aceptar la mano que 
mi amigo, siguiendo la fórmula, le presentaba, le 
volvió la espalda, díríjiéndole una mirada de pro- 
fundo desprecio. 



—88— 
— ¡Mr. Payue! dijeron á la vez con voz tonante 
Gutiérrez y Eusebio. 

Pero el senador no 8e dignó volver la cabeza. 
Corrí á coatener á los doa jóvenes que echa- 
ban í\ie¿o por los ojo.-?. 

Los huóspedes que estaban presentes no com- 
prendieron lo que aquello significaba; unos aban- 
donaron el iwLrlor y otros siguieron hablando con 
la mayor Indiferencia. 

Solo E turna liabia visto la escena y la mortal 
palidez de su rostro reveló la impresión que hizo 
en su alma; la pobre nina comprendió demasiado 
que se levantaba entre ella y su amante una bar- 
rera insuperable. 

Pude sosegar á Eusebio en su primer arran- 
que para evitar un escándalo. 

— ¡Ese hombre, esclamó con despecho, no tiene 
nada de comuu con Emma! ¡ese hombre no puede 
ser su sangre! 
— Ten calma: ya te^vengarás. 
— ¡Ohl ¡estaba escrito que lo mataría! 



XI. 



Nuestro amigo Gutiérrez no podía esplicarse 
la causa del desaire que Mr. Payne había hecho á 



—84— 
Eusebio y de rechazo á su persona, por cuanto era 
él quien lo presentaba: dióse también por ofendido 
y hallábase dispuesto á pedir una formal esplica- 
cion al senador, pero Eusebio le disputó el primer 
lugar y cuando Gutiérrez supo de donde podia 
provenir la ofensa, cedió ofreciéndose á acompa- 
ñarme para obligar á Mr. Payne á que le diese una 
completa reparación. 

Aquella misma tarde Gutiérrez y yo nos pre- 
sentamos en la habitación del padre de Emma, que 
nos recibió frunciendo el ceno y sin siquiera decir- 
nos que tomáramos asiento. 

La sangre hervía en mi cabeza y me preparé 
á tratarlo sin consideración alguna; para empezar 
tomé una silla y me senté; Gutiérrez me imitó y 
Mr. Payne siempre de pié y con simulada altane- 
ría nos dijo: 

— ¿En qué puedo servir á ustedes, caballeros? 
— Tenga usted la bondad de sentarse, le contes- 
té, porque debemos hablar de un asunto de impor- 
tancia. 

El senador acercó una silla y cruzando una 
pierna sobre la otra, posición muy de buen tono 
en el pais, cojió un libro de encima de la mesa 
y se puso á darle vueltas para aparentar indife- 
rencia. 

— Mr. Payne, dijo Gutiérrez, esta mañana ha 
inferido usted una ofensa á nuestro amigo Mr. 
Barreda sin motivo alguno. 



—85— 

.—¿Ofensa? preguntó el senador con calma sacan- 
do el labio inferior y encojiendo los hombros. 

— ¡Una ofensa! le dije con aire altanero y levan- 
tando la voz. 

Mr. Payne me miró de reojo, sin dignarse dar- 
me una contestación ni tomar acta del tono en que 
le hablaba. 

Gutiérrez me hizo una sena para que me con- 
tuviera y añadió: 

—Cuando un caballero presenta á otro, no se 
puede rechazar su mano sin agraviar á dos per- 
sonas. 

—No creo que estoy obligado á tratar á todo el 
mundo y á sufrir las impertinencias de la socie- 
dad. 

—La sociedad no exije que trate usted á todo el 
mundo, pero exije que no falte usted á los deberes 
dé la buena educación. 

—¿Viene usted á insultarme, Mr. Gutiérrez? No 
olvide usted que estoy en mi habitación. 

— No vengo, repuso mi amigo, mas que á una 
cosa: á que comprenda usted que ha faltado gra- 
vemente á Mr. Barreda y que es preciso que este 
reciba una reparación cumplida. 

—¿Reparación? No veo la ofensa. 

— Sin embargo, existe. 

—¿Y de qué se trata? ¿de un duelo? 

— Cabalmente. 

— El carácter español nunca desiste de sus ideas 



—86— 
caballerescas; pero tengo la sangre muy fria y no 
me gustan las escenas melodramáticas. 

— ¿Se niega usted por ventura? 

—Por supuesto: eso no está en mis principios. 

— ¿Está en los principios de usted insultar im- 
punemente á un caballero? 

— No insulta un hombre á otro por negarse á ser 
su amigo: veo asi la cuestión y nada ni nadie me 
hará variar de opinión. 

—Entonces, añadi poniéndome en pié, correrá us- 
ted el peligro de verse afrentado en un sitio público. 

—Eso es diferente, repuso Mr. Payne sin alte- 
rarse y fijando los ojos en una lámina del libro que 
tenia en la mano; si Mr. Barreda me acomete en 
la calle, sé los derechos que el pais da al que se 
defiende de un ataque personal, j 

—Las leyes del pais podrán ser todo lo absur- 
das que quieran, pero hay una ley que está escrita 
en la conciencia de todo hombre de honor 

—Podrá ser, dijo sonriéndose, pero he aprendi- 
do que el duelo es un asesinato y no seré yo el que 
esponga mi vida, descendiendo de mi posición, para 
dar importancia á un advenedizo cualquiera que 
se propone 

—¡Mr. Payne, esclamé lleno de cólera, mi ami- 
go es un caballero, cuyos blasones de nobleza no 
vienen del mostrador de una tienda! 

El rostro del senador se encendió un momen- 
to; pero recobrando su calma, me dijo: 



—87— 

— Es verdad, pero no ha entrado en mis cálcu- 
los dar gusto u Mr. Barreda y suplico á ustedes 
que se lo hagan presente. 

— Su respuesta, añadió Gutiérrez, no se hará es- 
perar. 

— Iré prevenido. 

— La razón está de su parte. 

Volvimos la espalda al senador, indignados de 
oír á un hombre que discurría con esa metafísica 
detestable del dinero que quiere hacerse superior 
á todo. 

Cuando salimos del cuarto de Mr. Payne se 
acercó este á una cómoda, sacó un revolver y des- 
pués de examinarlo bien con una calma estoica lo 
guardó en el bolsillo de su gabán; un instante des- 
pués hablaba indiferentemente en el corredor del 
piso bajo con varias personas. 

Ensebio nos aguardaba impaciente; antes de 
entrar en su cuarto estuvimos discurriendo sobre 
la importancia del suceso y sobre las desagra- 
dables consecuencias que había de traer, por 
cuanto nuestro amigo estaba obligado á dar un 
escándalo, provocándolo públicamente: sabíamos 
demasiado el peligro que corría al vengar su ofen- 
sa, atendiendo a las leyes de los Estados y á la 
alta posición en que se hallaba colocado su con- 
trario. 

Lo que habíamos previsto sucedió; al saber 
Ensebio el resultado de nuestra entrevista, subióle 



—88— 

la sangre á la cabeza y juró afrentar á Mr. Payne 
azotándole el rostro con un látigo. 

Me estremecí; pero no estaba en mi mano evi- 
tar el escándalo por cuanto en la situación de mi 
amigo hubiera obrado de la misma manera. 

Eusebio fuera de sí se dirijió á su cuarto y 
apoderándose de un látigo pequeño y de una pis- 
tola se disponía á salir, cuando tocaron suavemen- 
te á la puerta de su habitación. 

Antes de contestar, pues dudó un momento, 
abrióse la puerta y entró una mujer. 

Eusebio dejó escapar un grito de sorpresa. — 
Era Emma. 



XII. 



Emma desde la habitación contigua á la de 
su padre había oido claramente la conversación 
que Gutiérrez y yo habíamos tenido con el sena- 
dor; el corazón de la joven latía con violencia. 

Apenas salió Mr. Payne de su cuarto, com- 
prendiendo Emma el peligro que corría y temiendo 
al mismo tiempo por el hombre que amaba, sin va- 
cilar un minuto se dirijió á la habitación de Eu- 
sebio. 



—89— 
Este paso que en nuestras costumbres hubie- 
ra bastado para comprometer su honra, en aquel 
país no tiene esa importancia: la mujer disfruta 
allí de una libertad sin limites, contando para sal- 
vaguardia de su honra con leyes muy especiales 
que no son del caso. Creo que la verdadera misión 
de la ley es mas prevenir que castigar. La visita de 
Emma pareceriii cuando mas imprudente, pero en 
situaciones semejantes, la mujer no se detiene ante 
ningún obstáculo. 

Emma entró en el cuarto de Ensebio en el 
momento critico; un minuto después hubiera lle- 
gado tarde. 

Quedóse Eusebio estupefacto contemplándola 
y sin atreverse á proferir una palabra. La joven 
sin disculpar su visita y fijando en él los ojos con 
esa mirada superior que lee en el fondo del alma, 
le preguntó: 

—¿Adonde vá usted. Eusebio? 
—No sé, contestó esté maquinalmente; iba á sa- 
lir sin objeto. 

—¿Sin objeto y lleva usted en la mano dos ar- 
mas que hieren mortalraente en el rostro y en el 
corazón? 

—Es verdad, añadió Eusebio, pero 

Y sin saber continuar dejó caer al suelo la 
pistola y el látigo.— Emma habia fascinado á su 
amante: el triunfo era ya seguro. 



12 



-90- 

— Es usted el hombre que ayer aseguró que me 
amaba? 

—Sí, Emma; yo soy. 

—¿Y amándome salia usted de aquí dispuesto á 
destruir el único lazo que me une al mundo, po- 
niendo entre los dos una barrera de sangre? 

— ¡Ah! ¡Mr. Payne me infirió una ofensa y se 
niega á repararla! 

— ¡Egoísta! esclamó Emma; los hombres no sa- 
ben sufrir por una mujer la menor contrariedad. 

— Una contrariedad sí, pero la ofensa de otro 
hombre 

— ¡Mr. Payne no es un hombre para usted! ¡Mr. 
Payne es mi padre! 

— ¿Y quiere usted que sufra ese agravio sin re- 
belarme contra Mr. Payne? 

— ¿Puedo yo rebelarme contra él? Si usted me 
amara de veras sentiría la ofensa, pero hubiera re- 
chazado la idea de vengarla. Herir á mi padre, de- 
gradarlo, es herirme y degradarme; es ó renunciar 
á mi ó herirse y degradarse usted mismo. 

—No, Emma, no quería renunciar á usted; pero 
la ofensa fué pública y 

— Entonces, esclamó la joven resentida y con 
dignidad, me resigno con mi suerte, y al llorar mi 
desgracia lloraré también la pérdida de la ilusión 
que había acariciado 

— ¡Emma! 

— Mr. Barreda, vaya usted á cumplir su deber 



—91— 
de caballero; á afrentar el rostro de un anciano y 
á manchar pus manos con su sangre, vengando así 
esa tiiM •rrave ofensa. Adio.s. 

Al tocar Emma la llave de la puerta, Eusebio 
se lanzó íx detenerla y cojiéndole la mano con ter- 
nura, le dijo: 

— ¿Qué exije usted de mí, Emma? Hable usted 
que á todo me someto. 

— Nada quiero; someterse no es bastante. 

—Entonces 

— Entonces, obre usted según la conducta que le 
dicte su corazón. 

— Mi corazón me manda adorar á usted. 

— ¿Y mi padre, Ensebio? 

— Me resigno; diga el mundo lo que quiera. 

— El amor vive en otra atmósfera; nada me im- 
porta lo que el mundo diga. 

— ¡Ah! ¡soy feliz, Emma, con haber inspirado 
una pasión en el alma de una mujer que tanto var 
le! Miraré á Mr. Payne# con respeto. ¿Quiere us- 
ted mas? 

— ¡Gracias, Eusebio! 

Los ojos de la joven brillaban radiantes de 
alegría. 

Al salir Emma del cuarto puso Eusebio los 
labios en su mano; ella llevó después la mano á su 
corazón. 

Esto encerraba un juramento tácito de amor. 



-92- 



XIII. 



Al siguiente dia no se hablaba en Saratoga 
mas que del desagradable suceso ocurrido entre el 
senador Mr. Payne y el joven español Mr. Bar- 
reda. 

Ninguno de los que tomaron parte en la cues- 
tión habiamos despegado los labios por temor á la 
publicidad; pero la publicidad es inevitable mien- 
tras vea la luz un diario que está en todas partes. 

The New- Yorh Herald es un periódico que vi- 
ve de la vida de todo el mundo y que con su cir- 
culación fabulosa ha encontrado la piedra filosofal, 
habiendo dado á las letras de molde el valor de las 
letras de cambio; la tinta de su propietario es de 
oro; su pluma desgarra el velo que cubre el sagra- 
do recinto doméstico: todo lo invade y el público 
ávido de averiguar devora las columnas de ese 
diario con avidez. La humanidad es así. 

El Herald de la tarde refirió el sencillo suceso 
ocurrido en el salón del United States Hotel dán- 
dole colosales proporciones: por supuesto no se omi- 
tían los nombres de las personas, y con esa doble 
vista de los corresponsales del diario, que están 
vaciados en el molde de su editor, adivinó lo que 



—98— 
nadie sabia: que la hija del senador habia sido la 
causa de aquel disgusto. El nombre de miss £mma 
Píiyne salió también á relucir en el Herald. 

£1 senador por acostumbrado que estuviese á 
que la prensa nada perdonara en su pais, sintió un 
rudo golpe que le afectó sobremanera al ver á su 
bija puesta en evidencia, y sin oir las reflexiones 
de Emma que se oponia a su determinación, arre- 
gló su equipaje y abandonó á Saratoga, marchán- 
dose sin que nadie lo supiera. 

El sucoso de Saratoga habia nublado la feli- 
cidad de Mr. Payne, hiriéndole profundamente en 
el corazón. Todos sus sueños de lo porvenir se iban 
desvaneciendo. 



XIV. 



Cuando Emma salió del cuarto "de Ensebio, 
este se dejó caer en una silla, ebrio de felicidad; 
hay en el teatro de la vida peripecias violentas que 
por lo inesperadas ejercen una influencia grande 
en el alma, obrando un cambio total en el indi- 
viduo. 

Ensebio que hacia media hora se hallaba dis- 
puesto á matar á Mr. Payne, en aquel momento 



-94- 

le hubiera dado un abrazo con toda efusión; no hay 
lójica mas convincente que la de una mujer que 
llega á fascinarnos: por sencillo que sea un argu- 
mento suyo es siempre poderoso. 

Media hora estuvo Eusebio clavado en el mis, 
mo sitio; al cabo se levantó para salir, pero cuan- 
do abrió la puerta, el aire que entró, refrescando 
sus sienes, le hizo volver en si. Entonces pudo com- 
prender que trasponiendo la puerta encontraría á 
ese mundo indiferente que vé los sucesos con frial- 
dad y que es inexorable en su juicio; ese mundo 
iba á echarle en cara el agravio de Mr. Payne, tar 
chándolo de cobarde, por cuanto ya habia dado el 
primer paso. 

Una nube veló los ojos del joven y tavo que 
retroceder para respirar otra vez aquella atmósfe- 
ra impregnada de las palabras de Emma que ha- 
blan halagado sus sentidos y cambiado su razón. 

En aquel momento entramos Gutiérrez y yo 
que estábamos impacientes por saber su determi- 
nación. 

Eusebio nos refirió lo ocurrido; ni Gutiérrez 
ni yo podíamos decidir en cuestiones en que el co- 
razón tomaba parte y nos contentamos con acon- 
sejarle que obrara según su conveniencia y su ne- 
cesidad. 

Nuestro amigo no salió del cuarto en todo el 
dia y pasó una noche fatal en esa lucha horrible 
del corazón y el deber. 



—95— 

El artículo del Herald exaltó de nuevo la fi- 
bra de Eusebio; creyendo que necesitaba tropezar 
con alguno para desahogarse mostró decidido em- 
peño en ir á retar á los redactores del periódico y 
costónos no poco trabajo el convencerlo de que en la 
comunicación nada habia denigrante para su perso- 
na, por cuanto el diario lo colocaba en buen lugar. 

Un instante después Eusebio leia con fruición 
el mismo artículo que le habia irritado: halagaba 
á su instinto caballeresco aquella publicidad que 
ponia de relieve su valor.— Eusebio tenia sus debi- 
lidades como todos los mortales. 

Aquella tarde recorrimos los sitios del pueblo 
adonde solia concurrir Emma; pero ni allí ni en el 
baile por la noche la encontramos; en el office su- 
pimos después que Mr. Payne y su hija se habían 
marchado á Nueva- York. 

Eusebio se quedó estupefacto, no atreviéndose 
á dar crédito á la noticia; cuando se hubo conven- 
cido de la realidad decidió seguirles la pista, pero 
le hice comprender que ella no habia obrado bien 
marchándose tan en silencio y que era inoportuno 
su viaje cuando tan reciente estaba el disgusto que 
habia surj ido entre él y el senador. Mi amigo du- 
daba, pero eché mano de un recurso heroico que 
surtió efecto: dije á Eusebio que la conducta de Mr. 
Payne envolvía una fuga que lo ponia á cubierto 
de todo comentario sin arrostrar el lance. — Eusebio 
me dio un abrazo espresivo. 



—96— 
La pasión de mi amigo y de Emma no ofrecia 
en perspectiva mas que un desenlace funesto y de- 
seaba tenerlos separados, confiando en el tiempo 
que obra prodijios. El tiempo es an gran modera- 
dor de las pasiones. 
Y así sucedió. 

Eusebio no obedecia á una pasión profunda; 
no estaba enamorado de veras de Emma: su amor 
propio se exaltaba por inspirar un cariño grande á 
una joven hermosa y de talento que ocupaba como 
la hija del senador una posición envidiable. Mi 
amigo no obedecia mas que á una fascinación de 
los sentidos que sin embargo lo hubiera arrastrado 
á un amor inevitable: Emma no era una mujer 
vulgar y tratándola era preciso adorarla. 

A los tres dias de la desaparición de Mr. Pay- 
ne recibió Eusebio una carta de Emma; su imaji- 
nacion meridional se exaltó hasta el punto de be- 
sar delante de mí el papel. Sus arranques engaña- 
ban á cualquiera, pero conocía bien á mi amigo y 
le dejaba viajar por el espacio de su fantasía para 
después traerlo á la triste realidad. 

— ¡Es una mujer suprema! me dijo Eusebio. 
— Esa mujer suprema no te conviene mientras 
viva su padre. 

— No discurro así; ¡me ama! Lee lo que me 

escribe. 

En estas palabras del joven artista no se re- 



—97— 
flejaba uua pasioa ardiente; adivinábase en ellas 
la vanagloria del hombre amado. 
La carta de Emma decia: 
"Aunque me encuentro en Nueva- York mi 
alma está en Saratoga; mi padre manda en mí, pe- 
ro con todo su poder no puedo arrancar á mi ima- 
jinacion de donde solo quiere permanecer. 

"Sé sufrir; esperemos, pues. Guarde usted eu 
su corazón aquella última mirada mia como guardo 
en mi mano el calor de los labios de mi amante en 
aquel primer beso. 

"¡Para el amor no hay distancia! Adiós. — 
Emma" 

Devolví la carta á Ensebio sin decirle una pa- 
labra. 

— ¿Quó te parece? me preguntó. 
— Me parece que no es tan grande su amor cuan- 
do te dice "¡esperemoar Si te amara de veras te hu- 
biera escrito esta palabra: "/ Venr 
— ¡Tienes un modo de yer las cosas! 
— Las veo con la frialdad del curioso que exa- 
mina las jugadas del ajedrez. 
— Le -escribiré . 
— Hará*mal. 
—¿Porqué? 

— Porque vas á esponerla á un disgusto y á pro- 
vocar infructuosamente otro suceso desagradable. 
— ¿Infructuosamente? 

—Sí, Eusebio; no puedes casarte con esa mujer 

IS 



si su padre se desentiende de su hija y la harás 
desgraciada; arranca de tu imajinacion el principio 
de esa historia y prescinde de Emma, que ella pres- 
cindirá de ti. Figúrate que lo pasado ha sido un 
paréntesis deleitable y sin consecuencias. 

— ¡Demonio! eres capaz, Rafael, de apagar un in- 
cendio con tu fria lójica; ¿quieres creer que me 
desencantas hasta el punto de sentir desvio por esa 
mujer que tanto me ama? 

—El hombre está obligado á estudiar el terreno 
que pisa para saber si lo sostiene; te espones á dar 
un resbalón y á caer en un precipicio. 

— Tienes razón; digo lo que Emma: "¡esperemos!" 
y para esperar sin impaciencia me aturdiré con esa 
multitud de preciosas ¡adíes que tanto abundan en 
este pais. 

— ¡Hablas como Séneca! 

— Para probarte que digo lo que siento, rompo 
la carta de Emma y me voy contigo al j^arlor; 
daré tormento al piano. 

— Me parece bien, le dije; repetirás la pieza que 
tan admirablemente interpretaste el otro dia: el 
aria final de Lucía. 

— ¡El aria de Lucía! esclamó EusebiS; ¡no! ¡to- 
caré otra cosa! ¡el aria no! 

El alma de los hombres es mejor de lo que 
quiere aparecer; queda siempre en ella algo que po- 
ne de relieve el instinto; Ensebio que por un ar- 
ranque acababa de destruir sin piedad aquellas pa- 



—99— 
labras de amor (lue lo había consagrado una mujer 
se rebelaba ante la idea de profanar unas notas 
que habían puesto el sello á una pasión que le abrió 
las puertas del cíelo. 

Ensebio cumplió lo que había prometido; to- 
das las mujeres lo parecían hermosas y se aturdió 
para olvidar á Emma. 

Las mujeres dirán que Ensebio era un mal- 
vado; no hay código sin embargo que pene esta 
traición miserable que solo lleva el sencillo nom- 
bró ^Q flaqueza. 

Eusebio no era mas que un hombre como mu- 
chos: una de las infinitas copias de unorijinal que 
se encuentra á cada paso. 



XV 
i 



La Rochefoucauld sentó esta máxima muy co- 
nocida: 

^•La ausencia disminuye las pasiones media- 
nas y aumenta las grandes, como el viento apaga 
una vela y reanima el incendio." 

Esta máxima parece haberse escrito para Eu- 
sebio y para Emma; verdad es que siempre sucede 



—loó- 
lo mismo; entre dos que se quieren, uno es victi- 
ma del otro. 

Emma esperó en vano á Eusebio y esperó 
también una contestación á la carta que le habia 
dirijido; amándole con todo su corazón se conten- 
taba con algunas lineas en que el joven le ofrecie- 
ra que aceptaba aquella palabra ^^ ¡esperemos!'' 

La mujer es menos exijente que el hombre; 
cuando ama de veras se contenta con poco; el hom- 
bre lo exije todo el primer dia. ♦ 

Eusebio se aturdió de tal modo que la tem- 
porada de Saratoga fué para él una serie de place- 
res no interrumpidos; su presencia y su trato le 
abrieron paso para disfrutar una franqueza sin li- 
mites de la que supo sacar partido; no perdoné me- 
dio para hacer que olvidara á Emma; creia contri- 
buir asi á su tranquilidad, evitándole un disgusto 
del cual ningún provecho podia sacar. 

Y asi pasó todo el mes de julio y pasó des- 
pués el de agosto. 

Los primeros días de setiembre, cuando la con- 
currencia hubo abandonado á Saratoga, tomamos 
el camino de hierro para trasladarnos á Nueva- 
York, adonde llegamos con una impresión grata de 
aquellos dias de placer que recordaré siempre con 
gusto. 



-101— 



XVI. 



Con sentimiento veiamos llegar la época de 
nuestro regreso á la Habana; es muy cierto que el 
hombre se acostumbra pronto á la holganza y so- 
bre todo á los placeres. Como nuestra limitada for- 
tuna iba de baja podiamos permanecer poco tiem- 
po en los Estados-Unidos. 

Pero el poco tiempo y el poco dinero que nos 
quedaban los aprovechábamos bien. 

Yo seguia haciendo mis apuntes y escribiendo 
mi libro; Eusebio no trabajaba por cuanto nada 
ofrece el estudio del arte musical en la Union. 

Por las tarde recorjriamos el Broadway, esa 
inmensa calle de un movimiento saturnal, adonde 
se encuentra á todo el mundo y adonde sin embar- 
go no se encuentra al que se busca. 

Una tarde íbamos Eusebio y yo cojidos del 
brazo, con esa indiferencia del flamur que no lle- 
vando objeto se para delante de la vidriera de las 
tiendas para comprar lo que no necesita, se vuelve 
á seguir con la vista á todas las mujeres hermosas 
que pasan, presta la candela de su cigarro sin in- 



-102- 
comodarse á cualquier importuno, entabla conver- 
sación con algunos de los muchos amigos-moscas 
que le cierran el paso para informarse de lo que 
no les interesa, y en una palabra repara en cuanto 
cruza por delante de sus ojos en ese panorama per- 
petuo que roba algunas horas al viajero. 

Todo eso íbamos haciendo los dos cuando al 
llegar á la calle de Franldin, por hacer algo sin 
duda, le ocurrió á Eusebio mandar que parara al 
cochero de uno de los mil y un ómnibus que pere- 
nemente atraviesan por Broadway. 
- — Ven, me dijo. 
— ¿Adonde vamos? 
— No lo sé; adonde vaya el ómnibus. 

Sin decir una palabra entré en el carruaje y 
pronto di con el motivo que habia impulsado á 
Eusebio á hacer la escursion: una joven bellísima 
iba en el carruaje. 

Me volví para hacer comprender á Eusebio 
que estaba en autos, como decirse suele, cuando vi 
con sorpresa que mi amigó no habia entrado en el 
ómnibus. Tendiendo la vista por la portezuela lo 
distinguí en la misma esquina de la calle de Fran- 
Min, inmóvil como la mujer de Lot y como la mu- 
jer de Lot con la vista fija atrás. 

Tiré de la correa para avisar al cochero y me 
apeé, incorporándome en seguida á mi amigo; vién- 
dole abstraído le tiré del brazo y le dije: 
— ¿Estás loco, Eusebio? 



—103— 

— ¡Es ella! me contestó ajitado. , 

—¿Quién es ella? Me haces entrar en el ómnibus 
para seguir á una mujer y te quedas en tierra pa- 
ra seguir á otra. Te has puesto insufrible en este 
pais con las mujeres. 

— Cuando tenia el pié en el estribo volvía esa 
esquina una joven apoyada en el brazo do un an- 
ciano; esa mujer era una aparición que me produ- 
jo una sensación violenta, mas violenta que si me 
hubieran puesto en contacto con una botella de 
Leyden. 

—Amigo mió, se van desarrollando tus pasiones 
con tal fuerza que me das miedo. 

— ¡Ay, Rafael! ¡era ella! 

— ¡hila son todas las mujeres! 

—¡No! ¡era Emma! 

— ¡Emma! esclamé dando un salto. 

— ¡Sí! ¡Emma! ¡mas bonita que nunca! ¡con una 
palidez encantadora y con unas ojeras deliciosas! 

— ¡Estás delirando! ¡Hazme el favor de tener 
juicio! 

— Ya ves que lo tengo cuando no la he seguido. 

— ¿Pero la sigues con la vista? 

— ¿Qué quieres? Mi cuerpo se quedó aquí inani- 
mado porque mi alma se fué detras de ella. 

—¿Te vio? 

— ¡Oh! al doblar la esquina, antes de verme, me 
adivinó; es imposible que te copie el movimiento 
que hizo con todo su cuerpo; se alteró su fisonomía 



¿^ 



—104- 
y apoyándose en el brazo de su padre inclinó la 
cabeza sobre su hombro. Creí que se desmayaba. 

— ¿No te acercaste á ella? 

— Lo intenté, pero en balde; mis piernas me su- 
jetaban clavado en la acera; luego Mr. Payne con 
una mirada feroz me medía de pies á cabeza, que- 
riendo destruirme con los rayos que fulminaban 
sus ojos. 

— ¡Encuentro fatal, amigo mió! 

— ¡Pobre Emma! está muy pálida! debe padecer 
mucho. Tu tienes la culpa porque me separaste del 
camino que debí seguir. 

— Como te separaré ahora de nuevo y me lo 
agradecerás. Mr. Payne 

— ¡Oh! ¡está cambiado! Lleva en el rostro las 
huellas de un trastorno moral visible. ¿Quién sabe 
lo que maquinará el senador? Ya sabes que es muy 
ambicioso. 

— En el próximo vapor nos volvemos á la Ha- 
bana; tus discípulos y mis gacetillas nos reclaman. 

—¡Imposible, Eafael! esta vida me gusta mas 
que aquella. 

— Y cuando agotes el último centavo ¿con qué 
regresas á Cuba? 

— Tienes el prosaico talento de presentarme siem- 
pre á tiempo las heces del vaso que apuro con de- 
leite. La Providencia te ha puesto en mi camino 
para mi tormento. 

—Di mas bien que soy tu Providencia. 



—105— 

Y al decir esto llegábamos al Metropolitan, 
adonde estábamos alojados. 

Ensebio que tenia siempre apetito comió muy 
poco; este síntoma me hizo iwnderarle de nuevo la 
necesidad de apresurar nuestro regreso. 

Eusebio por toda respuesta me hizo un jesto 
espresivo. 



XVII 



La vista de Emma habia despertado en mi 
amigo todos sus recuerdos; volvió á exaltarse su 
fantasía demasiado impresionable y eludía la cues- 
tión siempre que le hablaba del viaje. 

Tres dias después de aquel en que habiamos 
encontrado ¿i Mr. Pa^ne y á su hija en el Broad- 
way, entró Eusebio en mi cuarto á buscarme para 
ir al teatro de la ópera italiana que lleva el nom_ 
bre de Academy ofmimc. En Nueva- York llamaban 
entonces con justicia la atención dos artistas de 
'primíssimo carteUo. 

Aquella noche cantaban la Lucía y no me sor- 
prendió el deseo que animaba á Eusebio de concur- 
rir á la función: el mérito de la partitura y la re- 
putación de los artistas eran bastante aliciente para 

14 



—106— 
cualquiera, por mas que no tuviese en su organi- 
zación todo el amor al arte que por instinto le con- 
sagraba el joven artista. 

Sin embargo, Ensebio esta vez estaba impa- 
ciente y se ocupaba de la ópera con tal insistencia 
que tuve que adivinar el motivo: Ensebio se acor- 
daba de Saratoga y de Emma. 

Si su corazón, leal como siempre, le habia 
anunciado emociones en la ópera no le engañó; 
apenas ocupamos nuestros parkets, cuando el telón 
no se habia aun levantado, Ensebio me comprimió 
el brazo con el codo; seguí la dirección de su mira- 
da y vi en un palco á Emma y á su padre. En el 
rostro de Ensebio estaba retratada la satisfacción. 

— ¡No me engañé! dijo; ¡era imposible que faltara 
esta noche! ¡hubiera sido una deserción! 

— ¡Ay, amigo mió! mañana tomo el pasaje para 
la Habana; corremos aquí gran peligro. 

— Te irás solo, Rafael, porque yo me quedo; esa 
mujer me vuelve el juicio; ¿no ves como me mira? 

— Esa es la razón que me impulsa á arrancarte 
de este suelo. 

— No lo conseguirás. 

— Ya te convenceré. 

— Ve mirando. una por una cí todas las mujeres 
que llenan el coliseo; seguro estoy que no hay una 
mas interesante que Emma. ¡Todos se fijan en ella! 

— Ya lo creo, le dije; el senador es muy rico y 
ocupa un alto puesto. 



— No; ella tiene móiilü pura cautivar y lo mia- 
rao sucederia si fuera una mujer sin posición. 

— Estás delirando. 

— Repara á aquel mentecato que le flecha los 
anteojos; me dan juanas do ir li romperle los cris- 
tales.' 

— ¡Ay, Eu.sebiu! ¡te vas volviendo calavera! 

— No quiero que nadie la mire; ¡verdad es que 
ella no mira mas que á mí! 

— Ya descubriste la hilaza. 

—¿Porqué? 

— Porque estás dando a entender que solo te ins- 
pira el amor propio. 

— Te engañas. 

— Te conozco bien. 

En aquel momento alzaron el telón. 
Emma tenia un brazo apoyado en el antepe- 
cho del palco y su cabeza descansaba en la mano; 
sus largos y poéticos rizos caian sobre su pecho. La 
palidez prestaba á su fisonomía un encanto inde- 
cible. 

Emma, colocada de espaldas al escenario, no 
se volvió al empezar la función; tenia fijos los ojos 
en nuestro asiento, y aunque á veces hacia un es- 
fuerzo por separarlos, parecía que una fuerza supe- 
rior la dominaba. Es inútil decir que Ensebio, re- 
cojiendo aquel fluido que de ella partía, estaba 
vuelto al palco, como sí allí solo se reconcentrase 
el ínteres del espectáculo. 



—108— 

Tampoco Mr. Payne miraba á la escena; los 
ojos del senador estaban clavados en su hija, pero 
ella no habia reparado en la abstracción de su 
padre. 

Me hallaba inquieto y deseando que conclu- 
yera la función. 

Lucía se presentó en la escena; el público sa- 
ludó á la inspirada artista con una salva de aplau- 
sos. Tres personas habia en el teatro que no oye- 
ron aquel estrépito. 

Liícía empezó á cantar su cavatina. 

A las primeras notas Emma se incorporó en 
su asiento y pasándose la mano por la frente echó 
para atrás sus magníficos rizos; entonces se desta- 
có en su fisonomía mas pronunciada su palidez. 
Ensebio me apretó el brazo con tal fuerza que tu- 
ve que reconvenirlo. 

Al concluir el andante, Mr. Payne que no 
apartaba la vista de su hija, se acercó á ella muy 
á tiempo para sujetarla; Emma habia querido po- 
nerse en pié, pero faltándole las fuerzas se dejó 
caer otra vez en su asiento. El rostro del senador 
estaba tan pálido como el de su hija. 

Emma se apoyó en el brazo de su padre que 
la sacó del palco, arrastrándola. El público aplau- 
día en aquel momento con entusiasmo á la tiple y 
nada vio de la verdadera escena que se represen- 
taba tan cerca de las tablas. 

Eusebio lo habia visto todo y salió atrepellan- 



—lui- 
do á los que ocupaban los asientos de nuestra fila; 
sin oir las murmuraciones y quejas de los que se 
veian interrumpidos por su imprudencia. 

Permaneci en mi puesto, mas por temor de 
fijar la atención en mi salida que por el interés que 
me inspiraba la ópera. 

Ensebio llegó á la puerta de salida antes que 
Emma y su pudre; cuando estos aparecieron, al 
verle, la joven contuvo un grito. Eusebio se ade- 
lantó para socorrerla, sin considerar que iba con 
Mr. Payne, el cual se interpuso y sujetando con 
el brazo izquierdo á su hija, tendió el derecho que 
sirvió a Eusebio de barrera; este miró al senador 
con sorpresa y el anciano echando fuego por los 
ojos metió la mano en el bolsillo de su levita para 
acariciar un arma homicida. 

Felizmente para Eusebio el temperamento de 
Mr. Payne no era arrebatado; su vértigo fué ins- 
tantáneo y la razón recobró su imperio. 

Eusebio dejó pasar al senador y á su hija, 
comprendiendo el peligro que habia corrido: no se 
habia escapado á sus ojos perspicaces el cañón de 
la pistola. 

Al concluir la ópera, Eusebio me refirió lo ocur- 
rido y me estremecí: el drama tomaba proporcio- 
nes colosales y ya era preciso adoptar una medida 
decisiva. 



-110- 



XVIII. 



Al dia siguiente salí temprano y al volver al 
Metropolitan entré en el cuarto de Ensebio. 

— Amigo inio, le dije, aquí tienes el billete para 
regresar á la Habana; el vapor sale dentro de tres 
dias. 

— Me rebelo contra tu tiranía y me quedo. 

—No lo consentiré; tu vida está en peligro. 

— Nada me importa. 

— Ademas, poco tiempo podemos residir aquí, á 
menos que no encuentres un filón productivo que 
te sostenga. Hemos gastado casi toda nuestra for- 
tuna. 

Eusebio dejó caer la cabeza sobre el pecho sin 
contestarme: mi argumento era tan fuerte que se 
dio por convencido. 

Para animarlo volví á echar mano de mis an- 
teriores razonamientos; Eusebio comprendió bien 
que no podia hacer frente á la posición de Mr. 
Payne, que abandonarla á su hija á la miseria en 
caso de decidirse ella á arrostrar las iras paterna- 
les, y se contentó con apretarme la mano, dando 
muestras de ser una víctima resignada que sucum- 
be á un sacrificio heroico. 



—111— 

Acordóse de su piano y se despertaron en él 
los sueños de gloria; desde entonces contó las ho- 
ras y los minutos, anhelando que llegase el mo- 
mento de volver á pisar el suelo de Cuba. 

Dos días después algunos diarios anunciaban 
nuestra salida para la Habana, haciendo grandes 
elojios de nuestro talento. 

(Estos elojios, entre parL«ntesis, los arrojó al 
mundo la trompeta periodística, abonafido nosotros 
un tanto por línea.) 

La víspera de la marcha empecé á arreglar la 
maleta; Eusebio suspiraba al verme y de vez en 
cuando solían escaparse de sus labios algunas de 
esas ocurrencias felices que son características de 
su país natal, sobre las ventajas de nuestro viaje 
y de nuestra posición; un criado interrumpió el 
alegre coloquio diciendo á Eusebio que un caballe- 
ro deseaba hablarle. 

Juzgue el lector cual seria la sorpresa de mí 
amigo al entrar en su habitación y encontrarse 
con Mr. Payne; su primer movimiento fué de mie- 
do, pero le bastó ver la cara del senador para com- 
prender que no habia en ella signo alguno de hos- 
tilidad; al contrario, una espresion de profundo doi 
lor se dejaba adivinar en su fisonomía, contraída 
á pesar de sus esfuerzos por aparecer tranquila. 
En dos dias el pelo de Mr. Payne habia encaneci- 
do y se marcaban en su rostro dos surcos hondos 
y unas ojeras pronunciadas, señales inequívocas 



-112- 

de un gran padecimiento físico ó de una turbación 
moral de consecuencias. 

El senador y el artista se miraron en silencio 
un momento, pero en la mirada de ambos no ha- 
bla irritación; parecían comprenderse sin hablarse. 
—¿Debe sorprender á usted mi visita, Mr. Bar- 
reda? preguntó el senador deteniéndose en cada 
palabra como si le costara un esfuerzo pronun- 
ciarlas. 

—Ciertamente, contestó mi amigo; pero crea us- 
ted que ella me proporcionará una inmensa satis- 
facción si puedo ser útil á usted en alguna cosa. 
El anciano contuvo una sonrisa dolorosa y dijo: 
—¿Es cierto que se marcha usted mañana? 
Eusebio le miró fijamente para leer en su al- 
ma y le contestó: 
—Es cierto. 

—Piensa usted volver á esta ciudad? 
—¿Quién sabe? Pero es probable que no. 
El senador meneó la cabeza y ahogando un 
suspiro añadió: 

—¿Nada hay en este pais, Mr. Barreda, que lla- 
me la atención de usted? 

La pregunta era tan estraña que Eusebio 
abrió los ojos para mirar mejor á Mr. Payne y no 
supo qué contestar. 

—¿Quiere decir, añadió el senador, que se mar- 
cha usted de los Estados-Unidos sin llevar en el 
alma una impresión que lo arrastre á este suelo? 



' —113— 

— Me habla usted en unos términos que no acier- 
to á esplicarme la intención que motiva este inter- 
rogatorio. 

— Y sin embargo, este interrogatorio tiene un 
lundaniento legítimo. Creo que la conducta de us- 
ted me dá derecho á exijir una respuesta categórica. 

— ¿Mi conducta? 

—¿lia olvidado usted ya la escena de Saratoga? 
¿ha olvidado usted la representación de la ópera 
hace tres noches? 

— ¡Ah! ¿viene usted áexijirme cuentas de mi 
conducta? Un poco tarde me parece; á su tiempo 
exijí de usted la reparación de una ofensa, pero la 
he olvidado ya y hoy es imposible que midamos 
nuestras armas. 

—Lo sé: Emma no tiene secretos para su padre. 
Eusebio que se habia sentado al lado del se- 
nador se puso en pié de un salto; pero este lo cojió 
de la mano obligándolo á tomar asiento. 

— Lo sé todo, Mr. Barreda, todo; ha abusado us- 
ted del corazón de una pobre niña, haciéndole con- 
cebir una pasión violenta que la llevará al sepul- 
cro. ¡Dios perdone á usted este pasatiempo que 
compro á tan caro precio! 

— ¡Un pasatiempo! esclamó mi amigo en el tono 
dramático que le era familiar. 

— Sí; la juventud no sabe el daño que hace en 
sembrar sus pasiones por dó quiera que pasa; mi 

pobre Emma se ha impresionado violentamente. 

lo 



—114— 

alimentando una pasión que usted no sentia, sin 
embargo de que avivaba su llama, 

— ¡Se equivoca usted, Mr. Payne! ¡yo! 

— Si usted la amara no abandonaría el campo, 
porque ella sufre mucho. 

— Cúlpese usted solo de mi conducta; no queria 
hacerla infeliz: la actitud de usted en Saratoga, el 
conato de homicidio de la otra noche, todo me hi- 
zo comprender que habia una oposición por parte 
de usted que haria desgraciada á Erama; era pre- 
ciso un recurso sobrenatural y lo adopté: mi viaje. 

~ ¿Ama usted á Emma? 

— ¿Quién no la ama? 

— Es verdad, contestó el anciano sintiendo sus 
ojos preñados de lágrimas. 

— ¡Emma es un ánjel! se cruzó en mi camino co- 
mo una aparición y el mismo esceso de mi cariño 
me ha obligado á respetarla, evitándole tormentos 
que sufria yo solo. 

— Pues bien, Mr. Barreda, el viaje de usted no 
puede verificarse por ahora; si es cierto lo que aca- 
ba usted de decirme, es preciso que permanezca us- 
ted algún tiempo en Nueva- York. 

— ¿Qué dice usted? preguntó Ensebio con una 
sorpresa inesplicable. 

— Es preciso, repito, que mi hija se tranquilice; 
el amor que usted le ha inspirado la mata, y usted 
y yo seriamos hoy criminales si le causáramos la 
muerte; yo, oponiéndome á lo que ella cree que 



— lió— 

constituye su felicidad; usted, proporcionándole un 
desení^año horrible. 

Eusebio no sabia lo que pasaba por él; dos 
veces se restregó los ojos creyéndose presa de un 
sueSo. 

—Si alguna mujer ha sabido despertar en mí 
una pasión grande es Emma; tráceme usted la con- 
ducta que debo seguir: á todo estoy dispuesto. 

— No tengo en el mundo otra afección que mi 
hija; por ella me he desvelado, por ella vivo; per- 
derla es morir. 

— ¡Perder á Emma! esclamó el joven; ¡oh! ¡no! 
¡no diga usted eso, Mr. Payne! ¡solo la idea me ha- 
ce daíio! 

— Si es cierto que usted la ama, si ella ha des- 
pertado en usted una pasión profunda, una pasión 
como la que mi hija puede inspirar á cualquier 
hombre, ayúdeme usted á salvarla. 

— No soy mas que un artista, pero tengo fé y 
corazón 

— ¡No, no! esclamó el senador con una repug- 
nancia marcada; no se trata de eso; no es cuestión 
de arte ni defé 

—Creo que no me ha comprendido usted. 

—¡Oh! ¡demasiado! 

— Entonces 

—Emma está enferma, gravemente enferma y 
su dolencia parte del alma: la medicina no- tiene 
remedios para curar su padecimiento. 



—116 — 

— Y ¿quién puede? 

—¡Solo usted, Mr. Barreda! 

-¿Yo?* 

— Sí; hice á usted un desaire, dos, no sé porque 
estaba loco; tenia celos de que mi hija pusiese sus 
ojos en otra persona que en mi, pero el mal está 
hecho y es necesario remediarlo. 

— Cada vez comprendo menos 

—Voy á decir á usted lo que deseo para salvar 
á mi hija sin que usted se comprometa á nada. 
Emma ha abierto su alma á una primera sensación 
que ha echado hondas raices, pero nada hay eter- 
no en la vida; las impresiones del corazón suelen 
borrarse cuando mas se alimentan; la simpatía que 
nace de una mirada se evapora á veces con el cam- 
bio de dos frases. Quiero que usted se acerque á 
Emma, que ella consiga el deseo de verse corres- 
pondida, que se tranquilice en una palabra; cuan- 
do su mal haya desaparecido, cuando su ánimo no 
esté inquieto, emprenderá usted su viaje; una au- 
sencia puede ser larga y en ese tiempo acaso ven- 
ga el olvido en auxilio suyo; ¡es tan común eso! 
Ahora lo que interesa es parar el golpe. 

— Lo que usted me propone, Mr. Payne, seria 
muy fácil, pero temo á mi corazón: no es posible 
tratar á Emma sin sentir una pasión violenta por 
ella; interesado hasta ese punto me seria imposible 
emprender mi viaje, y si lo emprendiera y me ol- 
vidara ¿quién vendría en mi auxilio para á mi vez 



-117- 
curarine? ¡En usted muy cruel al exijirme tan enor- 
me sacrificio! 

—Es verdad; pero sabria corresponder 

— ¡Mr. Payne! esclamó Eusebio poniéndose en 
pió; ¿creo usted por ventura en su ii.stinto comer- 
cial que puedo venderle la tranquilidad de mi vi- 
da y la paz de mi corazón? Y si venderlas pudiera 
¿cuál es el pago que recibirla? ¡Dinero! ¡Amo 4 
Enima! seria capaz de amarla como un insensato, 
pero no daría el menor de mis sentimientos por to- 
da la fortuna de usted. Estaba decidido á sacrifi- 
carlo todo por ella, pero usted acaba de hacer im- 
posible la prolongación de esta entrevista. 

El senador cojió una de las manos de Eusebio 
y con ternura le dijo: 

— Veo que es usted un joven honrado y que po- 
demos entendernos. 

— ¡Imposible! 

— ¡Oh! la vida de mi hija me impone un deber 
y lo cumpliré. Amela usted para que sea feliz y si 
llega un dia en que los dos se forjan el sueño de su 
felicidad en unirse para siempre, crea usted, Mr. 
Barreda, que la llevaré al altar para dar á usted 
su mano. 

Eusebio se sobrecojió; no estaba ni podia estar 
preparado para este golpe de la fortuna; reconcen- 
tróse un momento en sí mismo y añadió: 

— Seria para mi el colmo de la ventura lo que 
usted me propone, pero necesito crearme un nom- 



-118- 
bre, una foítuna, atravesar ese inmenso espacio del 
arte 

— ¡No, no! volvió á esclamar Mr. Payne; si us- 
ted se enlaza con mi hija, tengo riquezas y hono- 
res; ¡el arte no! 

Eusebio comprendió demasiado la idea del se- 
nador, pero no creyó prudente contrariarlo. 

— Mi hija, dijo el senador, debe ignorar como 
todo el mundo esta entrevista; esta noche iremos 
al teatro; medite usted un medio para llegar hasta 
ella dejando mi dignidad á cubierto 

— Mr. Payne, crea usted que me hace completa- 
mente feliz y que nunca tendrá que arrepentirse 
de haber dado este paso, cuya noble idea sé esti- 
mar en lo que vale. Me iba mañana con la muerte 
en el corazón; pero me quedaré aquí con la vida 
en el alma. 

— Hasta la noche. 

—No faltaré. 

El senador estrechó con efusión la mano del 
artista y bajó la escalera sosteniéndose con tra- 
bajo en el pasamanos para no caerse. Al poner el 
pié en la calle decia entre si: 

— ¡Oh! ¡mi hija es primero que todo! Este joven 
la ama y la curará de su enfermedad; después corre 
de mi cuenta curarla de su amor. ¡Hay tantos me- 
dios! 

Eusebio entró jadeante en mi cuarto y me dio 



—119- 
una docena de abrazos tan apretados y tan repeti- 
dos que temí por su razón. 

Cuando me Iiubo contado ia entrevista miré 
fijamente á mi amigo y le dije: 

—¡O estás loco ó lo está Mr. Pajme! 
— ¡Voy á ser capitalista! 
— ¿Y el piano? 
— Lo quemaré. 

He ahí bien de relieve un rasgo característico 
del tipo de la felicidad. 



XIX. 



La visita de Mr. Payne á Ensebio podrá pa- 
recer estraSa y aun inverosímil á algunos, pero solo 
contestaré á estas observaciones que era fundadí- 
sima y sobre todo que es histórica. 

Cuanto acontece en la vida del hombre, por 
inesperado y anómalo que sea, tiene su funda- 
mento. 

Retrocedo, pues, en mi relato. 

Cuando Mr. Payne dejó atrás á Saratoga aca- 
riciaba la idea de que la ausencia y el tiempo dis- 
traerían á Emma de una impresión que debia ser 



^ 



—120— 
pasajera por cuanto se habia alimentado solo con 
miradas, pero la ausencia y el tiempo con su teo- 
ría engañaron al senador. 

Los primeros dias Emma supo encubrir sus 
sentimientos porque vivia dn la esperanza: habia 
escrito á Eusebio y cada minuto que pasaba le 
traia á su imajinacion una respuesta apasionada 
de su amante; pero corrieron los minutos y los dias 
y la carta no llegó. 

Poseída entonces Emma del dolor agudo que 
produce la herida de un desengaño, cayó en la 
tristeza y el abatimiento, lo cual alarmó á su pa- 
dre; en vano fueron las súplicas y los halagos de 
este para que le comunicara su pena: la joven cerró 
su corazón, y sola en su cuarto daba rienda á su 
desesperación y á sus lágrimas. Eran vanos sus es- 
fuerzos por aparecer tranquila al presentarse de- 
lante de su padre: la huella de las lágrimas es trai- 
dora y vende al sentimienlo. 

Mr, Payne agotó todos los recursos de su ima- 
jinacion para distraerla, pero para Emma no ha- 
bia atractivos mas que en el desahogo de su dolor: 
esto solo podia consolarla. Cuando el corazón rebo- 
sa es hasta inhumano prestar consuelos inútiles: 
no hay otro consuelo para el dolor que dejar correr 
el raudal de llanto que nos ahoga. 

La frente del senador, nublada siempre, no 
descansaba tranquila en su almohada; el insomnio 
se habia apoderado de él y el insomnio es una en- 



—121— 
fermedud grave. Llamó á los médicos uiaa afama- 
dos con el pretesto de consultarles su estado, pero 
iban prevenidos: el objeto era que viesen todos 
á su hija! Emma cerró para ellos sus labios como 
Labia cerrado su corazón para Mr. Payne. 

La ciencia no sabe despejar incógnitas; gra- 
cias que conozca los males conocidos. Los médicos 
declararon que la dolencia de la joven debia par- 
tir del alma por cuanto ningún síntoma ñsico pre- 
sentaba de relieve una enfermedad determinada. 

El senador se tranquilizó algún tanto creyen- 
do que las dolencias del alma no matan. 

Bsro Emma, aunque nunca se quejaba, fué 
perdiendo el color y las carnes; los médicos enton- 
ces se alarmaron y alarmaron á Mr. Payne; ella, 
sin embargo, se resistió á todo examen y á todo 
tratamiento. Su padre vivia en perpetua calentura 
y como Emma sufria en silencio. 

En este estado se hallaban padre é hija cuan- 
do encontraron á Ensebio en el Bróachcay; la tur- 
bación de Emma y su inquietud después conven- 
cieron demasiado al senador de que la dolencia 
provenia directamente de su pasión por el artista. 

El senador al verla apasionada ciegamente de 
un hombre inferior, según su cálculo, sufrió un 
golpe terrible en su amor propio; después el padre 
tuvo celos del amante que llenaba el alma entera 
de la que él quería con todo su corazón, y de aquí 
partió aquel vértigo que le hizo acariciar por un 

16 



—122— 

momento el crimen la noche que Eusebio se acer- 
có á Emma en la representación de Lucia.. 

Al retirarse del teatro^ Mr. Payne condujo á 
Emma á su casa: en la cara de la joven estaba im- 
preso el sello inequivoco de la muerte. El senador 
maldijo su cobardía, comprimiendo la pistola en- 
tre sus dedos: creia á su hija perdida ya para siem- 
pre. 

Una fiebre intensa se apoderó de Emma y en 
su delirio llamaba sin cesar á Eusebio: ni una vez 
nombró á su padre. Mr. Payne estaba loco y se 
paseaba por la estancia rujiendo como una fiera: 
la fiebre también se habia apoderado de su «razón; 
pero hizo crisis y entonces se acercó á Emma que 
no le vio. El anciano sintió enardecerse sus ojos y 
dos lágrimas de fuego abrasaron sus mejillas, vir- 
jenes todavía de ese sentimiento tan santo como 
lejítimo. 

¡Oh! ¡cómo bendijo á la Providencia al encon- 
trar en su alma ese bálsamo de consuelo que lava 
todas las heridas, que calma todos los dolores, que 
purifica todos los sentimientos! 

Mr. Payne lloraba por la primera vez; apren- 
día á ser hombre y en aquel momento se presentó 
á sus ojos la humanidad con todas sus miserias; el 
egoísmo huyó de su corazón espantado por aque- 
llas lágrimas purísimas que emanaban de un sen- 
timiento. — El sentimiento habia engrandecido á 
Mr. Payne. 



—123— 

Fios hombres que nq lloran no tienen jugo en 
el alma. ¡Miserables! 

lie dicho mal: jdesgraciados! 

Aquel padre infeliz se inclinó sobre su hija 
para mam Testarle el tesoro de sentimiento que la 
naturaleza acababa de prestarle; pero Emma se- 
guía en su delirio. 

Todos los doctores de la ciencia corrieron á 
la cabecera de la enferma; allí había un mal físico 
v]ue atacar y lo atacaron con un simple calmante. 

La ciencia triunfó esta vez; pero después de 
haber conferenciado sobre la situación de Emma 
dijeron á Mr. Payne que su verdadero padecimien- 
to era una pasión de ánimo que traería fat.ales con- 
secuencias: era preciso cortar el mal, triunfando de 
su enajenación, por cuanto esta podía llevar á la 
doliente ó á la consunción ó ú la demencia. 

No sé si este pronóstico en medicina eslójíco; 
lo que aseguro es que así salió de los labios de los 
doctores. Aunque bien mirado, la lójicadebe estar 
reñida con la medicina. 

El senador fuera de sí entró en el cuarto de 
Emma que clavó en él los ojos, vidriosos todavía 
por el efecto de la calentura; Mr. Payne cojió una 
de las manos de la joven entre las suyas y le dijo: 
— ¿Has sufrido mucho esta noche, hija mia? 
— No, contestó ella aparentando indiferencia; el 
calor del teatro me trastornó. 

—¿Es posible, Emma. que pretendas engañar a 



—124— 

tu padre? ¿No conoces q^ue leo en el fondo de tu 
alma? 

— ¿Y qué lee usted, padre mió? preguntó ella 
con una sonrisa forzada. 

— Leo que padeces una afección moral, y esta 
afección moral parte directamente de una falta de 
confianza que no te perdono. 

— Puede usted equivocarse. 

— ¡Oh! ¡no! ¡nunca se equivoca un padre! Leo en 
tu corazón como leo en el mió, porque mi corazón 
y el tuyo son uno mismo. 

— Entonces ¿porqué me pregunta usted lo que 
tengo? 

—Es verdad, Emma, pero deseo que me comu- 
niques tus sentimientos aunque los adivine yo; las 
penas cuando se comunican parece que se alivian; 
soy tu mejor amigo. 

— Lo sé, padre mió. 

— No vivo mas que para ti; la ambición me ha 
dominado toda mi vida; he sido egoísta y malo, te 
lo confieso, porque no creia que entre los seres ani- 
mados existiera un lazo superior que haciendo ol- 
vidar la propia existencia nos impulsara á ofrecer- 
la en holocausto de otra vida; la Providencia me 
ha dado una hija para iluminar mi razón y desper- 
tar en mí esa fibra sensible que juzgaba muerta y 
que solo dormia. He vivido en perpetua lucha con 
el mundo, queriendo sobreponerme á todo en alas 
de mi ambición; hoy otro poder superior ha doma- 



-125- 
do mi instinto haciéndome amar la vida para con- 
sagrarla á otro ser: este ser eres tú y bendigo á la 
Providencia. ¡Me has reconciliado con la huma- 
nidad! 

— ¿Cree usted por ventura que soy ingrata? 

— Ingrata no; pero te muestras indiferente á mi 
sentimiento, sin duda porque lo ignoras: no puedo 
ignorar el tuyo porque la lágrima que en silencio 
derraman tus ojos viene á caer en mi corazón, ca- 
liente todavía. Si algún dia eres madre compren- 
derás este misterio; puede un hijo no vivir para 
su padre, pero al ser padre vive siempre para su 
hijo: esta es una de las leyes inmutables de la sa- 
bia naturaleza. 

— Me hace usted daño, porque queriendo borrar 
la idea de mi ingratitud me acusa injustamente. 
Es verdad que he sufrido y que sufro, pero ahoga- 
ba mis sollozos y escondía mis lágrimas, por no 
atormentar á usted, por no hacerle partícipe de 
mi dolor. 

— ¡Egoísta! querías sufrir sola sin saber que tus 
sufrimientos eran menores porque tenias quien te 
ayudara á llorar. 

— ¡Qué bueno es usted, padre mío! 

— Ven, reclina tu cabeza en mi pecho; llora, 
desahoga tu alma, lloraré contigo; no tienes dere- 
cho á padecer sin darme una parte de tu dolor: te 
lo disputaría siempre; cuando seas dichosa, olvida- 



—126— 
me, disfruta sola; no iré á pedirte participación en 
tus placeres 

— ¡Ah! ¡he sido ingrata! jahora lo conozco! 

— Has abierto, Emma, tu corazón á una de esas 
impresiones profundas que se graban en el alma; 
tu sueño se realizará; y si la suerte fuese cruel 
contigo, si la esperanza se desvanece, lucha con 
valor; no olvides que no te perteneces: tu vida es- 
tá unida intimamente á la mia; si decides morir, 
avísame antes para precederte; no podría verte 
desaparecer de mis brazos porque morirla después 
y seria morir dos veces. 

— ¡Lucharé! ¡si! ¡lucharé! ¡Me ha inspirado usted 
un valor al cual creia ajeno mi espíritu! ¡Olvidaré 
á ese hombre! 

— Ese hombre te ama y. tengo acaso la culpa de 
que haya huido de tí; ¡me hacia tanto daño el con- 
vencerme de que otro ser llenaba tu alma y ocu- 
paba tu pensamiento! 

— ¡Ah! ¡no! ¡no me ama! ¡Le he escrito, padre 
mió, y no me ha contestado! 

— ¿Le has escrito? 

— ¡Estaba desesperada! 

Entonces Emma refirió á su padre la escena 
del parlar y el senador bajó la cabeza dando mues- 
tras de un abatimiento grande. 

Media hora después padre é hija conferencia- 
ban, prodigándose las caricias mas tiernas. El ros- 



— 127— 
tro de la joven estaba aiiimado y parecía volver á 
la vida en alas de la esperanza. 

Tra.scurrieron dos días; Einma había abando- 
nado el lecho y suplicó ú su padre que la acompa- 
ñara: quería respirar el aire libre de la calle; pero 
el senador se opuso, pretestando una ocupación y 
ofreció á su liija llevarla por la^oche al teatro par 
ra que se distrajese. 

La frente del senador estaba nublada aquella 
mañana: había leído en los periódicos el anuncio 
del viaje de Eusebio Barreda y acometido por una 
idea súbita, sin comunicar á Emma su proyecto, se 
dirijió á casa del artista. 

Lo que allí pasó ya lo saben mis lectores. 

Sigo, pues, mi narración. 



XX. 



La segunda representación de la ópera Lucía 
llamó al teatro escasa concurrencia, á pesar del 
mérito de los artistas. 

Sin embargo, cuando Ensebio asomó la cabeza 
por la puerta de entrada de la planta baja del co- 
liseo le pareció que estaba lleno: y lleno estaba 



—128— 
para él por cuanto distinguió todo lo que podia de- 
sear: habia visto á Emma con su padre en un pal- 
co principal. De repente salió diciéndome que lo 
aguardara. 

Pocos instantes después volvió y me dijo: 

— Necesitaba de un medio para acercarme á 
Emma y la suerte, me lo depara. 

— ¿Cuál es? le pregunté. 

— Vi desocupado el palco contiguo al de Mr. 
Payne y fui á tomarlo; por fortuna no se habia 
vendido. Ven. 

— ¡Cuidado, Ensebio! 

— ¡El campo es mió! 

Subió los escalones de tres en tres y entramos 
en el palco. 

El senador nos vio, pero en la inalterabilidad 
de su fisonomía no pude comprender el efecto que 
le hacia la determinación de Ensebio. 

Este ocupó la silla de la derecha, con lo cual 
quedó tan cerca de Emma que sus brazos se toca- 
ban; la joven volvió la cara y al ver á su amante 
sintió un estremecimiento tan marcado que todos 
pudimos percibirlo. El rostro de Mr. Payne siguió 
inalterable; el de Emma vendia claramente la emo- 
ción de que estaba poseida; y no era solo el placer 
de ver á Ensebio el que la causaba, sino el temor 
de que se repitiese la desagradable escena de Sara- 
toga entre su padre y su amante. — La pobre niña 
ignoraba \n visita de Mr. Payne á Eusebio. 



— 12'J— 

Empezó la representación de la ópera y esta 
vez Mr. Payne, fijando todo su interesen el espec- 
táculo, se volvió hacia el escenario, lo cual hizo 
comprender á Eusebio que le abandonaba el cam- 
po. Enima se sorprendió de aquella actitud do bu 
padre y le dio gracias con el pensamiento, acor- 
dándose do lo que lo habia dicho dos dias antes 
con motivo de su dolencia. 

Al cantar Lucia su cavatina el brazo de Eu- 
sebio seguía tocando el de Emma: una corriente 
eléctrica los tenia en contacto; ella, resentida con 
la conducta de mi amigo, queria separar su bra- 
zo para evitar aquel lijerisimo roce, pero una 
fuerza superior lo sujetaba. Amando á Eusebio no 
podia hacer otra cosa y ademas en sus ojos, al vol- 
verse ella, habia comprendido que aquella alma en- 
tera era suya.— Ya he dicho que Eusebio poseia 
en alto grado las ñicultades dramáticas. 

Emma no queria mirar á Eusebio y sin em- 
bargo le miraba. Con el ojo derecho atendía á la 
escena y con el izquierdo devoraba á su amante: 
evolución que solo el amor hace posible. — Los ojos 
de las mujeres son una máquina que obra prodi- 
jíos. 

Eusebio que nada tenia ya que temer del se- 
nador se entregaba todo á la contemplación, y fijo 
en Emma ^e abstraía de cuanto le rodeaba. 

El dúo de tenor y tiple produjo una sensa- 
ción igual á los dos amantes: aquella poesía que 

17 



—130— 
Donizetti supo imprimir á sus notas en ese tierní- 
simo trozo despertó en el alma de Emma un entu- 
siasmo inesplicable; Emma y Eusebio cantaban el 
dúo, entonando sus almas con una armonía admi- 
rable las frases apasionadas de Lucia y de Mgar- 
do: aquellas frases les traiau á la mente la prime- 
ra pajina de su amor. 

Al separarse Lucia y Edgardo^ cuando lanzan 
aquel sublime ¡addio! Emma y Eusebio se volvie- 
ron instintivamente para mirarse y sus almas se 
confundieron. 

Cayó el telón. 

Mr. Payne se dirijió á su hija para celebrar el 
mérito de los cantantes y pedirle su parecer. ¿Quién 
sabe si el desventurado padre no habia oido una 
sola nota de las que celebraba? 

Un segundo después, pretestando que pasaba 
un amigo por el corredor, salió del palco. Emma le 
miró fijamente: habia comprendido su intención. 

Al ver salir á Mr. Payne adiviné que yo tam- 
bién estorbaba; pero al hacer la demostración de 
levantarme, Eusebio me dio un golpe en el pié con 
el tacón de su bota; aquella señal fué tan espresi. 
va que aun no habiendo comprendido lo que que- 
ría decirme, el dolor me hubiera imposibilitado de 
ponerme en pié. Hice un jesto significativo y Eu- 
sebio se cubrió la cara con el pañuelo para ocultar 
la risa que le provocó mi mueca. 

Resignado á acompañar á Eusebio, puesto 



-131- 

que creía necesaria allí mí presencia, me puse á 
leer con todo ínteres el programa de la función. 

Eusebio, como quien hace una llamada ver- 
gonzante, dejó caer con recek| esta palabra en el 
oido de la joven: "Enima." 

Ella se volvió y sin cuidarse de que yo podia 
oiría, le dijo: 

— ¿Es verdad, Mr. Barreda, que se marcha us- 
ted mañana á Cuba? 

— Asi lo había decidido, Emma, al convencer- 
me de que usted no me amaba. 

Emma le miró abriendo los ojos para mani- 
festar su sorpresa. 

— Necesito haber oido á usted mismo esas pala- 
bras para darles crédito. 

—¡Oh! bien sabe usted, dijo mi amigo, que he 
combatido de frente las consecuencias de esta pa- 
sión para haber sufrido un triste desengaño. 

— ¡Un desengaño! ¿Se burla usted de mí, Eu- 
sebio? 

— No, Emma; ofrecí respetar á Mr. Payne, y al 
siguiente dia desapareció usted de Saratoga sin 
dejarme una palabra de consuelo, un átomo siquie- 
ra de esperanza. 

—Fui arrastrada por una exijencia de mi padre, 
pero bien pudo usted convencerse por mi carta 

— ¡Una carta! ¿qué carta? 

— ¿No ha recibido usted una carta mia? 



—132- 

^ — No, contestó Eusebio con una imperturbabili- 
dad sorprendente. 

Aquella negación llegó hasta mí y costóme 
trabajo ocultar el e^cto que me produjo; hice una 
seña con el pié á Eusebio, pero no fui tan impla- 
cable como él conmigo para no distraerlo. 

— Entonces, dijo la inocente niña, nada me sor- 
prende; habia acusado á usted por una indiferen- 
cia, criminal á mis ojos. 

— ¿Podia usted creer, Erania, que recibiendo una 
carta de usted hubiera permanecido en Saratoga 
ni un minuto? ¡Oh! ¡no es estraño, porque usted 
no me conoce! 

— ¿Y se marchará usted mañana? 

— Después de ver á usted hoy ¿cómo me pre- 
gunta si me iré mañana? Huia de este pais con el 
corazón despedazado por un desengaño cruel, pero 
cuando veo renacer la esperanza, respiro de nuevo 
y me quedo, sea cualquiera el resultado de mi de- 
terminación. 

— ¡Gracias, Eusebio! 

— Sé que voy á combatir desesperadamente con 
un padre que se opondrá á mi cariño, pero el co- 
razón encierra un tesoro de valor y lo pondré en 
juego para triunfar. 

— ¿Se ha acordado usted de mi, Eusebio? 

— No me haga usted esa pregunta; lea usted en 
mis ojos la respuesta. 

Emma miró á Eusebio y la respuesta de sus 



— 133— 

ojos le arrancó un suspiro en que se reílejaba su 
satisfacción. Vuelvo a repetir que mi amigo era 
un hombre admirable para la escena, aunque en 
situaciones semejantes todos los hombres son ac- 
tores eminentes. 

— No tema usted á mi padre, Ensebio, añadió 
la joven; acér'quese usted á ól sin cuidado; alimen- 
to la esperanza de que mi padre se convencerá de 
la injusticia de su oposición; ademas, si hay con- 
trariedades que vencer, luche usted como yo: solo 
asi se quilata el amor. 
— Estoy resuelto á todo. 

En aquel momento entró Mr. Payne en el 
palco; en la apariencia nada habia visto, pero el 
senador habia estado observando desde la galería 
baja. Ensebio se volvió hacia mi repentinamente 
y dejé de leer el programa de la función que ya 
sabia de memoria. 

Durante el segundo acto Mr. Payne tuvo oca- 
sión de estudiar el cambio que se habia obrado en 
su hijaí su fisonomía se habia animado y celebraba 
á los cantantes con un regocijo casi inñintil. El se- 
nador respiraba con mas libertad: veia aquella no- 
che que la dolencia de su hija habia encontrado 
el remedio.' 

Al concluir el acto entraron varias personas 
en el palco de Mr. Payne; entre ellas habia un in- 
dividuo con quien habíamos entablado amistad en 
Saratoga; al vernos, se acercó á nuestro palco y 



—1 Sa- 
nos estrechó las manos con cariño. Eusebio se acer- 
có á su oido y le dijo que nos presentara al sena- 
dor y á su hija. 

Cumplió perfectamente su comisión; Mr. Pay- 
ne se llegó primero á mi y después á Eusebio y 
tendiéndonos la mano nos hizo toda clase de ofre- 
cimientos. La emoción de Emma esfaba retratada 
en su semblante. ^ 

Durante el tercer acto Eusebio ya no se de- 
tuvo; salvada la difícil barrera entabló conversa- 
ción con Emnia, dirijiendo de vez en cuando la 
palabra al senador. Los dos amantes, olvidándose 
del mundo, se olvidaron también de Edgardo y de 
Lucia; ¡qué ingratitud! Cuando el tenor cantó el 
aria final, aquella aria que tan bien habla inter- 
pretado Eusebio en el piano, él y Enima si> habían 
remontado al cielo de su amor, y á tal altura no 
llegaron ni las notas de Donizetti, ni los aplausos 
entusiastas que el público tributaba al artista. 

Los amantes descendieron al caer el telón 
pues tenian que separarse; Eusebio estrechó la ma- 
no de Emma y le comunicó el fuego de una pa- 
sión vivísima. 

¡Infame! dirán las mujeres con razón; pero 
¿quién sabe si Eusebio sentia aquella noche todo 
lo que espresaba?-— Hay organizaciones impresio- 
nables que como los actores se poseen tanto de su 
papel que sienten lo que dicen. 

Al salir, el senador estrechó con efusión la 



—135— 
maDO del pianista. No es estraSo; el pianista era 
la salvación de la hija del senador: ¡el senador era 
padre! 

Si aquella noche los médicos hubieran exa- 
minado á Etnma hubieran tenido que renegar de 
la impotencia de la medicina. 

Euima se habia salvado. 



XXI. 



Mi plazo se habia cumplido por cuanto mis 
fondos espiraban y tenia ademas pagado mi pasa- 
je; así, á la mañana siguiente me dirijí al vapor. 
Ensebio me acompañaba para darme un abrazo de 
despedida; en su rostro estaba pintada una satis- 
facción sin límites. 

Al separarnos, lo estreché entre mis brazos 
y le dije: 

— Escríbeme á menudo: deseo saber el desenlace 
de tu historia. 

— Nada ignorarás. 

— Ad¡o^<, Ensebio, y sé feliz. 

— Adiós, Rafael, da espresiones á mis discípulos. 

—Siento mucho dejarte sin recursos para que 



—136— 
atendieras dignamente á la posición que necesitas 
sostener. ¿De dónde los sacarás? 

Ensebio sonriéndose y tomando una actitud 
académica, me contestó como Abraham á Isaac: 
— ¡Hijo, Dios proveerá! 

Y nos separamos, acaso para siempre. 



XXII. 



A los seis dias llegué á la Habana; allí me 
aguardaba mi hambriento diario, que fué tragán- 
dose las inspiraciones de mi viaje, suministradas 
en gacetillas. 

No perdoné medio de anunciar la importan- 
cia del libro que estaba escribiendo sobre los Es- 
tados-Unidos, pues era preciso preparar el terreno: 
sembrar para cojer es el gran pensamiento de la 
gacetilla. 

Ensebio me escribía por todos los vapores que 
llegaban de los Estados-Unidos; Emma completa- 
mente restablecida de su dolencia adoraba en mi 
amigo y Mr. Payne gozaba con la idea de la feli- 
cidad que su hija se habia forjado con la corres- 
pondencia de su poético amor. 

En octubre recibí una carta de Ensebio que 



—137— 

voy ú copiar integra porque pone bien de relieve 
su situación. Hela aquí: 

"Te echo uiuclio de menos, mi querido lía- 
íael, porque en el inmenso panorama que se al)re 
ante mis ojos no tengo un amigo á quien comuni- 
car todas mis esperanzas, todos mis sueños que fe- 
lizmente entrarán en la esfera de las realidades. 

"Emma me ama cada dia mas y tengo el con- 
vencimiento de que no he amado á ninguna mujer 
como á ella; diriis, encerrado en ese circulo vicioso 
de tu escepticismo, que ohro movido por el resorte 
del interés; ¿quién sabe? Hoy Emma constituye mi 
felicidad y bendigo á la suerte que la puso en mi 
camino. Es una mujer digna de ser pmadaj' acaso 
la hubiera querido lo mismo destituida de toda for- 
tuna. — No te rias: ¡eres implacable! 

"Mr. Payne ha cambiado mucho y me trata 
como si fuera su hijo; tú me conoces. Me he apo- 
derado de su casa y alli mando en jefe: mi volun- 
tad es suprema. Ni Emma ni Mr. Payne saben ya 
vivir sin mi. 

"Los dias me parecen siglos, porque temo que 
se me escape la fortuna que se me ha entrado por 
las puertas; en enero Emma será mia y mia será 
también la fortuna de su padre, que es inmensa: 
he averiguado á cuánto asciende y hoy sé mejor 
que el mismo Mr. Payne lo que posee: no quiero 
fijar la cifra por no espantarte. 

"La representación nacional llamaba á Was- 

18 



—138- 
hington al senador; pero ¿lo creerás? ha prescindi- 
do de su deber de buen patricio y permanece en 
Nueva- York, sin otra idea que la de gozar con la 
dicha de ver á su hija y preparar nuestra boda, 
que será ruidosa. 

"No me preguntes por el piano; está cerrado: 
mis glorias de artista las veo desaparecer con cier- 
to sentimiento, pero hay que atemperarse á las cir- 
cunstancias. Mr. Payne pone mala cara siempre 
que se le habla de música y soy tan amable que sa- 
crifico mi instinto para no atormentar al rico se- 
nador. 

"Mis recursos se agotaron, pues vivo con cier- 
ta independencia algo ruinosa en este pais; pero he 
encontrado el filón sin buscarlo. Tomo dinero á 
rédito sobre la dote de Emma, que es cuantiosa: 
los usureros son aqui como en todas partes y como 
en todas partes tienen buena nariz: oliendo la for- 
tuna que me aguarda vinieron á ofrecerme dinero 
al módico interés de un ciento por ciento de ga- 
nancia. 

"Ya ves que sé vivir; hasta ahora no habia 
comprendido que podia hipotecarse el amor: no doy 
otra garantía que la pasión de Emma por mí. 

"Me voy convenciendo de que es mas grato 
entretener algunas horas al lado de una mujer que 
me ama, que pasarlas atormentado con el pesadí- 
simo martilleo del do, o-e, mi de los discípulos. 

"Al mismo tiempo esto es mas productivo. 



—139— 
Veo acercarse el mes de enero y sin embargo pa- 
rece que huyo delante de mis ojos. 

^•Por lo dicho, Rafael, no me juzgues mal; te 
repito que amo á Emma con todo mi corazón. 

"Adiós: tu amigo— ^íwe&w." 



XXIII. 



Voy á cerrar mi historia. 

lie aquí otra carta de Ensebio que llegó á mi 
poder en los primeros dias del último mes de fe- 
brero: 

"Te escribo, amigo mió, en plena luna de miel; 
diez dias hace que me casó y no me he ocupado 
mas que de la felicidad que me abruma con su pe- 
so. Emma escuna mujer superior, y contra la cos- 
tumbre la quiero hoy mas que antes de enlazar- 
me con ella. 

"Nuestra boda ha hecho época en Nueva- 
York. Mr. Payne, como decirse suele, echó el resto; 
todas las notabilidades de la Union concurrieron á 
la ceremonia; los hombres me envidiaban, y lo creo, 
porque Emma estaba hermosísima en aquel mo- 
mento solemne. 

"El senador ha comprado una deliciosa pose- 



—140— 
sion en Newport, desde donde te escribo; á pesar 
de los rigores de la estación no volveremos á la 
ciudad hasta el otoño. Rejuvenecido con la dicha 
de que su hija dí) evidentes muestras, ha renun- 
ciado su cargo retirándose de la política; este paso 
de un senador, cuya vida publica era tan conocida, 
ha causado sensación. No es estrano: el senador 
llamaba con tesón á las puertas de la presidencia 
y sorprende verlo retirarse cuando parecía que 
aquellas iban á abrirse para darle entrada. 

''Mr. Paj^ne dice que no existe la felicidad 
mas que en el recinto doméstico y se ocupa de los 
menores detalles de su casa hasta con puerilidad. 
No quiere leer ni los periódicos y ¡asómbrate! ha 
comprado un magnífico })iano para que luzca dia- 
riamente mi habilidad y para oir cantar á su hija 
que con mis lecciones hará progresos. 

"Emma y su padre me deben la felicidad; 
verdad es que les debo la mia. ¡Cuánto daria por- 
que disfrutaras de ella! pero sabes que soy tu ami- 
go de corazón y que en cualquier apuro puedes ji- 
rar contra mi caja: es decir, contra la caja de Mr. 
Payne; pero ahora soy el administrador de todos 
sus bienes. 

"Suscríbeme á tu diario; en él puedes anun" 
ciar, imitando á Víctor Hugo, que he tenido un fin 
trdjico: ¡me he casado! 

"Mi Emma te envía un recuerdo muy afec- 
tuoso: hablamos mucho de tí." 



—141— 

Cumpliendo el deseo de Eusebio publiqué en 
mi periódico esta gacetilla que es la última pajina 
de la historia: 

^'¡Beati! Nuestro amigo el distinguido pia- 
nista D. Eusebio Barreda, que hacia las delicias de 
los amateura de la Habana, acaba de contraer ma- 
trimonio en Nueva- York con miss Emma Payne, 
bellísima joven, hija del poderoso y honorable se- 
nador Mr. Payne, que se lia retirado á la vida pri- 
vada. A la ceremonia ha concurrido toda la aristo- 
cracia dó los Estados-Unidos. 

"El gacetillero de este diario que continúa 
soltero envidia la .suerte de su ;'inigo Barreda y 
lo avisa á sus lectoras bouitiLs v ricas." 



XXIV. 



Corolario. 

¿En dónde existe el tipo de la felicidad? 

Emma la soñó en el ainor y dio con su sueno. 

Eusebio corrió tras do la gloria y el amor lo 
coronó de riquezas. 

Mr. Payne, ebrio con la ambición, buscando 
un horizonte inmenso, se encerró en algunos pies 



-142- 
de terreno, en el recinto doméstico, y allí le acari- 
ció la felicidad. 

Yo ¡ay! sigo haciendo gacetillas sin saber 

si la felicidad consiste en hacer gacetillas ó en de- 
jar de hacerlas. Sin embargo, el domingo descanso 
y este descanso me proporciona una espansion que 
es acaso la felicidad para mi. 

He escrito el libro sobre mi viaje, pero no en- 
cuentro un editor que quiera imprimirlo; si ven- 
diera de él cien mil ejemplares acaso toparía con 
la felicidad, pero entretanto que no lo doy á la es- 
tampa sigo con la felicidad amortizada en mi pu- 
pitre. 

¿En dónde está la felicidad? 

La felicidad es un mito. 



HISTORIA SEGUNDA. 



MERCEDES. 



RELACIÓN DEL VIAJERO. 



]iwfl:EIÍOB3DBS. 



La felicidad es una cabala. 

Consume el hombre su existencia en formar 
combinaciones como los jugadores de lotería, com- 
binaciones todas que se desvanecen el dia del sorteo. 

Para el hombre la vida es un continuado sor- 
teo; cuando acierta á sacar un premio pequeño se 
desespera creyendo que la suerte se burla de el; si 
por casualidad esta le favorece con el premio gran- 
de, aquel golpe no hace mas que avivar su am- 
bición. 

19 



—146— 

El que cree que la riqueza constituye la feli- 
cidad no se funda mas que en una razón tan efí- 
mera como horrorosa: en su pobreza actual. 

No creo que el dinero sea la base de la felici- 
dad, pero estoy muy contento con tener treinta 
mil pesos de renta. 

El hombre ajusta diariamente cuentas con la 
humanidad y v4 que disfruta mas crédito la des- 
carnada mano que. luce una ostentosa sortija de 
brillantes que la mano pulida de un escolar. 

Y acaso el escolar sea mas feliz con su existen- 
cia dudosa, pues duerme sin cuidarse de que le ro- 
ben lo que no tiene. 

Pero en cambio, y esta es la ley de la com- 
pensación, aquel adolescente para quien el mundo 
no tiene necesidades apremiantes vive la vida del 
corazón; no le desvela un sueño filarjirio, pero le 
atormenta en su insomnio un fantasma que se cru- 
za entre su amor y el de la primera mujer que ha 
turbado la tranquilidad de su alma. 

Arrojad á sus plantas los tesoros de Creso pa- 
ra que os venda una sola mirada de aquella mujer 
y pasará por encima de ese oro que labraría su 
porvenir, para ir á beber un mar de delicias en los 
ojos de una mujer que acaso acaba de hacerle trai- 
ción. 

¡Ay! desgraciadamente esa virjinidad del al- 
ma, ese poema del pensamiento, esa deificación del 
amor, pasan pronto; la mujer tiene siempre barro 



-Hi- 
para gozarse en enlodazar aquella alma que cruza 
el éter de las ilusiones con un vuelo fantástico. 

¡El destino! esa palabra de que tanto se abu- 
sa es incomprensible como el misterio; no, no es 
el destino el que arrastra á los seres á su perdición: 
es BU propia ceguedad. 

Para el que ha levantado un trono en su cora- 
zón á un ídolo y lo vé caer destrozado y sin la pure- 
za que soñó ¿de qué le sirve aglomerar oro y oro 
para deslumhrarlo? Con el oro no se levanta el ídolo 
caido. — El corazón está rebosando veneno y ya ni 
el oro cabe en él. 

Estas últimas reflexiones tan verdaderas como 
desgarradoras se escapan de los labios y del alma 
de mi amigo Julián de Figueroa. 

¿Conoces, lector, á Julián de Figueroa?— Es 
aquel joven pálido que habló conmigo en la Do- 
minica. 

¿Quieres saber mas? — Ecce homo. 



II 



El que no ha sentido los rigores del invierno 
no puede apreciar en lo que vale el amor á la lum- 
bre y lo agradable que es un diálogo con una mu- 



—148— 
jer querida ó con un amigo al calor de la chimenea. 
Las horas pasan velozmente, ya sosteniendo la con- 
versación, ya haciendo continuados paréntesis para 
arreglar los tizones sobre los morillos ó para avi- 
var la llama. 

Por esta razón no debe estranarse que en una 
noche de diciembre de 1854 dos jóvenes, huyendo 
del bullicio de los salones y del aturdimiento de los 
cafés y del atractivo de los teatros y de las aven- 
turas íntimas del amor y de las otras muchas di- 
versiones que Madrid ofrece á la juventud, se pa- 
sasen las horas al lado de la chimenea, conversan- 
do y paladeando su buen café y dos magníficos ci- 
garros lejítimos de la Vuelta-Abajo, de esos cigar- 
ros que allí son contrabando en los estancos de la 
renta. 

El mas joven de los dos tendría veintiséis años; 
envuelto en una magnífica bata de seda entretela- 
da, estaba recostado en un diván, dejando ver sus 
aristocráticos pies que calzaban dos chinelas de 
terciopelo bordadas de oro. 

Julián de Figueroa era rubio y de una figura 
interesante, revelando en su rostro la bondad del 
alma que no rechaza sin embargo en los seres que 
del sentimiento viven, el vigor del corazón. 

Victoriano Aguilera podría contar treinta anos; 
su piel tostada, sus grandes patillas negras y sus 
facciones pronunciadas formaban completo contras- 
te con la delicada fisonomía de Julián; era uno de 



—149- 

esos jóvenes que se hacen 8Ímpáticos á primera 
vista, mas que por su figura por sus maneras y su 
üracia natural en el decir. 

Victoriano que conocia á todo el mundo era 
el eco de la crónica de los salones y lo deseaban 
por tanto en los círculos y en las casas particula- 
res, pues donde estaba él no habia tristeza, ani- 
inindo á las jentes con sus chistes y la viveza de 
su carácter. 

Julián y Victoriano eran dos tipos entera- 
mente opuestos, y esta es sin duda la razón de la 
simpatía que los unió al encontrarse y de la gran 
amistad que después estrecharon. 

Para conocerlos bien convendrá reproducir pa- 
labra por palabra el diálogo que sostenían la noche 
en que los encontramos al lado de la chimenea. 

— Te empeñas, querido Julián, decia Victoriano, 
en no ir al Casino ni al teatro. 

— No me divierto en los sitios públicos y esto 
me pone de relieve el estado de mi alma. 

— Te haces ilusiones. 

— No: gozo mas al lado de un amigo como tu 
que en todas esas distracciones que no me distraen. 

— ¿Pretendes ser viejo á los veintiséis años? 

— No, Victoriano; pero estoy cansado del mun- 
do: á mi edad he recorrido toda la Europo; cinco 
años de movimiento continuo, de ver cada dia nue- 
vas poblaciones y nuevas caras, sin apegarme á 
aquellas ni á estas, han despertado en mí una ne- 



-150- 
cesidad imperiosa. Solo en el mundo, sin padres, 
sin amigos, sin familia, llegó á cansarme ese aje- 
treo y busqué en el descanso la paz del corazón y 
la tranquilidad del alma: estas no se encuentran 
mas que en su propio hogar. 

— ¿Supongo que te propones vivir en Madrid 
para disfrutar de tus riquezas? 

—Nada economizo, amigo mió; habito en una 
magnífica casa, como ves; tengo carruajes, caballos, 
y abono en los teatros; visto según el último figu- 
rín de Paris; cómo bien: en una palabra, nada es- 
caseo para hacerme agradable la vida material. 

— Si: tienes carruajes que no usas y caballos que 
no montas y abonos que pagas sin poner el pié en 
los teatros y ropa que se hace antigua en el ar- 
mario y buena mesa que no luces y un semipala- 
cio que está siempre desierto. 

— Ya te he dicho que huyo del mundo porque 
me agrada la soledad; he llegado á hastiarme del 
bullicio y me atormenta la idea de ser en el mun- 
do un paria: necesitaba un amigo que me compren- 
diese y lo encontré. 

— ¡Ese amigo soy yo! dijo Victoriano con orgullo, 
estrechando la mano que Figueroa le presentaba. 

— Ese amigo eres tú. Cinco años de viajes me 
hicieron conocer infinitas personas, pero todas fue- 
ron afecciones pasajeras. Apenas empezaba á afi- 
cionarme á un hombre seguia el itinerario que me 
habia trazado y estrechaba su mano quizá para 



—151— 
siempre: al siguiente dia encontraba otro compa- 
ñero de vinje que volvía á abandonar. 

— Pero ahora, Julián, te quedas en Madrid y es- 
mero que nuestra amistad será eterna. 

— Así lo creo: te abrí mi corazón y llenaste un 
inmenso vacio en mi alma. 
— ¡Me dejaría matar por tí! 
— Lo sé, Victoriano. 

Y volvieron á estrecharse las manos. 
— .^liora, Julián, necesitas una mujer que te har 



ga feliz. 



— ¡Ay, amigo mió! mis afecciones en el amor han 
sido iguales d las de la amistad; en las infinitas 
ciudades que recorrí no dejé de tropezar con mu- 
jeres muy hermosas y con algunas de esas aven- 
turas que halagan el amor propio de un joven; pero 
sea por falta mia ó por ese demonio tentador que 
me arrastraba en pos de nuevas ciudades y de nue- 
vos objetos, puedo asegurarte que hasta ahora nin- 
guna mujer me hizo concebir una pasión vio- 
lenta. 

— Un hombre como tú, Julián, no puede vivir 
sin amar. 

— Lo conozco y mas te digo: me desvela la ne- 
cesidad de constituir en mi casa una familia que 
me aleje completamente del mundo; hasta enton- 
ces no seré feliz. ¿De qué me sirven mis riquezas 
si no tengo con quien compartirlas? 

— Eres muy joven. 



—152— 
— He vivido mucho en cinco años; los viajes en- 
durecen el corazón y hacen al hombre egoista. 
— A los hombres como tú no. 
— Tengo el orgullo de creer que nadie me aven- 
taja en sentimiento; pero no por eso es menos ver- 
dad lo que te digo. 

— Pon la mano sobre el corazón y consúltalo 
acerca de su estado. 
— No te comprendo. 

— Vamos, esclamó Victoriano sonriéndose; ¿no 
hay en él síntoma alguno que te revele una im- 
presión favorable á una mujer? 
— ¿Aludes á Mercedes? 
— Claro está. 

— Mercedes es una mujer encantadora; conside- 
rada física y moralmente es acaso la mujer que 

llegaría á amar, pero 

— Déjate de peros y habla con franqueza; sé que 
la amas, aunque te esfuerzas por ocultarlo. 
— ¿Porqué había de ocultarlo? 
— Se me figura que le tienes miedo. 
— Miedo no; pero sospecho que no seria capaz 
d-e corresponder á una pasión profunda, como la 
que alimentará mi corazón vírjen el día que se en- 
tregue entero al amor. 

— Te engañas, Julián; Mercedes es una mujer 
superior, y eso que calificas de indiferencia es me- 
lancolía. 

— ¿Melancolía? 



—153— 

— Si: porque padece; Mercedes e8i)erimenta las 
consecuencias de una pasión de ánimo que es pe- 
ligrosa en organizaciones delicadas como la suya. 

— ¿Una pasión de ánimo? preguntó Julián incor- 
porándose en el diván y soltando la taza de café 
que llevaba á los labios. 

— ¡Hola! ¿parece que te interesa su estado? 

— No, esclamó el joven aparentando indiferencia 
y volviendo á dejarse caer sobre el respaldo del 
diván. 

— No me engañes; desde el dia que conociste á 
Mercedes estás taciturno y retraído; por desgracia, 
como todos los que recorren el mundo, en él no 
aprendiste mas que á hacerte receloso é injusto con 
las mujeres. 

— ¡Oh! me juzgas mal, Victoriano. 

— ¿Crees que soy tu amigo? 

— Tengo pruebas de ello. 

— Pues bien: sabes la intimidad que me une á la 
familia de Mercedes; su madre me vio nacer. Mer- 
cedes y yo somos como dos hermanos. 

— ¿Qué quieres decir? preguntó Julián tratando 
en vano de ocultar el interés que le inspiraban las 
palabras de su amigo. 

— Quiero decir que Mercedes no tiene secretos 
para mi. 

—¿Qué te ha revelado? 

—Voy á halagarte el oido, pero me cabe en ello 



20 



— 154-. 

una satisfacción; Mercedes me ha revelado que es- 
tá enamorada de Julián de Figueroa. 
— ¡Ba! no se le conoce. 

—'Eso acredita la lealtad de su sentimiento y su 
buen instinto; una mujer bien nacida debe escon- 
der las impresiones de su alma y sobre todo á aquel 
que se las inspira. 

— Es verdad, pero aunque las esconda sus ojos 
la venden. 

— Todo el mundo en casa de la marquesa, don- 
de la conociste, ha adivinado su impresión, menos 
tú: eso sucede siempre. Mercedes sabe que eres rico; 
vé que eres buen mozo, joven, con talento y cree 
que no es digna de obtener tu distinción. 

— - ¿Ella te ha dicho todo eso? 

— Me lo ha dado á entender bien claramente. 
Ella no tiene mas patrimonio que su honra y sus 
virtudes, lo cual no es moneda corriente en la épo- 
ca que atravesamos. 

— Te equivocas y calumnias al mundo, Victo- 
riano, porque no debo ni quiero ocultártelo: amo 
á Mercedes. 

— Tú no eres un hombre de este siglo; hubieras 
figurado dignamente en la edad media. 

En el rostro de Victoriano Aguilera estaba 
retratada la emoción del placer: el lector no debe 
estraSarlo, atendiendo á la amistad que profesaba 
á Julián de Figueroa. 

Este se levantó del diván para dar algunos 



—155— 
paseos por la estancia. Su amigo, trascurridos al- 
gunos segundos, le dijo: 

— ¿Conque amas á Mercedes? 

— Me has arrancado esa confesión. 
— ¿Te pesa por ventura? 

— No: si es cierto que Mercedes sabe compren- 
der lo que vale este corazón puro, si es cierto que 
me ama me casaré con ella y seremos dichosos, 
porque no temo confesártelo, adoro en ella desde 
el dia que la conocí. 

— Mercedes es digna de tí. 

^—¡Quiera Dios que no te engañes! 

— ¿VAmos á su casa? 

— No, dijo Julián mirando el reló; son las once 
y necesito antes de verla prepararme para gozar de 
mi felicidad. Mañana iremos á su casa, pero na- 
da le digas, pues quiero sorprenderla con mis pa- 
labras. 

— Descuida. 

— Si Mercedes es la mujer que busco he reali- 
zado al fin mi sueíío: tengo la convicción de que en 
el seno del amor y de la amistad hay un tesoro 
inagotable de placeres para almas como la mía. He 
búscalo por todo el mundo una mujer y un amigo: 
si la Providoueia m3 depara hoy lo que me hacia 
falta tepg) que bondocii' á la Providencia. 

— Por mi parte 

— Lo sé; pero temo que Dios se canse de colmar 
de beneficios á un mortal; después de haberme da- 



-156- 
do cuanto puede necesitar un hombre para labrar 
su ventura, creo que le exijo demasiado: he aquí 
mi temor. 

— No pienses en esoj si amas á Mercedes te en- 
vidio la noche que vas á pasar acariciando el lo- 
gro de tus deseos y la realización de tu sueño, co- 
mo antes me dijiste. 

- -Mañana te probaré que es verdad cuanto hoy 
te digo. 

— Te dejo solo con tu amor, si es que un enar 
morado está nunca solo. 

— Hasta mañana. 

— Adiós. 

Los dos amigos se estrecharon las manos con 
efusión. 

Victoriano bajó los escalones de tres en tres 
y á pesar de la promesa que hizo á su amigo corrió 
á casa de Mercedes. 

Julián se cansó de arreglar los tizones de la 
chimenea y se envolvió en las sábanas queriendo 
en vano conciliar un sueño que huia de sus ojos 
porque necesitaban ver una realidad. 



—157- 



ni. 



El lector sabe ya que Julián de Figueroa ama- 
ba á Mercedes y Vittoriano Aguilera nos ha reve- 
lado que Mercedes amaba á Julián: he aquí, pues, 
entablada la historia de unos amores que nada de 
estraüo al parecer ofrecen.— Un hombre y una mu- 
jer que se quieren es una cosa bien común. 

Mercedes ha cumplido los cuatro lustros; es 
alta, esbelta, morena, de fisonomía picante, con 
hermosos ojos negros, de esos ojos que sublevan el 
alma y causan una impresión á la primera mirada 
intencional. 

Conociendo á Mercedes nadie se sorprendería 
de la pasión que despertó en mi amigo Julián: 
Mercedes es una de esas mujeres á quienes no es 
posible amar á medias, que nos roban el alma y el 
pensamiento y nos hacen acariciar el crimen ó por 
un capricho de su veleidad ó por una sombra que 
se cruza entre ellas y nosotros. 

Dotada de una intelijencia superior, el atrac- 
tivo de sus palabras eran el lazo que acababa de 
prender al que se impresionaba con el atractivo 



—158— 
de sus ojos: con unos ojos y una boca como los de 
Mercedes no era posible que escapara ningún hom- 
bre de la seducción. — Julián estaba preso en los 
encantos de Mercedes. 

Julián pasó la noche entera en esa lucha del 
afecto y del temor que no solo roba el sueño sino 
que hace tomar cien determinaciones contrarias, 
no sabiendo el hombre lo que quiere ni lo que va 
á hacer. Por la mañana la lucha habia hecho cri- 
sis y Julián^ esperaba la noche* con ansia para ver 
á Mercedes. 

Los que han amado de veras comprenderán 
^ítodo lo que pasaría por la mente del joven. Escu- 
so, pues, repetirlo. 

Los enamorados cuando esperan una hora que 
ha de proporcionarles una ventura dicen que el 
reló anda muy despacio y suelen adelantarlo, sin 
considerar que el tiempo es implacable y que si- 
gue su acompasado movimiento, sin cuidarse de la 
impaciencia del enamorado que quiere que vuele, 
ni del terror del reo que tiembla contando los mi- 
nutos que le quedan de vida. 

Llegó la noche y llegó también Victoriano á 
buscar á su amigo; este se habia vestido con esa 
prolijidad del que no escasea medio de producir 
efecto, creyendo que la mujer no vulgar que ama 
con el corazón ha de detenerse á contemplar si la 
levita está bien cortada ó si las botas relucen bas- 
tante. 



—159— 

—Son las siete nada miis, dijo Julián queriendo 
aparentar que no tenia prisa. 

— No seas hip(5crita, querido, esclamó Victoriano 
riéndose; te conozco y sé que estás deseando ver á 
Mercedes. 

— Lo deseo, pero 

— ¿Pero quieres hacerme creer que no estás im- 
paciente? Si no supiera lo contrario te fiuseguro que 
no te llevaria á su casa. 

— ¡Eres terrible! 

— El cariño que te profeso me impulsa á arras- 
trarte al sitio donde está tu corazón. 

— Eres un escelen te amigo. 

— Debes creerlo asi. Sabes que tengo confianza 
en la casa, y yendo conmigo á cualquier hora serás 
bien recibido; ademas, Mercedes me agradecerá eb- 
tc tiempo que le regalo. 

—No s^omo pagarte el interés que demues- 
tras por mi. 

— Me lo pagas sobradamente con tu cariño. 
Los dos amigos entraron en el carruaje que 
aguardaba á la puerta; los caballos que adivinaban 
sin dada la impaciencia de su amo salieron á eh- 
cape, sin cuidarse de los bandos de policía, y para- 
ron á la puerta de una modesta cí.sa de la calle 
del Pez. 

Al poner Julián el pié en el portal de la casa 
de Mercedes sintió que palpitaba el corazón con 
fuerza y se detuvo como para tomar aliento, ha- 



— IGO— 
ciendo un jesto significativo. Hasta entonces no 
habia palpitado el corazón del joven y como era la 
primera vez no pudo menos de estrañar aquel sín- 
toma alarmante. 

Cuando los dos amigos penetraron en la sala, 
Mercedes y su madre se pusieron en pié para reci- 
bir á Julián, cumpliendo con la etiqueta y tu- 
vieron que decir dos veces al joven que tomara 
asiento. 

Julián parecía un colejial que hacia su entra- 
da en el mundo; nadie hubiera dicho que aquel 
hombre tan tímido delante de dos señoras habia 
visitado las primeras cortes de Europa y que esta- 
ba familiarizado con la atmósfera de los salones. 



"Misterios del alma son 
que el alma solo adivina" 

ha dicho un poeta con gran verdad. 

El hombre es atrevido con todas las mujeres, 
menos con aquella que ama. 

Viendo la crítica posición en que se encon- 
traba su amigo procuró Victoriano Aguilera enta- 
blar la conversación dándole un jiro indiferente 
para que aquel se animara; pero Julián no halló 
medio de coordinar dos frases para salir de su 
apuro. 

— Parece que ha corrido usted medio mundo. 



—161— 
señor de Figueroa, dijo la madre de Mercedes que 
conocía también el embarazo del joven. 

— Sí, señora. 

— Envidio las muchas cosas que habrá usted 
visto. 

— Poco mas ó menos, señora, se atrevió á decir 
.Julián haciendo un esfuerzo, todo el mundo es 



igual. 



— También son igufiles todas las mujeres, inter- 
rumpió Victoriano en tono de broma, y sin embar- 
go no te parecerán lo mismo unas que otras. 

Julián se estremeció, pero procurando sonreír- 
se para ocultar el efecto que le había hecho la in- 
directa, dijo: 

— Tienes razón, aunque me parece que la com- 
paración no es exacta. 
—¿Porqué? 

—Porque las ciudades no tienen alma como las 
mujeres. 

Y al decir esto, Julián clavó en Mercedes una 
mirada tan insinuante que esta se vio obligada á 
bajar los ojos después de intentar en vano sos- 
tenerla. 

Victoriano se encojió de hombros por toda ré- 
plica, no comprendiendo el arranque vulgar de 
Julián. 

Mercedes en cambio creyó que aquella frase 
decia mucho, prestándole con su amor propio toda 
la gracia é intención de que carecía. 

21 



~1G2— 

Los que hayan amado de veras á una mujer, 
al encontrarse en la situación de Julián habrán 
hecho poco mas ó menos lo mismo. El libertino que 
aprovecha la primera visita para plantear su sis- 
tema de táctica no se corta ni se estremece, porque 
la mujer que pretende es un ave de paso; pero el 
que ha sentido en su impresión el jérmen de ese 
cariño que va á dar en el matrimonio como va el 
rio á dar en la mar, tiembla» á la corriente impe- 
tuosa que lo arrastra porque ve los peligros del 
océano. 

No sé si Julián tenia miedo, pero su falta de 
serenidad era una cosa muy parecida; lo único que 
puedo asegurar es que si tenia miedo no se lo ins- 
piraba el matrimonio sino la mujer. 

A la mayor parte de los hombres sucede todo 
lo contrario. 

Renuncio á cansar á mis lectores con el diá- 
logo que sostuvieron aquellas cuatro personas, uno 
de esos diálogos insustanciales que á nadie intere- 
san y que todos se ven obligados á sostener para 
cumplir con eso que se llama la buena sociedad. 
¿Quién hubiera adivinado, sin embargo, que aquellas 
frases sin sustancia no eran mas que un pretesto 
de cuatro corazones que pugnaban por no vender 
su impresión? 

Julián rebuscaba y revolvía en su mente una 
frase que le abriera el camino para entrar en ma- 
teria, pero no la encontró y tuvo que sostener la 



—163— 
conversación sobre el buen tiempo y sobre el esta- 
do sanitario y sobre otras varias cosas que siendo 
el recurso de los pobres de espíritu estaban muy 
lejos de su pensamiento y sobre todo de su corazón. 

Julián hubiera (}ad() en aquel instante la mi- 
tad de su fortuna por estar solo con Mercedes, cre- 
yendo que la soledad, esa ninfa Ejeria de los aman- 
tes, le inspiraria el medio de lanzar aquel aluvión 
de palabras que sentia en su mente y que se hela- 
ban en sus labios. 

Hallábase Mercedes en una situación mas vio- 
lenta todavía, pero nadie hubiera adivinado lo que 
por su alma pasaba: la mujer en esto nos lleva una 
gran ventaja; en las posiciones difíciles de la vida 
tiene siempre una fibra mas que el hombre. 

La madre de Mercedes paVecia impasible en 
unos momentos en que su corazón de madre sos- 
tenia una lucha: aquel joven era para ella mas que 
el porvenir de su hija: era su bienaventuranza, 
y sin embargo, se veía obligada á no delatar su 
emoción. 

Victoriano miraba de reojo á su amigo y á la 
joven, tratando de animarlos, pero convenciéndose 
de que nada adelantaba se puso en pié. 

Julián respiró; necesitaba que el aire libre de 
la calle diera espansion á sus pulmones y desaho- 
gar su alma, depositando en el seno de la amistad 
sus impresiones. 

La madre de Mercedes hizo á Julián un ofre- 



—164— 
cimiento afectuoso, á que él correspondió con la 
mayor urbanidad; dio en seguida la mano á Mer- 
cedes y entonces un sacudimiento eléctrico puso 
en acción sus sentidos y su alma entera se trasmi- 
tió por sus dedos á los de la joven que se estreme- 
ció; los ojos de Julián se clavaron en los de ella 
con una de esas miradas que dicen mas que una 
estudiada declaración. 

Julián y Mercedes se correspondieron sin ha- 
blarse. 

Cuando entraron en el carruaje Julián de Fi- 
gueroa se dejó caer en el asiento, dispuesto al pare- 
cer á guardar silencio, pero Victoriano, después de 
mirarlo un instante de hito en hito, le dijo: 

— Creí que eras mas esperto. 

— Nada me digas; no sé lo que me pasa. 

— ¿Porqué te encerraste en una reserva tan es- 
traña con Mercedes? 

— Porque la amo. 

— No comprendo esa actitud. 

— Entonces nunca amaste. 

— Cada cual se entiende. 

— ¿Crees que nada dije á Mercedes? 

—Nada. 

— Pues creo haberle dicho demasiado. 

— Amigo mió, entonces voy á pedir para tí una 
clase en el colejio de sordo-mudos. 

— El alma tiene su elocuencia en los ojos. 

— Muy. enamorado estás. 



—165— 

— No quiero ocultártelo: adoro en Mercedes. 

— Ella sera digna del amor que te ha inspirado. 

— Así lo espero. 

—Hemos llegado á tu casa; me alegraré que sue- 
nes con tu amor. 

— Sonaré despierto. 

— Tu nial, querido Julián, es grave; empiezas 
por e\ período áljido. 

— Adiós: hasta mañana. 

— Hasta mañana. 



t 



IV 



Al dia siguiente á las tres de la tarde entró 
Julián de Figueroa en casa de Mercedes; sea porque 
se creyese obligado á cumplir, aunque demasiado 
pronto, con el rigorismo de la etiqueta, sea porque 
su corazón lo arrastrase á aquel sitio, el caso es que 
fué á hacer la visita de cumplido. 

Si la visita tenia 6 no ese verdadero carácter 
el lector decidirá. 

La criada que le abrió la puerta lo dejó pasar 
hasta la sala sin la fórmula del anuncio preventi- 
vo. Los criados que pasan jeneralmente por estú- 
pidos tienen una doble vista para conocer á las 



— 16G— 
personas que visitan á sus señores^ un poco que 
adivinan, otro poco que sorprenden y un mucho 
que oyen sin deber los ponen al corriente en se- 
guida del papel que representa cada individuo que 
va á la casa. 

Un conocido mió califica á los criados de ene- 
migos necesarios: y tiene razón. 

Apenas entró Julián en la sala, la doméstica, 
guiada mas por su buen deseo que por celo de su 
deber, corrió al cuarto de la señorita para avisarle 
que la esperaba el caballero de anoche, pero Merce- 
des estaba á la sazón en la sala al lado de la chi- 
menea; y aquel cambio de localidad no era casual; 
Mercedes aguardaba á Julián y cuando oyó pasos 
en el recibimiento su corazón le dijo: '^¡ahí está!" 

El joven paseó la vista por toda la habitación 
buscando algo que no queria encontrar, y pintando 
en su fisonomia la satisfacción de que se hallaba 
poseído, se dirijió á Mercedes, le estrechó la mano 
y sin esperar á que le brindase asiento se sentó 
cerca, muy cerca de ella. 

Los amantes estaban solos. 

El amor puro, ese amor que en vano quieren 
negar las almas gastadas, ese amor que no busca la 
ocasión propicia para suicidarse, ese amor que no 
enjendran los sentidos, es modesto como la violeta 
y solo exhala su perfume á la sombra; pintada ma- 
riposa, al roce del mundo se deslustran sus alas. 

En aquel mismo sitio la noche anterior se ha- 



—167— 

bia visto Julián apurado para encontrar una fra«e 
y ahora sentia bullir en su cabeza un mundo de 
palabras: la ocasión es el dios de los enamorados. 

Figueroa tío se acordó de preguntar á Merce- 
des por su madre: loa amantes son tan egoístas 
que no hablan mas que de ellos mismos y se aba- 
traen para ser felices. 

— Mercedes, dijo, cuando conocí á usted estaba 
muy lejos de creer que la impresión que recibi ha- 
bia de echar tan hondas raices en mi alma. 

— ¿Qué dice usted? preguntó la joven marcando 
en su fisonomía una sorpresa de que estabsumuy 
lejos. 

Mercedes no esperaba sin embargqfléaa decla- 
ración tan repentina. 

— Pues qué, añadió Julián, ¿no ha hablado con 
usted Victoriano sobre el particular? 

Al nombre de Victoriano la joven se inmutó, 
pero Julián estaba tan dominado por su idea que 
aquella nube pasó para él desapercibida; Mercedea^-ujfí;' 
no contestó. " * ^ 

— Si Victoriano ha callado, continuó Julián en 
su enajenación, yo no puedo, no quiero callar; si es 
verdad que he entrevisto á usted para embellecer 
mi existencia, si es usted capaz de comprender lo 
que mi alma necesita para realizar el sueño de la 
felicidad, no me oculte usted su sentimiento; Mer- 
cedes, amo á usted y este amor es el primero que 
ha abrigado mi corazón. 

O . 



t 



—168— 

— ¿El primero? esclamó Mercedes. 

—Sí; y será el último: no temo asegurarlo. 

— Un hombre que ha viajado tanto y ha visto 
tantas mujeres no es posible que 

— Permítame usted que le interru apa; me he 
dejado llevar de impresiones, pero de esas impre- 
siones que no se graban en el alma y que pasan 
sin dejar huella alguna, de esas impresiones que 
gastan el sentimiento, pero que no matan el co- 
razón. 

— ¡Parece increíble! 

— Es verdad; joven y rico he malgastado mi ju- 
ventud y mi dinero, pero llegó un dia en que el 
hastío, apoderándose de mí, me hizo forjar un en- 
sueño que debía realizar, si la fortuna me depara- 
ba una mujer que me comprendiese: esa mujer es 
usted, Mercedes. 

— Tengo miedo 

— También lo tuve hasta ayer, pero hoy la veo 
á usted idealizada y no me detengo ante ningún 
obstáculo. 

— Es usted un hombre peligroso, Julián. 

— ¿Porqué? 

— Porque la mujer que sabe las buenas cualida- 
des que adornan á usted arriesga mucho entregán- 
dole su corazón. 

— ¿Cree usted que no será feliz conmigo? 

— Creo que podría tocar la felicidad para perder- 
la después. 



—109— 
—¡Oh! no uiü conoce usted y me juzga por el 
vulgo de lo8 hombres. 
— Quisiera engañarme. 
— Lea usted en mi alma. 

— ¡Ah! no venga usted, Figueroa, á turbar la 
dulce tranquilidad en que vivo. 

—¡Es u)»tcd muy cruel! Me retiro 

Cuando el joven abria la puerta para salir, 
Mercedes que se habia puesto la mano sobre loe 
ojos esclámó á media voz: 
— ¡Julián! 

Y aquel nombre apenas pronunciado llegó clara 
y distintamente á los oidos de Figueroa, que retro- 
cediendo de improviso corrió al lado de Mercedes 
y cojiéndole una mano le dijo con una ternura di- 
fícil de espresar:- 

—¿Me ha llamado usted?.... ¡Oh! sí: lo oí bien.... 
¡No me atormente usted! 

— ¡Julián, por favor! 

La joven no habia arrancado su mano de las 
de Julián y éste consentimiento encerraba una de- 
claración elocuente aunque tácita; pero se vio obli- 
gada á hacerlo porque la puerta de la alcoba se 
abrió, apareciendo la madre de Mercedes; esta mar- 
có en su fisonomía una sorpresa mas dramática que 
la de su hija pocos momentos antes. 

La madre habia presenciado toda la escena 
'por el ojo de la llave. 

Julián de Figueroa no se turbó y dirijiéndose 

99 



—170— 
á ella con voz clara y serena, después de confesar- 
le que amaba á Mercedes, le pidió su mano. 

Esta vez la sorpresa de la madre no pudo ser 
tan estudiada porque la emoción le embargó las 
facultades escénicas que son inherentes á toda 
mujer. 

Julián se espresó tan bien que convenció pron- 
to á la madre como habia convencido á la hija. 

La buena señora sintió que se humedecían 
sus ojos y solo pudo sentar una gran verdad: que 
se enorguUecia con llamar hijo á un hombre como 
D. Julián de Figueroa. 

La escena no debia prolongarse; las tres per- 
sonas necesitaban encontrarse solas para meditar 
sobre aquellas palabras que habian de constituir 
una nueva esfera de acción para cada cual. 

Julián se despidió, ofreciendo volver á la no- 
che, y salió sin que Mercedes ni su madre se atre- 
vieran á mirarle de frente. 

Cuando el lacayo abría la portezuela del car- 
ruaje sintió Julián que le tocaban en el hombro; 
volvióse y al ver á su amigo Victoriano Aguilera 
se arrojó en sus brazos; su alma necesitaba de al- 
guna espansion y le dijo: 
— Entra. 

— ¿Te has vuelto loco? 
— Creo que sí: entra. 
— Te obedezco. 



-171- 
Cuando el carruaje partió, dijo Victoriano im- 
paciente: 

— Sales de casa de Mercedes y te encuentro al- 
terado; ¿qué te ha ocurrido? 

— ¡Casi nada! ¡ya soy feliz! 

— ¡Cáspita! ¡(jué pronto resuelves tus problemas! 

— ¡Mercedes me ama! 
— Eso ya lo sabia. 

— Hay mas; he pedido su mano y me la han 
concedido. 

— ¿Qué víbora te ha picado? 

— ¿No te alegra.s de mi suerte? 

— ¿Te atreves á hacerme «sa pregunta? 

— Es verdad; eres mi amigo y debes tomar tan- 
ta parte en mi dicha como yo mismo. 

Julián refirió á Victoriano la escena sin omitir 
el menor detalle y cuando llegaron á la casa de 
aquel, le dijo: 

— Apéate; hoy comemos juntos, pues no quiero 
que me dejes solo: temo pensar demasiado en ella 
y perder la razón. 

— Di mas bien que deseas tenerme á tu lado 
para que te hable de ella todo el dia. 

— ¡Qué diablo! parece que lees en mi corazón. 

— Porque leo en él sospecho que voy á tener ce- 
los de Mercedes. 

— El amor y la amistad no pueden robarse na- 
da porque ocupan distinto sitio. 

— En fin empieza á brillar la aurora de la feli- 



—172— 
cidad para tí y tu felicidad es la mia; para cele- 
brarla dá á tu ayuda de cámara la llave de la bo- 
dega: quiero que brindemos por Mercedes coa aquel 
vino del Rhin que tiene solo el privilejio de al- 
borotarme los cascos y de convertirme en calavera. 

— Cuanto tengo te pertenece. 

— Pues empiezo por pedir la sopa. 

— Me complace verte de buen humor. 

— Hoy es un gran dia para los dos. Vamos á 
la mesa. 



Julián hizo los honores de su casa, como vul- 
garmente se dice, y Victoriano, para corresponder- 
le, hizo los honores á su bodega; Julián por la pri- 
mera vez en su vida se hallaba de buen humor, 
desterrando su eterna melancolía. 

Solo una mujer tiene el derecho de obrar este 
cambio repentino en un hombre; una mujer es lo 
que mas embellece nuestra existencia ó turba 
nuestra alegría; Julián, rico, joven, halagado por 
la suerte, sin el amor de una mujer era un cuerpo 
sin alma. 



-173- 
Victorianü, después de apurar hv ultima gota 
de la primera botella de Khin, dijo: 

— Veo que comes poco y biabes menos. 

— Al contrario, hace tiempo que no tengo un 
apetito tan estraordinario. 

—No se te conoce; y tu cocinero es hombre que 
lo entiende. 

—Como le dejo que me robe todo cuanto quiere 
procura darme gusto. 

— Eres un derrochador y necesitas de una mujer 
que ponga en arreglo tu casa; así es que Merce- 
des 

— Noto que \)o\^s mucho y te pido qm» no la 
nombres. 

— ¿Temes que los vapores ild \ ino proiánen tu 
ídolo? 

-Sí. 

— Pues entonces variemos de conversación; ¿tu 
cocinero es italiano? 

— De Ñapóles. 

— Adoro á la Italia por sus macarrones y por 
sus mujeres. 

— Hay mujeres muy hermosas en ese pais, dijo 
Julián, pero no vi una que pudiera compararse con 
Mercedes. 

— ¡Hola! ¿acabas de hacerme una prohibición y 
en seguida se te escapa de los labios su nombre? 

— Es verdad, contestó Julián haciendo un jesto. 
— Confiesa que no sabes ni quieres hablar de 



—174— 
otra cosa y te daré gusto; los amantes son unos 
niños mal criados, pues nunca se encuentra medio 
de satisíiicerlos. 

— Eres fuerte en tus apreciaciones, pero algu- 
nas veces tienes razón. 

— En esta, por ejemplo. 

Y hablaron largamente de Mercedes, repi. 
tiendo lo mismo durante la comida y de sobremesa, 
sin que por eso el tema de la conversación cansara 
á Julián. 

El que ama está como sujeto á la influencia 
de una manía y se vé obligado á comunicarla á 
todo el mundo para que todo el mundo tome en 
ella parte. 

Cuando abandonaron la mesa era ya de no- 
che; Victoriano vio el reló y dijo: 

— Es temprano todavía; ¿adonde varaos? 

— Adonde quieras. 

— ¿Iremos al café? 

—No. 

—¿Al teatro? 

— Menos. 

— ¿A casa de la marquesa? 

— Tampoco. 

— ¿Entonces para qué dices que vayamos adonde 
yo quiera? 

— Lo repito: vamos adonde quieras, siempre que 
sea á casa de Mercedes. 



-175- 
— ¿Te has vuelto decidor? El amor hace pn>- 
dijios. 
— Me siento rejenerado. 

— Algo temprano es; pero en fin vamos: me es- 
pera una se?ion poco entretenida con la mamá, 
porque me toca darle conversación para que apro- 
veches el tiempo con la niña y le digas mil lin- 
dezas. 

—Eres muy bueno. 

Julián echó el brazo al cuello de su amigo y 
lo fué arrastrando suavemente hasta la puerta; re- 
signóse Victoriano y media hora después ofrecian 
al pincel el cuadro que este en pocas palabras había 
bosquejado anteriormente: Julián y Mercedes en 
dos sillones, uno junto á otro, hablaban bajo, muy 
bajo: si no se oian se adivinaban. 

En cambio, Victoriano y la madre de Merct»- 
des hablaban alto, muy alto, y á pesar de eso, aun- 
que se oian no se adivinaban. 

Aquellos hablaban de ellos mismos; estos, de 
los demás: véase la diferencia. 

Julián de Figueroa casi creia que estaba á 
punto de asegurar para siempre la felicidad; aque- 
llas horas en que su alma se embriagaba al lado 
de Mercedes llenaban toda su existencia, pues 
cuando no la tenia delante su pensamiento la re- 
trataba. 



-176- 



VI. 



En una palabra^ulian desde el día siguiente 
empezó á dar los pasolLDreliminares para su boda 
sin decir nada á su futura, pues qiíeria no perder 
el tiempo y sin embargo e^tudiarla. 

¡Estudiar á una mujer! Para llegar á co- 
nocerla, para leer en su corazón es preciso ó sor- 
prenderla en la lucidez de un sonambulismo ó ca- 
sarse con ella. 

La primera prueba seria muy buena si la prue- 
ba fuera una verdad. 

La segunda seria mejor si no fuera una prue- 
ba tan costosa. 

La mujer la víspera de la boda es para el 
hombre redonda y tersa como una esfera; al si- 
guiente dia empieza á presentar ángulos y á poco 
tiempo es un polígono. 

El hombre es diferente: su carácter es siem- 
pre anguloso, y aunque quiere esconderlo le pasa 
lo que al gato: se le ven las uñas. 

Julián estaba locamente.enamorado y contan- 
do los dias, las horas y los minutos pasaba los mi- 
nutos, las horas y los dias sin pensar en otra cosa 
que en Mercedes. 



-177- 

Verdad es que ella correspondía á su pasión, 
jwiiiendo de relieve hasta esos pequeños detalles 
que son el pasto de las almas enamoradas y que 
revelan el lejítimo sentimiento. Julián de dia en 
dia fuó perdiendo la razón y Mercedes llenó toda 
su existencia. 

Victoriano le daba celos y aunque pretendía 
convencerlo no encontraba frases: era su alma de- 
masiado pura para ocultar sus sentimientos. 

Quería (x Victoriano entrañablemente y pasa- 
ba con 61 todas las horas que no podía estar al la- 
do de Mercedes; el amor y la amistad idealizaban 
la realización de sus ensueños. 

Solo había una diferencia á favor de Merce- 
des; cuando estaba con esta no echaba de menos á 
Victoriano, y cuando estaba con Victoriano busca- 
ba á Mercedes. Esta pequeña diferencia es, sin em- 
bargo, muy lójica y en i\ada amengua los quilates 
de dos afecciones tan distintas. 

El amor es mas egoísta que la amistad. 

El amigo desea la satisfacción del amigo; el 
amante no desea mas que su propia satisfacción. 

Julián, compartiendo la vida entre su amigo 
y su amada, soñaba con la felicidad. 

Pasaron días y días y la impaciencia del jo- 
ven enamorado llegó á su término; hago merced á 
mis lectores de las escenas diarias que representa- 
ban. Un hombre y una mujer que se aman con eso 
que da la jente en llamar frenesí, se repiten las 

23 



—178 — 
mismas frases sin cansarse, pero para el espectador 
no tiene aliciente la monotonía. 

Llegó el dia señalado por Julián y entró en 
el templo de la felicidad por la puerta del matri- 
monio. Según dice un amigo mió, casado por su- 
puesto, esta es la puerta /aZsa del templo. Su en- 
trada es como la de la ratonera: no tiene escapa- 
toria. 

Julián se casó. 

Los que han amado á una mujer con el amor 
que raya en delirio comprenderán el poema de ese 
día: como soy soltero no encuentro rasgos en mi 
pluma para pintarlo con la verdad debida. Solo un 
náufrago es capaz de copiar con exactitud los hor- 
rores de la tempestad. 

En aquel dia Julián prescindió de Victoriano: 
el amor se habia entronizado en él y con su instin- 
to esclusivista parecía haber desaloj ado á ] a amistad. 

Pero la amistad no habia huido del corazón 
de Julián: se habia ausentado en aquellos momen- 
tos comprendiendo acaso que todo el corazón es 
pequeño para contener el amor en momentos de 
tan grandes emociones. 



179- 



VII 



¡Oh! ¡cómo pasaban las horas para Julián de 

Figueróa! 

Pero todo en el mundo busca su nivel; la ce- 
guedad del amante se disipó apenas trascurrieron 
pocos dijis y Victoriano volvió á entronizarse: el 
amor no habia robado á la amistad mas que algu- 
nos arrebatos, pues en el fondo esta no habia per- 
dido ni un quilate de su valor. 

Julián habia comprado una casa en Aranjuez 
y alli paso con su esposa la luna de miel; la pri- 
mera semana Mercedes le hizo olvidar todo: hasta 
á Victoriano; verdad es que ella ó por cálculo ó por 
enajenación procuraba no nombrarlo; al octavo dia 
el joven echó de menos la mitad de sus sentimien. 
tos y volvieron á Madrid; al abrazar á su amigo, 
esclamó: 
- — ¡Qué feliz soy! 

— ¿No te habrás acordado de mi, JuUan? 

— No mucho, te lo confieso, esclamó el joven 
después de vacilar un segundo en que luchó la hi- 
dalguia de su sentimiento con el temor de decir la 
verdad. 



—180— 
— Eres franco por lo menos. 
— Perdóname, querido Victorianoj esto ha sido 
un pequeño paréntesis, pero hoy vuelvo á tí mas 
cariñoso si es posible; Mercedes y tú sembrarán mi 
vida de emociones; ya tengo una familia y este pe- 
queño terreno que ocupa la casa en que habito es 
para mí el universo; después de haberme casado 
solo una cosa lamento: el tiempo que he perdido 
en correr por el mundo y las emanaciones del al- 
ma que se reparten entre afecciones ó indignas ó 
pasajeras. 

— Eres un verdadero filósofo. 
— He sido injusto con la Providencia; creía que 
no era posible realizar el problema de la felicidad, 
y lo he resuelto. El amor y la amistad llenan mi 
alma. 

Los dos amigos volvieron á abrazarse con ter- 
nura. 

Por el rostro de Mercedes cruzó una ráfaga y 
llevándose la mano al corazón ahogó un suspiro. 

Aquella ráfaga pasó desapercibida para su 
marido, pero no para Victoriano, á juzgar por el 
jesto que se marcó en su cara. 

Julián, haciendo el sacrificio de su amor á la 
soledad, llevó á Mercedes al paseo y á los teatros, 
proporcionándole toda clase de distracciones, pero 
Mercedes obedecía maquinalmente, ocultando sin 
embargo á su marido una espina que parecía lle- 
var en el corazón, y haciéndole ver siempre que 



—181— 
á Hu lado nada turbaba el dulce encanto de la 
vida. 

Al negarse ella alguna vez ú complacerle en 
su exijencia, Julián gozaba: vela en aquella nega- 
tiva un deseo níanifiesto de reconcentrarse en el 
hogar doméstico: y esto era para él una ilusión 
mas que lo atraía á la mujer que adoraba. 

Pero el almii no puede tener sus espansiones 
sin que tarde ó temprano el rostro revele lo que 
interiormente la atormenta: no en vano dicen que 
este es el espejo de aquella. 



vni. 



Hablan pasado cuatro meses. 

Una mañana que Julián habia salido, al vol- 
ver á su casa mas pronto de lo que creia entró en el 
tocador de su mujer; hallábase esta recostada en 
un sillón, con la mano izquierda en la mejilla, y 
con el pañuelo en la derecha enjugaba las lágri- 
mas que pausadamente caian de sus ojos; tenia el 
espejo delante, pero con la vista fija en el suelo no 
pudo notar que su marido habia entrado en la es- 
tancia y que por el espejo habia de ver su cara. 



—182— 
Y asi sucedió. 

Al entrar Julián se detuvo casi instintiva- 
mente; hay revelaciones que se adivinan sin ver- 
las ni tocarlas: el dolor parece que se impregna en 
la atmósfera y que se aspira. 

Sintió Julián un estremecimiento nervioso y 
sin darse cuenta de lo que hacia cojió la mano de 
Mercedes, dejándose caer de rodillas á sus pies. 

Mercedes dio un grito y trató de llevarse el 
pañuelo á los ojos para esconder sus lágrimas; pero 
Julián le detuvo el brazo y mirándola de frente le 
dijo con acento de profundo dolor: 

— ¿Lágrimas en tus ojos? 

— ¡No, no! esclamó ella pugnando por enjugarlas. 

— ¡Oh! si; aun ruedan por tus mejillas; aun bro- 
tan calientes de tus párpados; ¡no las toques! Sea 
cualquiera la causa que las motiven necesito saber- 
la; tú no debes tener un sentimiento oculto para 
mi porque tu silencio seria criminal. 

— ¡Julián! 

— Esas lágrimas vienen á nublar la ventura de 
mi alma como han nublado la belleza de tus ojos; 
cuando los ojos lloran en la soledad alguna tor- 
menta destroza el corazón, porque esas lágrimas 
no se enjendran para engañar con un sentimiento 
falso. He sorprendido tu llanto: ahora quiero sa- 
ber tu secreto. 

— Lloraba, Julián no sé 

—No pretendas mentir; leo en tu semblante la 



—183— 
lucha que sostienes; ¡no tomas matarme! ¡habla! 
Por mucho que me digan tus labios no serán tan 
crueles como tus ojos: quiero, á costa de mi infor- 
tunio, mas bien ahogar una pena que atormentar- 
me con la duda. 

— ¡Ahí si pudiera 

— ¡Sí, sí! ¡habla, Mercedes mia! soy tu único 
amigo, soy tu misma persona; si tienes alguna es- 
pina en el alma te la arrancaré porque te amo; na- 
da hay imposible en el mundo, nada que no arros- 
tre por verte tranquila y contenta, nada que pueda 
atormentarme mas que tu desvio. 

La joven se cubrió el rostro con las manos, ya 
por un sentimiento oculto, ya por esconder las lá- 
grimas que querían saltar de sus ojos. 

—¡No, no! dijo Julián; si ha}^ algo en ti aunque 
sea indigno debo saberlo; mi vida te pertenece, 
pero no tienes derecho á gozartQ en nii dolor por 
ocultarme el tuyo. Ven, añadió comprimiendo su 
cuerpo contra su pecho; ven y ábreme tu corazón 
para que lea en él. ¿Qué deseas? ¿no procuro tu 
felicidad proporcionándote todos los medios de 
conseguirla? ¿no intento adivinar tus pensamien- 
tos? ¿no vivo para tí y nada mas que para tí? 

— ¡No! esclamó Mercedes como herida por una 
idea reptntina. 

— ¿No? preguntó Julián poniéndose en pié; ¡en- 
toncés sov un miserable! Ahora si no con mas razón 



—184— 

con mas derecho que antes te pregunto: ¿porqué 
lloras? 

La lucha que sostenía la joven era espantosa 
á juzgar por la violencia con que su corazón latía; 
pero las lágrimas hablan desaparecido de sus ojos 
y tomando un aspecto de severidad que estaba 
muy en oposición con su interior, dijo: 

— Siéntate, Julián, y perdona á la mujer una 
flaqueza, hija lejítima del cariño. 

Sentóse Julián y abandonó una de sus manos 
á su esposa que estrechándola con ternura añadió: 

— Vales mucho para que una mujer pueda vi- 
vir tranquila á tu lado, 

— No te comprendo. 

— Despertaste en mí una pasión grande que es- 
condí algún tiempo porque no me creía digna de 
tí; te aseguro que al declararme la simpatía que 
te inspiré tuve miedo; yo, sin fortuna, sin mérito 
personal, sin talento sospeché que no era posible 
que fijara mucho tiempo á un joven de tus cuali- 
dades y de tu posición. Mis temores se van rea- 
lizando. 

— Ahora te comprendo menos. 

— Me obligarás á decirlo todo; hace tiempo que 
noto en tí si no desvío una diferencia grande de 
lo que eras para mí en los primeros meses de nues- 
tro matrimonio. 

— Mercedes, esas palabras encierran un fondo 
tal de injusticia que solo te las perdono por el pen- 



—185— 
Sarniento que las dicta; por calenturienta que sea 
tu imajinacion solo en un delirio febril cabe esa 
idea. Desde que te conozco no hay un minuto en 
mi existencia que no hayas reinado en mi pensa- 
miento, pues no pienso mas que en tu dicha, en 
sembrarte de flores el camino de la vida, en propor- 
cionarte cuantos placeres pueda soñar la imajina- 
cion; quisiera tener un trono para sentarte en él. 

— Soy feliz á tu lado y lo seria mas si no viniera 
á punzarme ese temor que me has arrancado por 
sorpresa. 

— Bendigo á la Providencia, Mercedes, porque 
me ha proporcionado esta ocasión: no quiero que 
sufras y es preciso que aprendas de una vez á co- 
nocerme; ¿tienes celos? 

—Creo que si. 

— ¿De quién? 

— Lo ignoro: de un fantasma que se forja mi ca- 
beza, pero de un fantasma ^ue toma cuerpo y me 
clava sus garras eu el corazón. 

— ¡Pobre Mercedes! dijo Julián volviendo á es- 
trecharla contra su pecho; te compadezco si eres 
celosa, porque los fantasmas de los celos son im- 
placables; no tiene el menor fundamento tu sospe- 
cha porque para mi no hay mujer en el mundo ca- 
paz de robarme un átomo de tu cariño; te perte- 
nezco tan en cuerpo y alma que no comprendo la 
vida sin ti. 



24 



-186- 

— Eres muy bueno, Julián, pues me vuelves la 
calma que iba perdiendo. 

— Espero que no tendrás ocasión de atormentar 
te de nuevoj comprendo los cefts, aunque no caben 
en mi alma, y quiero desvanecerlos. No me separaré 
de tí un minuto: en esto no hago el menor sacrifi- 
cio, te lo juro; lejos de ti la vida para mí no tiene 
encantos; quiero identificarme tanto contigo que 
no sienta mas que tus sentimientos; quiero mirar 
con tus ojos y vivir en tu alma; quiero, en una pa- 
labra, ser tu esclavo. ¿Necesitas mas? ¿puedes exi- 
jir mas de un hombre? ¿no estás contenta? 

— ¡Oh! ¡sí! ¡niuy contenta! 

Julián abrazó á su esposa y salió de la estan_ 
cia porque necesitaba aire para respirar; lo embria- 
gaba la felicidad. 

Los celos son importunos cuando llegan á tur- 
bar la tranquilidad de la vida doméstica, pero una 
ráfaga es un incentÍYO para el alma enamora- 
da. La mujer querida que llora á solas por una 
sospecha despierta en el alma del hombre un atrac- 
tivo para el cariño y una satisfacción para el amor 
propio. 

Cuando Julián salió del tocador de Mercedes 
encontró á Victoriano que llegaba de la calle; ha- 
bía algo de estraordinario en su fisonomía por 
cuanto su amigo le preguntó: 

—¿Estás ajitado? ¿qué te pasa? 

— He tenido una escena conyugal deliciosa. 



-.1S7- 
— ¿Una escena? esclamó Victoriano frunciendo 

el entrcííí'jo. 

— Sí: cMitré (Je improviso en el tocador de Mer- 
cedes V estábil llorniuio. 

Vlctoiiiuio miró fijamente á Julián para leer 
en su rostro el verdadero sentido de aquellas pa- 
labras; al notar que no había intención le dijo: 

—¿Lloraba? 

— Sí: amargamente.' 

— Las lágrimas en las mujeres no son siempre 
un signo de dolor. 

— Te engañas. 

— Pues esplícate. 

— He descubierto hoy una gracia encantadora: 
tiene celos. 

— ¿De quién? preguntó Victoriano asombrado 
del lenguaje de su amigo. 

— De un fantasma. 

—¿Te chanceas? 

— No por cierto. 

— Encojióse Victoriano de hombros y oyó á Ju* 
lian que tuvo un nuevo placer en referirle la esce- 
na sin omitir el menor detalle. 

Cuando Julián salió de la habitación de Mer- 
cedes y dejó esta de oir el ruido de sus pasos en el 
corredor levantóse precipitadamente y dirijiéndose 
á la puerta echó la llave. 

— ¡Ah! esclamó entonces; ¡estoy sola! ¡Dios 

mió! ¡qué situación tan horrible! ¡El tan bue- 



-188- 

no, tan noble, tan jeneroso! jMi corazón se 

parte! ¡necesito llorar! 

Las lágrimas que antes corrían pausadamente 
por sus mejillas, habiendo estado comprimidas, sal- 
taron de sus ojos á torrentes. 

Y se dejó caer desplomada en el sillón. 



IX. 



El rostro de Mercedes no volvió á nublarse 
en presencia de su marido; habia pasado por una 
prueba demasiado fuerte para no procurar que es- 
cenas semejantes no se repitiesen. La mujer en el 
finjimiento es siempre una gran actriz. 

Mercedes sufria por una causa oculta y sin 
embargo Julián la encontraba siempre afable y ca- 
riñosa, con lo cual no es necesario decir si su feli- 
cidad era completa. 

Reconcentrado en su familia el mundo acaba- 
ba para él en la puerta de su casa, no ambicionan- 
do mas que el amor de su mujer y el cariño de su 
amigo. Habia entregado su capital á Victoriano 
para que lo administrara, libertándose del trabajo 
de pensar en nada que no fuera Mercedes y pro- 
porcionando asi á aquél un medio decoroso de cu- 



-189- 
brir sus necesidades, pues no contaba con bienes 
de fortuna. 

Mercedes manifestó deseos de viajar y un de- 
seo de ella era para su marido una orden; marcha- 
ron, pues, á recorrer la Francia y la Inglaterra, 
sintiendo solo Julián tener que separarse de Vic- 
toriano. 

. La alegría de Julián no tuvo limites al pisar 
suelos estraños que ya conocía, haciendo de cicero- 
ne de Mercedes; tan animada, tan comunicativa y 
afectuosa se mostraba esta que parecían dos aman- 
tes en la luna de miel mas bien que dos casados 
que contaban ya un ano de matrimonio. 

Una mañana al volver en Paris de paseo le 
entregó su ayuda de cámara un parte telegráfico 
de Madrid que abrió precipitadamente; en él le 
avisaban que su amigo y administrador D. Victo- 
riano Aguilera se hallaba gravemente enfermo. 

Julián palideció y dejando caer al suelo el 
papel cubrióse el rostro con las manos para conte- 
ner la esplosion de su dolor; su trastorno le impi- 
dió ver el efecto que en Mercedes habia causado 
la noticia. 

Dos horas después una silla de posta corria á 
todo escape por la carretera de Francia en direc- 
ción al Pirineo, y á los tres dias paraba á la puerta 
de la casa de Julián de Figueroa. 

Este dejó alli á Mercedes y sin mudarse de 
ropa corrió en busca de su amigo, palpitándole el 



_190— 
corazón con tal fuerza que parecía querer romper 
el pecho; al llegar á la casa subió corriendo la es- 
calera, }' sin detenerse á preguntar nada empujó 
la puerta de la alcoba y se lanzó al lecho, recha. 
zando al criado que quiso detenerlo. 

Hacia una hora que Victoriano Aguilera ha- 
bla espirado: el cadáver estaba todavía caliente. 

Julián cojió una mano de su amigo y dio un 
grito agudísimo; oprimióse el corazón con ambas 
manos, pero la fuerza del dolor le negó esas lágri_ 
mas que son el desahogo del alma y se dejó caer 
en el sillón que estaba á la cabecera del lecho. 

El criado no atreviéndose á acercarse se con- 
tentó con mirar fijamente al amigo de su amo; pero 
trascurridos algunos minutos, llamándole la aten- 
ción su estupor, lo cojió en brazos para sacarlo de la 
habitación, sin que Julián se opusiera, no dándose 
acaso cuenta de lo que por él pasaba. 

En los grandes acontecimientos de la vida se 
prueban los hombres; pero Julián, mimado siem- 
pre por la suerte que nunca le contrarió, no tenia 
fuerza moral para soportar un golpe tan rudo que 
rompía uno de los lazos que á la vida le ligaban y 
que constituía su felicidad. 

Necesitaba un desahogo grande la opresión 
de su alma y la Providencia se lo deparó, propor- 
cionándole dos raudales de lágrimas; después de 
haber llorado mucho se puso en pié, volvió á en- 
trar en el cuarto de su amigo, estampó un beso en 



-191- 
su frente helada y arrodillándose en el suelo rezó 
por 61 con todo el fervor de un alma cristiana que 
pide a Dios la salvación de su propia alma. 

Julián, entregado á su dolor, al llegar á su 
casa se encerró en su escritorio; pero un minuto 
después sintió que tocaban á su puerta y acordán- 
dose de Mercedes abrió. 

— Sé la desgracia que ha ocurrido y vengo á 
consolarte. 

— ¡Ah! Mercedes, tú sola tienes el derecho de 
turbar raí dolor. Ven, siéntate á mi lado; sabes 
cuanto queria á ese amigo que la muerte acaba de 
robarme: él y tú formaban para mí los lazos de mi 
existencia. 

— Consuélate, Julián mió; yo llenaré todo tu co- 
razón: ese vacío que hoy encuentras desaparecerá; 
no nos separemos un minuto para que no estando 
solo con tu pensamiento no eches de menos esa 
mitad de tu alma. 

— Si Victoriano hubiera muerto antes de que te 
hubiera conocido seguro estoy que sucumbo al pe- 
so de su pérdida. 

— Vive para mí, para mí solamente. 

Y Mercedes le prodigó tantas caricias y exa- 
jeró tanto sus consuelos que Julián comprendió 
que era preciso vivir para ella, sin dejar de verter 
todo el manantial de lágrimas que la pena había 
acopiado en su corazón. 



-192— 



Cuando el dolor es lejítimo, cuando la pena ha 
herido en lo profundo del alma puede encontrar le- 
nitivos, pero momentáneos: verdad es que los gran- 
des dolores son pocos porque pocos hay que sepan 
sentirlos. 

Y Julián de Figueroa era uno de estas escep- 
ciones; la muerte de Victoriano Aguilera habia ma- 
tado con su cariño una de sus ilusiones mas risue- 
ñas: la de hacer la fortuna de su amigo. 

Julián para honrar la memoria de Victoriano 
no perdonó gasto ni distinciones; su entierro, co- 
mo dicen las j entes que viven de la publicidad y 
del fasto, llamó la atención. Era el último tributo 
que le rendia. 

El noveno dia, según la costumbre, celebrá- 
banse en la iglesia de San Luis magníficos funera- 
les por su alma; á estos funerales estaba convidado 
todo Madrid; imposible parece que todo Madrid 
cupiese en el recinto de una iglesia, pero asi se de- 
cia y se decia una verdad, pues restando de la po- 
blación lo que por todo Madrid se entiende en el 
gran mundo se sacaba un resultado exacto. 



I 



—193— 

La jente se movía mucho por obtener una pa. 
peleta de entrada para la fiesta: el público tenia 
cerradas las puertas del templo de Dios, y solo los 
escojidos podiau disfrutar de la orquesta y del canto. 

Debo hacer justicia á Julián: la función la ha- 
bía preparado un señor muy intelijente en la ma. 
teria, especie de zacateca con levita, indispensable 
en todo entierro. 

El funeral debía empezar á las ocho de la no- 
che y según lo espresaba la esquela, Julián que ha- 
cia la invitación presidiría el duelo. Había querido 
oscusarse temiendo la impresión de su sistema ner- 
vioso, pero después de luchar dos días se decidió á 
liacer el último sacrificio por aquella persona tan 
querida. 

Vistióse Julián de rigoroso luto, y no encon- 
trándose con fuerzas para sentarse á la mesa supli- 
có á Mercedes que comiera sola; salió por las calles 
para respirar el aire libre; pero tenia el corazón 
oprimido y la indiferencia de los que pasaban le 
hacia daño: hubiera querido que todos sufriesen 
como él; ;qué egoísta es el dolor! 

Sus pies lo llevaron maquinalmente a la calle 
de Fuencarral adonde estaba la casa en que murió 
Victoriano; sin esplicarse el motivo de su visita en- 
tró en el portal, subió la escalera muy despacio y 
tiró del cordón de la campanilla; el criado de Vic_ 
toriano, al ver por el ventanillo al amigo íntimo de 
su amo, abrió al momento. 

25 



-194- 
Julian dio maquinalmente la mano al criado 
y penetró en la estancia en donde había muerto su 
amigo; su cama habia desaparecido, pero aquellas 
cuatro paredes estaban impregnadas de recuerdos. 
Julián tocó todos los objetos, se sentó en todas las 
sillas y tanto y tanto escitó su sistema que al fin 
saltaron de sus ojos copiosas lágrimas. 

Llorando amargamente su corazón se desahogó. 
De la alcoba pasó al escritorio; tenia las llaves 
en su poder y abriendo los cajones empezó á rejis- 
trarlos con una minuciosidad que ponia bien de re- 
lieve el estado de su alma. 

Cada recuerdo le oprimía mas el corazón, pero 
ó bien se gozaba en atormentarse no creyendo que 
habia consuelo para su dolor ó queria ayudar á las 
lágrimas para que corriesen impulsadas por la opre- 
sión del corazón que las hacia rebosar. 

Sus dedos tropezaron con una cajita de tercio- 
pelo azul que abrió maquinalmente; pero no bien 
la hubo abierto se puso en pié como herido por un 
rayo: la caja contenia el retrato de una mujer. 

Julián volvió en sí de la enajenación de que 
se hallaba poseído á causa de su dolor, se restre- 
gó los ojos y volvió á mirar el retrato, creyéndose 
presa de un vértigo; pero no se habia equivocado: 
el retrato era de Mercedes. 

— ¿Qué es esto? esclamó poniéndose en pié; ¿có- 
mo se encuentra aquí este retrato de cuya existen- 
cia no tenia noticia? 



—196— 

El joven clió dos pnsos por la estancia y vol- 
vió á retroceder para sentarse de nuevo delante del 
escritorio; un minuto después esclamó: 

— ¡Qué flaca es la humanidad! Acabo de injuriar 
la memoria de una persona querida; no me perdo- 
no esta ofensa Victoriano conoció á Mercedes 

muchos años antes que yo y la miraba como una 
hermana Sin embargo, debió decirme que te- 
nia en su poder esta prenda ¡Ba! ¡ba! ¡estoy 

loco 

Dijo y guardó la caja en el bolsillo del frac; 
la inquietud estaba pintada en su semblante: pues 
una espina le roia el corazón por mas que la noble- 
za de su alma y la dignidad de su carácter rechar 
zasen toda idea indigna. 

Pasó la mano por delante de sus ojos como 
queriendo espantar sombras que le velaban la vis- 
ta y revolvió de nuevo los objetos del el^ritorio, 
pero con cierto interés oculto, con unaajitacion es- 
traña que daba á entender que buscaba alguna co- 
sa determinada. 

Y el demonio que habia dispuesto hacer su 
presa le puso delante un paquete de cartas: al to- 
carlas, sin abrirlas, se estremeció Julián: hay en el 
alma del hombre un instinto secreto que le anun- 
cia su desgracia como hay en el cielo nubes que 
anuncian la tempestad. 

Abrió Julián el paquete y no bien sus ojos 
que saltaban de sus órbitas se hubieron fijado en 



— 19G— 
la primera carta, dio un grito espantoso y dejó caer 
la cabeza sobre el escritorio. 

El criado de Victoriano entró precipitadamen- 
te y corrió á socorrer al joven; pero este al sentir 
el contacto de unos dedos que le tocaban se puso 
en pié y cubriendo las cartas con ambas manos, 
temiendo acaso que pudieran ojos profanos pene- 
trar en sus renglones, le dijo con un acento que re- 
velaba una esplosion del alma: 

— ¡Sal de aquí! 

— Señor 

— ¡Vete! 

— ¡Pobre señor! ¡está loco! esclamó para sí el sir- 
viente. 

En los ojos de Julián ya no habia lágrimas, 
pero reventaban preñados de cólera: su corazón la- 
tía con tal fuerza que apenas podia respirar. 

Tfts veces cojió las cartas y tres veces tuvo 
que soltarlas como si íe quemaran los dedos. 

— ¡Es preciso que las lea! esclamó queriendo ha- 
cerse superior á su situación; ¡necesito apurar el 
cáliz hasta las heces! ¡Oh! ¡las leeré! 

Y leyó las cartas, interrumpiendo de tiempo 
en tiempo su lectura para demostrar sus arrebatos 
ó para mesarse los cabellos con desesperación. 

¿Y qué decían las cartas? ¡Ah! aquella corres- 
pondencia íntima le puso de manifiesto una ver- 
dad que parecía imposible: Mercedes y Victoriano 
se habían amado antes de que aquella conociera á 



-197- 
,) ulian; el segundo habia llevado á esto á su ca«a 
y habia alimentado sus relaciones para que casán- 
dose Mercedes con Julián dispusiese él de sus bie- 
nes á su antojo. Victoriano era un aventurero nii- 
Herable que habia abusado del corazón de un hom- 
bre noble y jenéroso; Mercedes ¡oh! Mercedes no 
era mas que una desgraciada, víctima como Julián 
de la infamia de aquél. 

— ¡Todo acabó para raí! decia; ¡todo! ¡mis ensueños 
de ventura se desvanecen entre una nube de color 

de sangre! ¡Porque necesito matar! ¡ Ah! 

perdida para siempre mi ilusión ¿de qué me sirve 

la vida? ¡El amigo á quien abrí mi alma me 

engaña y me roba! ¡la mujer á quien abrí mi cora 

zon me (^conde en él un puñal envenenado! 

¿Es posible, Dios mió, que me hayas conservado 
la vida para proporcionarme esta hora que vale 

por un siglo de tormento? 

Julián se paseó ajitado por la estancia; sus 
ojos desencajados buscaban algo que destruir; de 
repente se detuvo y dijo: 

— ¡Ni el placer de la venganza me queda! Ei 
hombre que se ha burlado inicuamente de mí ya 
no existe; no puedo devolverle su ultraje arran- 
cándole el corazón para escupirle en él; ¡ella! ¡ella 

á quien amaba tanto! ¡matar á una mujer! 

¡es una cobardía! El mundo me arrojaría sobre 

la frente su desden ¿Conque cabe en el cora 

zon humano tanta falsía? ¿Conque tan miserable es 



—198— 
esa raza que se llama hermana mia? ¿Herma- 
na mia? ¡no! ¡No tengo nada de común con esos 
seres degradados! ¡no debo, no puedo vivir para 
rozarme con esa escoria que mancha la pureza de 
mi alma! 

Julián buscó un arma para poner fin á su 
existencia, pero felizmente no la encontró en la 
habitación; una ráfaga iluminó sus sentidos y ca- 
yendo de rodillas esclamó: 

— ¡Perdón, Dios mió! ¡perdón! no tengo derecho 
para atentar á una vida que no me pertenece; tus 
decretos son grandes y debo respetarlos; dame, sin 
embargo, fuerzas para sobrellevar este golpe supe, 
rior á mi organización! 

Y la lucha de su espíritu hizo crisis; Dios le 
oyó y nuevas lágrimas fueron á servir de bálsamo 
al dolor punzante que le destrozaba el pecho. 

Dos horas trascurrieron sin que Julián se diese 
cuenta de lo que por él pasaba; el reló de la iglesia 
cercana hizo vibrar el aire con ocho campanadas, 
pero el joven nada oia. 

El criado se atrevió á abrir la puerta y to- 
cándole familiarmente en el hombro le dijo: 

— No se entregue usted asi al dolor porque se 
va á enfermar. 

Julián levantó la cabeza y contrayendo sus 
labios con una sonrisa irónica esclamó: 
— Gracias; déjame solo. 



—199— 

—Recuerde usted, señor, que son las ocho; á esa 
hora empieza el funeral de mi amo. 

—¿El funeral de tu amo? preguntó Julián po- 
niéndose en pié. 

— Sí, señor; debe usted presidirlo. 

— Es verdad; retírate. 

El criado se encojió de hombros y volvió á 
salir ratificándose en la idea anterior de que esta- 
ba loco. 

— ¿El funeral de Victoriano? ¿de ese hombre 

aborto de la naturaleza? ¿Y debo presidirlo? 

¿Me están aguardando? ¡Oh! ¡no! El mundo no 

tiene derecho á interponerse entre mi dolor y yo; 

mi dolor es solo mió Parece que Dios me dá 

fuerzas sobrenaturales: debo tener calentura, pero 
la calentura no me postra todavía; voy á luchar 

con mi infortunio Bastante tiempo he sido 

.^eliz Vamos. 

Julián se arregló los cabellos con una proliji- 
dad estremada, guardó la carta en el bolsillo y con 
paso firme se dirijió á la iglesia de San Luis, en 
donde le esperaban todos los invitados, estrañando 
su tardanza. 

La función duró dos horas, pero Julián ni vio 
á los convidados ni oyó los ecos de la orquesta; to- 
dos le miraban fijamente: la escesiva palidez de su 
rostro revelaba su estado moral. 

Entre los concurrentes hubo sus hablillas; 
¿dónde y cuándo no las hay? Pero aunque hubieran 



—200— 
hablado á gritos para Julián hubiera sido lo mismo. 

Su cuerpo se movia como ajitado por un re- 
sorte mecánico, pero la vida parecia haber huido 
de él. 

Concluido el funeral Julián se dirijió á su ca- 
sa y sin entrar en el dormitorio de su mujer encer- 
róse en el suyo y se acostó. 

La fiebre se pronunció entonces; rindiólo el 
sueño, pero ese sueño que produce el delirio y con 
el cual no descansa el cuerpo y sufre el alma. 



XI 



La conducta de Mercedes y de Victoriano con 
Julián de Figueroa necesita esplicaciones y voy á 
darlas. 

Victoriano Aguilera habia llegado á Madrid á 
los veinte años, sin mas recursos que su imajina- 
cion y de ella se propuso sacar su subsistencia. Que 
lo consiguió es fácil colejirlo por cuanto vivia con 
cierta ostentación; si los medios de que se valia 
eran ó no legales dedúzcase por lo que hizo con el 
mejor de sus amigos. 

Victoriano habia conocido á Mercedes niña, 
muy niña todavía para conocer el peligro que cor- 



—201— 
ria cu cstrecliar relaciones de amistad íntima con 
un hombre como aquól; la madre de Mercedes era 
lo que se llama una buena señora y tampoco supo 
precaver el mal. El joven se hizo dueño de la casa 
y engañó á la niña que sin entregarle su corazón 
fué su esclava. 

En el Casino conoció Victoriano á Julián de 
Figueroa poco después de la llegada de este; con 
el golpe de vista del hombre aventurero compren- 
dió que el alma del joven era impresionable y que 
á poca costa podia dominarlo. Algunas semanas 
después Julián pertenecía en cuerpo y alma á Vic- 
toriano. 

Este concibió la idea de enlazar á su amigo 
con Mercedes, apretando así con un mismo nudo 
dos voluntades que podían servirle de base para 
enriquecerse, y empezó con una constancia y una 
habilidad estremas á labrar una pasión fuerte en 
el alma de los dos. 

Ambos se dejaron prender en una red taníu^ 
famemente urdida, no costando á aquól mucho tra- 
bajo el triunfo por cuanto ambos poseían condicio- 
nes para despertar un amor profundo. 

Mercedes no amaba á Victoriano; al contrario, 
por instinto le era repulsivo; así, cuando conoció á 
Julián, á aquel hombre nobley jeneroso que lleva- 
ba en el rostro retratada la bondad del alma, se 
sintió tan inclinada á él que su corazón vírjen to- 
davía se abrió para una pasión grande; la infeliz, 

26 



—202— 
aunque no conocía todo el peso de la desgracia que 
llevaba consigo el paso que habia dado, sentia un 
tormento en tener que ocultar la verdad. 

Y la ocultó porque no pudo hacerse superior 
á su afecto; engañó á Julián casándose con él, y 
cuando el trato y las reiteradas pruebas de un 
amor sin limites que sin cesar le prodigaba su ma- 
rido le hicieron conocer su falta ya el mal no te- 
nia remedio; pero lo espiaba con sus lágrimas, con 
aquellas lágrimas que Julián habia sorprendido. 

Entonces Mercedes tuvo que añadir una nue- 
va mentira para calmar la inquietud de su esposo; 
esta es la consecuencia del crimen; si entonces hu- 
biera hablado, conociendo Julián á aquella ser- 
piente que abrigaba en su seno, acaso hubiera per- 
donado á Mercedes; cuando la humanidad tuerce 
su sendero va á dar en un precipicio inevitable: 
está escrito así. 

Mercedes vivia atormentada teniendo que ver 
constantemente al hombre que la habia engañado; 
existia ya una barrera entre ellos, pero la vergüen- 
za de su conducta pasada era un torcedor perpe- 
tuo; entonces se decidió á pedir á Julián que la 
llevara á viajar. Lejos de Victoriano se creia feliz, 
apurando los estremos de su ternura y de su alma 
verdaderamente apasionada para conmover la del 
hombre que llenaba su existencia entera. 

El agradecimiento y la admiración de las vir- 
tudes de Julián anadian dobles quilates al amor de 



—203— 
Mercedes; así, cuando la sorprendió el suceso de 
la muerte de Victoriano el Hentimiento humani- 
tario cedió su lugar al egoismo; aquella desgracia 
ponia un sello eterno á su deshonra y le arranca- 
ba aquel tormento perene que tras de verla siem- 
pre delante como un fantasma de su conciencia le 
robaba la mitad del cariño de su marido. 

¡Oh! ¡que mal juzgaba la desventurada joven 
á la sabia Providencia! Un crimen se espía tarde 
ó temprano y se espía por completo; la Providen. 
cia nunca abandona á los que proceden con recti- 
tud y persigue al malvado para señalarlo con el 
dedo, entregándolo á la execración pública y al 
castigo. 

Compréndase ahora cuál era la situación de 
Mercedes al poseer su marido las pruebas incon. 
testables de su falta. 



XII. 



Cuando Julián volvió del funeral de Victoriano 
sorprendióse su mujer de que no hubiese entrado 
á verla; atribuyólo al principio á un esceso de sen- 
timiento que le obligaba á buscar la soledad, pero 
su inquietud fué creciendo; abrigando cierto rece- 



—204- 
lo que sin tener fundamento se esplica bien por su 
estado moral, se dirijió á la alcoba de su marido. 

El mayor silencio reinaba en la habitación; 
llamó pero no le contestaron; comprendiendo que 
dormia se retiró á su cuarto lanzando un suspiro 
lastimero: era la primera vez que Julián prescin" 
dia de ella; Mercedes no durmió y entonces pudo 
comprender todo lo que amaba á su marido. 

A las seis de la mañana volvió al cuarto de 
Julián y miró por el ojo de la llave. 

Envuelto en su bata estaba Julián sentado en 
un sillón con los codos apoyados en la mesa y las 
manos en las mejillas. El corazón de Mercedes pal- 
pitaba con violencia: habia algo en ella que le ha- 
cia presentir una desgracia. 

Decidióse á llamar y apenas sus dedos toca- 
ron en la puerta, Julián se p.uso en pié como si 
aquel golpe hubiera hecho vibrar todos sus órga- 
nos; lanzó un gemido sordo y pasándose la mano 
por la frente se dirijió con paso firme á la puerta 
y la abrió. 

Estremecióse Mercedes al ver la palidez mor- 
tal de su rostro y con un acento de profunda tris- 
teza se adelantó á Julián y cojiéndole la mano le 
dijo: 

— ¿Sufres mucho y huyes de mi? 

Julián le señaló un sillón y con un acento que 
mas que imperio revelaba familiaridad le dijo: 
— Siéntate. 



-205- 

Mercedes obedeció sin replicar, pero aquella 
sola palabra le esplicó bastante la situación de su 
marido; no había en sus ojos cólera ni dolor, sino 
por el contrario, cierta vaguedad indefinible que 
ella interpretó perfectamente; asi es que pormane. 
ciendo inmóvil en el sitio que aquél le habia seña- 
lado siguió con la -vista sus menores movimientos, 
en medio de una ansiedad que era un tormento. 

Sentóse Julián delante de la mesa, escribió 
una carta, la cerró, le puso el sobre y dando un 
golpe en un timbre dijo al criado que acudió en se- 
guida que llevara la carta al instante á casa de la 
madre de Mercedes. 

La joven se estremeció; la calma que demos- 
traba su marido en todo lo que hacia revelaba una 
determinación irrevocable, pero no se atrevió á 
romper el silencio para pedirle cuentas de su con- 
ducta. 

Julián se echó para atrás los cabellos querien- 
do acaso con esa acción comprimirse la frente sin 
que su mujer lo notara; después colocó un sillón 
delante del de Mercedes y cruzando los brazos, le 
dijo después de mirarla algunos segundos con fi- 
jeza: 

— Cuando te conocí me prendé de tu figura; pero 
sabes bien que evité tu trato porque nunca me he 
pagado del esterior; el destino me llevó á tu casa 
y entonces me prendé de tu alma; temí todavía 
engañarme y un hombre, mi único amigo, comple- 



—206- * 
tó la obra: á no haber mediado Victoriano no me 
hubiera casado contigo. 

Al nombre de Victoriano la joven palideció; 
pero Julián sin hacerle ver que lo habia notado 
continuó en el mismo tono: 

— Ese hombre que ejercía sobre mi un dominio 
grande por cuanto le había abierto mi corazón la- 
bró en él el afecto que te profesé y que tomó in- 
mensas proporciones; lo sabes demasiado; mi vida 
entera te ha pertenecido; ahora que ha muerto^ 
tengo que reconcentrar todo mi cariño en tí y quie- 
ro preguntarte si eres digna de que te lo consagre. 
La joven alzó la cabeza y aunque quiso con- 
testar no pudo, pues las palabras parecía que se le 
atravesaban en la garganta. Julián sin alterarse 
añadió: 

— ¿No puedes contestarme? Haces bien en callar. 

— No te comprendo, dijo Mercedes haciendo un 
esfuerzo, pero sin atreverse á mirar á su marido. 

— ¿Hablas al fin? Ya me comprenderás cuando 
te diga que ha pasado por mi cabeza una sospecha. 

— ¿Una sospecha? 

— Sí: ¿porqué no has llorado como yo á Victo, 
riano Aguilera, que era nuestro mejor amigo? ¿Te- 
miste acaso que tus lágrimas cayeran sobre mi co- 
razón para hacerme abrir los ojos? 

— ¿Qué dices, Julián? 

— ¿Lo has llorado en silencio? Ya sé que escondes 
tus lágrimas para que no las vea, pero la máscara 



—207— 
iiiiKM iiLíi del alma ha caído de tu rostro: en tu» 
ojos hinchados estoy viendo la huella de las lá- 
grimas 

— ¡No, no! ¡no he llorado á Victoriano! 

—¿Y porqué siendo tu mejor amigo no habías 
de llorarlo? 

— No lo he llorado, Julián, porque en mi cora- 
zón no habia una lágrima siquiera para él. 

— Si no era tu amigo ¿cómo tenia en su poder 
este retrato tuyo? 

Julián sacó la caja de terciopelo y abriéndola 
la echó en la falda de su mujer; esta no se atrevió 
á tocarla, y haciéndose superior á la acusación, 
dijo: 

— Ese retrato no sé acaso mi madre 

— ¡Ah! ¡te conozco ahora! no prosigas hablando 
porque vas á cubrir tu falta con una mentira in- 
fame ¡Toma y Hregame ahora la verdad! 

Y Julián le puso delante de los ojos el paque- 
te de sus cartas. 

Mercedes lanzó un grito, quiso ponerse en pié 
y cayó al suelo desplomada. 

En el primer minuto Julián permaneció im- 
pasible; pero no pudiendo hacerse superior á la 
bondad de su alma, sintió que dos lágrimas se aso- 
maban á sus ojos, y cojiendo en brazos á su mujer 
la colocó en el sillón con el mayor cuidado. 

Mercedes volvió en si, y al ver á su marido 
se cubrió el rostro con ambas manos. 



--208— 

— El mal no tiene remedio, dijo Julián; me has 
engañado vilmente, y no hay en el mundo poder 
que me devuelva la ilusión perdida; has puesto 
una barrera insuperable entre los dos; creia que 
era acreedor á otro pago; ¡Dios te perdone el mal 
que me has hecho! 

— ¡Julián! esclamó la joven queriendo cojerle 
una de sus manos. 

— ¡Aparta! ¡no me toques! esta mano no tiene 
para ti mas que un rayo con que debia destruirte, 
pero no 

— ¡Mátame, Julián, mátame! ¿Para qué quiero 
la vida sin ti; pero óyeme, no soy tan criminal co- 
mo supones 

— ¡Silencio! prorumpió el joven poniéndole la 
mano en la boca; no quiero oirte: tu crimen no 
tiene disculpa. 

— ¡Pues mátame entoncesW 

— ¿Matarte? ¡nol Los que se estravian en la sen. 
da de la virtud hallan muy fácil el borrar un crí- 
. men con otro; en mi alma no cabe el crimen; Dios 
no me da derecho para matarte, pero si para arran- 
car de mi lado á la mujer miserable que hizo trai- 
ción á sus juramentos; te entrego á tu conciencia; 
¡oh! ¡harto tendrás que espiar tu falta con el re- 
mordimiento! 

En aquel instante abrióse la puerta y entró 
la madre de Mercedes teniendo pintado en el ros- 



—209— 
tro el aobresaltü. Acercóse Julián á ella y señalan- 
do á la joven dijo: 

— He llamado á usted para devolverle su hija: 
ella si quiere esplicará el motivo de este paso que 
doy; puede usted agradecerme que se la devuelva 
viva. 

Julián salió del cuarto y dirijiéndose á su es- 
critorio cerró por dentro la puerta; la fiebre volvió 
á apoderarse de ól y las lágrimas comprimidas sal- 
taron de sus ojos. 

En su delirio llamaba sin cesar á Mercedes, 
esclamando: 

— ¡Perderla! ¡perderla para siempre! 

¡oh! ¡la amo tanto! 



XIII 

Dos anos han pasado. 

¿Son dos años bastante tiempo para cerrar las 
heridas profundas del corazón? 

Al separarse Julián de su mujer creyó que 
perdia la razón; la buscaba en todas partes j con- 
vencido de que no podria sobrellevar la existen- 
cia respirando la misma atmósfera que ella, se 
decidió á abandonar la corte; nombró un adminis- 
trador que le arreglara sus bienes y señalando una 
fuerte pensión á su mujer salió de Madrid en una 
silla de postas con dirección á Francia. 

' 27 



—210— 

¡Oh! ¡cómo lloró entonces acordándose de que 
algún tiempo antes se consideraba tan feliz ha- 
ciendo aquel viaje con Mercedes! 

Dejémoslo seguir su viaje en compañía de su 
dolor y vamos en busca de la infeliz esposa. 

Mercedes se habia retirado con su madre á un 
pueblecillo de Andalucía; allí, separadas del bulli- 
cio del mundo, lloraban su pena y espiaban su fal- 
ta; la madre no podia consolarse de la desgracia de 
su hija, porque su imprevisión habia tenido gran 
parte; considerábase Mercedes menos desgraciada 
al lado de aquella persona querida que lloraba con 
ella: una madre todo lo perdona, todo lo olvida y 
su alma jenerosa comparte el sentimiento de su 
hija: es un cáliz bendito que recojo nuestras lá- 
grimas. 

Mercedes ha vertido muchas en los dos anos, 
pero ¡ay! aquellas lágrimas solo Dios y su madre 
las veian correr: Dios y su madre que les «abrieron 
sus brazos. 

Y el pueblo la bendice considerándola su Pro- 
videncia; Mercedes ejerce la caridad y consuela los 
dolores de los que sufren, corre á la cabecera de 
los enfermos, gasta su pensión en mitigar el ham- 
bre de los desvalidos y vive entre privaciones, que- 
riendo que Dios se lo tenga en cuenta como una 
espiacion completa de una falta que cometió sin 
saber que la cometía. 



— 211— 

Y pide á Dios sin cesar por la felicidad de su 
marido, con quien habla entre sueños, á quien mez- 
cla en todas sus oraciones, á quien ama con todo 
su corazón. 

Después que ha rezado, antes de conciliar el 
sueño, escribe algunas pajinas de su diario, pajinas 
de ultratumba que solo verá su marido después de 
su muerte: se conforma con que la desprecie en vi- 
da, pero quiere que respete su memoria. 

¡In'eliz! llora su felicidad perdida y espera 
tranquila la muerte haciendo el bien á sus seme- 
jantes. 

¿Y Julián? Ha estado un mes en la Habana 
y ayer salió en el vapor para el Perú. 

¿Qué le trajo á Cuba? ¿qué le lleva á tan re- 
moto suelo? Va buscando su felicidad perdida. 
¿Existe acaso en alguna parte para él? 

Recorrió de nuevo la Europa y huyó de Euro- 
pa creyendo que en América habia de encontrar lo 
que busca; pero lo que busca lo deja atrás. 

Llega á una ciudad, quiere aturdirse, va á to- 
das partes, se hastia al instante, se desespera, y 
después de correr en vano todo el dia le asusta la 
noche que le amenaza con el insomnio y entonces 
apura una botella de rom que lo rinde y le hace 
encontrar un sueño forzado, pero que al fin es 
sueño. 

Se embrutece y se destruye, pero consigue al- 
gunas horas arrancar de su cerebro ese peso que 



-212- 

sobre él gravita y que no hay fuerza humana que 
de allí lo arranque. 

Las mujeres no pueden sorprenderle una mira- 
da; los hombres no consiguen distraerlo un minuto; 
las emociones de la vida no tienen para él valor 
alguno; el peligro de los viajes no le asusta; los 
placeres no le encantan; no hay para él otro goce 
que el que le produce el rom porque lo adormece. 

Lleva siempre delante de los ojos un fantas- 
ma que le impide verlo todo: este fantasma es Mer- 
cedes; no hay para él en el mundo mas que Mer- 
cedes; la ama cada dia mas, pues no ha podido ha- 
cerse superior y despreciarla; huye de ella, pero la 
busca en todas partes; quiere arrancarla del cora- 
zón, pero la tiene delante de los ojos. 

Mercedes está encarnada en su ser, y habien- 
do entre ambos una barrera insuperable no es po- 
sible que realice su ensueño: seria lo mismo que si 
intentara volver la vida a un cadáver. 

Julián de Figueroa á los treinta años lleva la 
muerte en el corazón: ¿de qué le sirven sus atrac- 
tivos personales, su riqueza y su juventud? 

¿Qué importa que el jardin de la vida le brin- 
de frescas y fragantes flores si él no aparta sus ojos 
de una sola flor que perdió su aroma cuando su 
tallo se tronchó? 

¡Julián y Mercedes! ¡he aquí dos almas que se 
buscan y que nunca se encontrarán! 



—213— 



XIV. 



Aqal concluye mi historia; después de haber 
dado á conocer á Julián de Figueroa, comprenderá 
el lector que no hice mal en sentar esta máxima 
en la primera pajina. 

La felicidad es una cabala. 



HISTORIA TERCERA. 



TULA. 



RELACIÓN DEL CAPITÁN. 



r 



TXJL-A.. 



Magníficos cambiantes de luz en un cielo trafih 
párente, eterna verdura en un delicioso panorama, 
rayos de fuego apagados por una brisa consoladora, 
sol ardiente y luna voluptuosa: he aquí los campos 
de Cuba, esos campos que la naturaleza ha mirado 
con cariño. 

Cuanta poesía puede encerrar la imajinacipn 
es poca para copiar y mucho menos para concebir 
ese cuadro de óptica, siempre distinto, que parece 
disputar el privilejio á todos los paisajes del mundo. 

28 



—218— 

El sol poniente con sus bellísimos cambiantes 
de mil colores ofrece una perspectiva encantadora: 
la mente crea con sus fantásticas y apiñadas nu- 
bes, sombras y cuerpos, ciudades y montañas que 
van desapareciendo como por encanto, al desvane- 
cerse aquellas, para recibir nueva forma; sus tin- 
tes, siempre calientes, siempre brillantes, prestan 
animación á aquel cuadro: aquel cuadro es una 
fantasmagoría de la imajinacion. 

Las puntas de las agrupadas palmeras, á vis- 
ta de pájaro, brillan á los últimos rayos del sol co- 
mo las aceradas bayonetas de un ejército que mar- 
cha en columna cerrada; los cafetos y los naranjos 
se doran con el crepúsculo vespertino, y las flores, 
esa sonrisa de la naturaleza, abren sus tallos cerra- 
dos por el sol, esparciendo su perfume en esos cam- 
pos de perpetua primavera. 

Tiende la noche su manto y el reposo se re- 
trata en un cielo tranquilo que ilumina la casta 
diva, esa luna que se presenta de lleno, no escon- 
diendo sus rayos y desafiando al sol con su luz: 
allí se vé la luna en todo su esplendor, y no ver- 
gonzante como en las ciudades brumosas de Euro- 
pa, adonde solo se adivina. 

La naturaleza se despierta; en los trópicos no 
hay crepúsculos matutinos; apenas asoma el sol es- 
tiende sus rayos y se esparce por el horizonte co- 
mo si quisiera cubrirlo con su manto de fuego: la 
transición es violenta. El rocío de la noche se seca 



—219- 
abrasado por sus potentes rayos, la vejetacion re- 
coljra .su vigor y la brisa consoladora escupe llamas. 

Ese cielo tranquilo, esa brisa suave que enerva 
lü.s miembros lleva en su hálito la muerte para el 
que pisa el suelo por la primera vez. 

Cuba, acostada sobre el mar, es una sirena 
encantadora que engaña con sus caricias: adorme- 
ce, pero envenena; deleita, pero mata. 

Si esa brisa fuera tan pura como aparenta 
serlo, si esa atmósfera no estuviera impregnada de 
miasmas febriles, si su cielo trasparente no fuera- 
tau mortífero, Cuba seria el paraíso del mundo y 
el mundo entero se trasladarla a Cuba. 

Los decretos de la Providencia tienden ,en su 
sabiduría á establecer un nivel: respetemos los de- 
cretos de la Providencia. 



U. 



El sol asomaba su ñiz por el horizonte una 
mañana de setiembre de 1855; aprovechando el 
fresco de la noche habia salido de la Habana, adon- 
de me llamaron asuntos del servicio, y marchaba 
eu dirección de Guanajay, á reunirme á mi ba- 
tallón que se encontraba allí destacado. 



—220— 

Dejando atrás á Hoyo Colorado, caminaba des- 
pacio por no cansar "á mi caballo, cuando de repen- 
te se encapota el cielo, se abren las nubes y cae 
nn aguacero tan inesperado como violento; el agua 
en Cuba no avisa; parece que siempre llueve por 
un capricho instantáneo de las nubes. El agua eaia 
con tal fuerza que á los pocos instantes mi ropa 
estaba pegada al cuerpo; el caballo sacudía las ore- 
jas y no queria pasar adelante. 

Tendí la vista y divisé una casita de madera 
pintada con gusto, á muy poca distancia de la carre- 
tera; aquella casa aislada, con su pequeño jardín 
que le servia de cerca y con su cubierta de teja, 
en un sitio donde solo había algunos bohíos, me 
dio á entender que su propietario seria persona 
acomodada, y dudando estuve un momento si me 
detendría allí; pero mi caballo que no perdía el 
tiempo en discurrir, enderezó allá su marcha sin 
que yo le hiciera seña alguna; no sé si obedecía á 
mi pensamiento <5 sí el agua le sujirió la misma 
idea que á mí. 

Atravesé una pequeña guarda raya de mangos 
y al llegar al colgadizo vi á un hombre de edad ma- 
dura que leia un periódico, meciéndose muelle- 
mente en un sillón de columpio y fumando un 
tabaco. 

Al verme dio un silbido y un negro corrió á 
sujetarme el estribo; adelantóse aquél hacia mí y 
con la mayor cortesía me ofreció esa hospitalidad 



—221— 
que nunca se niega en Guba y que es característi- 
ca de su suelo: hospitalidad por cierto l»i«'n (nivi- 
diada en otros paises. 

El dueño de la (|p,sa era un hombre de cin- 
cuenta años, de aspecto agradable y comunicativo. 
— Necesita usted mudarse, me dijo, porque el 
agua en este pais es traidora. 

— Traigo ropa en el nialtítin, le contesté, y si 
usted me permite 

— Por supuesto. 
— Muchas gracias. 

— Anselmo, dijo dirijiéndose al negro, acompa- 
ña á este caballero al cuarto de arriba y llévale el 
maletin que trae en el caballo. 

Seguí á Anselmo y subí al cuartq que habia 
indicado D. Liborio.— Este era el nombre del pro- 
pietario de la finca á quien debia tan jenerosa hos- 
pitalidad. 

Apenas me hube mudado de traje, me dispo- 
nía á bajar, cuando movido por la curiosidad, in- 
jéhita en el hombre, me acerqué á la ventana del 
cuarto que daba sobre el patio. 

Una esclamacion se escapó de mis labios; en 
la ventana de enfrente estaba asomada una joven 
de unos diez y ocho años, rosada coráo la aurora 
y fresca como una flor cubierta de rocío; se entre- 
tenia en desmigajar pan que echaba á una multi- 
tud de pollos agrupados en el patio para recojer 
las partículas que sobre ellos caian en montón. 



-^22- 

La escena tenia algo de bucólica y me quedé 
estasiado contemplando aquella criatura que vivia 
en un rincón del mundo, ignorada de todos y exha- 
lando misteriosamente su perfume como un lirio 
entre zarzas. 

Los militares somos poco bucólicos, pero so- 
mos muy impresionables; en la vida errante que 
arrastramos muchas veces nos seduce mas la tos- 
ca forma de una rosa silvestre que las delicadas 
lineas de ]a camelia cuidada con esmero; y es que 
la rosa abierta á la intemperie y protejida solo por 
la naturaleza atesora una esencia de que carece la 
flor aristocrática que rompe su capullo al artificial 
calor del invernadero. 

O hablando mas prosaicamente, encontramos 
mas vida y mas emanaciones del alma bajo el per- 
cal grosero que debajo de las gasas y la seda. Una 
muchacha criada en el campo se deslumhra con el 
dorado de las charreteras y con la vistosa diferen- 
cia de colores del uniforme, mientras que la joven 
educada en la sociedad, antes de mirar nuestra ca- 
ra, cuenta los distintivos que llevamos en la man- 
ga ó en el hombro, sabiendo tan bien como nosotros 
lo que significan. 

Yo llevaba mi flux rayado de azul y blanco, 
traje de campaña en Cuba; seguro estoy que mi ve- 
cina no reparó en las áo& presillas que llevaba en 
los hombros; ella, al ver la escarapela del jipijapa, 
fijó en mí los ojos con insistencia, olvidándose de 



—223— 
los pollos que reclamaban el pan que tenia en la 
mano; quédeme de la misma manera, clavados Ioh 
ojos en su ventana; cualquiera hubiera creído por 
nuestra inmovilidad pj'olongada que estábamos su- 
friendo la exijencia de una máquina fotográfica que 
copiaba nuestras figuras. 

Cuando reparé en lo violento do mi posición? 
me retorcí los bigotes y me ((uit/' (I sombrero, ha- 
ciéndole un saludo muy afectuoso, al que corres- 
pondió con una sonrisa juguetona y encantadora, 
tan encantadora y juguetona que la hubiera envi- 
diado la coqueta mas refinada. 

Y siguió echando pan á los pollos y seguí con- 
templándola, apoyado de codos en la ventana, sin 
reparar que pasflba mas tiempo del necesario para 
vestirme en una casa estrafia para mí. La enajena, 
cion era'completa, pero de ella me sacó el liegro 
entrando en el cuarto para decirme: 

— ¿Quiere su merced alguna cosa? 

— No: gracias. 

— El amo espera abajo. 

— Voy al momento. 

Apenas hubo salido el negro dirijí una mirada 
de despedida á la joven y ei;i aquella mimda le en- 
vié todo mi corazón. 

Los hombres, y mas los militares, tenemos el 
corazón tan de prestado a ue lo damos con la ma- 
yor facilidad, como si no fuera nuestro ó como si 
nos estorbara. Aprendemos á usar los sentimientos 



■—224— 
tan temprano que cuando llegamos á la edad de 
sentirlos, el uso puede pasar por abuso. 

Al dar mi corazón á una mujer que no cono- 
cia abusaba de mi corazón. 

Yerdad es que el hombre á nada se compro, 
mete al dar su corazón, porque es como el billete 
de los abonados á algunos espectáculos, que se da 
á la entrada y se recoje á la salida. 

Esas pasiones profundas de un dia que senti- 
mos trescientas sesenta y cinco veces al año son 
aves de paso que se posan en el nido que encuen- 
tran, como un descanso, y vuelan después con el 
deseo satisfecho. 

O encerrándome en mi terreno, son alojados 
que duermen una noche en el corazón y al dia si- 
guiente ó cambian la boleta ó continúan su marcha. 

Cuando bajé la escalera la joven de la ven- 
tana llenaba todo mi pensamiento. 

Si hubiera sido menos bonita y menos fresca 
quizá me hubiera ' sucedido lo mismo; creo que 
aquel síntoma no era en mi efecto de una impre- 
sión instantánea de amor sino de un impulso de la 
vanidad. La joven me habia mirado con interés y 
la mirada de una mujer, por poco que esta valga, 
produce siempre en el hombre una emoción. 

La humanidad tiene ñaquezas que son discul- 
pables. 



—225— 



llf. 



Don Libo rio me aguardaba en el piso bajo. 

— i Hola, capitán! me dijo; ¿estamos de marcha? 

— Si usted no dispone otra cosa. 

— Dispongo, añadió sonriéndose con afabilidad 
estremada, que retrase usted dos horas su llegada 
á Guanajay, quedándose á almorzar conmigo; se 
entiende, si no se opone á ello el servicio militar 
que es muy exijente. 

— Es usted muy amable, pero 

— Vamos; ya comprendo que no puede usted opo- 
nerse á mi deseo; así tendré ocasión de que se es- 
treche nuestra aínistad nacida tan del acaso. En 
esta pobre vivienda no hay mas que franqueza. 

— Acepto, le dije. 

No deseaba otra cosa; no apremiándome la co- 
misión, poco me importaba llegar á Guanajay dos. 
horas después: la desconocida de la ventana me hu- 
biera hecho sufrir con resignación una reprimenda 
del coronel, aunque hubiera corrido ese peligro. 

En la cara de don Liborio se retrataba la bon- 
dad, dejando adivinar la satisfacción del hombre 
que vive sin contrariedades de la suerte; al cuarto 

29 



--226— 

de hora de hablar con él nos tratábamos como dos 
amigos antiguos. 

Dicen que la fisonomía es el espejo del alma; 
y debe ser cierto: el alma de don Liborio estaba 
asomada á su rostro rebosando felicidad; ¿en qué 
estribaba esta? — El diálogo que tuvo conmigo pone 
bien de relieve su ideal. 

— ¿Encuentra usted atractivos en la carrera mi- 
litar? me preguntó columpiándose en el sillón con 
abandono y siguiendo con la vista la columna de 
humo de su veguero. 

— La carrera militar, le contesté, tiene sus goces 
y sus penalidades como todas las carreras; y aun- 
que en Cuba los sueños de gloria duermen, para la 
juventud hay siempre encantos en la vida aven- 
turera. 

— También he sido joven, pero me ha gustado la 
vida tranquila; asi es que contrarié el gusto de mis 
padres que formaron empeño decidido en que abra- 
zara esa carrera; tuve la desgracia de heredarlos 
muy joven; viajé después algún tiempo y desenga- 
ñado del mundo, al volver á Cuba, me casé con una 
mujer sin rival que murió al poco tiempo, deján- 
dome una niña. Vivo consagrado á ella, educándola 
á mi modo, y crea usted, capitán, que soy feliz. 

— ¿Vive usted contento en este rincón, sin los 
placeres de la sociedad, sin el bullicio del mundo? 

— ¡Oh! eso constituye mi felicidad, amigo mió; 
mi hija tiene hoy diez y ocho años; hace diez que 



-227- 
oonstruí esta casita y me vine á vivir con ella, ale- 
jándola de los peligros de la vida de lew grandes 
ciudades; mi Tula cose y borda muy bien, conoce 
perfectamente el arreglo de una casa y hará feliz 
al hombre que le destino, el cual es un hacendado 
de Guanajay; mi hija no sabe leer ni escribir. 

— ¿Qué dice usted? esclamé asombrado. 

— ¡Oh! es mi sistema y me va muy bien; es pre- 
ciso desengañarse: nada hay mas perjudicial para 
las mujeres que los libros: ellos, queriendo ense- 
ñarles el peligro, no hacen mas que abrirles los ojos 
y despertar sus pasiones. ¡No, no! Tula es feliz en 
la ignorancia. 

—Me permitirá usted que no sea de su opinión, 

—Enhorabuena, capitán; pero nada hará qua 
cambie de idea; tengo el convencimiento de que 
las novelas acaloran la mente de la juventud y la 
arrastran á la desgracia. Una mujer que obra por 
sus propios impulsos, sin copiar las sensaciones, no 
esta espuesta, porque la naturaleza no es tan mala 
como la humanidad supone: esa maldad no es mas 
que un pretesto del que ha bebido en mala fuente 
y quiere disculpar sus desaciertos. ¡Oh! una joven 
que no sabe leer no se esplica lo que por ella pasa 
cuando siente la impresión del amor, y aunque 
llegue 4 esplicarsela no tendrá á mano los infinitos 
recursos que proporciona ese arsenal pernicioso de 
las bibliotecas. 

— Me encanta oir á usted, señor don Liborio, por 



—228— 

mas que crea fundada en un error esa filosofía es- 
traña. 

— La coquetería es artificial; ¿cómo puede ser 
coqueta una mujer que en la soledad no ha estu- 
diado ni teórica ni prácticamente el corazón? Los 
libros y el mundo son los que enseñan á la mujer 
á ser coqueta y los que la pervierten: pues bien; 
abstrayendo á Tula del roce social la he imposibi- 
litado de envenenar su corazón con esas pajinas 
que el autor escribe en su bufete, sin comprender 
el daño que causan. 

— Quiero conceder á usted que las novelas sean 
perjudiciales, ¿pero y los demás libros que debieran 
instruirla? 

— La historia es tan perjudicial como la novela; 
¿qué le importa á Tula lo que haya pasado en el 
mundo? ¿qué le importa tampoco saber cómo jiran 
los astros ni cómo se gobiernan las sociedades? Ne- 
cesita solo ser una buena madre de familia y vivir 
ajena á esa calentura de la juventud que no hace 
mas que amargar las horas de la existencia. Mi 
casa no la visita mas que Pancho, su futuro, á 
quien se ha acostumbrado á ver como un hombre 
de bien y realizará el sueño de la felicidad; créame 
usted, capitán, esta no existe mas que en el recin- 
to doméstico: diez años hace que vivo en este reti- 
ro con mi hija, dándome muy buen trato, no am" 
bicionando nada y sin apenarme por los suceso» 
del mundo. 



—229— 

— La felicidad de usted está basada en el egoísmo. 

— Puede ser, pero en esta abstracción cifro mi 
vida; el tiempo pasa y voy /i mandar que preparen 
el almuerzo. Vuelvo al momento. 



IV. 



Seguí con la vista á don Liborio, as<imbrado 
de aquella filosofía que felizmente se encerraba solo 
en el retirado y estrecho recinto de cuatro paredes. 

Cada hombre es un jeroglífico. 

Rómpase la humanidad la cabeza para conse- 
guir un adelanto en las ciencias ó en las artes, y cuan- 
do ha triunfado, tropiece con un razonamiento co- 
mo el de don Liborio: diga después si esa aprecia- 
ción vale la pena de desvelarse por la humanidad. 

No tuve mucho tiempo para continuar en mis 
meditaciones porque me lo impidieron dos ojos ne- 
gros que se asomaron á la puerta. Estos dos ojos 
que eran los de Tula me hubieran reconciliado 
con las ideas estravagantes de su padre y con el 
mundo entero á estar reñido con él. Un hombre 
que tiene una hija como Tula ya puede discurrir 
como se le antoje, seguro de que los mozos de mi 
temple han de darle al cabo la razón. 



—230— 
¡Picaros ojos! ¡volvieron á sublevarme! y po- 
niéndome en pié me diriji á la puerta para impe- 
dir que la joven se marchara, como lo indicaba su 
acción. Con el desenfado que es caracteristico del 
uniforme, introduje la cabeza en el inviolable re- 
cinto de la alcoba y dije en tono afectuoso pero 
con cierto imperio: 

— No se vaya usted, Tula. 

Felizmente la niña se detuvo, pues á seguir 
en su intento de evasión acaso no me hubiera con- 
tentado con asomar solo la cabeza, pues detras de 
esta se hubiera ido todo mi cuerpo como se iba to- 
da mi alma detras de la niña. 

Quedóse esta mirándome fij amenté y sin dar 
muestras de temor ni de cortedad, lo cual dio alas 
á mi atrevimiento, reiteré mi súplica ó mi urden, 
que ambas cosas eran, con estas palabras: 

— Venga usted acá, prenda. 

— ¿Para qué? me preguntó con cierto descaro. 

— Para tener un rato de palique, le contesté no 
olvidando las voces insinuantes de mi tierra. 

— ¿De qué? esclamó la joven haciendo un jesto- 

— De conversación. 

— ¿Y qué me va usted á decir? 

— Eso lo veremos. 

— ¡Quiá! 

— Niña, soy un huésped de la casa y puesto que 
voy á almorzar aquí no es justo dejarme solo. 

— ¿"Va usted á almorzar con nosotros? 



-231- 

— Por supuesto: ¿soy yo tonto? 

— Entonces taita no lo llevará á mal, y si me re- 
gaña que me regañe, dijo entrando con decisión. 

— ¡Justo! siéntese usted á mi lado y que vengan 
diez escuadrones de padres á regañar á usted que 
aquí estoy yo. 

— No tiene usted miedo á mi padre? 

— ¿Yo? tengo mas miedo á la hija que al padre. 

—¿De veras? esclamó riéndose. 

— Claro está; don Liborio no puede matarme co- 
mo usted con esos dos rayos que lleva en la cara. 

— ¡Cuidado no lo oiga taita! esclamó con cierta 
malicia. 

—¿Porqué? 

— Porque no quiere que iiu <lÍL:aii esas cosas. 



-¿A usted le disgustan? 



— ¡Quiá! pero si él las oyera me enfadaría por 
verlo contento; Pancho solo me habla de la seca y 
de la maloja y de que los animales están muy fla- 
cos; y nunca me habla de mis ojos: taita dice que 
voy á ser dichosa con Pancho y dejo que lo crea. 

El alma me bailaba en el cuerpo; la hija de 
don Liborio era una criatura deliciosa que al pare- 
cer no habia aprovechado mucho de las lecciones 
de su padre; en aquel momento me hallaba dis- 
puesto á echar por tierra en un cuarto de hora to- 
do su sistema restrictivo de diez años. 

Una empresa semejante era un triunfo memo- 
rable para un hombre de mi carácter; yo que hacia 



—232— 

respetar a mis soldados los artículos mas insignifi- 
cantes de la ordenanza encontraba glorioso aceptar 
la hospitalidad en la casa de un hombre honrado 
para sembrar en ella la semilla de la insubordina- 
ción. ¡Oh! 

Quédeme algunos segundos contemplando á 
Tula y francamente, era digna de esponerse á su- 
frir el cargo justísimo que pudieran haberme he- 
cho por pensar de semejante modo; pero las muje. 
res están ó estar deben fuera de la ley. No hubiera 
sido capaz de abandonar por Tula mis banderas 
como Marco Antonio por Cleopatra, pero hubiera 
sido muy capaz en aquel momento de mandar que 
fusilaran á Pancho, á quien no conocía, por el cri- 
men inaudito de amar á una mujer que me gusta- 
ba mucho. 

Tula no era muy alta; pero amo lo mismo á 
las bajas que á las altas: dos pulgadas de estatura 
mas ó menos influyen poco en el ánimo del hom- 
bre cuando se halla predispuesto á recibir una im- 
presión; nunca he consultado la talla de las muje- 
res para reclutarlas; al hacer su filiación solo me 
detengo á observar si tienen unos ojos que hablen 
al alma como los de Tula, velados por ojeras. 

La guajira de Hoyo Colorado no era una mu- 
jer hermosa, pero cautivaba á los sentidos; sus for- 
mas redondas estaban bien torneadas; su cutis li- 
jeramente tostado era lustroso como el terciopelo 
y su cabello negro como el azabache; su boca grati- 



-233_ 

de poro juguetona dejaba ver dos hileras de dien- 
tes per 'ec turne uto alineados y blancos como el mar. 
lil. Estaba vestida do blanco y sin otro adorno que 
una rosa en su peinado sencillo. 

Soy tan impresionable, tan del momento que 
ú estar enamorado de la misma Venus de Médicis 
hubiera creido que todas las perfecciones académi- 
cas estaban á favor de Tula. Si me quedo en la ca- 
sa tres dias mas y no veo á otra mujer seguramen- 
te que elaboro en mi cabeza alguna diablura; pero 
el batallón me reclamaba y aunque me sentia ena- 
morado no dej6 poir eso de mirar á la puerta espe- 
rando á D. Liborio, pues tenia apetito y el almuer- 
zo debia ser algo mas suculento que el que me 
prepararía mi- asistente en Guanajay. 

Pero D. Liborio no volvia y Tula estaba á 
mi ladoj me decidí, pues, á enamorarla para entre- 
tener el tiempo y el hambre y continué mi diálo- 
go, preguntando á la joven: 

— ¿En que emplea usted todo el dia? 

— En coser y en cuidar la casa; por la noche 
viene siempre Pancho y habla con mi padre, pues 
yo me duermo en seguida en ese mecedor. 

— Ese amante no conviene á una muchacha tan 
graciosa como usted y es preciso darle la licencia 
absoluta. 

—Así lo creo, pero taita me mataría; dice que 
Pancho es un marido de oro. 

— ¡Hola! ¿el galán es rico? 

30 



—234— 

— No sé; el viejo sabe lo que Pancho tiene, pero 
me parece que todas sus fincas se reducen á un 
potrero que está junto á Guanajay: allí pasa él la 
vida engordando á la par de sus caballos. 

— En cuanto se case usted con ese mozo la en- 
cierra en el potrero y se acabó el mundo para 
usted. 

— ¿Qué he de hacer? 

— Darlo de baja y nombrar un sustituto, 

— No entiendo eso. 

— Mas claro: decirle que se vaya y querer á otro 
hombre: á mi, por ejemplo. 

—No es usted capaz de quererme. 

— ¿Qué dice usted, criatura? esclamé dando un 
salto y poniéndome en pié para acercarme al si- 
llón de Tula; soy capaz porque usted me quiera á^ 
matar á Pancho y á don Liborio y á usted misma 
y de matarme yo. " » 

— ¡Jesús! ¡qué hombre! 

— A la prueba me remito. 

Iba á cojer una mano de Tula para manifes- 
tarle mi efusión y la verdad de mis palabras cuan- 
do cruzó por el batey un hombre á caballo y apeán- 
dose de un salto entró en la sala; apenas tuve tiem" 
po para dejarme caer en la silla y aparentar la gra- 
vedad que exije la visita. 



-235- 



V. 



El recien llegado era joven, pero sus formas 
revelaban demasiada tendencia á la obesidad; su 
cara respiraba salud, pero una salud que por de- 
masiado ostensible daba un aspecto repugnante á 
su fisonomía. Su chupa blanca no hablaba muy en 
pro de su aseo y la falta de corbata en su cuello 
denotaba que aquel hombre vivia á sus anchoa; el 
corte de su traje ponia bien de manifiesto que ha- 
bitando cerca de la Habana no conocía ni de vista 
las tijeras de Gelada ni de Pers, no teniendo nada 
de común con las exijencias de la demiére. 

Este individuo era Pancho, el futuro de Tula. 

La joven no le dirijió esa mirada comunica- 
tiva que es la espansion de los amantes siempre 
que se encuentran, aunque haya mediado una au- 
sencia de solo un minuto. 

Dos almas que se buscan se confunden por 
medio de los ojos. 

La mirada es el beso del alma. 

Pancho no le dio la mano para saludarla; es- 
te saludo traidor y espresivo que se ha aclimatado 
poco en la Habana no llega hasta el campo; en el 



—236- 
campo la imajinacion suple con malicíalo que fal- 
ta de ilustración. 

Las manos hablan demasiado: este saludo elo- 
cuente parece invención de los sordo-mudos. Los 
dedos son como las teclas del piano: tienen diver- 
sos tonos; pero su armonía está al alcance de las 
almas menos filarmónicas. 

Costóme poco trabajo comprender que la niña 
no amaba á Pancho; en cuanto á este seria difícil 
esplicar sus sensaciones: la obesidad parece que ó 
se opone á los sentimientos delicados ó los oculta 
fácilmente. 

El novio de Tula me miró con estrañeza, pero 
sin marcar en su rostro de luna llena ninguno de 
esos síntomas inequívocos de disgusto ó de celos, 
tan naturales en el que quiere á una mujer y la 
encuentra sola con otro hombre, aunque esté se_ 
guro de su fidelidad. 

Púseme «n pié al entrar Pancho, muy contra 
mi gusto, á pesar de que me había bastado verlo 
para convencerme de que no era un hecho glorioso 
derribar á un rival semejante; el joven me hizo 
un saludo grotesco y tuve que valerme de un es- 
fuerzo grande para no soltar la carcajada. 

Pancho sacó de una vejiga un tabaco que co- 
locó en la boca y sin brindarme, ó por distracción 
ó por descortesía natural en él, encendió el mechero 
y se puso á fumar cruzando una pierna sobre la 
otra. 



—237— 
.Algunos niiiiutos pasanm sin que ñus dirijié- 
ramos la palabra; pero mientras Pancho, que acaso 
buscaba en vano una frase [):ira entablar conver- 
sación, acariciaba una de sus' tremendas espuelas 
de plata, no separé ipis ojos de los de Tula, dicién- 
dole todo lo que su amante le habia callado en el 
tiempo que con ella llevaba relaciones. 

Felizmente para Pancho, cuya posición era 
bien critica, entró don Liborio á anunciar que el 
almuerzo esperaba en la mesa. 

Mi estómago dio un suspiro (que también v\ 
estómago- tiene sus emociones lejitimas) y uw l.-- 
vantó. 

Don Liborio estrechó la mano de Pancho, á 
quien no aguardaba, y le esplicó el motivo de mi 
presencia en la casa, queriendo sin duda discul- 
parse con el futuro de su hija de que hubiese pe- 
netrado otro hombre en aquel recinto sagrado; el 
joven se encojió de hombros, sin replicar, y tomó 
la dirección del comedor que ya conocia. 

Don Liborio, previsor y encerrado en su doc- 
trina de aislar á su hija, colocó á esta entre el 
amante y él, ignorando la fórmula de la preferen- 
cia del sitio, pero como la mesa tenia cuatro cos- 
tados Tula quedó enfrente de mi, con lo cual se 
encontraba mas al alcance de mis tiros. 

Y no perdi uno, porque la joven me miraba 
con insistencia, aunque escondiendo la visual para 
que solo yo lo comprendiera. Como esta manera de 



—238-- 
mirar es patrimonio de las coquetas esperimenta- 
das, tentado estuve de preguntar al padre en qué 
libro la habia aprendido su hija que no sabia leer. 

Tan seguro estaba don Liborio de la inocen- 
cia de Tula que no se cuidó d,e ella para observar- 
la; por lo que respecta á Pancho, los platos atra- 
jeron todas sus miradas y no tuvo una para su no- 
via ni para mi: el campo me pertenecía. 

Para engañar á don Liborio no necesitaba 
mas que aplaudir su sistema de educación; enga- 
ñar á Pancho era todavía mas fácil; para conse- 
guirlo me bastaba convidarlo á comer. 

Don Liborio me obsequió con esplendidez y 
con afecto, pero su afecto y su esplendidez no le 
hicieron conocer que yo preparaba una traición para 
pagarle indignamente. 

Concluyó el almuerzo en el mayor silencio y 
me despedí con gran contento de Pancho que man- 
dó acercar mi caballo al colgadizo, sin duda para 
que me fuera mas pronto. 

Estreché la mano de don Liborio y como no 
me hizo un ofrecimiento cortés para que visitara 
su casa, cubrí su falta, diciéndole que agradecía su 
hospitalidad y que tendría el gusto de volver á 
manifestarle mi simpatía. 

Al decir esto clavé mis ojos en los de Tula 
que hizo un movimiento con los suyos muy pare- 
cido á un guiño significativo, pero un movimiento 
tan gracioso que puso el sello á mi amor naciente. 



—239— 

Don Liborio no supo contestarme para evadir 
el compromiso y se contentó con mirar á Pancho, 
pero creo que este no hubo de comprenderle, ocu- 
pado ya en la tarea de dijerir el almuerzo.' 

Crucé la guardaraya de mangos y entré en la 
calzada, volviendo varias veces la cabeza para mi- 
rar á Tula que de pié en el colgadizo me seguia 
con- la vista. 

Cuando llegué á Guanajay la casita de don 
Liborio ocupaba toda mi atención. 



VI 



Es preciso convenir en que la vida del militar 
tiene su encanto; un cuarto de hora de paréntesis 
nos basta para olvidar una marcha forzada ó un 
servicio ajitado, entregándonos al solaz que brinda 
un perpetuo buen humor. 

El encuentro de la guajira de Hoyo Colorado 
habia inÜuido de tal manera en mí que por la no- 
che mis compañeros de habitación no pudieron me- 
nos de preguntarme qué buena yerba habia pisado 
en la Habana. 

Vivian conmigo otro capitán y un teniente; 
jóvenes los tres y con iguales aspiraciones pasaba- 



—240— 
mos alegremente los dias sin cuidarnos del de ma- 
ñana, sin pensar en otra cosa que en divertirnos. 

El capitán Paredes tenia una reputación for- 
midable entre los hombres y las mujeres; su espa- 
da y su corazón estaban siempre dispuestos á lidiar 
con aquellos y con estas, y á fuerza de hazañas y 
de aventuras llegó á ser el terror de la comarca 
donde se encontraba; pero era escelente en su trato 
íntimo y con el mismo ardor y el mismo interés se 
batia por un amigo que por una mujer. 

No era menos bravo nuestro compañero e\ te- 
niente Carlos Diaz; joven, muy joven, como lo de- 
mostraba su suavísimo bigote, habia alcanzado la 
efectividad de su empleo por haberse distinguido 
en la acción de las Pozas, batiéndose con un arrojo 
que llamó la atención de sus jefes. Paredes que te- 
nia predilección por los hombres templados le lla- 
maba siempre el oiiño, sin que esto incomodara á 
su amigo. 

Carlos Diaz no abusó de su valor en ningún 
lance de la vida, pasando mas bien por prudente 
que por temerario, lo cual le habia captado las sim. 
patías de todo el que lo trataba. No necesito decir 
que aunque Paredes y yo vivíamos en la mejor 
armonía me arrimaba mas á Carlos. Sujetábase este 
estrictamente á la ordenanza, siendo esclavo de 
ella, mientras que Paredes se hallaba depuesto á 
atrepellar todas sus obligaciones ó por un capri- 
cho ó por un arrebato. 



-241- 

Soñaba Carlos con la gloria y veia con disgus- 
to que no se le ofrecían ocasiones de probar el tem- 
ple de su alma; sabia de memoria el escalafón y 
llevaba en la uña las bajas para entretenerse dia- 
riamente en restar los muertos de los vivos y con. 
tar el tiempo. 

Carlos era teniente de la compañía que yo 
mandaba y puedo asegurar que su pundonor y su 
exactitud me hicieron esperar que nunca se man- 
charia su hoja de servicios. 

Nos hallábamos los tres á última hora en el 
comedor de la casa buscando en vano aire para 
nuestros pulmones, cuando Paredes volviéndose á 
mí dijo: 

— ¿No reparas en el aspecto del niño? hace al- 
gunos dias que está preocupado: se me figura que 
trae entre manos algún asunto de faldas. 

— Es verdad. ¿Qué tienes, Carlos? 

— Nada. 

— Eres muy reservado. 

— Nada me pasa; os lo aseguro, aunque saben 
ustedes que la reserva es mi sistema. 

— Haces mal, dijo Paredes; las mujeres no te ha- 
rán caso, pues ellas gustan de que seamos prego- 
neros de sus gracias; seguro estoy de que me quer- 
rían menos si no tuviera la lengua tan larga. 

— ¡Siempre el mismo! esclamé yo. 

—También eres tú bueno; camarada, no te san- 
tifiques. 

31 



242 

— No pienso en eso, pero mis teorias son menos 
elásticas que las tuyas. 

— Sin embargo, Julio, tres mujeres conozco en 
Guanajay que sufren los rigores de tu inconse- 
cuencia. 

— Esos amores pertenecen ya á la historia, pues 
forman parte de mi cuadro de reemplazo. 

— ¿Estás vacante? 

— ¡Imposible! 

— Entonces ¿quién es ahora la que manda? 

— Una criatura que ha nacido en mi camino co- 
mo las setas: á causa del agua. 

— Estás misterioso. ¡Eh, niño! añadió Paredes 
cojiendo del brazo á Carlos;- oye á tu capitán que 
va á contarnos alguna de sus historias: no dejará 
de haber en ella algo de estraordinario. 

Carlos dijo con aire indiferente y sin moverse 
de la misma postura en que hacia rato se hallaba: 

— Estoy oyendo. 

— Pues, señor, el dia ha sido completo y no me 
quejo del aguacero que me caló hasta los huesos 
porque en cambio me dio un amor y un almuerzo, 

— Esplicate. 

— Cuando empezó á llover, mi caballo que es 
muy intelijente se entró de rondón en una finca y 
el caballo y yo fuimos bien acojidos. Habia en la 
casa una niña deliciosa que me ha trastornado 
los sentidos, y se me figura que no le he parecido 
mal. 



—243— 
—¿Es morena, baja, con un lunar en la mejilla? 
iiM' preguntó Paredes. 
— Cabalmente, dije riéndome. 

— Entonces es una muchacha que vive en el ca- 
í'etal Billares, que está cerca de Hoyo Colorado. 

— Te equivocas: vive mas cerca de nosotros. 
— ¿Se llama Aurora? 

— No: se llama Tula. 

El teniente que hacia algunos segundos ponia 
gran atención á mis palabras dio un salto como si 
le hubiera picado un alacrán y se le escapó una es- 
clamacion. 

— ¿Qué es eso? preguntamos Paredes y yo. 
Carlos estaba lívido y los dos nos pusimos en 
pié, pero él serenándose volvió á sentarse y mar- 
cando la risa en los labios dijo: 

—No es nada: esta cargazón de la atmósfera me 
tiene escitados los nervios. 

— ¡Nervios! esclamó Paredes; si no supiera que 
eres valiente me reiria en tus barbas, es decir, en 
el sitio en que han de salirte las barbas. ¡Hablar 
de nervios un mozo como tú! Eso es bueno para la 
hija del escribano ó para el mancebo de la botica 
de enfrente. 

— Tengo nervios bien á pesar mió; pero no ha- 
blemos mas de efeo. Julio, continúa tu relato. 

Referí á mis amigos lo ocurrido, con gran con- 
tento de Paredes que gozó con la idea de que des- 
hancara á un quídam como Pancho; en cuanto al 



—244— 
teniente parecía que sus nervios no le dejaban en 
paz, pues no volvió á estar quieto un segundo. 

A las diez cada uno se retiró á su cuarto y 
Paredes y yo nos entregamos al sueño. 

Carlos estaba ajitado; al fin como herido por 
una idea dio un silbido y al momento apareció su 
asistente, á quien le dijo: 

— Ensilla el caballo que el capitán llevó á la Ha- 
bana y procura que nadie te oiga en la casa; ven- 
dré al amanecer: ¡cuidado con dormirte! 

El soldado obedeció como un suizo y Carlos 
sin detenerse se puso un pantalón blanco, se dejó 
la camisa por fuera, se ató á la cintura con el pa- 
ñuelo un machete, quitó la escarapela al sombrero 
de jipijapa y salió en busca del caballo que le 
aguardaba ya en la calle. 

Montó y un instante después cruzaba á esca- 
pe por la calzada en dirección á la Habana, sin 
cuidarse de que el pobre animal debia estar rendi- 
do del viaje que habia hecho por la mañana con 
su dueño. 



Vil. 



A los tres dias salí una tarde de paseo y ha- 
biéndome alargado mucho decidí hacer una visita 



—246— 
íi don Liborio; era ya de noche cuando llegué á la 

casa. 

Don Liborio me tendió la mano, pero había 
en su rostro algo que denotaba que mi segunda vi- 
sita no le era tan agradable como la primera. 

Pancho desde que me vio llegar se encerró en 
el silencio. 

Solo Tula que dormitaba en un sillón se des- 
pabiló y fué á sentarse á mi lado: evolución que 
produjo dos jestos á su padre y á su novio; procu- 
ré tranquilizarlos hablando de cosas indiferentes, 
sin embargo de que no per di una sola de las mira- 
das de la niña; pero convenciéndome al cabo de • 
que hacia mal tercio y que nada adelantaba estan- 
do alli dos cerberos tan vij liantes me despedí, deci-^ 
dido á no volver á poner el pié en una casa donde 
no sabian guardar ni las apariencias. 

Decididamente me hubiera olvidado de la 
guajirita de Hoyo Colorado, á pesar de sus ojos 
espresivos, si la casualidad no me hubiera arras- 
trado en pos de ella. Cuatro dias después volvia á 
las once de la noche de una fiesta de Hoyo Colora- 
do; como la luna estaba todavía escondida la os- 
curidad era profunda, pero mi caballo sabia mejor 
que yo donde le aguardaba el pienso y caminaba 
de prisa. 

Oí á lo lejos la voz de un guajiro que cantaba 
y me detuve atraído por ese eco melancólico aun- 



—246— 
que monótono que es peculiar de los aires del país. 
La estrofa decia: 

Asómate, mi vida, 
á esa ventana, 
y verás cuanto fuego 
tengo en el alma. 

Nina, te adoro 
mas que adoro á las niñas 
que hay en mis ojos. 

¡Ay, ay, a;y! 
¡vé cual suspira 
mi corazón por ti! 
¡Tu amor me inspira 
un loco frenesí! 

Había en la voz del guajiro una dulzura que 
cautivaba y sin esplicarme el motivo aquella voz 
me recordaba algo. Me decidí á acercarme al sitio 
donde cantaban para reconocer á la persona, cuan- 
do llegaron á mis oídos los ecos de esta nueva es- 
trofa: 

Tu cariño, mi vida, 
me quema el alma; 
ya no muero por otras 
pues tú me matas. 

Niña, te adoro 
mas que adoro á las niñas 



I 



-247- 
ijue hay en mis ojos. 

¡Ay, ay, ay! 
¡vé cual suspira 
mi corazón por ti! 
¡Tu amor me inspira 
un loco frenesí! 

Acerquéme entonces al sitio de donde la voz 
partia y distinguí un bulto blanco que salió de una 
guardaraya de mangos y tomó la dirección á la iz- 
quierda. 

Apenas rae vi en el sitio reconocí que estaba 
en la finca de don Liborio: atraído por la curiosi- 
dad ó por una idea ó acaso por celos, eché pié á 
tierra y amarré mi caballo á un árbol. 

Seguí á larga distancia el bulto blanco decidi- 
do á averiguar el objeto de una visita que tenia 
todas las trazas de misteriosa, á juzgar por la hora 
y por la cautela con que se anunciaba. 

El guajiro dio la vuelta á la casa y se detuvo 
ante la puerta falsa del fondo que estaba cerrada; 
escondíme detras de una palma que me sirvió de 
observatorio sin que el guajiro notara que lo habia 
seguido. Pocos instantes después el silencio de la 
noche me trajo el murmullo de dos voces y sea que 
\os celos aguzaran los sentidas, sea que mi imajina- 
cion oia por mis orejas, me pareció escuchar clara 
y distintamente la voz de Tula que hablaba con el 
guajiro, á pesar do que habia entre ambos una puer- 



—248— 
ta que era una barrera bien respetable para el amor. 

Sentí que la sangre se agolpó en mi cabeza y 
haciéndome la ilusión de que aquella mujer me 
importaba algo, desenvainé el sable y me lancé so- 
bre el guajiro, dispuesto á espantarlo; pero no con- 
té con la huéspeda, como decirse suele. 

Al llegar al sitio resonó un grito agudo detras 
de la puerta y el guajiro dando un salto sacó su 
machete y se me echó encima con tal brio y tal 
violencia que tuve que valerme de toda mi destre- 
za para que no me trinchara como á un pollo. 

Combatiendo nos hablamos retirado de la ta- 
pia y nos dominaban desde la casa; no sé en lo que 
hubiera concluido aquel duelo improvisado á no 
cortarlo un aviso que nos dirijieron, pero un aviso 
tan elocuente que ambos nos dimos por conven- 
cidos. 

Tirándonos tajos y reveses no oimos el ruido 
que hizo una ventana alta de la casa al abrirse; el 
color claro de nuestra ropa nos vendia á pesar de 
Ig, distancia, pero sí oimos el disparo de una esco- 
peta y el silbido de una bala que atravesó la copa 
de mi sombrero. 

Bajé mi sable y bajó el guajiro su machete, 
diciéndome: 

— Camarada, quieren cazarnos como liebres; va- 
mos á otra parte á continuar nuestra tarea. 

Aquella voz me hizo estremecer y dando un 
írrito esclamé: 



-249— 

— ¡Ah! ¡Carlos! ¡tú aquí! 

—¡Capitán! 

—Yo soy pero pongámonos en salvo pronto 

y sobre todo fuera de tiro, pues nos han descubierto 
y corremos peligro. 

Protejidos por la oscuridad y las maniguas 
llegamos al sitio donde teniamos los caballos, mon. 
tamos y al cojer la calzada salimos á escape en di- 
rección de Guanajay, pues ya se notaba movimiento 
en casa de don Liborio y el ladrido de los perros 
indicaba que nos seguian la pista. 



VIII. 



— ¿Podré saber, querido Carlos, le dije conte- 
niendo mi cabalgadura, porqué te encuentro en ese 
traje á la puerta falsa del patio, hablando misterio- 
samente con Tula? ♦ 

Al nombre de Tula detuvo también Carlos su 
caballo, y la luna que habia empezado ya á salir- 
me dejó ver su semblante demudado. 

— Ahora que estamos lejos de la casa, me dijo 
voy á pedirte estrecha cuenta 

—¿De qué? 

— Recuerdo bien, porque era imposible que lo 
olvidara, que la otra noche referiste tu estancia en 

32 



—250- 
casa de don Liborio y hablaste de Tula en térmi- 
nos por cierto bien inconvenientes. 

—¿Te importa algo? 

— Me importa mucho, pues adoro á esa mujer 
con toda la espansion de mi alma. 

— ¿La amas? ¡desventurado! 

— Ahora con mas motivo te exijo una esplica- 
cion. 

— Siento, amigo Carlos, \'erte apasionado de esa 
nina, pues proveo que ha de traerte disgustos sin 
cuento. 

— Eso no hace al caso; al ofender á Tula me 
ofendes. 

—Entonces, tranquilízate, porque debes com- 
prender que poco puede juzgarse á una mujer en 
una hora de visita; lo que dije á Paredes fué una 
lijereza de mi carácter. 

— No me basta; insististe mucho en que te mira- 
ba con intención. 

— Pero ahora me esplico el motivo; la niña me 
miraba porque iba de uniforme y este le recordaría 
tu persona. 

— Eso podria ser cierto, pero tu presencia esta 
noche á la misma hora y en el mismo sitio que yo 
me dan derecho á dudar de ella; ¡y si fuese cierto! 
¡oh! ¡la matarla! 

Écheme á reir y conté á Carlos la verdad de 
lo ocurrido, lo cual le tranquilizó al parecer, pues 
cuesta poco á los amantes creerlo que les favorece. 



—251— 

— Aliora, añadí, me toca preguntarte de qué me- 
dio te valiste paní ponerte en contacto con esa ni- 
ña que tanto vijiia su padre y que nunca sale de 
su casa. 

— Para el hombre que ama nada hay imposible. 

— Sin embargo, hay ocasiones 

— Sabes que hace un mes estuve destacado en 
el Caimito para perseguir á unos facinerosos que 
andaban por allí haciendo proezas; varias veces al 
cruzar por la calzada divisé en el colgadizo de la 
casa á Tula y me prendé de ella; tanto que una 
tarde me decidí á penetrar en la finca pretestando 
que los malvados andaban por allí cerca y que iba 
á sorprenderlos; dormí en la casa con la fuerza, 
pues asustado don Liborio no solo no nos dejó sa- 
lir sino que nos obsequió en grande. 

— Ya conozco sus obsequios: se porta en esos ca- 
sos como un hombre. 

— Pues bien: tuve ocasión de hablar con Tula y 
aquel dia nació en ambos esta pasión que hoy pue- 
de mas que yo. 

— ¿Y después? 

— Al despedirme deslicé un doblón en la mano 
de Anselmo, que es un negro de la casa. 

— Le conozco. 

— Anselmo es mi Mercurio; me trae noticias de 
ella, me guarda las espaldas y la noche que disfra- 
zado de guajiro voy á hablar con Tula amarra loi 
perros para que no me muerdan. 



-252- 



— ¿Y Pancho? 



— Tula lo detesta y me ha jurado que no se ca- 
sará con él aunque el padre la mate; ya ves si ten" 
go motivo fundado para adorar en ella. 

— Anda sin embargo con pies de plomo porque 

don Liborio es mal enemigo, y si sospechara algo.... 

— No sé; hasta ahora ha vivido ínuy tranquilo, 

pero el suceso de esta noche puede haberle abierto 

los ojos; temo por Tula. 

— Y yo por tí. 

Al decir esto los caballos se detuvieron á la 
puerta de nuestra casa y echamos pié á tierra. 

Antes de dormirnos hablamos una hora de 
Tula y del lance de aquella noche que pudo haber 
tenido fatales consecuencias; el alba asomaba ya 
cuando conseguí que Carlos me dejara solo para 
conciliar el sueño; y lo concillé lamentando la in- 
clinación de mi amigo p or una niña que estando 
comprometida para casars e con un hombre á quien 
no correspondía, aceptaba sin e mbargo mis galan- 
terías y mis miradas. 

Verdad es que esta conducta que en el mun- 
do hubiera recibido el nombre de coquetería, no 
podía calificarse de tal, según la máxima de don 
Liborio, porque Tula no sabia leer. 

¡Ay! el pobre padre ignoraba que la imajina- 
cion de la mujer es un libro siempre abierto y mas 
rico en ideas que todos los libros que produce la 
intelijencia humana. 



—253— 

Tula no sabia deletrear una pajina de Platón, 
pero podia dar lecciones á este en materias de sen- 
timiento; desconocia la existencia de Ovidio y de 
su Arte, pero sin leerlo sabia mas que Ovidio y hu- 
biera enriquecido sas pajinas con mas de un apo- 
tegma. 

Don Liborio al dejarla en su ignorancia le 
cerró las puertas de hvs bibliotecas, pero le dejó 
abiertas las de su corazón: el alma guarda la llave 
y la imajinacion es la mano que las abre. 

¿De quó sirve, pues, esa ignorancia? 



IX 



Carlos entró á las ocho en mi cuarto para des- 
pertarme, sin considerar que habiendo pasado ma- 
la noche necesitaba descanso; hice un movimiento 
de disgusto, pero al abrir los ojos noté que estaba 
muy alterado, y le pregunté, incorporándome en 
la cama: 

— ¿Qué te pasa? 

— El demonio se mezcla en mis' asuntos y voy á 
hacer una que sea sonada. 

— Te veo al borde de un precipicio y quisiera 
que tuvieses calma. 



—254— 

— No es pbsiblf!. 

—¿Qué sucede? 

— Ha estado aquí el negro Anselmo; anoche 
cuando salimos de la finca, don Liborio armó un 
alboroto, tocó á rebato la campana y acudió la 
guardia civil de Hoyo Colorado; como vio á su hi- 
ja cruzar el patio sospechó lo que podia ser y des- 
pués de tratarla con dureza la ha encerrado; dice 
Anselmo que está como loco: ya comprenderás que 
nos hallamos incomunicados y que necesito tomar 
una medida violenta. 

— ¿Qué adelantarlas? 

— No lo sé, pero debo hacer algo. 

— Me ocurre una idea y voy á dar un paso en 
tu favor. 

—¿Cuál es? 

- -Pretestando que ha llegado á Guanajay la no- 
ticia de lo ocurrido en casa de don Liborio iré allá 
esta tarde para ofrecerle un resguardo contra los 
ladrones que asaltan de noche su finca y esploraré 
su voluntad. 

— Me parece bien; puedes decirle que estoy de- 
cidido á todo y que si de grado no me da la mano 
de su hija la obtendré á la fuerza. 

— jCáspita! opino, querido Carlos, que andas 
mucho terreno; ¿pretendes casarte? 

— ¿Qué remedio me queda? 

— ¿No tienes una soga para ahorcarte? 
. — Déjate de hromas. 



—255— 

-¿Olvidas que no siendo todavía capitán tu mu- 
jer no tendrá viudedad? 

— No pienso morirme. 

—Sin embargo, los padres son muy previsores y 
miran mucho á lo porvenir. 

— Que me franquee las puertas de su ca8a y es- 
peraré el ascenso: no puedo vivir sin ver 4 Tula. 

— Si te empeñas cumpliré fielmente mi comisión, 
pero temo que va á desairarnos. 

— Entonces sufrirá las consecuencias de su des- 
aire. 

— Te veo muy arrebatado y estoy en la obliga- 
ción de prevenir una desgracia. 

—Confio en tu amistad. 

Apenas empezó el sol á esconder sus potentes 
rayos estreché la mano de Carlos y monté á caba- 
llo; iba á hacerle no solo un favor sino también un 
sacrificio, pues el lector sabe que Tula me habia 
gustado y que no dejé de alimentar mis pretensio- 
nes, pero me consideraba muy dichoso en renun- 
ciar al amor de una mujer que estaba seguro ha- 
bia de labrar el infortunio de mi buen amigo. 

Llegué á casa de don Liborio y a primera vis- 
ta no me quedó duda de que nuestra visita noc- 
turna habia causado en ella un trastorno muy 
grande; encontré en la sala á don Liborio y á Pan- 
cho, disputando en voz alta, y las pocas palabras 
que oí me dieron á entender claramente que el no 
vio, enterado de la conducta de Tula, se retiraba 



-~256— 
con sus honores, lo cual produjo en el ánimo de 
don Liborio el efecto que debe suponerse. 

Al verme entrar los dos se contuvieron y 
Pancho sin despedirse cojió el sombrero y nos dejó 
solos, de lo cual me alegré sobremanera. 

Hallábase don Liborio muy dispuesto á no 
hacer caso de mi visita, pues se puso á dar paseos 
por la sala con muestras de gran ajitacion; pero 
tomé una silla y le dije con calma: 

— Sé que anoche ha pasado aqui un suceso desa- 
gradable y vengo á ofrecer á usted mi auxilio. 

— Muchas gracias, me contestó sin dejar de pa- 
searse; pero ya no hace falta; he dado aviso al ca- 
pitán de partido. 

— Sin embargo, el hecho puede traer fatales con- 
secuencias y convendria prepararse. 

Don Liborio se detuvo y mirándome fijamen- 
te dijo: 

— No comprendo lo que encierran esas palabras. 

— Es muy sencillo, y si se digna usted oirme al- 
gunos instantes lo sabrá todo. 

Tomó don Liborio asiento maquinalmente y 
sin añadir una palabra apoyó el brazo en el sillón 
y la mejilla en la mano dándome á entender que 
me escuchaba. 

Acerqué mi sillón al de don Liborio y bajan- 
do la voz le dije: 

— Anoche disparó usted una escopeta sobre dos 
hombres que hablan entrado en su finca; tiene us- 



tcd buen ojo y á no ser por la Providencia no lu- 
dria contar lo que contando estoy. 

Don Liborio me miró frunciendo el ceño co- 
mo manifestando que no me comprendia y enton- 
ces, enseñándole un agujero redondo en la copa de 
mi Jipijapa, anadi: 

— Vea usted por donde entró la bala. 

Espantado iba á ponerse en pié, pero lo detu- 
ve por el brazo continuando: 

— No eran malhechores los que asaltaban la fin- 
ca; eran hombres de honor atraídos por una idea 
si no muy recta disculpable ñ lo menos. 

— ¿Es usted el amante de Tula? preguntó don 
Liborio con voz de trueno. 

— No: no soy el amante. 

— Entonces 

— Procure usted bajar la voz para que nos en- 
tendamos. 

— ¡Estoy en mi casa! 

— Lo sé; pero vengo de mediador y lo que aquí 
hablemos no debe salir de estas cuatro paredes. 

— Me resigno á escuchar á usted con tranqui- 
lidad. 

— Agradezco la resignación. La persona que ano- 
che me acompañaba era el teniente de mi compa- 
ñía don Carlos Diaz, joven de claro nacimiento, de 
valor acreditado y de antecedentes sin tachas. Diaz 
ama á Tula, es correspondido, y el medio de evitar 
un csL'ándalo está en manos de su padre. 

33 



—258— 
— ¿Qué se atreve usted á proponerme? 

— Un medio muy decoroso y muy aceptable; 
pretendo que usted consienta en que los jóvenes se 
correspondan y. se vean sin apelar á recursos como 
el de anoche que pueden ser de triste resultado y 
que afectan á la honra. 

— Yo mando en mi casa, señor Calderón, me di- 
jo con tono insolente, levantándose, y no consiento 
que me pongan la ley; mi hija se casará con quien 
se me antoje y suplique usted á ese teniente que 
no vuelva á pisar mi finca si no quiere que mi bala 
sea otra vez mas certera y compre á caro precio 
su atrevimiento. 

— Está bien; no olvide usted que he procurado 
evitar la desgracia de mi amigo, la de usted y la 
de Tula. 

Y me retiré con el disgusto de saber que Car- 
los me aguardaba y que iba á dejarse llevar de su 
carácter violento. 

Pero sucedió lo que no esperaba; al llegar á 
Guanajay Carlos me salió al encuentro y me dijo: 

— Leo en tu cara lo que tienes que contarme; el 
padre se ha negado. 

— Exactamente. 

— Bi^n: ya sé lo que debo hacer. 

— No des ningún paso sin contar conmigo. 
— Puedes estar tranquilo. 

A pesar de la calma que aparentaba Carlos 



—259— 
lio uiv era posible descansíir un momento, pues te- 
ñí i a ;i los arranques de su carácter. 

Los sucesos ¡ay! me probaron bien pronto que 

tiiií; toniorcs no eran infundados. 



X. 



Pancho se retiró de la casa de don Liborio sin 
dar muestras de haber sufrido con aquel golpe que 
le heria en su amor propio de hombre y en su co- 
razón de amante. Pancho pertenecia á esa raza que 
da el mundo en llamar felices porque por nada se 
apenan; pero si la felicidad estribara en prescindir 
de las emociones que produce la lucha de los sen- 
timientos, el hombre descenderla á vivir como el 
bruto. ¡No! la felicidad no es la negación del sen- 
timiento; para apreciarla es preciso 6 haberla per- 
dido ó soñar con ella porque nunca se conoció. 

Pancho no tuvo que arrancar de su alma el 
amor de Tula ni lloró un desengaño; habia entra- 
do en la casa atraído por el padre y se disponía á 
dar su mano á la joven porque creyó que aquella 
boda era un buen negocio: don Liborio tenia sus 
ahorros y Tula estaba enseñada á vivir entre pri- 
vaciones. 

Pancho no era capaz de amar: hay organiza- 
ciones repulsivas al amor. 



—260— 

El lector comprenderá que un hombre de esta 
naturaleza no podia haber despertado una pasión 
en el alma de Tula; la conformidad de esta era 
una prueba de sumisión á las exijencias paterna- 
les; pero libre su corazón lo entregó al primero que 
fué á llamar á sus puertas. 

Los que creen que el aislamiento es un can- 
dado que guarda las pasiones de la mujer, se equi- 
vocan; el mundo es un arsenal de armas ofensivas, 
pero surte al mismo tiempo de armas defensivas; 
al lado del veneno está el antidoto, y si solo apren- 
de la mujer á conocer uno no puede ni librarse de 
aquél ni aplicar este cuando hace falta. 

Tula, encerrada en su ignorancia, se dejaba 
llevar por sus pasiones sin otro freno que la reclu- 
sión, y la reclusión no es mas que una cadena que 
va labrando' en la imajinacion los medios de rom- 
perla. 

La coquetería es una ciencia que se perfeccio- 
na con el estudio; pero la mujer coqueta nace co- 
mo nace el poeta de inspiración; la coqueta encer- 
rada buscará un resquicio por donde si no puede 
escaparse prodigará sus miradas buscando corres- 
pondencia para dar satisfacción á sus instintos. 

Tula no habia aprendido á leer en los libros, 
pero leia en los ojos de los hombres, por intuición; 
no sabia historias de amor pero su alma escribía 
la suya propia que era la que mas le interesaba, 
presentándole muchas pajinas en blanco que ella 



-261- 
ardia en deseos do lleniir; el peligro e.staí)a en no 
enseñarle el límite adonde debia llegar. 

No comprendía lo que era el amor, pero ama- 
ba a CárlovS Díaz, y cuando me vio nadie le liabia 
hecho entender que aceptar mis obsequios era una 
traición. 

La cadena que la aprisionaba era pesada para 
su fantasía y sin saberlo ella misma pugnaba por 
romperla; pero careciendo de fuerza necesitaba de 
una mano que limara sus eslabones: esta mano era 
la del teniente, y Tula la aceptó como hubiera 
aceptado la mía ó la de otro. El pájaro se revuel- 
ve en la jaula y acaricia la mano del que cree va 
ú abrirle la puerta para dejarle cruzar el espacio 
que borda de encantos la iinajinacion. 

Encerrado don Liborio en su ítital sistema 
([uiso correjir las consecuencias de su falta come- 
tiendo otra mayor; al ver burladas sus esperanzas 
y derribado el castillo de sus ilusiones debió acon- 
st^ar á su hija, presentarle el riesgo que corría 
en corresponder á un hombre que él tenia por li- 
bertino, colmarla de caricias, derramar lágrimas, 
presentarle en una palabra el cuadro de su des- 
ventura y herir la fibra sensible de su corazón; 
pero hizo todo lo contrario, le prodigó insultos y 
amenazas y echó cerrojos á su puerta. 

La imajinacioh es como la bebida que fer- 
menta: mientras mas se le hace sufrir la presión 
mas lucha por salir desbordada. 



—262— 

Exasperóse Tula y viendo ya en su padre la 
tiranía buscaba el medio de romper las paredes de 
su cuarto para escaparse. 

Asi, mientras don Liborio creia encontrar la 
tranquilidad guardando siempre en el bolsillo la 
llave del cuarto en donde habia encerrado á su 
hija, esta se desahogaba llorando y sin tener otro 
consuelo que hablar con Anselmo, el cual le traia 
noticias diarias de su amante, de aquel hombre 
que estando acaso muy lejos de su corazón, su 
mismo padre con su conducta se lo habia impues- 
to, haciéndole ver en él el iris de su salvación. 

La cuerda se rompe por esceso de tirantez; 
esto es cosa muy sabida por todo el mundo, menos 
por don Liborio. 

^ Si Carlos hubiera tratado algún tiempo á Tu- 
la es seguro que su pasión se hubiera resfriado: 
eran dos caracteres contrarios; pero la oposición 
del padre escitó el sistema nervioso del joven y 
los nervios son fatales: Carlos creyó que sus arran- 
ques eran amor y ese vértigo que le produjo su 
arrebato acarició su perdición. 

No dejaba un dia de exhortar á Carlos para 
que no se precipitase, pero me engañaba la calma 
aparente de su rostro. 

Cuando el hombre toma una determinación 
decisiva espera tranquilo el resultado. 

Aquella calma era la crisis de su calentura. 



— 2G3— 



XI. 



Diez dias pasaron sin que ocurriese suceso al- 
guno que deba mencionarse, lo cual rae iba sose- 
L,^indo respecto á los temores que abrigaba por el 
estado de mi amigo. 

El undécimo dia fué el sarjento á decirme 
que el teniente don Carlos Diaz que estaba nom- 
brado de guardia no se habia presentado en el cuar- 
tel á la hora señalada; aquella noticia me alarmó 
y corrí al cuarto de Carlos, pero no solo no estaba 
sino que supe por su asistente que se habia mar, 
diado por la noche después que todos nos acos- 
tamos. 

Me vi obligado, cumpliendo con la ordenan- 
za, á dar parte al comandante de aquella falta de 
mi mejor amigo, y figuriindome fundadamente que 
en casa de don Liborio 'averiguaria el paradero de 
Carlos monté á caballo y salí ii escape. 

No me seria posible pintar el cuadro de cons- 
ternación que ofrecia la casa de don Liborio; este 
daba vueltas por todas partes como un locoy mal- 
decia su suerte sin hacer caso de mi presencia en 
ol sitio, ni del capitán de partido, ni de la guardia 



— 2G4— 
civil, ni de los vecinos que habian corrido á prey- 
tarle consuelos, ya que no podían prestarle socorro. 
El capitán de partido me dijo que Tula se ha- 
bia escapado aquella noche con el teniente de mi 
compañía don Carlos Diaz y que á aquella hora 
eran infructuosas todas las pesquisas hechas para 
dar con los fujitivos. Comprenda el lector cuanto 
seria mi disgusto al ver perdida la carrera de un 
oficial tan brillante por una mujer como la guajira 
de Hoyo Colorado. 

No pudiendo hacer nada en favor del desven- 
turado don Liborio me volví á Guanajay para ha- 
cer allí pesquisas que me dieran luz acerca del si- 
tio en que se encontraban los amantes. 
Llamé al asistente y le dije: 

—¿Sospechas adonde pueda haber ido el te- 
niente? 

— ¿Qué hora es? me preguntó. 

—¿Qué tiene que ver la hora? 

— Tiene mucho, mi capitán. 

— Pues bien: son las cuatro de la tarde. 

— Entonces, tome usted esa carta, pues el te- 
niente me la entregó al marcharse diciéndome que 
callara como un muerto, pena de la vida, y que si 
él no volvía antes de -las tres de la tarde, la entre- 
gara á usted. 

—Venga la carta. 

— He cumplido la orden. 

— Retírate. 



—265— 

Abrí la curta y leí con cierta ajitacion lo si- 
j:uiente: 

"Mi querido Julio: he perdido la cabeza y voy 
I hacer una calaverada que me está pareciendo 
imposible, pero que «in embargo es ya cosa resuel- 
ta. Cuando leas esta carta estaré lejos de la Haba- 
na, pues me voy con Tula en el vapor inglés que 
-ale ú las once para Veracruz. 

"Todos mis sueños de gloria, todas mis nobles 
aspiraciones han callado ante el amor que siento 
por esa mujer que adoro, aunque es mi perdición. 
En Méjico hacen falta hombres de corazón y ofre- 
ceré mi espada á una nación estranjera para sos- 
tener ú Tula que será mi esposa en cuanto ponga 
el pié en el puerto. Aquí no podia casarme por mi 
posición y por la actitud de don Liborio, á quien 
deseo que Dios perdone el paso que me obliga 
á dar. 

'•No me desprecies; seré muy desgraciado, pe- 
ro confio en la Providencia y en el cariíío de Tula 
que premiará mi mala acción. — Adiós. — Carlos" 

Cayó de mis manos el papel y por espacio de 
algunos minutos permanecí como atontado. 

El mal no tenia remedio; nada, pues, se ade- 
lantó con la causa formada al teniente Carlos Diaz, 
de cuyas resultas se le dio de baja en el ejército^ 
y nada tampoco adelantó el padre de Tula casti- 
gando la fuga de esta con cincuenta latigazos que 
mandó aplicar en las espaldas del negro Anselmo 



—266— 
por sospechas fundadas de que liabia pro tejido la 
evasión. 

El pobre negro sufrió el castigo con resigna- 
ción y sin decir una palabra que pusiera de mani- 
fiesto lo que habia hecho por dar gusto á la niña, 
á quien habia llevado en brazos durante su in- 
fancia. 

La fuga de Carlos sirvió de pasto á las con- 
versaciones de los círculos y á la gacetilla de los 
periódicos, dé lo cual puede dar fé mi amigo Ra- 
fael Guzman; después del suceso, como dice un 
gran poeta, 

"en torno jira indiferente el mundo, 
y jira en torno indiferente el cielo." 



XII 



Tres años hace que Carlos Diaz y Tula mar- 
charon á Méjico; ¡en tres años, dirá el lector, cuán- 
ta felicidad habrán disfrutado! 

¡Ay! Carlos perdió su empleo, perdió su por- 
venir, echó una mancha indeleble en su hoja de 
servicios, olvidándose de las leyes del honor, y to- 
do por una mujer á quien apenas conocía, pero que 



—267— 
al iiitiar por sus ojos invadió su corazón, deján- 
dolo ciego al paso. Y aijuella mujer que le debia 
un sacrificio tan inmenso no era capaz de com- 
prenderlo: Tula era uno de esos seres que nacen 
degradados y que solo con una táctica particular 
puede conseguirse apartarlos del precipicio á que 
se asoman por instinto. 

Carlos y Tula se casaron en Veracruz y si- 
guieron su viaje para Méjico; él ofreció su espada 
ú aquella república, cuyas entrañas devora el des- 
orden, siendo centro de todos los criminales que 
arrojan las demás naciones, y entre ellos se afilió 
Carlos esperando ocasión de distinguirse. 

Su desventura estaba escrita, como dicen los 
fatalistas; pronto tuvo ocasión de arrepentirse del 
paso que habia dado, pues el honor y el patriotis- 
mo llamaron á las puertas de su corazón y de su 
conciencia, haciéndole ver que habia olvidado to- 
do por una mujer que no contenta con haber man- 
chado su carrera manchó el nombre que le habia 
dado. 

Tula verificó su segunda fuga á los Estados- 
Unidos con un cantante buen mozo que le trastor- 
nó el cerebro; en el colmo de la desesperación mi 
pobre amigo acabó por olvidarse de la relijion, 
único lazo que lo ataba á la existencia y se levan- 
tó la tapa de los sesos. 

No busques, lector, á don Liborio en su casi- 
ta de campo que está cerrada; don Liborio ocupa 



—268— 
un cuarto en el potrero Mazorra, adonde lo llevó 
sü enajenación que tomó grandes proporciones. 

Dio en pensar que tenia la culpa de la fuga 
de su hija y su locura no le dejó comprender que 
la mujer corre grandes peligros dejándola ignorar 
los que el mundo ofrece; la ignorancia es fatal por- 
que el amor no se aprende en los libros y hace inú- 
tiles los cerrojos y las llaves:, el amor penetra por 
todas partes; cuando llega al corazón se asoma por 
los ojos y tiene alas para volar. 



XIII. 



Aquella felicidad que don Liborio se habia 
creado estaba fundada en un principio sin base; 
era un castillo de naipes que cayó derribado á un 
pequeño soplo de la desventura. 

La felicidad es un sueno. 



HISTORIA CUARTA. 



ROSARIO. 



RELACIÓN DEL MARINO. 



IIOS-A.MO- 



¡El mar! ¡oh! ¡el mar! ¡qué hermoso es! 

sobre todo contemplado desde la orilla. — Así dis- 
curren los mas entusiastas. 

Ese piélago profundo, insondable, asusta no 
solo á los pobres de espíritu sino á hombres de co- 
razón muy levantado; si el mar no tuviera tem- 
pestades, ni rompientes, ni tanta agua, nadie se 
asustaría al fiar su existencia á un leño que por 
grande que sea no es mas que un punto impercep- 
tible en la inmensidad del océano. 



—272- 

Pero el mar con todos sus peligros y sus emo- 
ciones demasiado violentas no es mas que un re- 
medo de la vida; los que tienen miedo al mar no 
se paran un momento á considerar si aquél es fun- 
dado. 

La vida es un océano proceloso y el hombre 
un bajel destinado á surcar las aguas, combatiendo 
sus caprichos y veleidades; ¿hay algún ser que con- 
cluya su carrera habiendo encontrado siempre el 
mar en calma, sin que el viento haya hecho trizí^s 
las velas que lo guiaban, sin haber encallado en la 
roca del desengaño, sin haber sentido ajitarse su 
corazón ante un peligro inminente en que se espo- 
nian á zozobrar ó su honra ó sus afecciones ó su 
existencia misma? 

Si algún hombre llega al término de su viaje, 
virjen de dolor, ¡dichoso él! pero ese hombre no 
existe; si se encierra en el egoismo, no sufrirá por 
los demás pero sufrirá por él: regularmente el egois- 
mo es la tabla de salvación á que se agarran los 
náufragos que han perdido todo y quieren en vano 
salvar el individuo: ese náufrago se prepara para 
lo porvenir, pero la tormenta pasada es una pajina 
horrible de la vida que las dichas posteriores po- 
drán borrar de la mente, pero no del corazón. 

Las tempestades. del alma como las del mar 
pasan, pero no se olvidan: en su furia siempre se 
llevan algo que no vuelve y que constituye una 
parte integrante de la existencia. 



-273- 
El corazón del marino se embota mas pronto 

porque vó el peligro mas aislado y porque no vé'otras 
desventuras para compararlas con las suyas: el do- 
lor es simpático y al hombre le gusta comunicarlo 
porque no quiere sentir solo: parece que se alivia 
su pena cuando tiene ó quien le ayude á llorar ó 
quien contemple su dolor. 

Cuando el barco va solo, sin mas espectador 
que la Providencia, se enseñorea, y guiado por la 
débil mano del hombre desafia la cólera de los vien- 
tos y pretende burlar su poder. Entonces el mari- 
no se engrandece y en aquella lucha jigante apren- 
de íi sentir las grandes emociones. 

El mundo y el mar tienen muchos puntos de 
contacto; y esto es fácil conocerlo haciendo obser- 
vaciones para deducir después. Cambio de tono: el 
carácter de los marinos es como la brújula, que 
nunca se fija. 

Combatir una pasión contrariada es luchar 
con los elementos desbordados; empeñarse en se- 
guir la senda que no marca el destino es querer 
navegar á rumbo con viento por la proa; hacer 
frente al infortunio y retarlo temerariamente es 
echar alas y rastreras cuando deben rizarse las ga- 
bias; perder una fortuna poco á poco es escasearse 
el viento; no tener recursos para atender á las ne- 
cesidades de la vida es correr un temporal á palo 
seco; casarse, según algunos marinos espertos, es 
ponerse en conserva de un buque de buenos pies 

35 



-274- 
y picar los palos del suyo; en una palabra, morir 
no es mas que irse á pique la nave. 

Y en esto el mundo lleva todavía una venta- 
ja al mar. Cuando el marino concluye su misión 
muere ignorado, perdiéndose sus restos en aquella 
sepultura adonde no penetran ojos humanos, sin 
gozar de la apoteosis portentosa que los vivos cuel- 
gan en la lápida á los muertos como última venera. 

Aunque bien mirado, morir en el mar tiene 
mayores ventajas; el finado no necesita dejar un 
pico respetable para el pago de la mortaja y del 
nicho y lo que es mas lamentable de la cura que 
reclama el médico que lo mató. Lo mismo da ser 
pasto de los peces que de los gusanos. 

En el mar se muere tranquilo porque en aque- 
lla fosa todo cabe; pero en tierra ¡oh! ¡en tierra es 
cosa de no morirse nunca!— Estoy por vivir en el 
mar y por no morirme en tierra. 

Al hablar de la muerte y del mar me acuer- 
do de Rosario, que nada tiene de común con el 
mar ni con la muerte: esta falta de lójica se esplica 
con lo que antes dije de mi carácter. 

Al contar la historia de Rosario nada diré del 
mar aunque parezca estraño después de ver el in- 
troito que pongo á mi historia; el marino en tierra 
respira otra atmósfera, pero respira; somos como 
los pescados por la afición al agua en que vivimos; 
pero me declaro anfibio. 



-275- 
Y entro en materia, pues nunca con maa ra- 
ion pudieran decirme que esto es hahlar de la marr. 



U. 



En enero de 1857, es decir, hace poco mas de 
un aSo, el bergantín de S. M. en que servia dio 
fondo en la bahía de Barcelona después de cutí- 
renta singladuras que habíamos echado desde la 
Habana. 

Por mas acostumbrados que estemos al movi- 
miento del barco nos agrada siempre la' tierra fir- 
me; así, apenas puse el pié en la playa, corrí en 
busca de emociones y de recuerdos; ¿dónde no los 
encuentra un marino? 

Comí en la fonda con varios amigos íntimos 
de quienes no había vuelto á saber ni á acordarme 
en tres años de ausencia y supe muchas cosas que 
ignoraba porque debía ignorarlas, á pesar de que 
manifesté mucho ínteres por ellas. 

N y N, me decían, han muerto; P, J y L se 
casaron; T y V han enviudado; M se suicidó; G se 
escapó con una muchacha muy linda que vivía en 
la Rambla; S está en la cárcel; á C y D, empleados 
del gobierno, los trasladaron á otro punto; en una 



—270-^ 
palabra, casi todos mis amigos habian muerto para 
mí; pero aquella tarde repuse á los finados con mis 
nuevos conocimientos de mesa. 

Entre las noticias de importancia que adquirí 
no fué la menor el éxito que alcanzaba en el gran 
teatro una prima donna di cartello, italiana por 
supuesto, que, según la frase técnica de los filar- 
mónicos, estaba haciendo las delicias del pueblo 
barcelonés que es uno de los pueblos mas inteli- 
jentes en ese divino arte que habla al alma y á los 
sentidos. 

La cantante se llamaba Rosario. (Al dar 

á la estampa una historia sustituyo con este nom- 
bre el de la artista que es demasiado conocido en 
el mundo. Nadie tiene derecho á descorrer el velo 
de la vida privada.) 

Al citar el pais de su naturaleza dije que era 
italiana por supmsto y esto necesita esplicacion 
por mas que los diletianti lo hayan comprendido 
demasiado. Si Rosario hubiera nacido en España 
no le bastaría todo su talento y su voz privilejia- 
da para aclimatarse entre sus compatriotas que á 
pesar de los muchos nombres que pueden citar en 
contra de su preocupación siguen creyendo que solo 
la Italia produce órganos musicales. Bien dice el 
refrán: nadie es profeta en su patria. 

Soy fanático por la música, como todo el que 
tiene una fibra sensible, y al ver en el Diario que 
aquella noche se ponia en escena La Sonámbula., 



-27T- 
oorrí al despacho del teatro ansioso de admirar á 
la cantante y de gozar con las divinas armonías 
del preciosísimo idilio de Bcllini. 

Paseábame impaciente por el palón de descan- 
so, esperando la señal del director de orquesta, 

liando me echaron un brazo por la cintura; volví 
la cabeza y estreché oon efusión el cuerpo de don- 
de partía aquel brazo, eeclamando: 

—¡Adolfo! 

—¡•Mi querido Ulloa! ¿estás en Barcelona? • 
Esta pregunta significativa que con razón se 
llama la pregunta del español es un rasgo de nues- 
tro idioma demasiado esprrsivo siempre y muy na- 
tural por mas que parezca fuera de lugar. 

—Aquí me tienes desde esta mañana. 

— ¡Cuánto me alegro! 

-Y yo. 

—Enséñame el número de tu lüheta. 

— El 35 de la izquierda. 

—Dame el billete: voy á cambiarlo por otro para 
estar juntos: tenemos mucho que hablar; se entien- 
de cuando no cante Rosario porque entonces no se 
puede oír mas que las notas sublimes de su gar- 
ganta. 

— ¿Tan notable es esa artista? 

— Ella te contestará por mí dentro de algunos 
minutos. 

Y mi amigo corrió al despacho para cambiar 
mi localidad. 



-278— 



III. 



Adolfo de Mendoza, vizconde de Tudela, te- 
nia á la sazón veinte y cuatro años; habiamos es- 
trechado nuestra amistad en la isla de San • Fer- 
nando adonde fué enviado por su padre como guar- 
dia marina, pero concluidos sus estudios no se en- 
contró con vocación para seguir una carrera que 
mas que ninguna la. exije, y no necesitando de su 
espada para vivir se lanzó al mundo, sabiendo mas 
de lo que el rico necesita para figurar y menos de 
lo que necesita el pobre para morirse de hambre. 

Su padre, el conde de Cardona, era muy res- 
petado en Cataluña por sus timbres de nobleza, 
por su cuantiosa fortuna y por la rectitud de sus 
principios. Llevó el conde muy á mal la determi- 
nación de su hijo de abandonar una carrera que 
tanto lustre habia dado á su patria; pero como era 
el único vastago de su rama y el heredero de su 
titulo se conformó pronto, creyendo que asi no lo 
espondria á los peligros de las armas y á los azarea 
del mar. 

Adolfo era un joven bien inclinado y habia 
recibido con aprovechamiento las sanas doctrinas 



—279— 
vle su padre, aleccionándose con el ejemplo, que ea 
el gran principio de la educación; así es que Adol- 
fo, á pesar dé haber pasado los primeros anos de 
su juventud en la. corte, nunca manchó la honradez 
le su cuna, comportándose muy á satisfacción de 
su padre, que era demasiado exijente en este punto. 

A la entrada de la cruda estación en que lle- 
gué á Barcelona el conde habia llamado á su hijo, 
pretestando que necesitaba de sus cuidados y Adol- 
fo corrió al lado de su padre; pero la salud vigorosa 
de este desmentía la causa del llamamiento; su ver- 
dadera idea habia sido no solo disfruW de la com- 
pañía de su hijo en los últimos anos de su vida sino 
también arrancarlo de los peligros de Madrid y 
llevar á cabo un plan que hacia tiempo lo des- 
velaba. 

El conde de Cardona, sabiendo que la juven- 
tud es impresionable y temiendo que su hijo se 
dejase llevar por su corazón y contrajese algún 
compromiso con una mujer que sin ser indigna 
fuese de oscuro nacimiento, proyectó labrar en su 
alma una pasión por Neolia, hija del marques de 
Santa Eulalia, su amigo de la infancia. 

Neolia era una joven de diez y ocho anos, be- 
lla como un serafín y de una educación esmera- 
dísima. 

Adolfo era alto, rubio, de un% figura intere- 
sante y con unos magníficos ojos, muy á propósito 
para turbar la dulce tranquilidad del alma de la 



—280— 

niña y hacerla sentir una pasión, á pesar de su re- 
cojimiento. 

Y lo que el conde pretendía sucedió apenas 
puso Adolfo el pié en la casa del marques de Santa 
Eulalia; Neolia que oia siempre á su padre hablar 
del joven y de sus buenas eualida(3es creyó que se 
habia omitido decirle algo sobre la cualidad mas 
importante: sobre la belleza de los ojos de Adolfo. 
Y esta circunstancia pudo mas que todo lo que el 
marques y el conde concertaran. 

Neolia, á los tres dias de conO'Se ral vizconde, 
no trataba de saber si este valia m ucho ó poco: ya 
nada podian decirle ni su padre ni al de Adolfo: los 
ojos de este le decian mas. 

El conde de Cardona no tuvo que preguntar 
á su hijo sobre el efecto que Neolia le habia cau- 
«ado; Adolfo era joven y encontró muy agradable, 
acompañando al anciano á su tertiulia diaria en 
casa del marques, tener una muchptcha bonita con 
quien conversar mientras que los dos señores ju" 
gabán su partida de ajedrez. 

Cuando estos se impacientaban por dar con 
algún mate problemático que los traia atormenta- 
dos una semana ó dos, Adolfo y Neolia veian cor- 
rer las horas sin cansarse uno de otro, lo cual te- 
nia muy contentos al marques y al conde, pues 
este era otro problema que resolvían sin necesidad 
de tablero y solo con el cálculo de una jugada 
maestra. 



—281— 

¿Amaba Adolfo a Neolia? — No liabia penHado 
eii averiguarlo.— ¿Amaba Neolia á Adolfo?— Fácil 
era conocerlo por la inmovilidad de sus ojos cuan- 
do los fijaba en aquellos que tanto le hablan lla- 
mado la atención desde el primer dia. 

La tertulia de casa del marques disminuyó al 
abrir sus puertas el gran teatro; Adolfo llevado por 
la curiosidad faltó la noche d«l ddmt de la compa- 
ñía, y escudándose en bu afición al arte se abonó 
para ir todas las noches que hubiera función. 

Sorprendido el conde por el capricho filarmó- 
nico de su hijo que podria destruir su plan, como 
el jugador de ajedrez que tiene, estudiado un mate 
y se encuentra con un jaque tan inoportuno como 
inesperado, calculó que era preciso sin torcer la vo- 
luntad de su hijo no abandonarlo, y aconsejó al 
marques que se abonara también al teatro para 
que llevando á Neolia no dejase Adolfo de verla. 

Y el marques habia tomado un palco bajo de 
proscenio con objeto de que desde la luneta pu- 
diese el joven contemplarla durante la represen- 
tación. 

Estas noticias que después adquirí las antici- 
po á mis lectores por creerlo conveniente: nadie 
puede quitarme este derecho. 

Entro, pues, con mi amigo en el coliseo, donde 
debemos encontrarnos todos, satisfaciendo mis de- 
seos de oir a la notable artista. 



36 



—282- 



IV 



Ocupamos nuestro asiento y empezó la sinfo- 
nía á toda orquesta.' 

Corno la música instrumental es solo cuestión 
de oidos y no impide á los ojos que se ejerciten al 
mismo tiempo recorrí con ellos todos los palcos, 
deteniéndolos donde encontraba alguna mujer her- 
mosa y separándolos violentamente del sitio en que 
liabia alguna fea. 

Comprendo que las teas sean filarmónicas y 
asistan á los espectáculos, pero debia estar prohibi- 
do que se exhibieran demasiado porque lastiman 
la visualidad. 

En el palco bajo de proscenio de la derecha 
entraron un anciano de cabellos y bigotes blancos 
y una joven encantadora; llamóme ella la atención, 
y como noté que sus ojos estaban flechados en di- 
rección de nuestro sitio sospeché que habia hecho 
una conquista, y tocando en el brazo á Adolfo, que 
estaba al parecer estasiado con los acordes de la 
orquesta, pendiente de todos los movimientos de 
la batuta, le dije: 

— Eres filarmónico decidido. 

— ¡Oh! sí: la música me embelesa hoy. 



—283-. 

— lii'piiia c'M iiquelLa preciosa mucFiacha del pal- 
•o del proscenio; hay mas música en sus ojos que 
«•n todas las partitiirají que ha producido y produ- 
<ir.4 la Italia. 

VoWió Adolfo la cabeza á la derecha é hizo 
un jesto de disgusto, pero reponiéndose en seguida 
contestó con afecto á un saludo graciosísimo que 
le hizo la nina del palco, secundado por otro no 
menos cariñoso del que la acompañaba. 

—¡Hola! parece que tratas con intimidad á esa 
criatura y ó me engaña la esperiencia 6 sus ojos 
vienen al abordaje sobre los tuyos. 

—¡Qué disparate! 

— ¡Cáspita! llegué á creer que me habían puesto 
la proa, pero torcí su rumbo. La sonrisa del saludo 
que te dedicó fué demasiado espresiva. 

—Creo que te equivocas. 

— Puede ser, pero estoy acostumbrado á estudiar 
la fisonomía de las mujeres, adivinando sus impre- 
siones como adivino por el cariz el estado de la at- 
mósfera. 

— Veo que eres intelijente, dijo Adolfo sonrién- 
dose. 

—Al fin arrías en banda el pabellón. Y ¿quiénes 
son tus amigos del palco? 

—El marques de Santa Eulalia y su hija Neolia. 

— ¡Hermosa niña! ¡te envidio la preferencia! 

— jSilencio! esclamó el vizconde; el telón se le- 
vanta y ya no me pertenezco. 



—284- 
Me recosté en la luneta para entregarme* á la 
música, y al ver tan pronunciado en mi amigo el 
furor filarmónico no me atreví á distraerlo de su 
enajenación. 

Pasadas las primeras escenas un aplauso es- 
trepitoso me avisó que Amina se habia presentado; 
Adolfo levantó las manos para hacer mas visible 
su entusiasmo por Rosario; la doniia saludó con 
esa humildad aparente del jenio y fijando en se- 
guida los ojos en el sitio que ocupábamos en la 
platea se llevó la mano derecha á la cabeza, echán- 
dose el pelo para atrás; Adolfo, casi conmovido, se 
retorció el bigote con ambas manos; muy lejos es- 
taba de conocer que aquellos dos movimientos eran 
estudiados y que encerraban signos telegráficos? 
intelijibles solo para dos personas. 

Después de haber clavado los jemelos á Ro- 
sario, que entre paréntesis me pareció al primer 
golpe de vista tan interesante que por mal que 
cantara habia de gustarme su voz, miré por casua- 
lidad á la joven del palco y noté que tenia el ros- 
tro algo demudado: con la mejilla apoyada en la 
mano izquierda no daba muestras de llamarle la 
atención el espectáculo á pesar de hallarse asoma- 
da al escenario. El marques, por el contrario, es- 
taba tan consagrado á las notas de la cantante que 
no veia lo que en su mismo palco pasaba. 

La voz de Rosario y su ejecución me dieron 
á entender bien pronto que no era usurpada su re- 



—285— 
putacioii; cantaba como un ánjd, es decir, como 
deben cantar los ánjeles, aunque no sé si son oreo 
chtantes 6 tienen escuela; la verdad delcaso es que 
Rosario me cautivó como á todo el publico y la 
aplaudí con entusiasmo. 

Tenia mucho en su favor con su figura: era 
un modelo griego, de formiis admirables y de fac- 
ciones delicadísimas; sus ojos azules hacían un 
(Contraste magnífico con sus cabellos negros como 
el azabache; su cutis debía ser algo tostado, y no 
lo aseguro porque en aquel momento lo veía em_ 
badurnado con esa capa de lechada que se dan to- 
das las mujeres de teatro, creyéndola indispensable 
para el buen parecer. Su garganta torneada podía 
no haber batido las notas con tanta perfección, se- 
gura de que el público simpatiza con la belleza y 
de que unos ojos seductores añaden dobles encan- 
tos á la voz.— Esta observación la creerán algo 
profana los entusiastas, pero no por eso deja de ser 
exactísima. 

Cuando Rosario concluyó el andante de su 
cavatina el teatro parecía conmoverse por sus ci- 
mientos: tal fué la esplosíon que produjo su canto; 
yo aplaudí, Adolfo aplaudió, todos aplaudieron, 
pero mi amigo para distinguirse lanzó un ¡bravo! 
estrepitoso, tan estrepitoso que dominando el ruido 
de las palmadas se oyó claro como un trueno. 

Aquella esclamacion conmovió dos corazones, 
según pude observar; Rosario se llevó la mano al 



—286— 
cabello y después á la boca; la joven del palco que 
seguía en su postura se levantó erguida para vol- 
ver la cabeza y mirar al que habia pronunciado 
aquella palabra: en sus ojos noté algún estravio. 

Al concluir el acto coji á Adolfo por el brazo 
y le dije llevándolo al corredor: 

— Espero que me espliques un misterio. 

— Vuelvo en seguida. 

— No: no te abandono sin que satisfagas mi cu- 
riosidad. 

—¿Qué deseas saber? 

— ¿Esa Neolia te ama? 

— Creo que sí, me contestó tratando de despren- 
der su brazo del mió. 

— ¿Vas á verla? 

— No pienso en eso. 

— Entonces 

— Voy al camarín de Rosario. 

— ¡Ah! ¿eres su amigo? ¡Picaron! 

— ¡No! dijo Adolfo con el rostro algo encendi- 
do; no debo ocultártelo, no soy su amigo sino su 
amante. 

— ¡Bravo! esclamé á mi vez; ¿lio tenemos? 
Los ojos de Adolfo se inyectaron de sangre y 
al notarlo me arrepentí de la pregunta. 

— Te perdono esa ofensa, dijo, porque no cono- 
ces á Rosario; la juzgas como juzga el mundo á las 
mujeres de teatro. 



—287— 
\ el mundo tiene razón, Adolfo; Rosario ser» 
nía o«i;epcion. 
—Hay muchas escepciones. 
—Me alegro saberlo. 

— En pruebn de olio, vcii; \oy ú picscntarte á 
Rosario. 

— Me das un gran placer. 

La puerta del escenario, á pesar de la prohi- 
bición absoluta de la empresa, se abrió para dejar 
paso franco al vizconde de Tudela, lo cual me hi- 
zo comprender que me habia dicho la verdíid: 
Adolfo estaba fuera de la ley. 

Penetramos en el camarin de la (lonna que al 
ver á mi amigo se levantó precipitadamente para 
estrechar la distancia mas pronto, marcando en su 
fisonomía una satisfacción inmensa. Al abrir los 
labios, cuando se le escapaba ya una de esas 
frases cariñosas, emanaciones del alma, que no se 
forman en muchas horas de estudio, Adolfo le cor- 
tó la palabra y señalándome dijo: 

— Mi amigo don Alfonso Ulloa, alférez de navio-. 

— ¡Ah! esclamó la joven artista presentándome 
la mano. 

Y seguramente á haberlo permitido el verme- 
llon que cubría sus mejillas hubiera visto marcar- 
se en ellas el sonrosado natural del pudor. 

— Tengo una satisfacción, le dije, en estrechar 
la mano di una artista que acaba de arreba- 
tarme. 



—288— 
— Muchas gracias, me contestó sin separar sus 
«jos de Adolfo. 

Hablamos del arte y de la gloria y de otras 
muchas cosas verdaderamente locales, pero que en 
nada interesaban én aquel momento á Rosario, á 
juzgar por la poca importancia que les daba. 

Comprendiendo que mi presencia estorbaba 
me despedí, protestando que iba á saludar á mis 
antiguos conocimientos; Adolfo se creyó obligado 
á acompañarme y salió conmigo. Apenas se hubo 
cerrado detras de nosotros la puerta del camarín 
entró en él un joven elegante y de maneras corte- 
ses; era uno de esos hombres que sin ser feos son 
íintipáticos a las mujeres. • 



Daniel de Montemar era redactor de un pe- 
ñódico y amigo intimo del empresario, lo cual le 
daba dos llaves para abrir todas las puertas del 
teatro; apenas llegó Rosario á Barcelona, guiado 
por los intereses de la empresa, puso el mérito de 
aquella por las nubes, antes de oiría, y cuando la 
conoció, sorprendido de su belleza, se propuso uti- 
lizar sus armas para llegar con ellas al corazón de 
la donna. 



—289— 

Rosario que en «u vida de artista se habia 
acostumbrado á recibir con afabilidad á todo el 
mundo, porque la artista vive á merced de cual- 
quier venganza poderosa, aoojió á Móntemar con 
afecto, sin reparar en su figura ni comprender el 
peligro que corria en abrirle las puertas de su casa; 
el joven escritor envalentonado con otnus con- 
quistas fáciles que le hablan proporcionado las lí- 
neas de su diario, creyó que adelantaba terreno» 
pero en aquellos di as cruzóse en su camino el co- 
nocimiento de Adolfo que desde el primer instante 
hirió la fibra sensible de Rosario, la cual no mani- 
festó la menor reserva con la pasión que mi amigo 
le habia inspirado. 

Rosario tenia solo veinte y dos años y á esa 
edad habia recorrido muchos de los primeros tea. 
tros del mundo, dejando detras de sí un rastro de 
gloria inmarcesible; consagrada enteramente al arte 
que era su pasión dominante se habia acostumbra- 
do á mirar á los hombres como público, sin dar acó. 
jida en su alma á ninguno de los infinitos que la 
habían perseguido, guiados por su belleza y por el 
prestijio de su talento que añadía mayores atracti- 
vos á aquella. 

La felicidad para Rosario se cifraba en los 
aplausos, y en su desvanecimiento creía que la des- 
ventura no podía llegar para ella mas que envuelta 
en una derrota teatral; pero felizmente su dema. 



—290— 
siado talento y su órgano privilejiado parecían po- 
nerla á cubierto de semejante golpe. 

Herido Montemar en su amor propio estudió 
el medio de derribar al ídolo que se levantaba en 
el corazón de la artista y después de varias indi- 
caciones infructuosas decidióse á pegar fuego á esa 
mina que se esconde en el alma de la mujer y que 
revienta haciendo estragos. 

Montemar se propuso despertar los celos para 
aprovecharse de la calentura y aparentando indi- 
ferencia dio aquella noche la mano á Rosario que 
le vio entrar con cierto disgusto. 

— Ha estado usted sublime esta noche: como 
siempre. 

— Gracias, señor Montemar. 
—No es posible interpretar la cavatina ni con 
mas espresion ni con mas talento. 
—¡Oh! ¡no! 

— Supongo que el vizconde habrá dicho otro 
tanto; en el arte todo el mundo piensa lo mismo. 
— El vizconde nada me ha dicho. 
— Se lo habrán prohibido, repuso Montemar ca- 
si entre dientes. 

— ¿Prohibido? preguntó la donna, cuyos ojos se 
dilataron. 

— Sí, contestó el escritor con aire de indiferencia 
encendiendo un cigarro en el mechero del gas; y 

por cierto que si lo ven entrar aquí 

Rosario se inmutó. 



—291— 
— Quiere usted esplicarme, dijo interrumpiéndo- 
le, el misterio que encierran esas palabras; ¿corre 
por ventura el vizconde algún peligro en visitarme? 
— No s6, pero á juzgar por el compromiso que 

tiene contraído y por el desasosiego de ella 

— ¿Quién es ella? 

— No es estraño que usted la desconozca; ¿ignora 
usted que el vizconde de Tudela se casa pronto? 

Rosario que se habi:i puesto en pié tuvo que 
agarrarse d un sillón i^ara no caer, pero haciéndose 
superior dijo: 

— ¿Esa mujer? 

En aquel momento entró el traspunte á avi- 
sarle que habia empezado el acto. 

Dirijióse Mon temar á la puerta, pero Rosario 
io detuvo, preguntándole de nuevo: 

— ¿Esa mujer? 

~ Oigo los acordes de la salida de usted, signora, 
y no hay tiempo que perder: los compases de la 
música son como los caballos del correo: no tienen 
esjiera. 

Y Montemar salió, tarareando las notas que 
la orquesta tocaba. 

Rosario estaba herida en el corazón, pero al 
trasponer el bastidor tenia que dejar allí todas sus 
emociones de placer ó de dolor: la artista no se 
pertenece de bastidores afuera. Hizo, pues, un es- 
fuerzo y salió en el segundo acto representando á 
la perforcion la inmovilidad del sonambulismo. — 



-292- 
Una vara de terreno basto al arte para triunfar 
de la mujer. * 

Y en aquel momento en que la artista apare- 
cía tan serena, el corazón de la mujer reventaba 
como una nube preñada de electricidad. 

La sonámbula, sujeta á la exijencia de su pa- 
pel, no podia mover la cabeza en todas direcciones, 
pues estaba segura de que sus ojos habían de dar 
con la cara de la futura de Adolfo aunque se es- 
condiera entre todas. Maldijo entonces al arte que 
le imponía su rigoroso dominio y sin mover los 
ojos, siguiendo el compás de la batuta, su pensa- 
miento se paseaba por la platea buscando algo. 

Y en medio de esta lucha cantaba como nun- 
ca habia cantado; el público aplaudía con frenesí, 
pero Rosario no oía los aplausos: no oía mas que 
las notas que tenia que repetir y la voz de la tem- 
pestad que rujia en su interior. 

El alma de Rosario se ensanchó al entrar El- 
vino á pedirle cuentas de su traición; se habían 
cambiado los papeles: Rosario ncababa de saber la 
perfidia de Adolfo; y sin embargo Amina éspresó 
todo lo contrario de lo que sentía Rosario. En la 
mujer de teatro hay dos entidades: la artista y la 
mujer. 

Al esclamar "¡rea non sonó!" clavó sus ojos 
en el vizconde que se ajitó 'en la luneta como si 
aquella mirada hubiera fulminado un rayo contra 



-293- 
él. Y el públioo que nada tenia que ver con la mu- 
'<M- lierida aplaudía con delirio á la artista. 

Arrastrada Rosario por el tenor en el momen- 
to que le echa en cara su infame conducta, fué á 
caer junto al palco del marques de Santa Eulalia; 
al levantar la donna la cabeza para rechazar con 
orgullo la acusación tropezaron sus ojos con la cara 
de Neolia que á la sazón miraba fijamente á Adol- 
fo; Rosario, sin perder el compás, seguía maqui- 
nalmente el canto, pero buscó los ojos del vizconde; 
• 'stos estaban clavados en dirección del palco por- 
({ue allí se encontraba ella, pero sin comprender 
la visual sintió que la sangre la ahogaba y la nota 
que iba á salir de sus labios no pasó de la gar. 
ganta. 

Comprendiendo instantáneamente el peligro 
que corría se pasó la mano por la cabeza, con cu- 
yo movimiento disculpó su falta con el público que 
había dejado escapar un murmullo de sorpresa. 
Neolia miró como todos á la artista y los ojos de 
las dos mujeres se encontraron.- 

"¡Es ella!" esclamó dirijiendo á la joven otra 
mirada mas significativa que al vizconde y tan des- 
caradamente lo hizo que el marques y el conde, 
que acababa de entrar en el palco, esclamaron: 
"¡Qué insolencia!" Y los tres se retiraron del tea- 
tro.- -El marques y el conde sospechaban ya algu- 
na intriga, pues sabían las visitas de Adolfo á la 
cantante. 



—294— 
Concluyó el acto y en los pasillos fué objeto 
de la conversación jeneral el reto de la artista á la 
hija del marques de Santa Eulalia; ¿qui6n ignora 
en una capital de provincia, por grande que sea, 
no ya lo que se hace sino hasta lo que se piensa? 
La actitud imprudente de Rosario le captó 
algunas antipatías. 

Al retirarse esta de la escena encontró á Mon- 
temar que seguramente la aguardaba. 

— ¡Bravo! dijo el escritor: ¡lo vi todo! 

— ¿La futura del vizconde es la joven que estaba 
en el palco de proscenio? preguntó ella. 

— La misma; la ha derrotado usted como una 
heroína. 

— ¿Su nombre? 

— Neolia, hija del marques de Santa Eulalia. 

— ¡Un título! 

— Está claro; esos señores de la nobleza no adul- 
teran su raza. 

— ¡Oh! yo le haré entender 

—¡Silencio, Rosario! aqui llega el vizconde. 
Con efecto, Adolfo algo ajitado habia corrido 
al escenario al caer el telón y retrocedió haciendo 
un jesto espresivo al encontrar á la donna en los 
bastidores hablando con mucho interés al parecer 
con el periodista. 

Al acercarse, Montemar se retiró, haciendo 
un saludo á ambos; en su alma rebosaba el rego- 
cijo pues habia provocado un conflicto. 



-200— 
Adolío miró íijainonte á Rosario que se diri- 
iia íi su camarin sin decirle una palabra y fué de- 
i ras de ella. Al llegar á la puerta le preguntó: 

— ¿Qué es esto, Rosario? no comprendo 

—Señor vizconde, dijo ella volviendo un jkkjo 1» 
abeza, cuando concluya la función espero que ten- 
ga usted la bondad de ir á mi casa. 

— ¡Este cambio repentino! Quiero sabei . . . 

— Voy á vestirme. 

Rosario pronunció esta frase con desliedlo y 
cerrando la puerta. 

El vizconde estaba aterrado; cuando llegó á 
la luneta no pude menos de interrogarle, pero por 
toda respuesta me dijo: 

— Algo ha pasado que va á ser una desgracia 
para mí. 

—¿En qué te fundas? 

Adolfo sin contestarme miró al palco vacía 
del marques y se recostó ó mejor dicho se acostó 
en la luneta, sin variar de postura hasta la conclu- 
sión de la ópera. 



VI. 



Como coii^renderá el lector, Adolfo de Men- 
doza, apenas cayó el telón, fue corriendo á casa de 



I 



-296- 
Eosario. adonde llegó antes que ella. El criado que 
lo conocía perfectamente lo acompañó hasta el ga- 
binete y después de encender el quinqué y arreglar 
los tizones de la chimenea se retiró sin decir una 
palabra. 

El vizconde, después de haber dado algunos 
paseos por la habitación, se sentó al lado de una 
mesa maqueada donde habia algunos álbunes y 
heepsahes; cojió uno de estos y se puso á hojearlo 
sin que los bellos grabados que contenia consi- 
guieran ni fijar su vista ni distraer su imajinacion 
de la idea que lo preocupaba. 

Un cuarto de hora habia pasado cuando el 
sonido metálico de una campanilla sacó de su es- 
tupor al joven; á aquella hora no podia llegar á la 
casa mas que la artista: y era ella. 

Rosario entró en el gabinete, hizo con la ca- 
beza un saludo frió al vizconde y quitándose el 
abrigo de pieles lo entregó á su camarera, indicán- 
dole con una seña que se retirara. 

Apenas se hubo cerrado la puerta Rosario 
acercó su sillón á la chimenea y se volvió para 
mirar á Adolfo que la contemplaba de pié con la 
mano izquierda apoyada en la mesa y con la dere- 
cha escondida entre el chaleco y la camisa, sin 
duda para contener los violentos latidos de su co- 
razón. 

— No esperaba encontrar á ust^ en mi casa, 
dijo ella. 



—297— 

— Me permitirá usted que entrañe esa obser- 
vación. 

—Y usted me permitirá, señor vizconde, que es- 
trane su conducta. 

— Por mas que me empeño en esplicarme el mo- 
tivo del cambio repentino que noto en usted no 
doy con él. 

— Repase usted su conciencia. 

— Seria inútil, porque de nada puede acusarme. 

— Me parece que es bien significativa la escena 
que ha provocado usted eri el teatro durante la re- 
presentación. 

— Escena, Rosario, que espero tenga usted la 
bondad de esplicarme. 

—¿No conoce usted á la mujer que ocupaba el 
palco de proscenio? 

—La conozco perfectamente: es la hija del mar- 
ques de Santa Eulalia. 

— Pero no me habia usted dicho que esa joven 
era la prometida del vizconde de Tudela. 

Este retrocedió dos pasos con espanto, pero 
reponiéndose en seguida acercó un sillón al de Ro- 
sario y cojiéndole una mano que ella separó con 
violencia le dijo: 

— Ahora comprendo el motivo de la actitud de 
usted conmigo y de la provocación á esa pobre ni- 
na; pero debe usted creerme, Rosario: el autor de 
semejante noticia ha mentido. 

—¡Oh! no: los ojos de esa mujer me dijeron mas 

38 



—298— 
de lo que ya sabia; y los de usted, Adolfo, estaban 
fijos en ella cuando quise averiguar la verdad. 

— Mis ojos no abandonaron un segundo los tu- 
yos, y eres injusta conmigo, esclamó Adolfo deján- 
dose llevar de un impulso de su corazón que lu- 
chaba por ocultar sus sentimientos. Miraba hacia 
el palco porque estabas cerca de él; nada me im- 
porta esa mujer; donde estás, tú sola llenas el es- 
pacio; en donde no te veo te adivino. No seas cruel 
con quien tanto te ama. 

— Cuesta tan poco engañar á una mujer que te- 
mo estés gozando ahora mismo en engañarme, 
Adolfo. 

Habia en las palabras de Rosario una ternura 
tan marcada que el joven, comprendiendo la tran- 
sición, se apoderó con trasporte de una de sus ma- 
nos que esta vez no intentó huir de entre las suyas. 

— Si dudas todavía de mi fé exíjeme una prue- 
ba, que por grande que sea me parecerá aceptable. 

— ¿Serias capaz de jurar que no amas á la hija 
del marques de Santa Eulalia? 

—Lo juro, esclamó Adolfo con voz solemne. 
Y estampó un beso en la mano de Rosario. 
Esta estrechó con efusión las del joven, escla- 
mando: 

— ¡Adolfo mió! 

— jTuyo, sí! ¡No te perdono las horas de 

tormento que me hiciste sufrir! 

— ¡Ah! no puedes comprender lo que pasó por 



—299— 
mi alma cuando supe que estabas próximo á con- 
traer matrimonio con otra mujer. Te hubiera ma- 
tado, no pudiendo conformarme con la idea de ver 
desvanecido el sueño de felicidad que me habia 
forjado. 

—¡Tu felicidad es la mia! 

—Sin embargQ, esa mujer te miraba de un 

modo 

— Voy á ser franco contigo; cuando llegué de 
Madrid mi padre me presentó en casa del marques, 
su amigo íntimo, con la intención sin duda de des- 
pertar en mí una pasión por Neolia; iba todas las 
noches á su tertulia y creo que la niña tiene sim- 
patías por mí, pero debo asegurarte que ni una pa- 
labra se escapó de mis labios que le hiciera conce- 
bir una esperanza, ni mucho menos que la autorice 
á exijirme el cumplimiento de un compromiso. No 
sé si hubiera llegado á amarla porque entonces te 
conocí y te amé: desde aquel momento la he visto 
pocas veces y debe haber comprendido que otra 
mujer ocupa mi corazón. ¿Quieres saber mas? 

— Perdóname, Adolfo, lo que hice esta nochcj 
si sabes querer no necesito disculpar mi acción; 
¿podia obrar de otra manera cuando hacia algunos 
instantes que Daniel de Montemar me habia cla- 
vado un puñal en el alma? 

— ¿Montemar? esclamó el vizconde; ¡miserable! 
debia haber comprendido que era él quien se ponia 



—300— 

en mi camino para turbar mi tranquilidad ;0h! 

¡le pediré estrecha cuenta! 

— ¡No! esclamó Rosario; si me amas tengo dere- 
cho á exijir de tí un sacrificio y te exijo que no 
veas á ese hombre, que no le hables; nunca me 
perdonarla las consecuencias de un encuentro en- 
tre dos hombres por mi lijereza. He debido callar 
el nombre, pero 

— Nada debes tener reservado para mí. 

— Mi conducta te lo acredita. 

— Y te agradezco esa confesión con toda el alma. 

— Pues bien: ofréceme que nada dirás á Mon- 
temar. 

— Tus deseos para mí son mandatos. 

—¡Oh! ¡gracias, Adolfo, gracias! Algún dia te 
convencerás de lo mucho que te amo. 

— Esas palabras me pagan con usura el tormen- 
to que en el teatro me hiciste sufrir. 

— ¡El teatro! no sabes, Adolfo mió, lo que es es- 
ta vida tan llena de encantos á los ojos del vulgo; 
hasta hoy no he comprendido la desdicha de nues- 
tra carrera. Es verdad que hacemos una fortuna 
en pocos años, es verdad que rinden homenaje á 
nuestro talento hasta los monarcas, es verdad que 
conmovemos al público y que nos arroja coronas 
y nos prodiga aplausos que desvanecen nuestros 
sentidos; es verdad que en la vida del arte hay un 
secreto resorte que nos levanta á grande altura; 
pero ¡ay! una pequeña contrariedad derriba al ídolo 



—301 — 
lo 811 pedestal. Hasta ahora viviendo solo para la 
gloria era feliz; no habia sentido otra emoción que 
'1 entusiasmo, y coronada, aplaudida, seguia mi 
riirrera triunfal sin que ningún obstáculo se opu- 
siese en el camino al carro de mi fortuna. No eché 
le ver que habia un inmenso vacio en mi alma 
liasta que te conoci: entonces adi\ iné que la gloria 
iie(;esita compartirse, que el alma busca una co- 
munieacion, que es pobre el laurel que se ciñe á la 
frente cuando no hay un|i mano que nos acaricie 
y un corazón que palpite con el nuestro. 

—¡Como te sucede ahora! esclamó el vizconde 
ebrio de entusiasmo. 

— ¡Sí! ¡como ahora me sucede! porque cuando 
sueno con los aplausos te busco para que me ins- 
pires; cuando me arrojan una corona te miro y la 
satisfacción que se retrata en tu semblante me en- 
grandece; antes cantaba para el arte: ahora canto 
.solamente para ti. Quiero gloria, mucha gloria, pa- 
i*a valer mas á tus ojos. 

— ¡Ah, Rosario! nunca comprenderás lo que por 
mi pasa cuando te veo desvanecida por los aplau- 
sos; ¿lo creerás? tengo celos del público; se me fi- 
gura que entonces te olvidas de mí y que pertene- 
ces al último de esos entusiastas que te ensalzan. 
Es preciso pasar por esos momentos de prueba para 
apreciarlos; es preciso sostener esa lucha para 
aprender á sentir. Tiemblo á la idea de que pue- 
dan desconocer tu mérito, y sin embargo hay mo- 



í 



—302— 
mentos en que quisiera que el público en masa te 
silbara para que te volvieras á mi y de mi nada 
mas te ocuparas. 

— ¡Qué mal conoces el corazón de la mujer! 
Agradezco al público la simpatía que me demues- 
tra, pero el público es para mí una entidad, y tú 
solo eres para mí un hombre; en el teatro no veo 
mas que á tí: todo desaparece de mi vista para re- 
concentrarme en tus ojos. El público no «abe que 
establecemos una corriente magnética que con to- 
do su poder no cortará; las notas de mi garganta 
pertenecen al público, pero las emanaciones de mi 
alma son tuyas. ¿Qué te importa que ese público 
se apodere de la artista si detras de la artista está 
la mujer que nadie te roba? 

— ¡Mi Rosario! esclamó Adolfo; me enorgullezco 
de haberte conocido porque me enseñas á sentir; 
serás mi esposa aunque el mundo entero se pro- 
pusiera oponerse á mi decisión. 

— ¿Tu esposa yo? ¡me trastornas la razón! 

— Dios oiga mis votos y realice la felicidad que 
nos hemos forjado. 

— ¡Dios es bueno! dijo la joven italiana mirando 
al cielo. 

— ¡Las dos! esclamó Adolfo pasando de la poesía 
de su sueño á la prosa de la realidad, al oir dos 
campanadas en el reló que estaba encima de la 
chimenea. Te estoy robando las horas que necesi- 
tas para el descanso. 



—303- 

— No te vayas; viéndote no me hace falta des- 
cansar. 

—Mi padre no se acuesta hasta que me ve en- 
trar en casa. 

—Hasta mañana: ven temprano. 

— Adiós. 

Cuando Adolfo puso el pió en la calle le pa- 
reció que el frió glacial que cortaba la respiración 
era una brisa consoladora. ¡Lo que puede el amor! 



VII 



El vizconde al llegar a su casa subió de prisa 
la escalera y al pasar por delante de la habitación 
de su padre se detuvo dudando, pero este no le dio 
tiempo á vacilar: la puerta del cuarto se abrió y 
adelantándose el conde dijo con tono seco á su 
hijo: • 

— Te estaba esperando: entra. 

Adolfo obedeció sin replicar, aunque compren- 
dió que le amenazaba una escena desagradable. 

Sentóse el anciano y señalando una silla á su 
hijo le dijo en el mismo tono: 
—Siéntate: tenemos que hablar. 
— Padre mió, á esta hora necesita usted reposar 
y seria mejor 



I 



—304— 

— Obedece y calla; si hubieras venido mas tem- 
prano no tendria que robar las horas al sueño para 
arreglar cuentas contigo. 

— ¿Cuentas? preguntó el joven ahombrado. 

— ¿De dónde vienes? 

'Adolfo no contestó á pesar.de 'haber r^fe'rado 
su padre la pregunta, pues búspó en vano un me- 
dio de engañar al conde. 

— ¿No puedes ó no quieres decirme adonde has 
estado desde que concluyó la ópera? Esto prueba 
claramente que debes avergonzarte del sitio en que 
has perdido dos horas, teniendo á tu padre despier- 
to para velar por tu conducta. 

— Es usted injusto conmigo, padre mió, pues soy 
incfipaz de dar un paso que comprometa mi honra 
y el buen nombre que recibí. 

— Entonces ¿porqué me ocultas el sitio donde 
pasas las altas horas de la noche? 

—La juventud busca espansiones en el centro 
de sus amigos sin comprometer su reputación. 

—Di mas bien que la juventud maA inclinada 
busca afecciones que lo desdoran y manchan el 
timbre de su nobleza. 

— ¡Eso no! esclamó Adolfo con orgullo; no tiene 
usted derecho, padre mió, para acusarme injus- 
tamente. 

— ¡Injustamente! prorumpió el conde montando 
en cólera. ¿No tiene derecho un padre para repren- 
der á su hijo cuando este se estravia, cuando des- 



fie alucinar á una joven nobl 
\n lazo indigno con una mujer lucí cenarla 
litando á todos los deberes do la .Mx^icdad v 
\enieacia insulta en píi' 
ija c.uyotí timí)! "" ' ' 

pafiak* 

on teda la euerjía de mi ahí 
i vi/eoiuie poniéndose en pié, la acusación (|ue 
icaba usted de dirijirme, envolviendo en ella á una 
uiujer que nadie está autorizado á calumniar. 

~ jSeBor vizconde! esclamó el n^ ■ ' ' 

^í y adelantándose hacia su hijo. 

— Puede usted abusar de su autoridad como me- 
!or le convenga pues sufriré resignado sus arre- 
!)atos, pero protestaré siempre de todo irsulto que 
^e dirija á una persona 
Miejante calificación. 
— ¡Una mujer de teatro! ¿serias capaz de amarla? 
— La amo, padre mió, con todo mi corazón. 
El conde sintió que la sangre se aglomeraba 
V n su cabeza, y no queriendo dejarse llevar de su 
impulso se dejó caer en el sillón cubriéndose el 
rostro con las manos. 

Adolfo, pasado el primer momento, compren- 
dió que no habia sabido defenderse sin dar lugar 
á tan desagradable escena y como amaba á su pa- 
dre dirijióse á él enternecido y le dijo echándole 
ol brazo por el cuello: 

— ¿Es posible, padre mió, que entre usted y yo 



-306- 
qiie tanto noy queremos pueda surjir un disgusto 
que turbe la envidiable paz que disfrutábamos? 

— Tú lo has querido, esclamó el padre separan- 
do con aspereza de su cuello el brazo de su hijo. 

— ¡Líbreme Dios de proporcionar á usted sinsa 
bores con intención «deliberada! 

—Sin embargo, te has olvidado de que eres el 
vizconde de Tudela, descendiente de la ilustre ca- 
sa de los condes de Cardona. 

— • ¿Qué falta he cometido? 

— ¡Has dado una campanada que mancha para 
siempre nuestro escudo! 

— ¿Una campanada? 

— Si: hiciste concebir una pasión á la hija dem 
amigo el noble marques de Santa Eulalia, y cuan 
do todo Barcelona creia que ibas á enlazar mi ca 
sa con la suya, dando prestijioá tu título, la aban 
donaste para entregarte sin reserva á una de esa.' 
pasiones fatales que gastan el corazón del hombre 
poniendo en evidencia su dignidad lastimada. 

— No conoce usted, padre mió, á esa mujer que 
trata sin piedad y la juzga igual á todas las qu( 
pisan la escena; Rosario es una artista, pero nadie 
pone en duda su honradez. 

— Y aunque eso sea cierto ¿qué te propones? 
¿vas por ventura á ofrecerle tu limpia corona de 
conde á cambio de su corona de oropel? 

— No seria el primer título que se ha enorgulle- 
cido de rendir sus blasones á los pies del talento. 



— ;}o7— 

-;,lv-' useñado los filósofos modernos? 

(K^túpidos! 

—Me lia Sllhvil";plM \ tm -o\- dncno dr iiil \u 
linil i 

— Pues os preciso que lo seas; no te exijirc que 
des tu mano á Neolia, por mas que oso matrimo- 
nio huhicra realizado mis sueños, per xijo 
que abandone ' aeuerües de 
quien eres. 

— ¡Imposible! he dic I iodo mi 

corazón. 

— Entonces me obligas á tomar una determina- 
ción violenta; prepara mañana mismo tu maleta 
pues nos marchamos á Francia; los nuevos aires 
te curarán de esa locurn novelesca que te ha aco- 
metido tan de improvi- 

— ¡No sea usted crut in. 
—¡Seré inflexible! 

El vizconde después de vacilar un instante 
, u que sin duda concibió un proyecto, le dijo: 

— Está bien: disponga usted lo que guste, pues 
debo obedecer. 

— Ahora te reconozco; algún dia me dará» las 
gracias. Pasado mañana saldremos en el vapor para 
Marsella. 

— Buenas noches, dijo el vizconde. 

— Adiós, hijo mió; no olvides mis consejos. 
El conde estrechó á su hijo entre sus brazos, 
y se acostó en seguida durmiendo tranquilamente. 



—sos- 
Adolfo de Mendoza pasó la noche dando pa- 
seos por su cuarto y asomándose sin cesar al bal- 
cón para ver llegar el dia que tardaba demasiado 
para su impaciencia. 



VIII. 



Fácil es comprender que por la mañana cuan- 
do conoció Adolfo que Rosario estaña levantada 
corrió á su casa, y fácil es también comprender el 
efecto que á esta le causarla la relación de la esce- 
na ocurrida entre padre é hijo que heria su cora- 
zón de amante y su orgullo de artista. 

En su primer arranque hubiera aconsejado á 
Adolfo que huyera de ella, pero le amaba dema- 
siado para romper el lazo que los ligaba, y asi con- 
tentóse con dar rienda á sus lágrimas que sirvie- 
ron de bálsamo á su dolor. 

— ¡Ah! esclamaba; ¿porqué no puedo prescindir 
de tí? ¿porqué no puedo arrancarte la nobleza para 
devolverla á tu orgulloso padre y quedarme conti- 
go, oscurecido, sin nombre? Entonces levantarlas 
la cabeza para mirarme y deslumhrado con mi glo- 
ria me presentarías al mundo ennoblecido con la 
aureola del talento, con esa aureola que no es he- 
chura de los hombres, sino un destello de Dios. 



— :]09~ 
-¡Oh! ¡tienes razón! amo en tí tu corazón y tu 
talento, y no pueden arrancarme de tu lado. 

—¡No! no nos separemos; hoy no me basta el ar- 
te para la felicidad; mi gloria se refleja ya en tí. 
¿A quién volvería mis ojos cuando el público me 
aplaudiera? ¿en quién pensaria cuando sonara en 
mis triunfos? La gloria sin el amor no tiene en- 
cantos para el alma. 

— Mi padre esta decidido ;• . ; üil' á Francia. 

—Pues [uiera que vaya llevaré conmi- 

go mi talento; huyamos de Cataluña y de España, 
y si es verdad que en nada estimas ese titulo que 
debiste á tu nacimiento arráncalo de tu escudo y 
liosario aceptará la mano de Adolfo de Mendoza. 

— Me llena de placer oírte hablar así; serás mi 
esposa y llevarás mi título: mi padre no puede pri- 
varme de mis lejítimos derechos. 

—Tu título no. me envanece; solo me envanece 
poseer tu corazón. 

— Huyamos, pero mañana mismo para evitar 
que mi padre me pida de nuevo cuentas de mi ne- 
gativa. 

—Esta noche canto / Puritani; asistiremos al 
teatro para que nadie sospeche nuestro plan y ma- 
ñana al ser de día nos embarcaremos en el primer 
barco que se dirija á cualquier puerto estranjero. 
Adolfo corrió á preparar su fuga; el conde al 
saber que arreglaba sus maletas sintió un gran 
contento, estrañando la sumisión de su hijo y lo 



10- 



pronto que se había determinado á abandonar á 
una mujer que, según él mismo dijo, amaba con 
todo su corazón. 



IX. 



La ópera 1 Paritani llenó el teatro; en el mo- 
mento de alzar el telón llegó Adolfo y ocupó su 
luneta contigua á la mia; estaba alterado y noté 
que deseaba contarme algo, pero que habia en él 
una vacilación estraña; me propuse, pues, en el 
primer entreacto averiguar el motivo de su aji- 
t ación. 

Apenas concluyó el acto nos disponiamos á 
salir cuando notamos corrillos en las lunetas y 
conversaciones acaloradas; en boca de todos los 
concurrentes andaba el nombre de Kosario. 

—¿Qué pasa? pregunté á Adolfo. 

— No lo sé; creo que los ánimos están alterados; 
ó mucho me equivoco ó se prepara alguna cabala 
contra la pima donna. 

— En qué te fundas? 

— En que oigo mucho su nombre y aun me pa- 
rece que no la han aplaudido con el entusiasmo 
jeneral, á pesar de que has podido juzgar como ha 
cantado, sobre todo la olao%. 



-311- 

— Ha estado sublinn 

— ¿No ha leido usted d hau ><> «.v ^ ,^i.i i.ii..c, ^.c 
ñor vizconde? le preguntíS un mozalvete que cru- 
zaba á la sazón por delante de nosotros. 

—No, contestó Adolfo sin detenerse. 

— Lea usted ese párrafo escrito con una inten- 
ción infame, en que se da cuenta de lo ocurrido 
anoche con la hija del raar.incs il(^ S.uif.i KiiIíiHm. 
Aquí tiene usted el númer« 

El vizconde palideció y apüdcráiido.sc del pe- 
riódico en un segundo devoró con la vista las lí- 
neas que el joven le señalaba con el dedo. En ellas 
se refería el suceso de la noche anterior, dándole 
'olosales proporciones y llamando la atención de 
U)s lectores sobre la ofensa grave que la artista ha- 
bia inferido á una ilustre familia al dirijirle mira- 
das provocativas y frases insolentes. La intención 
del redactor era malquistar a la cantante con el 
público, envolviendo en el artículo aunque indi- 
rectamente al vizconde de Tudela que presentaba 
como pro tejido de la donna. 

— Lee, me dijo Adolfo alargándome el periódico. 

—¡Esto es villano! dije devolviéndoselo después 
de haberlo leido. 

— ¡Esto pide sangre! esclamó mi amigo arrugan- 
do el diario entre sus manos convulsas. 

Al llegar al pasillo la fatalidad nos puso de- 
lante á Daniel de Montemar que con varias per- 
sonas hablaba "del artículo, sosteniendo que Rosario 



—312— 
habia faltado al público y á la hija del marques.^ 
Antes que hubiera concluido su frase, el viz- 
conde se acercó á él y cojiéndolo por el brazo le 
dijo: 

— Señor de Montemar, ¿es usted el autor de es- 
tas lineas infames? 

El periodista sorprendido con la agresión de 
Adolfo se repuso al momento y le contestó: 

— Antes de todo, señor vizconde, suelte usted 
mi brazo que ha cojido sin duda por distracción. 

— ¿Es usted el autor de estas lineas? volvió á 
preguntarle con entonación mas alta y sin soltar 
brazo. 

— Si, señor, respondió con entereza. 

— ¡Es usted un miserable! 

Y al decir esto el vizconde azotó el rostro de 
Montemar con el periíjdico que tenia en la mano. 
Nos interpusimos para que la escena no tu- 
viera un resultado del momento, pero fué inútil 
pues Montemar se cruzó de brazos y dirijiéndose 
á las personas que le acompañaban, dijo: 

— Son ustedes testigos de la ofensa que acaba 
de inferirme este caballero. 

— Me tiene usted á sus órdenes, aunque el que 
escribe un artículo semejante no es digno de que 
un hombre de honor mida con él sus armas. 

— Eso es cuestión de apreciaciones, señor viz- 
conde; me dispongo á cortar la mano atrevida que 
ha llegado á mi rostro. 



/. advierto á usted que me dispongo ahora á 

•llar la mano infame que ha rodactadoestas líneas. 

Los dos jóvenes cambiaron sus tarjetas y Adol- 

> me entregó la de Mon temar diciéndome: 

— Mañana al amanecer necesito haber castigado 

eso hombre inicuo; pongo mi honra en tus ma- 

los, pues como amigo no ignoras lo que necesito 

•" ' militar sabes tu deber. — En tu casa aguardo. 

Ivstrechó la mano ú Adolfo con espresion de 

U)Íor y me asocié con otro testigo á los de Monte- 

iiar, primando cubrir las apariencias para que la 

utoridaHpo evitara el duelo haciendo que nos vi- 

jilar:';: 

L.i WV....V v..v,..v, ...^.1.^ j^,... A coliseo y 

llegó ¿i los bastidores; Rosario que se retiraba del 
escenario, concluido el segundo acto, en estremo 
ajitada porque Adolfo no habla entrado en su ca- 
marín en el primer entreacto ul habla ocupado 
después su luneta, oyó referir el lance y se sobre- 
oojió hasta el punto de tener varias personas que 
acudir á socorrerla. 

Sus nervios se pronunciaron y una convulsión 
obligó al empresario á confesar que la donna no po- 
día concluir la función; obtenida 1» venia de la au- 
toridad se anunció al público el contratiempo que 
produjo hablillas y comentarios. 

La campanada se dló con estrépito. 
A las doce de la noche al entrar en mi casa 
encontré a Adolfo leyendo. 

10 



■314- 



— ¿Está todo comente? me preguntó con tran- 
quilidad. 

— Todo: á las seis de la mañana vendrá el coche 
á buscarnos. 

— ¿Armas? 

—El florete. ,^. 

— Vamos á dormir y dispénsame el nH|ato qu< 
te doy. 

— « Dios guie tu brazo, le dije siguiéndole. 
Nos acostamos, pero me fué imposible conci 
liar el sueño; en cambio mi amigo se durmió pronto 
lo cual me dio buena idea de su valor y contianz; 
en el éxito del combate. 

El lector sabe que el conde de Cardona teriin 
por costumbre no acostarse hasta que su hijo sí 
retiraba; era el único ser que lo ligaba á la vidn 
Aquella noche, cansado de estar velando en su ha 
bitacion, se dirijió á la sala y se puso á dar paseo.^ 
demostrando su impaciencia y aplicando el oid< 
cuando sonaba ese ruido acompasado de los pasos 
de alguno que cruza por la calle, ruido que se 
marca siempre distintamente con el silencio de 1; 
noche. 

Dieron las cuatro y el anciano ya no podi; 



contenerse; iba de una silla á otra, movia la cabe- 
za, y ppr último empezó á hablar solo queriendo 
osplicarse la causa de la tardanza de^su hijo; recor- 
-^cena que entro los dos había mediado la 
-1- — iLerior y sospechando alguna calaverada 
I II'' al cuarto de Adolfo; las maletas estaban arre- 
gladas como para un viaje, pero no encontró el 
menor indicio de haber tomado una determinación. 
Pasaron las horas y el conde no supo ya qué 
pensar de la ausencia de su hijo: era la primera vez 
que dormia fuera do su rasa; sospechó que estarla 
(MI la (!.' Rosario, p i esentimiento triste le 

comprimia el corazón; al oir las siete mandó al 
portero que estaba todavía despierto que abriese 
Ip, puerta de la calle, y se dirijió muy de prisa á 
casa de la cantante. 

Subió la escalera y tiró del cordón de la cam- 
panilla; Rosario que tampoco se habia acostado, al 
oir que llamaban tan temprano a su puerta, sospe- 
chando que fuera Adolfo corrió á abrir. Al ver al 
anciano, á quien no conocía, hizo un movimiento 
de sorpresa. 

El conde sin saludar á la joven, queriendo 
salir de aquella duda que lo mataba, le preguntó: 

— ¿El vizconde da Tudela se encuentra en esta 
casa? 

— El vizconde de Tudela, respondió Rosario con 
sequedad, no vive aquí. 

— Lo sé; pero no ha dormido en mi casa y creí. . . . 



--¿E.s usted m padre? preguntó la joven variíid- 
do de tono. 

— Sí, señora. 

— ¡Oh! ¡bendigo á la Providencia que lo trae á 
usted á mi casa! ¿Dice usted que el vizcon^|no 
ha dormido en la suya? 

— No, señora. 

— ¿Acaso no sabe usted lo que ha ocurrido ano- 
che? 

— ¿Qué ha ocurrido? preguntó el anciano trému- 
lo y entrando en la sala de improviso. 

— ¡Una desgracia, señor conde! 

— ¿Una desgracia? ¡Hable usted! ¡pronto! 

— Adolfo ha insultado anoche á un hombre y 
a estas horas, quien sabe 

— ¡Un duelo! esclamó el padre cubriéndose el 
rostro con las manos y dejándose caer en una silla. 

— El vizconde azotó el rostro de Montemar con 
el periódico. 

— ¡Un periódico! dijo el conde poniéndose en pié 
y mirando con ira á la artista; ya comprendo: mi 
hijo habrá querido vengar algún ataque de la 
prensa dirijido á usted. ¡Oh! veo claramente mi 
desgracia; Dios puso á usted en su camino para 
nuestro mal. 

— Señor condcj esclamó Rosario con lágrimas en 
los ojos, ignoraba 

—Dios perdone á usted, señora, ya que yo no 
puedo perdonarla. 



—317- 
Rosario quiso apoderarse de las manos del 
K^iano, pero este separándola bruscamente se lan- 

• ú la puerta, y bajó la escalera con una presteza 
Hí parecía imposible á su edad. 

El anciano recorrió todos aquellos sitios don- 

• podían saber de su hijo, sin adquirir otra notí- 
•la que la del lance ocurrido en el teatro y fué 

('utonces á mí casa, donde supo que Adolfo habia 
lido en un coche conmigo muy temprano. 

El dolor del padre no me es dado esplicarlo; 

lirio en busca del marques de Santa Eulalia para 

iiiunicar su pena á alguna persona, y este, al 

\ erlo cansado y abatido, le obligó á retirarse á su 

casa ofreciendo inquirir el resultado del duelo que 

por la hora era ya inevitable. . 

Cuando el conde entró acoiuj^Kuiaat» del mar- 
, íes daban las nueve de la mañana. 

Estaba yo en acecho para no dejar que re- 
cibiera un golpe fatal sin prevenirlo, pues hacia 
una hora que los médicos rodeaban la cama de 
Adolfo, adonde lo habíamos conducido con el 
pecho atravesado por la espada de Monte- 
mar. 

Los médicos acababan de declarar que la he- 
rida era gravísima cuando me avisaron que el con- 
de entraba en la casa; salí a su encuentro y el an- 
ciano, ó presintiendo su desgracia ó leyéndola en 
mi rostro, se arrojó en mis brazos casi sin sentido; 
al ver que sus piernas flaqueaban, ayudado por el 



—ais- 
marques, lo hice sentar; pero él haciendo un es- 
fuerzo me preguntó fuera de si: 

—¿Mi hijo? ¿Y mi hijo? 

— Ahí está, le contesté señalándole á la alcoba. 

--¿Herido? 

— Si, señor, pero hasta ahora no presenta gra- 
vedad la herida. 

— Quiero verlo. 

— Los médicos lo están curando y no conviene 
en este instante producirle una emoción violenta; 
seria fatal. 

— ¡Dios mió! ¿qué te hice yo para que así me 
castigues? 

— Tranquilícese usted, señor conde, y confie en 
Dios. 

El marques que había entrado en la habita- 
ción salió haciéndome un jesto significativo. Tra- 
tamos de arrancar al conde de la casa, pero fué 
inútil: no conseguimos mas que alarmarlo hasta el 
punto de que olvidándose de todo se lanzó como 
un demente en la alcoba. 

La calentura se había apoderado de Adolfo 
perdiendo el conocimiento con el delirio: así no 
vio á su padre que arrodillado á la cabecera de la 
cama lloró primero y rezó después, conmoviendo 
hasta á los médicos que tan difíciles son de con- 
mover. 



XI 



Por la noche recibí' una carta de Rosario en 
«|ue pintándome su angustiosa situación y ponde- 
rándome su amor por Adolfo me suplicaba que 
íuera á su casa,, pues tenia la noche libre por no 
1i:i1km- función en el teatro. Contesté á Rosario 
stado del enfermo exijia mi presencia ásu 
lado y que por la mañana pasaria á verla. 

La joven se manifestó tan interesada por la 
salud de Adolfo que á las once do la noche llego 
en un carruaje á la puerta de la casa y me avisó 
con el portero. Bajé precipitadamente y Rosario se 
ostinó en subir á ver al vizconde, arrostrando has. 
ta la cólera del padre, pero me opuse, pretestando 
que el enfermo liabia perdido la razón y que nada 
adelantaria con entrar en la alcoba. 

Al amanecer se agravó tanto Adolfo que los 
médicos dispusieron que lo administraran y á las 
seis de la mañana espiró. 

¡Oh! siempre me acordaré de aquella noche 
espantosa; la desesperación del conde no tenia lí- 
mites y todos nuestros consuelos fueron vanos; ca- 



—320— 
yo por último en un letargo que en su avanzada 
edad era peligroso. 

La muerte de mi buen amigo Adolfo de Men- 
doza me impresionó fuertemente; buscando un desa- 
hogo á la opresión de mi alma me diriji á casa de 
Rosario. 



XII 



Cuando la cantante me vio entrar no tuve 
necesidad de decir una palabra; lanzó un grito pe- 
netrante y mesándose los cabellos esclamó: 

— ¡Dios mió! ¡qué desgraciada soy! 

— Al morir Adolfo, le dije, pronunció en su de- 
lirio el nombre de Eosario. 

—¡Ha muerto! ¡mi corazón me lo decia!.... ¡Tan 

joven, tan bueno! ¡Oh! ¿dónde habrá consuelo 

á mi dolor? ¡Su padre! ¡ese infeliz anciano 

me maldecirá! 

— No piense usted en eso, Rosario. 

—¡Me maldecirá y no tengo la culpa! ¡Daria 

mi existencia por la suya! ¡Oh! ¡maldita carre- 
ra! ¡todos mis sueños de felicidad, de gloria, se des- 
vanecen! ¡la sangre de mi Adolfo ha salpicado mis 



laureles para que los vea con horror! ¡No quiero 
gloria! ¡detesto el arte y sus triunfos! 

— El tiempo mitij^a todas !;is penas, 1«» d¡j(» [)jir« 
calmar su exaltación 

—¡No! cuando el públuu m- luiti.Mu.'^im' con un 
voz, cuando me aplauda con ese írenesí que ayer 
formaba todos mis encantos buscaré á Adolfo y se 
presentará á mis ojos como un fantasma envuelto 

en im sudario teñido con su sangre ¡Ah! ¡tengo 

remordimientos de un crimen que no cometí! Adol- 
fo me enseñó d amar y me enseñó á estimar la 
gloria en lo que vale; antes me deslumbraba por 
amor propio; después que le abrí mi corazón queria 

la gloria para enaltecerme á sus ojos ¡todo lo 

he perdido! ¡He aquí lo que es la vida! ¡he aquí lo 
etímera que es la felicidad! 

El dolor de Rosario se vio interrumpido por 
la llegada del avisador del teatro que iba á parti- 
ciparle que aquella noche cantaba la ópera /i*/ 
Barbero de Sevilla. 

La joven artista dio un salto en el asiento y 
clavando los ojos en el avisador con fiereza verda- 
deramente italiana dijo con acento de dolor, pero 
con voz firme: 

— ¡Cantar hoy! ¿está loco el empresario?.... Diga 
usted que no puedo, que no debo, que no quiero 
cantar. 

El avisador encojiéndose de hombros hizo un 
saludo y salió sin añadir una palabra. 

il 



._322— 

— ¿Habrá en el mundo una criatura ma» des- 
graciada que yo? me preguntó dando rienda suelta 
á sus lágrimas. 

— El empresario se convencerá, Rosario 

— Los empresarios solo se convencen de que de- 
ben ganar dinero; ¿qué les importa el dolor de una 
pobre mujer? El interés mata los sentimientos no- 
bles. Hoy que mi corazón está desgarrado por una 
pena sin consuelo quiere obligarme á salir á la es- 
cena, á divertir al público, á estar pendiente de la 
orquesta cuando no pienso mas que en llorar; cree- 
rá que los aplausos hacen olvidar todo, creerá que 
¡a mujer de teatro es una máquina que emite no- 
tas á compás sin poner nada de su parte, sin que 
su alma se esfuerce para identificarse con el papel 
que representa; creerá que el arte es ana cuestión 
mecánica; no sabe que la mujer poseida de un sen- 
timiento no puede presentarse delante de un pú- 
blico á comunicarle lo que rechaza su corazón 

¡Reir cuando el corazón revienta preñado de lá- 
grimas! ¡Sujetarse á las exijencias de un personaje 
que no puede encarnarse en nuestro ser! ¡Es- 
to es cruel, muy cruel!— He aquí los atractivos de 
esta carrera que tantos envidian! ¡he aqui el triun- 
fo del talento! 

—El empresario comprenderá, repito, que no 
puede usted cantar esta noche. 

— El empresario dirá que nada tengo que ver 
con la muerte del vizconde de Tudela con quien 



uo estaba ligado por ningiin lazo social? ¿Los lazos 
del corazón son nada para el mundo? 

— Tranquilícese usted, señora; después de cum- 
plir mi último deber de amistad con Adolfo -vol- 
veré á tributar á usted mis consuelos. 

—Adiós, Ulloa, me dijo llorando y comprimien- 
do mi mano entre las suyas: dichoso usted que ha 
recojido el postrer aliento de mi Adolfo y que pue- 
de acompañarlo al sitio de su eterno descanso. Do- 
lo usted mi adiós en su sepulcro. 

Salí enternecido de casa de Ro.suiio y me di- 
rijí á la del conde de Cardona, á quien encontré 
en un estado de dolor imposible de espresar: el 
marqués de Santa Eulalia no se separaba de su 
cabecera, habiendo ocultado á Neolia la desgracia 



XIII. 



El duelo de Montemar con el vizconde de Tu_ 
déla fué objeto de todas las conversaciones en loc; 
círculos de Barcelona, y como el joven gozaba de 
las mayores simpatías muchas personas se declara, 
ron en hostilidad abierta contra la cantante, cre- 
yéndola la causa directa de la desgracia ocurrida? 
y llegando algunas en su ceguedad á disculpar al 



-324- 
periodista que habia salido en defensa de una i; 
milia ilustre insultada públicamente por Rosario. 

Indignada hasta la autoridad con los rumo- 
res que circulaban se negó á oir las razones de la 
artista y le intimó la orden de salir á cantar, no 
permitiendo de manera alguna que la función se 
suspendiera. 

Cuando volví por la tarde á ver á Rosario la 
encontré llorando; le aconsejé que se metiera en 
cama, pero no surtió efecto su determinación, pues 
los médicos que fueron á reconocerla declararon 
que no teniendo fiebre podia trabajar. ¡La ciencia- 
¡la ciencia no penetra mas allá del pulso! Las 
afecciones morales son dolencias que solo Dios co" 
noce y sabe curar. 

La desventurada Rosario, una hora despue» 
de haber dado sepultura á su amante, se vio ar- 
rancada del lecho para trasladarse al teatro adon- 
de la llamaba el cumplimiento de su deber. Los 
que solo ven en el arte la aureola de la gloria que 
se pongan esta noche en el lugar de Rosario; que 
calculen cuan inmenso sacrificio le imponían y e 
heroico esfuerzo que tendría que hacer para repre- 
nentar una ópera; ¡y una ópera bufa! 

Las localidades del teatro se llenaron todas; 
el público no necesita mas que un aliciente cual- 
quiera para correr en busca de emociones; aquella 
animación que reinaba en el coliseo era producida 
por In muerte de un joven de esperanzas que ha- 



bia arrebatado al inundo una cuestión de teatro; 
era preciso, pues, ir á aquel sitio á buscar el coro- 
lario del duelo. 

Todos los jóvenes que se llamaban amigos 
del vizconde de Tudela, aquellos que dos dias an- 
tes habian estrechado su mano en las lunetas, los 
mismos que hacia una hora lo habian acompaña- 
do á su última morada, lamentando su pérdida, se 
trasladaron del cementerio al teatro para seguir 
la pista á un suceso que habia hecho ruido. 

D- Mili 1 suceso el que sacó mas partido fué 
el empresario, pues vio entrar oii su gaveta el 
producto de un lleno completo. 

Vlzóse el telón y empezó la ópera; los mur- 
luuiius cesaron, pero muchas personas se' miraban 
haciéndose una sena significativa: era indudable 
que habia un complot urdido contra la infeliz 
llosario. 

Presentóse esta en la escena dando, muestras 
inequívocas de su estado moral; la palidez de sus 
mejillas resaltaba notablemente, pues la artista no 
se habia cuidado de cubrirlas con el colorete; sus 
ojos estaban desencajados y sus rodillas se dobla- 
ban. Podría no haber en su pulso síntoma alguno 
de calentura, por no desmentir la opinión de la 
ciencia, pero una fiebre intensa devoraba su alma. 

¡Ah! ¿porqué no hay doctores para el alma? 
Rosario hubiera obtenido entonces un certificado 
científico para no pasar por tan dura prueba 



—326— 

Apenas traspaso los bastidores, su vista vaga 
al parecer se clavó en la luneta de Adolfo de 
Mendoza; era la única localidad que no estaba o" 
cupada en todo el teatro: era su abono. Aquel va- 
cío trajo á la mente de Rosario un mundo de re- 
cuerdos; comprimió un sollozo, y pasándose la ma- 
no por la frente como para arrancarlos de allí se 
adelantó hacia el proscenio; aquel montón de ca- 
bezas que la observaba con la mayor indiferencia 
por su dolor le heló el corazón; al oir los primeros 
compases de un recitado que marcaba la batuta 
quiso seguirlos, pero entró fuera de tiempo produ- 
ciendo sus notas un efecto inarmónico que hirió el 
órgano acústico de los dilettanti. . 

La tempestad que rujia sorda estalló; una 
parte del público que buscaba la ocasión la apro- 
vechó, desatándose en murmullos pronunciados: la 
otra parte de la concurrencia que nada tenia que 
ver con Adolfo ni con la vida intima de la artista, 
esa parte que paga su dinero por gozar simple- 
mente del espectáculo, y que aplaude ó silba con 
espontaneidad, quiso imponer silencio y se trabó 
una discusión acalorada. 

La artista en el primer momento permane- 
ció impasible á aquellas demostraciones; al con- 
cluir ese recitado el director de orquesta se detu- 
vo, esperando que cesara la lucha. Restablecióse la 
calma y reinó en el coliseo un silencio sepulcral. 
Entonces comprendió Rosario la actitud del pú- 



blico y mirando á la luneta de Adolib, presa aca- 
so de un delirio, como si cantara para él solo, in. 
terpretó la pieza con tal maestría que el público 
en masa, tirios y troyanos se levantaron para ren- 
dir á la artista una ovación ruidosísima. Los mis- 
inos que iban dispuestos á silbarla .unieron las ma- 
iTos para aplaudirla con frenesí.* ¡Poder del ta- 
lento! 

Aquel estrépito sacó á Rosario de su éxtasis» 
y sin corresponder al público por los aplausos que 
le tributaba, indiferente á la gloria, pasó la mano 
por sus ojos y vio que Adolfo no estaba allí para* 
reílejarle la gloria que recojia, recordó que Adolfo 
habia muerto por sostener su talento: ¡oh! ¡enton- 
iHs ti)(l;is las lágrimas de su corazón subieron á 
sus ojos y no pudiendo brotar todas á la vez, la 
desvanecieron y cayó desplomada! 

El público como impulsado por un solo mo- 
vimiento se puso en pié; una esclamacion de ter- 
ror se escapó de todos los labios. 

El público comprendió que los doctores de la 
ciencia eran unos ignorantes y acudieron todos á 
socorrerla. 

Media hora después los mismos médicos que 
habían declarado por la tarde que su pulso no 
marcaba alteración no pudieron con sus recursos 
volverla á la vida. 



-328- 



XIV. 



A los seis dias grandes carteles anunciaban 
que restablecida de su dolencia la célebre prima 
donna volverla á presentarse aquella noche á can- 
tar la ópera El Barbero de Sevilla. 

Los diletta7iti que no hablan dejado pasar un 
dia sin informarse de la salud de la diva corrieron 
en tropel al teatro, pero pronto un rumor llegó á 
sus oidos; la cantante no habia asistido á su cama- 
rín, ni se hallaba en su casa. El empresario corria 
desalado de aquí para allá, teniendo que conve»- 
cerse de su desgracia: Rosario se habia escapado 
de Barcelona. 

Solo yo estaba en el secreto; la joven artista 
me juró que no volverla á pisar las tablas del 
gran teatro, y creyendo imposible que la empresa 
consintiese en romperle su escritura, le arreglé su 
fuga, acompañándola á bordo dé un vapor que ha- 
bia salido aquella mañana para Marsella. 



-329- 
Vl amanecer habia entrado conmigo en un 
carruagc para ir al cementerio; Rosario, arrodilla- 
da ante el sepulcro del vizconde, dio rienda á sus 
lágrimas y allí mirando al cielo y apoyando su 
mano en la piedra funeraria, envió á Adolfo su 
alma en un beso. 

Al salir por la puerta del cementerio tropeza- 
mos con dos ancianos: eran el conde de Cardona 
que iba apoyado en el brazo del marqués de Santa 
Eulalia: el desgraciado padre llevaba en el rostro 
retratada la muerte. 



XV. 



No hace un mes que tuve carta de Rosario; 
recorre la Italia cantando por necesidad, pero de- 
testa cada dia mas el arte. 

Ya la gloria no tiene para ella los encantos 
que solo Adolfo le enseñó á apreciar con su amor. 
La felicidad para ella es imposible. 

El público que la aplaude no lee en su cora- 
zón, no sabe que lleva en él una espina que la 
atormenta y que no le deja gustar las dulzuras de 
la gloria. 

42 



• 



—330— 

Esplota su talento, pero su alma se ha evapo- 
rado, yendo á reunirse á la de Adolfo. Antes sen- 
tía lo que cantaba: ahora el arte lo hace todo: el 
arte la ha enseñado asentir como la enseñó á can- 
tar. 

El púbdco que busca los destellos del talento 
la aplaude con justicia. 

La artista está contenta, pero la mujer canta 
lo necesario para cubrir las exijencias de su con- 
trata. 

¡Y cuántos envidian sus triunfos! 

La felicidad no es mas que un sustantivo in- 
ventado para atormentar á los humanos. 

La felicidad es un delirio. 



r 



HISTORIA QUINTA. 



BELÉN. 



RELACIÓN DEL LICENCIADO. 



]BEI-.EKr. 



En la ciudad de la Habana á 25 de marzo de 
1858, ante el autor de este libro, con quien contra- 
je un compromiso verbal, comparezco y digo: 

Que llevo á mis lectores en una mañana de 
febrero de 1857 á la fonda de Aranjuez, situada 
en la calle de Mercaderes; es hora de almorzar y 
las mesas están ocupadas por personas de diversos 
gustos y condiciones; comen unos, hablan otros y 
muchos hablan y comen á la vez, acreditando que 
la hora que consagran á la mesa es para ellos no 
solo una necesidad imperiosa del estómago sino 
un solaz para el espíritu. 



En un cuarto pequeño que hay ala derecha 
entró un joven de veinticuatro años, de arrogante 
figura, vestido todo de'blanco, y colocándose delan- 
te del espejo, después de haber colgado en la per- 
cha su sombrero de lejitimo jipijapa, se arregló au 
rizada cabellera, negra como la endrina, y se atu- 
só su suave bigote. Dirijiase á la mesa para pedir 
el almuerzo cuando otro joven de su misma edad? 
le presentó la mano y con aire jovial le dijo: 

— Aquí me tienes, Federico; siempre puntual 
como un inglés cuando me convidan á almorzar. 

— He llegado antes que tú, Silvio. 

— No es estraño; te dedicas al comercio y los 
comerciantes viven al minuto. 

— Mozo, dos cubiertos, dijo aquél; avisa al co- 
cinero que tengo un convidado: ya me entiendes. 
El mozo que comprendió la intención del avi- 
so se permitió salir de su calma habitual y á paso 
muy apresurado fué á la cocina á trasmitir la 
orden. 

Los dos jóvenes tomaron asiento. 

— ¿Qué te parece la Habana? preguntó Fede- 
rico. 

—Hace un mes que llegué y te confieso que me 
muevo mucho, apesar de la temperatura. 

— ¡Estamo!? en febrero! 

— Ya comprendo; en Madrid vivirán ahora 
nuestras familias sepultadas en sus abrigos ó al 
lado del fuego. 



335— 
¿Vienes á hacer tortuim 
—Vengo ti buscarla. Dios y ei vuiniio iiieuifimc. 

— El vómito es el fantasma de todo recienllega- 
do; un año hace que pisé este pais y en julio me 
atacó muy hraro; pero ya me aclimaté. 

— ¡Dichoso til! yo lo veo como un espectro con 
garras en el pan que cómo, y en la cama donde 
duermo, y en las piedras que piso, y en el sol que 

me calienta, y en la luna que me alumbra 

Pero no hablemos de eso; para móriree siempre 
hay tiempo. — ¿Vas sentando la base de tu fortu- 
lui? Cuando nos separamos en Madrid me dijiste 
que venias baj(í buen pié. 

— Por supuesto; la casa de comercio adonde es- 
toy empleado me dá la mano, y aquí el que traba- 
Ja encuentra la recompensíi. Este pais es muy 
agradecido con el hombre laborioso. 

—¿Es decir oue estás aplatanado^ 

— ( 'Ompletai^nte. 

— ¿No piensas ya en las mujeres? 

— Lo mismo que siempre; pero como ando ocu- 
pado todo el dia solo dedico al amor la noche. 

— ¿Sales como los murciélagos? 

— Es preciso. ¡Ay. amigo mió! empecé muy 
temprano mi carrera y te confieso que estoy can- 
sado de esas historias del corazón en las que este 
casi nunca toma parte; he amado á tantas muje- 
res sin que mi corazón lo supiera! 

-*Yf^ \o creo; dejaste en la corte una reputación 



—336— 
colosal; siete pasiones á la semana eran tu distin- 
tivo. ¡Pobres mujeres! 

— Te equivocas; la victima era yo; en la vida 
agitada no se consiguen mas que desengaños, y 
puedo asegurarte que en esa lucha sin treguas se 
gasta la naturaleza, pero el alma triunfa, y esos 
mismos golpes continuados aleccionan dando por 
resultado esta gran verdad: que para ser feliz es 
preciso reconcentrarse en la familia. 

— ¿Te has hecho filósofo? Al dinero entonces 
debes tu maravillosa conversión. 

— ¡Ah! sí: me voy volviendo avaro desde que sé 
lo que cuesta ganar el dinero; en España mi fami- 
lia subvenía á todas mis necesidades, pero com- 
prendí que á mi edad no debia serle gravoso y me 
vine'á Cuba. Trabajo con provecho y te aseguro 
que el dinero me desvela. 

— No pensabas así hace algún tiempo pues bas- 
tante derrochaste. 

— Entonces, querido Silvio, gastaba el fruto de 
los sudores de mi pobre padre, y ahora vivo de lo 
que gano. ^ 

—¿Te acuerdas cuanto dinero te costó aquella 
Elvira de triste memoria? 

— ¿La modista de la calle de Carretas? Era una 
muchacha bonita, pero muy ruinosa; de dia delira- 
ba por las partidas de campo á Vista Alegre ó á 
Carabanchel y de noche se aburría si no la lleva- 
ba á la ignoininia del teatro del Circo ó al paraíso 



— :^37— 
(IqI teatro Real ó á los bailes ¿n¿iV/k>s de Capelloue.s; 
cou la movilidad de sus pies solo rivalizaba la de 
sus dientes; bailaba y coraiacorao una desesperada. 

-Pero te queria rnuclio, Federico. 

-Si: me queria tanto que por celos intci... . 
\ (llenarme oon fósforos y por celos se escapó á 
Paris con un bailarín. 

—¿Y Mariana? 

—¡Ni) me la recuerd niña aristocrática 

que cuando se enfadaba conmigo me ponia delante 
(lo los ojos todos los cnarti.'lcs de sus escudos de ar. 
mis y tanta aficio i aquellos que me dejó 

por un simple subteniente de infantería. 

— ¿A Carolina la quisiste mucho? 

— Tenia un faldero y se empeñaba en que ha- 
bía de querer tanto al perro como á ella; incomo- 
dado con su exijencia estranguló al animalito y 
ella se eticó de sentimiento. Si me hubiera muerto 
yo no me hubiera llorado tanto. 

-¿Y Clara? 

—Por Madrid debe andar enriqueciendo el ca- 
tálogo de sus conquistas. 

—¿Y Dolores? 

— Bn Valencia; se casó con un escribano: única 
cosa que hizo este en su vida de buena fe; ella 
vengó á sus víctimas. • 

—¿Y Benita? 

— ¡Uf! ¿quién se acuerda de eso? Benita era una 
mujer borrascosa; enterró á tres maridos y me sal- 

43 



vé de sus garras mediante una defensa heroica; la 
sitié por hambre y se echó en brazos de un viejo 
verde que si no* ha muerto ya tendrá contados sus 
dias. 

—Después de esa vida te costará trabajo suje- 
tarte á los números y prescindir de las mujeres, 
dijo Silvio llenando de nuevo su plato. 

— Me he hecho avaro y no quiero que pase el 
tiempo en balde. Te daré un consejo. 

— ¡Mozo, café! grité Silvio; y volviéndose á su 
amigo anadié: espero tu consejo. 

— Procura en la Habana relacionarte bien y no 
dudes que liarás un matrimonio ventajoso; hay 
aquí jóvenes bonitas con capitales fabulosos que 
puedes impresionar fácilmente: esa es la gran ju- 
gada. 

— ¿Es decir que estás en vísperas? 

— En vísperas no, pero sigo la pista al negocio y 
te aseguro que en cuanto encuentre propicia la 
ocasión la aprovecho; enlazarse con una mujer her- 
mosa y rica que te halaga los sentidos y te pone 
á cubierto para lo porvenir es tocar el puerto de la 
felicidad. 

—¿Has metalizado tus sentimientos? Me alegro 
saberlo, pues pienso imitarte. 

— Est^ por lo positivo; si dejo pasar los mejo- 
res años se presentarán las canas insolentes y las 
arrugas malditas y no podré hacer valer mi ju- 
ventud. 



— :):50- 

— Me parece bien. ¿Adonde vives? 

— lihi lii callo de Compostela. 

-¿Süic.V 

— Vivü con una .señora muy apreciablo y de no- 
ble alcurnia a quien nyiido á Fostoiierse pues su 
marido que fue emplcn i muerte 

mas que una corta viudciUia, iiii nuniuie f^in tacha 
y una hijn, ]ñcn dopvcntnrnda por cierto. 

— ¿ILi iiichacha? ¡Pobrecita! 

— No lo croas; paiccc <jiie olvidas cuanto acabo 
de decirte; Belén es una joven de veinte anos, muy 
laboriosa, muy digna, muy afable; en una palabra- 
os un epitafio ambulante, una enciclopedia huma) 
na de todo lo bueno, pero cu fea y 

— ¡Basta! no añadas otra cualidad, pues con esa 
lo sobra. 

— No; tiene otra peor: es pobre. 

— Entonces no corre peligro. 

— Está asegurada de incendios; una mujer fea 
ooii todas las cualidades de Belén es una esencia 
esquisita, pero en vasija de barro. 

— ¡Dios to libre, Federico, de enamorarte de 
una fea! Como no tiene ejército de reserva cuando 
atrapa á un hombre lo estudia, lo acaricia y lo 
embriaga con afectos calculados: su amor, virgen 
en la comunicación, se manifiesta de una manera 
nueva para el amante que encuentra en ella emo- 
ciones desconocidas. ¡Ay, Federico! no vivas con 
esa Belén: el amor de una fea es un anzuelo que 



—340— 
no suelta, es una zarza que agarra cuanto toca y 
de la cual ninguno puede desprenderse. 

— Vivo tranquilo, Silvio. 

— ^^Si á lo menos fuera rica: una fea con dinero 
es una moneda de cobre galvanizada con oro. 

— Se conoce que el almuerzo te ba despertado la 



— Es verdad: ¿conque puedo ir á verte sin peli. 
gro de que esa mujer destruya el efecto de tu con. 
sejo? 

— ¿Quién lo duda? 

— Pues salgamos en busca de la dijestion: he al- 
morzado tomo un buitre, sin acordarme' de las 
prescripciones higiénicas que se hacen á todo re- 
cienllegado. 

— No seas aprensivo. 

— Tengo mas valor que el Cid; me atrevo con 
el vómito y con todas las calamidades que puedan 
pesar sobre un estranjero en este pais: se entiende, 
haciendo una escepcion. 

—¿Cuál? 

— No me atrevo con Belén. 

Los dos jóvenes se agarraron del brazo, cele- 
brando sus ocurrencias, cruzaron por la calle .de 
0-Reilly y al llegar á la Plaza de Armas se despi- 
dieron dándose muestras de afecto, de ese afecto 
que se enjendra en los primeros años de la vida 
que se distrae en, la ausencia: pero que está siem- 
pre grabado en el corazón. 



-;54l- 



II 



En el diálogo que tuvieron en la fonda de 
Aranjuez los jóvenes Federico Rosales y Silvio 
Martínez había .sentado aqu«íl una gran vendad re- 
lativa á Belén, pues tíi bien la naturaleza no la ha- 
bía dotado de un rostro hermgso poseía en alto 
grado la belleza del alma; esta no se presenta de 
relieve á los ojos miopes de la humanidad porque 
esta escondida y solo se quilata estudiando al in- 
dividuo. 

Doña Carlota, madre de Belén, era una seño" 
ra de principios muy rectos; llevando la moralidad 
hasta el estremo habia educado á su hija con el 
mayor recojimiento, impregnando su alma dé la 
doctrina mas santa y de las mácsimas mas salu- 
dables. La pintura de Belén que habia hecho Fe- 
derico era exactísima; consagrada á los cuidados 
domésticos constituía la felicidad y el orgullo de 



—342— 
su madre, que ó la miraba con ojos apasionados ó 
nunca se detuvo á pensar si las lineas de su cara 
eran mas ó menos perfectas. Doña Carlota creia 
que Belén haria dichoso á cualquier hombre que 
con ella se enlazara y á juzgar por sus condiciones 
morales tenia sobrada razón. 

Doña Carlota adoraba en su hija y esto solo 
los que hayan tenido la desgracia de no conocer á 
su madre podrán ponerlo en duda, aunque el amor 
maternal, aun sin haberlo esperimentado, se adi- 
vina porque está escrito en el alma. 

Las facciones de Belén no estaban muy pro- 
nunciadas formando ese conjunto que es repulsi- 
vo; Belén era fea, pero no tenia un rostro desagra- 
dable ni antipático; esto consistia sin duda en las 
buenas cualidades de su alma quo se reflejaban en 
su cara. 

Su padre, después de haber desempeñado des- 
tinos de categoría en España y en Cuba, murió 
pobre, lo cual enalteció su honradez, dejando á su 
esposa y á su hija una corta viudedad que no bas- 
taba para sostener las necesidades de la casa, aten- 
dido á lo costosa que es la vida material en la Ha- 
bana. Al efecto, desde su muerte se habia consti- 
tuido en familia un amigo de la infancia del di- 
funto que en su juventud habia venido á Cuba 
protejido por él, formando una fortuna prodijiosa á 
fuerza de años y (Je laboriosidad. 

Don Antonio Ortega que rayaba en los cin- 



—343^ 
lienta añofl era el verdadero tipo del indiano; do- 
tado de un corazón escelente utilizaba su iortuna 
en provecho de los desvalidos y era, por decirlo 
así, la Providencia de dona Carlota y de Belén, á 
quienes miraba ya como su propia familia, dispcn- 
f^ÚTulolas toda clase de auxilios y de favores; pero 
( (iu tal tino y tal nobleza que ó el mundo lo igno- 
raba ó liabia aprendido á estimar la casa en lo que 
valia para no Iiincarle o\ diente roedor do la raur- 
luuracioii. 

Cuando Federico llegó á la Habana trnjo car- 
tas de recomendación para D. Antonio que bus 
atendió hasta el punto de llevarlo á vivir á la que 
ól llamaba su casa; debialc pues el joven muchas 
consideraciones y respetos, y cuando su suerte se 
fué fijando y encontró medios de sostenerse, pro. 
puso á DoSa Carlota quedarse en su compañia, 
contribuyendo con una cantidad para no serle 
gravoso, lo cual aceptó la señora por consejo de don 
Antonio que habiendo tomado carino á Federico 
queria vijilarlo en su carrera y en su conducta. 

Pero D. Antonio estaba muy lejos de sospe- 
char que aquella determinación habia de proporcio- 
narle un contratiempo de consecuencias; no com 
prendió nue un joven de sus prendas físicas, deci. 
dor, con talento natural y en una palabra, hombre 
de mundo, era peligroso en una casa donde habia 
una mujer impresionable, de alúa a bien templada 
V de imasíinacion ardiente. 



-344- 

El trato continuado con Federico, su franque- 
za habitual y su carácter abierto despertaron en 
Belén una simpatía que no se esplicó al principio? 
que llegó después á sorprenderla y que por último 
se lamiliarizó con ella, sin pedirse mas cuentas; no 
trató de saber si las deferencias de Federico eran 
pura galantería y creyendo que le bastaban fué 
abriendo su alma á una de esas impresiones vio- 
lentas que desean la comunicación pero que se 
sostienen sin esta, hasta que llega un dia en que 
avanzando un paso ven el terreno que les falta 
por andar y se lanzan ciegamente á correrlo sin 
considerar el peligro. 

¡Ay! la desventurada Belén después de un 
dia y otro de contemplación se convenció de que 
Federico la miraba con indiferencia, no habiendo 
nada en su alma que le hiciera esperar con funda- 
mento la realización de su sueño; apoderóse enton- 
ces de la niña una melancolía estrema, perdió el 
apetito y las carnes y lloró en secreto. Alarmada 
Doña Carlota le prodigio mil cuidados, esforzándo- 
se en vano por averiguar la causa de aquella tris 
teza que devoraba el alma de la pobre niña, pero 
esta se guardó bien de confesar lo que la inquieta, 
ba y dejó que el médico la reconociera y la rece- 
tara, segura de que nada adelantaría. 

Doña Carlota, con esa tíernísíma solicitud 
que solo una madre es capaz de comprender, sin 
abandonar un segundo á Belén quería leer en sus 



iiiii-;i(i;i.s j [-iiicirai .ji «u cora/.oii; ¡u'crcabáse dc 
noche á su lado parahorprendt (íto ep al- 
guna palabra eycjipada á la imprudencia del Rue- 
ño, pero caiii siempre encontraba á su hija presa 
del insomnio; desesperábase entonces y desesperaba 
.1 Belén que veia llorar á su madre por su culpa. 
La vispcFa del dia que empieza mi historia 
liabia llamado dofía Carlota á su cuarto á D. An- 
tonio; al ver este que : " "-•" orrian co- 
piosas lágrimas le^dijt 

— Señora, esas lágrimas me revelan una desgracia. 

— ¡Ah! sí, contestó doña Carlota; es usted para 
nosotros de la familia y necesito desahogar mi es- 
píritu abatido con una pena profunda; ha visto us- 
ted nacerá Belén y seque no es indif-^'-'n**' •') nada 
de lo que en mi casa suceda. 

— Tiene usted pruebas inequívocas 

— Lo sé; por eso quiero que hable usted con Be- 
U n; acaso lo que me calla pueda saberlo otro que no 
sea su madre; está triste y en su corazón pasa al- 
go que turba su habitual alegría: ¡ha cambiado 
tanto en tan poco tiempo! 

Don Antonio exhaló un suspiro y dijo des- 
pués de un momento de pausa: 

— ¡Ay, señora! temo no alcanzar nada. 
— Ella no ha conocido á otro padre que á usted. 
Quizá el respeto y el temor consigan lo que conseguir 
no ha podido mi afecto; no duerme, ni come y el 
médico no acierta á averiguar su dolencia. 

44 



—346- 

— Creo que no tiene la ciencia remedios para su 
«nal. 

—¿Sabe usted acaso? 

—Sospecho que está enamorada. 

— ¡Oh! no; me lo hubiera confiado; soy su mejor 
amiga, y mis consejos 

—¿De qué le hubieran servido? Si tiene herido 
el corazón no hay otro consuelo que las lágrimas; 
deje usted que llore. 

— ¡No! ¡no quiero que llore! ¡pobre hija mia! es- 
clamó la madre con un arranque de dolor acerbo. 

— Bien, busque usted un pretesto para que .venga 
sin que comprenda que hemos hablado de su esta- 
do; procuraré arrancarle el secreto y tranquili- 
zarla. 

Doña Carlota se pasó varias veces el pañuelo 
por los ojos para que su hija no adivinara el mo- 
tivo que la llevaba á su estancia y salió á buscarla. 



III. 



En la determinación de D. Antonio habia al- 
go de heroismo, y el lector comprenderá después 
que no exajero al usar de esa palabra. 

Nadie como D. Antonio podia quilatar las 
virtudes de Belén; habiéndola visto crecer y des- 



-347- 
arroUarso á su lado la h.ibia estudiado en detalles 
an el interior donie.stico, leyendo en hu alma como 
en un libro abierto; estimándola en lo que valia 
por !^u belleza moral, sabiendo que el imperio de la 
hermosura no es duradero y que pesa poco en la 
balaujsa de la íelicidad conyugal, fu5 aficionándose 
á la nina y llegó a sentir por ella un cariño que no 
era tan desinteresado como el de padre, con cuyo 
titulo se presentaba á sus ojo< 

D. Antonio habia pasado los anos de su ju- 
ventud consagrado al trabajo y á los cálculos; des- 
cansando entonces de su existencia laboriosa sin" 
lió que su corazón se despertaba y no encontrando 
trabas consagróse al amor no con los ardientes ar- 
rebatos de los primeros aSos, pero sí con la cons- 
tancia y la firme voluntad de la esperiencia. 

Belén, acostumbrada a mirar á don Antonio 
como á un padre porque habia perdido al suyo en 
la infancia, no estrañaba su solicitud ni su acen- 
drado, cariño al que correspondía sin sospechar si- 
quiera que lo dictara otra intención. 

El amor de don Antonio era tan legitimo co- 
mo fundado; habiendo aprendido á estimar las co- 
sas en su justo valor soñaba con la idea de que 
Belén le correspondiera y llevase su nombre, for- 
mando una familia que heredara sus cuantiosos 
bienes. 

Pero como el hombre propone y Dios dispone 
Dios dispuso que llegara Federico á la Habana y 



—348— 
cruzándose en su camino echara por tierra sus sue- 
ños de ventura para lo porvenir. 

Mucho tiempo tardó en comprender que la 
melancolía de Belén era motivada por la impre- 
sión de Federico y cuando quiso poner un remedio 
arrancando al joven de la casa, colocíó que era 
tarde, pues el mal habia echado hondas raices; en- 
tonces sintió la espina punzante de los celos y to" 
das las contrariedades del amor que no habia es- 
perimentado en su juventud; luchó algún tiempo 
para convencerse de que era una demencia dejarse 
subyugar á los cincuenta años por los caprichos de 
una pasión, y su sangre ya templada en el otoño 
de la vida lo dominó para no dejarse arrastrar de 
malas pasiones por un contratiempo. 

La bondad injénita en su alma no le inspiró 
rencor hacia aquella mujer que no comprendía lo 
que por él pasaba; al contrario, mas asiduo con 
ella le prodigó mil cuidados y decidido á labrar su 
felicidad esperó á Belén para convencerse de lo 
que sabia ya por inspiración, 

Habia, sin embargo, en él esa especie de duda 
que enjendra el deseo y que sostiene el espíritu 
hasta que llega la realidad. 

Belén entró en la sala donde se hallaba don 
Antonio, demostrando bien claramente que hacia 
un esfuerzo para aparecer tranquila; hízola sentar 
y le dijo con acento de ternura: 

— Hija mia, es preciso que hablemos y que me 



al)ra8 tu corazón para calmar la ansiedad y la in- 
<iu¡etud do tu madre; todo su cariño en el mundo 
está cifrado en tí y al ver que tu carácter lia mu- 
dado de algún tiempo a esta parte sospecha con 
liindamentoque alguna pena oculta* te atormenta. 

-¡Ah! ¡no! 

— Sí: sabes que te quiero como un padre y los 
años que te llevo me dan derecho á exijirte una 
confesión. ¿Quó tienes? 

— ¡Ah! esclamó la joven: y en aquel suspiro pa- 
recía que se exhalaba su alma entern. 

— Ese suspiro te vende. 

—Ese suspiro se ha escapado del pecho á pesar 

riño. 

— ¿Eres desgraciada? Iláblamo con franqueza; 
"stás triste, muy triste. 

— Necesito esplayar mi ánimo, doaho'jar mi co- 
razón oprimido. 

— Pues bien: habla. ¿Que te pasa? 

— No puedo esplicar lo que me sucede; pero 
vnigo miedo á la soledad y sin embargo, quisiera 

siempre estar sola; nada me divierte y lucho con 
una sombra que me persigue; una sombra que veo 
entro sueños y que al despertar no me abandona- 

— Estás enamorada. 

—¿Enamorada yo? 

— Sí; sé tranca: ¿esa sombra se parece á Fede- 
rico? 

La joven se estremeció, cubriéndose el rostro 



—350— 
con las manos;' don Antonio, comprimiendo un 
suspiro que intentaba á su vez delatarlo, añadió: 

— ¿No es verdad que adiviné tu pasión? 

— Si, esclamó Belén á media voz, bajando la ca- 
beza para enclibrir el carmín del rubor que asaltó 
á sus mejillas. 

D. Antonio se pasó la mano por la frente cu- 
bierta de un sudor glacial, pero haciendo un mo- 
vimiento decisivo al parecer, dijo: 

— ¿Porqué ocultas á tu madre tus impresiones? 

— Porque temo que me riña. 

— Comprendes mal el corazón de una madre; 
es tu mejor amiga, y no puede asombrarle tu en- 
íermedad: amar á un hombre es una cosa muy na- 
tural. ¿No sabe por ventura que tienes un corazón? 

— ¿Y qué alcanzo con que lo sepa? ¿Atormen- 
tarla? 

— Tu madre tomará parte en tu dolor cuando 
padezcas, hija mia. 

— Nada ni nadie consuela á un amor cuando vi- 
ve sin esperanza. ¡Ah! no sabe usted lo que es amar 
á un hombre indiferente; cuan horrible es el mar" 
tirio de verle cada dia, á cada instante, seguir su® 
miradas que huyen de las mias, sentir la presión 
de su mano sin calor 

— ¿Crees por ventura, preguntó D. Antonio in- 
terrumpiéndola, que mi alma no comprende el do- 
lor de una pasión desesperada que no consigue co- 
municar á otra alma el fuego en que se abrasa? Sé 



—351— 
r»elen, lo que arrebutu el cariño, pues 1»..- 
iiuirchitan el rostro pero no el conizon. 

—¿Ama usted también? esclamóla joven mirán- 
dolo fijamente. 

—¡Yo! repuso 61 con espanto; ¡ya soy viejo! ¡vi- 
vo solo de recuerdos! ¿Federico sabe? 

—¡Nada! no me comprende; iuigo esfuerzos so- 
brenaturales para esconder y ahogar mi impresión? 
pero es en vano: los violentos latidos de mi cora- 
zón me roban la calma y están pendientes mis 
ojos de todos sus movimientos: le veo sin mirarlo. 

—¡Pobre Belén! ¿quién sabe si Federico esconde 
también su simpatía? 

— No: es imposible; esto que siento en el pecho 
s<' asoma por los ojos y no se puede ocultar. 

— No te desesperes; acaso tu ventura se realice» 
y no dudes que velo por tí. 

Don Antonio acompauó á lielcii hasta la 
puerta y cuiuido estuvo solo "se paseó por su cuar- 
to ajitado; al íin esclanió: 

— He jurado hacerla feliz y k, .^uia. ;iLui(|ue me 
cueste un sacrificio inmenso. 

Ahora comprenderá el lector si tuve razón al 
calificar de heroica su conducta. 



-352- 



IV. 



Aquella noche no durmió D. Antonio; los cál- 
culos de los negocios con que habia labrado su for- 
tuna no hablan influido tanto en él como la entre- 
vista con Belén; es preciso desengañarse: lo que a- 
fecta al corazón es lo que mas hiere al individuo. 
Decidido á mirar por la suerte de su protejida aho- 
gó sus impresiones y olvidando el insomio pasado 
entró por la mañana en el cuarto de Federico an- 
tes que este acabara de vestirse para salir. 

Cerró la puerta de la habitación sin notar 
que Belén entraba á la sazón en el corredor; la jo- 
ven comprendió al momento que aquella visita de 
D. Antonio llevaba por objeto hablar de ella y 
movida ó por la curiosidad que dicen es innata en 
la mujer ó por un presentimiento aplicó el oido á 
la cerradura de la puerta. 

Federico, al ver á D. Antonio, le acercó una 
silla diciéndole con tono jovial: 



gar? Parece imposible que tenga usted tan mal gub- 
to; si fuera rico no entrarla Febo por mi balcón 
hasta después de las nueve de la mañana. 

— Madrugo por costumbre, amigo mió. * 
— Y yo por necesidad. 

— Además usted se acuesta tarde porque lleva 
mala vida. 

— Me caluiuiii.i a don Antuiiio; mi 

> ula es trasparente, pues los negocios no me dejan 

M mpo para pensar en nada malo. 
—Sin embargo, parece que la pru-sa de ludHt 
M ros no llena todo el tiempo; según voces coHR- 
- ra usted á la poesía del amor mas tiempo del con- 
veniente. 

— :¡Qué disparate! 

—¡Tiene usted una reputación monstruosa! 

— Pues no hay motivo. 

— Es una lástima que un joven como usted, de 
bellas prendas físicas y morales, no siente la cabe- 
za y se desengañe de una vez; esa vida ajitada 
trae consecuencias fatales. 

— Encuentro á usted muy moralista. 

— Como siembre; soy hombre de principios rec- 
tos y me duele que la juventud malgaste el tiem- 
po; tiene usted buen porvenir y constituyéndose en 
familia 

— ¿Qué es eso? ¿quiere usted casarme? 

—Nada perderia usted en eso. 

45 



—354— 

— ¿Me ha buscado usted por ventura alguna con- 
veniencia? 

— ¿Conveniencia? 

— Claro está; para casarse es preciso mirar á lo 
porvenir. 

— Se equivoca usted, amigo mió; para casarse 
lo que conviene es buscar una mujer honrada que 
nos ame: eso constituye la felicidad; ademas, usted 
hará carrera 

— El amor cuando llega la hora de comer tiene 
un estómago muy exijente. 

jrPara eso trabaja el hombre. . 
^^Quiero ser franco: me habla usted de ese a- 
sunto en buen dia; anoche al retirarme á casa ve- 
nia pensando en que me hace falta una mujer bo- 
nita y cariñosa que me aguarde, que se consagre 
á mí, que me haga olvidar las penosas tareas del 
dia y los desengaños de ayer. 

— Vamos, Federico; veo á usted en buen cami- 
no, pues se arrepiente de sus pasadas culpas. 

— Estoy hastiado de la vida aventurera; búsque- 
me usted, añadió riéndose, una mujer y veremos 
si tiene buena mano. 

— Conozco una, dechado de virtudes, que ama 
á usted y que lo hará completamente dichoso. 

— ¿Adonde está esa criatura? 

— La vé usted á todas horas. 

— No comprendo 

— Vive en esta casa. 



—355— 

—¿Es Belcn? 

— La misma. 

— ¡Ba! ¡ba! ¡qué disparate! 

— Hablo con formali(la<l. 

— Reconozco sus virtudes, eteétera, pero se 
í'luincea usted sin duda. 

— ¿Porqué? 

— Porque Belén es lea. 

Apenas habia pronunciado Federico esta pa- 
labra oyeron un gemido sordo en el corredor y pa- 
sos precipitados; levantóse don Antonio de impro- 
viso y después de abrir la puerta y sacar la cabe- 
za, no viendo nada, volvió á sentarse. 

— ¿Nos escuchaban? preguntó el joven. 

— Me pareció lo mismo, pero estamos solos. 

— ¡Belén! añadió Federico, ¡qué embajada! 

-—¿Dice usted que Belén es fea? 

— No hay mas que verla. 

— Si usted la mirara con los ojos del alma como 
yo se convenceria de su hermosura. 

— Présteme usted sus anteojos, seSor don Anto- 
nio, porque puede que sea una ilusión de óptica 
de mi retina. 

— No quiere usted entenderme, y hace bien. 

— Por supuesto; bueno fuera que sacrificara mis 
aspiraciones por dar gusto á un amigo, enlazándo- 
me á una mujer fea y pobre. 

— Ahora me esplico lo que significaba la palabra 
conveniencia. El dinero manda en el corazón de 



—356— 
usted como manda en el de cualquier hombre vul- 
gar. 

— Con una diferencia: no aceptaría una mujer 
antipática aunque tuviera muchos millones. 

— Eso ya es algo, pero sospecho que á los ojos 
de los que piensan como usted la fealdad aparece 
embellecida por el resplandor del oro. 

— Se equivoca usted, señor don Antonio. 

— Peor para los que piensan así, esclamó este 
casi entre dientes y con aire de disgusto. 

Y salió de la habitación meneando la cabeza., 
con gran sorpresa de Federico que no sabia que 
pensar de aquella intención de su protector. 

Dirijióse el joven á la fonda de Aranjuez en 
donde solia almorzar y encontrando en el camino 
á Silvio le refirió la entrevista pasada: los dos jó- 
venes la comentaron á su manera, sacando parti- 
do de ella para esplayar su buen humor. 



V 



Belén entretanto retirada en su estancia llo- 
raba á solas. 

Habia acojido en su alma aquella impresión 
por Federico, sin darse cuenta de ella, sin detener- 
se á averiguar si era digna de él, sin sospechar 
que los rasgos de su fisonomía pudieran influir en 
lo mas mínimo en el amor que sentía y en la cor- 



lospondencia que esperó algún tiempo; traducía la 
indiferencia del ¡oven de mil maneras, pero nunca 
le ocurrió fijarse en el espejo para preguntarle si 
su cara encerrarla ese secreto resorte que hiere el 
eorazon y que el vnliro llniíi:» ^ •H-/.. por ponerle 
;ilgun nombre. 

V si consultó con el espejo eate no pudo me- 
nos (le engañarla. 

VA espejo que tan fielmente retrata es sin em- 
bargo el amigo mas infiel de la humanidad: no se 
vó en 61 lo que el azogue iclItM.i sino lo que el 
¡imor propio quiere ver. 

Amando Belén con el alma no se acordaba de 
In e.'ira. 

)espues de haber llorado mucho, como heri- 
i;i por una idea repentina, se acercó convulsa al 
espejo para mirarse en ól detenidamente, pero al 
reflejar la luna su rostro dio un grito y se apartó, 
tapándose los ojos con las manos. 

— ¡Ah! ¡sí! ¡tiene razón! ¡soy fea! ¡Qué hor- 
rible desengaño! ¡Un amor sin esperanza! ¡Oh! 

debí haber muerto al nacer para no sufrir lioy es- 
te golpe que me hiere en medio del corazón 

¡Fea! ¡fea siendo la cara el patrimonio de la mu- 
jer! ¡Oh! ¡la naturaleza ha sido muy cruel conmigo! 
¿Es decir que no tengo derecho á amar? En- 
tonces ¿para qué me ha dado un corazón y una fi- 
bra sensible y un alma inflamable? ¡Y el hom- 
bre que amo es quien me hace abrir los ojos! ¡él 



—358- 
mismo! ¡Dios mió! ¡ten piedad de mí! ¡soy una in- 
sensata! 

El dolor de Belén era inmenso. 

Era un dolor para el cual no habia consuelo 
alííuno. 



VI. 



Mucho habia llorado la desventurada Belén 
Cuando entró don Antonio á Verla; á la primera 
mirada comprendió su estado, y esforzándose en 
prodigarle consuelos inútiles, le dijo: 

— Tus ojos, Belén, declaran la lucha que estás 
sosteniendo para esconder tu sentimiento. ¿Porqué 
lloras desesperadamente? 

— ¿Por qué he de llorar? esclamó la joven con 
un arranque de dolor profundo; lloro por la muer- 
te de mi amor, de este amor que habia acariciada 
en mis sueños. 

— Es preciso esperar resignada; la calma 

— ¡La calma! ¿en dónde la encuentro? ¿Puedo 
acaso dar al olvido que tengo que renunciar á Fe- 
derico porque soy fea? 

Estremecióse don Antonio y le preguntó: 

— ¿Sabes por ventura? 

— Todo lo sé; bien dicen que oye su mal el que 
escucha. 



350- 



— ¡Desdichada! 



— ¡Muy desdichada! amaba á un hombre, vivia 
con mi ilusión, con mi cariño, con mi fó, y cuando 
nada le pedia, cuando me contentaba con querer, 
lo en secreto, viene á destrozarme el corazón hi- 

rióndome hasta en mi amor propio ¡Esto es 

cruel! ¡muy cruel! 

— Tu mal es grande, hija mia, pero hay un re 
medio 

— ¿Cual es? esclamó la joven fuera de sí. 

— El ovido. 

— ¿El olvido? dijo Belén con una sonrisa histéri- 
ca; ¡el olvido! ¡He ahí los recursos de la ciencia!... 
¿Quien es capaz de arrancar una espina que está 
escondida en el corazón? 

— Esas dolencias las cura el tiempo. 

— Sí, y cuando llega la herida á cicatrizai-se ya 
están amarillas las hojas del árbol de la vida. ¡Vi- 
vir! ¿y para qué quiere la vida la que vé cerrado 
A porvenir en la flor de sus años? 

— Ponderas tu situación: esas quejas son dema- 
í^iado amargas. 

— ¿Demasiado amargas? preguntó Belén exas- 
perada; es verdad: estos consuelos son los que da 
un corazón helado y una cabeza con canas. 

El rostro de don Antonio palideció; Belén en 
tóu despecho habia herido á aquel hombre tan no- 
ble y tan generoso que sacrificaba los impulsos de 
su corazón para hacer feliz á la que renegaba do 



—360— 
sus consuelos; sin embargo, Belén no era respon- 
sable de su arrebato pues no sabia lo que estaba 
diciendo: su situación era escepcional. 

— Te muestras injusta conmigo, le dijo pasados 
algunos segundas en que los dos se miraron sin 
hablarse; no eres capaz de comprender cuanta ab- 
negación hay en mi al hablarte de este modo. 

— Sí, sí: perdone usted, padre mió, esta inj usti- 
cia; no sé lo que me digo ni lo que hago; permíta- 
me usted que le dé el dulce nombre de padre. 

— Me enorgullezco con ese título, Belén, dijo 
don /Lntonio comprimiendo un suspiro. 

— Todo el carino de mi pecho lo he reconcen- 
trado en mi pobre madre y en usted que es tan 
bueno, en usted á quien siempre encuentro á mi 
lado para enjugar mis lágrimas; á usted abrí mi 
corazón por afecto y por respeto. 

— Te dije que olvidaras, sabiendo por esperien- 
cia que era imposible, para que te contuvieras, no 
dejándote llevar de la exasperación que es mala 
consejera; voy, sin embargo, á darte un consejo. 

— Hable usted, padre mió. 

— Domina al corazón y demuestra indiferencia 
cuando veas á Federico; procura que una mirada 
ó un movimiento imprudente no delaten tu impre- 
sión; muéstrate siempre con él afable para que no 
comprenda lo que pasa en tu interior; si te dirije 
una galantería, no la aceptes y hazle ver en una 
palabra que no eres una existencia vulgar. 



* 
--Quisiera triunfar de mi misma, pero ¿cómo lo 

consigo? al verle ¿cómo mi dolor ha de negarme un 
suspiro? 

— Lucha con valor que la mujer al cabo triun- 
ía de todo; tranquilízate, recordando que tu infe- 
liz madre sufre mucho; conviene que ignore el gol- 
pe que Federico te ha dirijido sin intención. Ven^ 
serena el rostro, demuestra que tienes valor. 
—¡Oh! ¡luchan';! 
— Y vencerás. 

Don Antonio cojio del brazo á Belén y sedi- 
rijieron á la sala donde estaba doña Carlota, triste 
y condolida como su hija, pero ocultando su pena 
ixira que esta no participara de ella. 

La hija lloraba sin pensar en la madre; la 
madre, que sufria por las dos, no lloraba pensan- 
do en su hija. 

Esta lloraba sus propias penas. 
Aquella olvidaba las suyas para sentir las de 
•su hija. 

¡Oh! ¡cuánto menos valdría la mujer si no es- 
tuviera destinada á ser madre! 

Este sentimiento la engrandece, la levanta 
muy por encima del hombre, la idealiza. 

La maternidad purifica sus sentimientos, la- 
va sus culpas: es una misión que toda mujer sabe 

cumplir La maternidad es la única misión que 

se cumple fielmente, sin escepciones ¡No! ¡no 

hay escepciones! ¡es mentira! ¡Y si existen al- 

4G 



-362- 
gunos monstruos que no saben ser madres negue- 
mos todavía su existencia! 

La maternidad es el poema de los senti- 
mientos. 



VII. 



Tampoco aquella noche durmió don Antonio; 
desvelado por la pasión que abrigaba en su pecho 
y por la suerte de su protejida, buscaba un medio 
de ahogar su impresión y de vencer la de Belén, 
pero veia la imposibilidad de triunfar en sus dos 
intentos. Decidido por último en la nobleza de su 
alma á no acordarse de él mismo para labrar la 
dicha de la joven meditó una hora y otra y al fin 
se manifestó contento de una idea luminosa que 
le asaltó. 

Dirijióse al cuarto de Federico, que al verle 
entrar hizo un gesto de disgusto y le dijo en segui- 
da aparentando buen humor: 

— ¿Otra vez, mi querido don Antonio, viene us- 
ted á remachar el clavo? 

— Soy así; he pensado que tenia usted razón al 
decirme ayer que el amor es exijente; y cómo es 



—303— 
usted hombro juicioso y reservado vengo á que 
liablemos como amigos. 

—;, Reserva tenemos? Cuente usted con mi dis- 

'•i'ccioii. 

—Dije á usted ayer que habla comprendido que 
Belén le amaba y supongo con fundamento que su 
i'stado actual de melancolía procede de la taita de 
correspondencia; la infeliz abriga en su pecho una 
pasión 

— Que no he alimentado, como usted sabe. 

— Es cierto; pero el corazón tiene sus caprichos. 

— Cuidado no se equivoque usted, don An- 
tonio. 

— No me equivoco; no ignora usted que he vis- 
to nacer á esa criatura y que la quiero como si 
fuera hija mia; cuento con una fortuna que basta- 
rla para enriquecer á cuatro familias; no tengo 
deudos ni parientes y ya mi edad declina, y como 
fomentó esa fortuna en Cuba con recursos y reco- 
mendaciones del padre de Belén, reconozco que 
estoy en deuda con ella; así la nombro heredera 
de mis bienes y le señalo cincuenta mil pesos de 
dote que me parece forman una cantidad respeta- 
ble para cualquier hombre que con ella se enlace. 

— La acción es tan digna como loable, pero pue- 
do asegurar á usted que sostengo loque dije ayer: 
me gusta el dinero y lo busco con avidez, mas no 
me seduce por ciertos medios: admiro todas las es- 
celentes prendas de Belén, pero no la amo y en 



—364— 

cuanto á las pasiones no puedo imponerlas á mi 
corazón. 

—Veo que es usted un joven noble y que no 
desmiente lo que de usted esperaba; siento muchí- 
simo no labrar la felicidad de Belén, y prefiero esa 
franqueza á lo que podria suceder si obrara usted 
guiado por el sórdido interés. 

— He dicho la verdad; seré todavia mas franco: 
estoy aficionado á una joven muy bella 

- ¿Rica? 

— Muy rica y de una familia de alta clase. Sos- 
pecho que esta pretensión ha de proporcionarme 
disgustos, pero he dado ya el primer paso y no 
puedo retroceder. Encargo á usted la reserva. 

—Puede usted fiar en mi; pero volviendo á Be- 
lén preveo que es preciso hacer algo para su tran- 
quilidad. 

— A todo estoy dispuesto. 

— El trato entre ella y usted se hace ya impo- 
sible ó á lo menos difícil de sostener; viendo al 
hombre que ama sufriría mucho; conviene, pues, 
que se mude usted á otra casa: el tiempo la cura- 
rá de su pasión. 

—Siento infinito dejar esta vivienda; pero co- 
nozco que la determinación de usted es muy con- 
veniente. Dentro de algunos dias me mudaré. 

—Busque usted un protesto para que la íamilia 
nose aperciba de que es cosa arreglada entre los dos. 

—Corriente. 



-305- 

Don Antonio saliú del cuarto de Federico y 
il parecer se habia quitado de encima un peso; 
por mucho que deseara la felicidad de Belén no 
podia prescindir de la satisfacción que le causaba 
«piitar de enmedio un rivnl qiio ora un estorbo pa- 
ra su designio. 

Quedóse Federico pensativo; aquella entre" 
vista con don Antonio le habia impresionado, 
pues por indiíerente que para un hombre sea una 
mujer siempre le satisface la confesión de que ha 
inspirado una pasión profunda. 

1 uterf umpió áus meditaciones su amigo Silvio 
Martínez que llegó alegre y decidor como siempre. 
— Ya era tiempo, lo düo. de que viniera á vi- 
►sitarte. 

— Te agradezco la vi;;ita. 
—¿Porqué? 

— Porque estaba meditabundo. 

— ¿Te ha dado calabazas Paulina? 

— No me hables de ese negocio. 

—¿Porqué? 

—Su familia parece que se opone ú mi deseo. 

— Mejor para tí. 

— No lo creas; me contraría este golpe. 

— Hablemos, pues, de otra cosa: al entrar he 
visto en la sala una muchacha y si no mienten las 
señas es Belén. 

— No hay otra en la casa. 

— Haces bien en huir de ella porque es fea. 



—366— 

— Sin embargo, sus cualidades escelentes 

— Una mujer fea no tiene derecho á que un 
mozo como tú la celebre. 

— Hago justicia á su mérito moral. 

— Eso pesa poco en la balanza del gusto; ¡fea y 
pobre! ¡no tiene el diablo por donde cojerla! 

— ¿Pobre? te equivocas; Belén es rica, muy 
rica. 

— ¿Desde cuándo? 

— Desde hoy; don Antonio Ortega, mi protec- 
tor, debe su fortuna al padre de ella y la nombra 
heredera de sus cuantiosos bienes, regalándole 
cincuenta mil pesos de dote. 

— ¡Cincuenta mil pesos! esclamó Silvio abrien- 
do los ojos y dando un salto en el asiento: ¡qué 
atracón de plata para mi escuálido bolsillo! 

— Eres un hombre original. 

— ¡Qué suerte! ¿La muchacha no so ha muerto 
de repente al saberlo? Desde que lo sé estoy su- 
dando! ¡Un millón de reales!...... ¡Mañana me de- 
claro á Belén! 

— ¿No acabas de decirme que era fea? 

— ¡Qué disparate! mirándola despacio 

— Si la viste de paso, esclamó Federico rién- 
dose. 

— ¡Calla! ahora mismo la estoy mirando con los 

ojos del alma: ¡hay en sus ojos una gracia! un 

garbo en su cintura! ¡Qué pié, amigo mió! 

— No se lo has visto. 



I 



— 3G7— 

— No seas l)obo: la estoy adiviníindo. Una mu- 
jer que posee cincuenta mil pesos os .•íU!iMl..tM- ].\ 
idolatro; rae dejaría matar por ella. 

— ¿Por su dinero querrás decir? 

— Una mujer sin el unto mejicano es como un 
wy sin cetro: no tieneni prestijioni vasallos. 

— Te has metalizado pronto. 

— Esa muchacha es un premio grande de la lo- 
tería que me ha caido cuando menos lo esperaba. 

— Cuentas sin la huéspeda: ¿estás seguro de que 
Belén te corresponderá? 

— ¡Bá! ¿á quién no quiere una soltera fea en si- 
tuación de reemplazo? 

—Me alegraré que se cumplan tus deseos. 

— Preséntame á ella y á s u madre; verás como 
le pongo los ojos tiernos y la conquisto en segui- 
da, porque me parece que mi figura vamos... 

añadió contemplándose en el espejo; ¿no valgo yo 
cincuenta mil pesos al contado y una fortuna á 
plazo mas ó menos remoto? 

-—Don Antonio está muy fuerte y no piensa 
en morirse. 

— Dios es bueno y mira por mi. 

— Déjate de bromas. Parece que te desentiendes* 
¿no me presentas á Belén? 

— No puedo darte gusto. 

— ¿Porqué? 

— Porque interpretando bien mi acción te perju- 
dicarlas. 



-368- 

— Pues me presentaré yo mismo. 

— Es lo mejor. Ahora acompáñame que voy en 
busca de casa para mudarme. 

—¿Te mudas de aquí? ¿me abandonas el campo? 

—Sí. 

—Espera á que me case con Belén. 

— ¿Lo das ya por hecho? 

— Por supuesto. 

Los dos jóvenes salieron de la casa, no sin 
que Silvio procurase en vano asomarse por los 
cuartos del paso para ver á Belén. 



VIII. 



El lector no conoce á Paulina y es convenien- 
te ponerlo en comunicación con ella, pues ha de 
influir mucho en el desenlace de esta historia. 

Paulina tenia diez y ocho años, una figura 
interesante y un padre muy rico; con estas tres 
potencias es fácil comprender que la rodearía per- 
petuamente esa turba de golosos que acuden al 
olor del dinero como las abejas á la miel; en el 
gran teatro Paulina ocupaba un palco, cuidándose 



-309- 
mas de los saludos y miradas que le dirijian los jó- 
venes que del mérito de los artistius; en el paseo do 
Tacón muellemente recostada en su ostentosa car- 
it'tela saludaba con cierto desden; nunca faltaba á 
la retreta de la Plaza de Armas ni á los bailes 
aristocráticos, arrastrada solo por el deseo de ver 
.1 sus admiradores rendidos á sus pies, disputándo- 
>(' el privilegio do ahogarla con el incienso. 

Las mujeres tienen sus caprichos; de entro 
la multitud que la acosaba llegó á distinguir á Fe- 
derico Rosales que mas codicioso que todos era 
.<iii embargo el que menos se acercaba por temor 
de una derrota, vergonzosa siempre cuando se 
descubre el interés. El joven cortesano apenas no- 
tó el primer sintonía favorable á su persona estre- 
rlió la distancia con su arrojo natural y sin que 
el padre se apercibiera de ello llegó a entablar re- 
laciones con Paulina. Prendada esta de la figura 
de Federico se consagró algún tiempo á correspon- 
derle, dándole pruebas de cariño, pero de esas 
pruebas que al enamorado parecen inequívocas y 
que son nada cuando llegan á analizarse. 

Casándose con Paulina veia el joven asegura- 
do su porvenir, y ya le habla comunicado su pro- 
yecto sin que ella lo rechazara; como este asunto 
le interesaba tanto guardaba la mayor reserva, 
pero era inútil: toda la Habana sabia el estado de 
sus amores; tanto se habló de ellos que el padre 
de Paulina abrió los ojos, y arrancando la confe- 

4 7 



—370— 
sion á su hija, le declaró terminantemente que 
nunca consentiria en que se casara con un joven 
sin fortuna como Federico; ella confesó que lo 
amaba pero ó no pudo ó no quiso oponerse á las 
exijencias paternales y sufrió con resignación la 
órdenderecojerseen casa para evitar un escándalo. 

Tres dias pasaron sin que Federico consiguie- 
ra ver en parte alguna á Paulina; alarmado, in, 
formóse de su salud y sabiendo que estaba buena 
sospechó la causa; entonces se apoderó de él la in- 
quietud y viendo venir á tierra el castillo de nai- 
pes que habia formado en su imajinacion quiso en- 
contrar medios para parar un golpe tan fiero. 

Olvidado del cumplimiento de su deber en la 
casa de comercio donde trabajaba se consagró á 
pasear por la calle en que vivia Paulina, esperan- 
do vislumbrarla por entre las persianas del balcón 
para averiguar el motivo de su mudanza; el padre, 
irritado, le escribió una carta intimándole que ce- 
sara en su persecución pues su hija habia renun- 
ciado á él. 

Ciego de cólera al leer la carta, quiso desafiar 
al anciano, pero su amor propio le hizo muy pron- 
to creer que aquello era un subterfugio del padre 
para que abandonara el campo, y se decidió á es- 
cribirle, templando sus frases para no irritarlo; á 
esta carta no tuvo respuesta y entonces se entre- 
gó á la desesperación. 

Por su parte Paulina también se desespera- 



h:i; los priiiii'ios (li;is silcoiM/oll lI;Uií('i ú btMlt-i iro; 

pero prolongándose su encierro le pareció que eni 
demasiado exijir de una mujer que se conformase 
con vivir entre cuatro paredes para pensar en un 
liombre, renunciando al paseo y al teatro y á los 
liailes y á respirar el aire libremente y á los de- 
mas hombres en fin. 

Suplicó á su padre, pero este se mantuvo 
¡nex()ral)led¡cién(lüle que si quería volver al mun- 
do habia de escribir á Federico (jik» no pensase 
mas en ella y que la olvidara. 

Paulina acordándose del mundo se olvidó de 
Federico y tomando la pluma escribió lo que su 
padre le fué dictando. 

ün cuarto de hora después la carta estaba 
en (*asa de Federico. 

Como ya he indicado, nadie ignoraba lo que 
;i este le acontecia en sus relaciones con Paulina; 
la posición de la joven la ponia demasiado de re- 
lieve para que las gentes no se ocuparan de ella; el 
matrimonio era ya un hecho consumado para mu^ 
clios y así, al ver la actitud del padre, se habló 
mucho del suceso para comentarlo cada cual á su 
manera, conviniendo todos en que el joven habia 
sufrido un desaire terrible. 

Don Antonio habia notado el cambio moral 
de su profejido, pero apesarde sus preguntas repe- 
tidas nada habia alcanzado averiguar; era induda- 
ble que existia alguna causa pues Federico empe- 



—372— 

zü á perder la calma y el apetito pronunciúiidoHc 
en él un humor insoportable. 

Al entrar en su casq, el portero le dio la carta 
de Paulina; subió la escalera precipitadamente y 
se encerró en su cuarto. 

Muy lejos estaba el joven de esperar el golpe 
que iba á recibir con la lectura de aquella carta; 
creia que Paulina, privada de verlo, y sufriendo 
la tiranía de su padre, habia buscado un desaho- 
go legitimo comunicándose por escrito con su 
amante. 

La carta estaba concebida en estos términos: 

"Agradezco la deferencia con que usted me 
mira, pero he oido los consejos de mi padre y con- 
vencida de la razón le suplico que renuncie á mi 
amor, pues seria inútil cuantos pasos diera usted 
en contrario." 

Estas frases tan secas como calculadas debie- 
ron convencer á Federico de que estaban impues- 
tas ó á lo menos inspiradas por el padre, pero él 
no tuvo tiempo para comparar aquella carta con 
las que Paulina le habia escrito ocho dias antes: 
la sangre se aglomeró en su cerebro, quiso poner- 
se en pié y llamó para que le prestaran socorro. 

Cuando don Antonio entró en la habitación 
al ver el rostro encendido de Federico, lo obligó á 
acostarse y mandó llamar á un médico; Belén y 
su madre corrieron al lecho del enfermo para 
asistirlo. 



—373- 

Después queel módico lo examinó dijo que Fe- 
derico tenia un ataque cerebral y que requeriíi gran- 
des cuidados la asistencia parque el mal era de pe- 
ligro atendida la robustez del doliente. 

Belén, al oir el diagnóstico pronunciado con 
la inipiísibilidad característica de la ciencia, se in- 
mutó. 

En su uhii.i j,c..v io,-a no cabía un átomo de 
veneno; Belén se colocó á la cabecera de Federico 
para observar hasta sus menores movimientos: la 
infeliz no sabia que aíjuella enfermedad era pro- 
ducida por los desdenes de otra mujer. 



IX 



A los siete dias declaró el medico que el en- 
fermo estaba fuera de peligro; habia recobrado la 
razón y pudo observar con cuanto celo, con cuan- 
to carino lo habia tratado aquella familia que no 
era la suya. Belén, su madre, don Antonio y su 
amigo Silvio no se habian separado un momento 
de su estancia, prodigándole esos cuidados tan ne- 
cesarios á un enfermo y que tanto echa de menos 
e\ que se halla separado de su madre. 



—374— 

Recordaba (lia por dia y hora por hora la cor- 
ta historia de sus amores con Paulina y cavilando 
sobre el particular que tanto le habia afectado lle- 
gó á convencerse de que no siendo ella una mujer 
de corazón le habia correspondido por un capri- 
cho pasajero; en cuanto á él le costó poco trabajo 
comprender la verdad: que habia solicitado el ca- 
riño de la joven guiado por el móvil del interés; 
asi, su dolencia la habia causado su amor propio 
resentido al verse puesto en evidencia por la ve- 
leidad de Paulina. 

¡Oh! Federico se convenció de que esa teoría 
de los matrimonios de conveniencia no es bella ni 
se adapta mas que á la fibra de ciertos hombres or- 
ganizados para sacrificarlo todo por el dinero. El 
hombre que sostiene su dignidad no puede sucum- 
bir á pruebas tan duras: el oro quiere ser el rey del 
corazón y para los seres que saben sentir el domi- 
nio del oro nunca pasa de la cabeza: deleita á los 
ojos pero no tuerce los sentimientos. 

í'ederico entonces no se avergonzó de su der- 
rota pero sí de su conducta y levantando la ca- 
beza de la almohada se encontró fuerte y digno: 
en aquel instante habia triunfado de su debilidad 
y despreció á Paulina. 

Tranquilo ya su convalecencia adelantó mu- 
cho en pocos dias. 

Una noche la debilidad lo habia rendido apo- 
derándose de él un sueño ajitado; le pareció que 



—375- 
voia una mujer con alas como un ángel que le mi- 
raba con pasión, refrescando con aquellas el ardor 
de su frente; los ojos del ángel estaban fijos en los 
suyos, pero fijos con tal insistencia que sentia una 
estraña sensación; tendió los brazos para cojerla y 
al ver que huia hizo un esfuerzo y despertó. 

Al abrir sus ojos tropezó con los de una mu- 
jer que al lado de su cama le miraba con la mis- 
ma insistencia que el ángel: no tenia alas, pero ha- 
bia una espresion en su fisonomía que le hizo es- 
tremecerse; pasóse la mano por los ojos creyendo 
que dormía, pero se convenció de que estaba des- 
pierto. 

La mujer que le miraba a-i era Belén, la 
cual se hallaba con don Antonio en el cuarto de 
Federico, pero este al ver que el joven dormia se 
dejó rendir por el cansancio de las vijilias y se 
durmió también. Belén habia aprovechado aque- 
llos minutos en que los dos no podian observarla 
ni leer en su alma para contemplar al hombre que 
apesar de todo amaba con un amor irresistible. 

Belén bajó los ojos al ver que Federico se ha- 
bia despertado, pero él sentándose en la cama le 
dijo algo turbado: 

- ¡Qué buena es usted, Belén! ¡Cuantas bendi- 
ciones echará á usted mi pobre madre cuando se- 
pa con qué tierna solicitud me ha asistido en mi 
grave enfermedad. 

—Nada tiene usted que agradecerme; es uu de- 



—376— 
ber asistir al que padece como lo es consolar al 
que llora. * 

La voz de Belén despertó á don Antonio, 
que al abrir los ojos los paseó de uno á otro que- 
riendo sorprender lo que hablan hablado durante 
su sueno; el rostro de ambos vendia una emoción 
que no podia escaparse á un hombre de espe- 
riencia y mucho menos al que amaba acariciando 
ya una esperanza. 

Al decir esto debo participar al lector que 
don Antonio se habla aprovechado del rudo golpe 
que habia sufrido Belén cuando oyó que Federico 
la encontraba fea para franquearse con doña Car- 
lota y manifestarle su propósito de casarse con la 
joven; la buena señora en el primer momento va- 
ciló, pero ignorando la pasión de su hija ó que- 
riendo ahogarla si la comprendia no dudó un mo- 
mento en hacer ver á Belén la conveniencia de su 
enlace con un hombre tan rico y que tanto la 
quería. 

Belén se horrorizó de la proposición de su 
madre y nada pudo responder: esta interpretó mal 
su silencio y al siguiente dia volvió á hablarle, 
manifestando su triste situación y el cambio de 
fortuna que se operaría en su casa con tan brillan- 
te enlace. 

Belén no se deslumhró con la metafísica del 
oro, pero al comprender que aquel consejo envol- 
vía la imposición de un sacrificio dio un suspiro 



— :i77— 
!|(f á su madre que dispusiera de su 

:] 1,1 1 I li la (11 (1 corazón de Belén 
1 encoj i miento de 
osLa al .süiiK'l-ci^e cr;i cíci^lo natural del pudor y 
ebria do placer besó la frente de su hija. 

:m (lo lior.i (ii'<¡)m's don Antonio «e 
(•ousiüoraija completamente feliz y hablaba á la 
madre do su proyecto con una aloiz;ría vordadera- 

Ilimtc ;i!'":i'.;til. 

üespiios do babor aceptado la proposición 
Belén lloró mucho, esclamando: 

-Mi madre tiene razón: esta boda me convie- 
ne ¡Oh! ¡la conveniehcia! ¡hablar de conve- 
niencia á una mujer que ama! ¡es una cruel- 
dad; Pero no: soy injusta con mi madre que 

ignora el amor que despertó en mi ese hombre 
que entró por las puertas de mi casa para apode- 
rarse de mi alma ¿Y me queda algún recurso 

contra mi desventura? Le amaba y no debo aspi- 
rar mas que á su indiferencia ó il consideraciones 
de sociedad que me lastiman; ¡soy fea á sus ojos! 
¿puedo acaso fundirme para formarme á su gus- 
to'.' No: me casaré con don Antonio ¡Ah! 



me considero dichosa sacrificándome por el bie- 
nestar de mi santa madre; voy á devolverle sus 
cuidados ,|f su ternura proporcionándole una vejez 

descansada ¡Madre mia! ¡solo Dios sabrá lo 

que vale este paso que doy por ti! 

48 



Y cuando don Antonio se insmuó con ella so- 
lo supo decirle que no se consideraba digna del fa- 
vor que le dispensaba. 

No es posible repetir todas las frases apasio- 
nadas de don Antonio que agotó los recursos de 
su cariño para hacer que Belén comprendiera 
cuanto la amaba hacia tiempo y cuanto habia 
sufrido. 

Entonces don Antonio se esforzó para obligar 
á Federico á que saliera de la casa, pero en esos 
dias habia caido enfermo y tuvo que olvidarlo to- 
do para consagrarse á su asistencia. 

Aquel diálogo que sorprendió después cono- 
cerá el lector cuanto debia sobresaltarlo. 

Don Antonio, aunque estaba seguro de la fi- 
delidad de la promesa de Belén, no podia estarlo 
de que el corazón de la joven se tranquilizara pa- 
ra ir abrigando en él poco á poco el alecto que le 
debia profesar á medida que fuera desterrando el 
de Federico. 

La situación de aquel instante era algo peli- 
grosa é inspiró recelos á don Antonio. 



En pocos dias avanzó tanto la convalecencia 
de Federico que el médico se despidió, crej^endo 
innecesarios sus cuidados. 



-379- 

Doii Aiitonio, aprovechando su buen estado, 
lo recordó su oferta de salir de la casa para tran- 
ijuilizar á Belén, pero el joven, íuera porque los 
cuidados de aquella familia le habian ligado mas 
á ella, ó por un impulso secreto, aunque convino 
con su protector no se cuidó de poner los medios 
jiaru mudar pronto de domicilio. • 

Por su parte Silvio, instalado en la habita- 
ción de su amigo durante su enfermedad, no per- 
donó ocasión para insinuarse con Belén, prodigán- 
dole esas atenciones preliminares de una pasión 
(|ue nunca se escapan á las mujeres; pero la joven 
no se habia dado por entendida y Silvio no se atre- 
via á deslizarse creyendo que el desaire de una fea 
heriria doblemente el amor propio de un hombre. 

La inquietud de don Antonio crecia á medi- 
da que pasaban los dias pues aunque Belén se ha- 
llaba ya comprometida formalmente á darle su 
mano, él no queria de manera alguna tomar de- 
terminación en el particular ni darle publicidad 
mientras Federico permaneciera en la casa, tanto 
porque este podia interpretar mal sus consejos an- 
teriores como porque comprendia que era un obs- 
táculo á su matrimonio el querella tuviera que 
verlo á todas horas. 

Una mañana se disponía Federico á salir y 
untes quiso entrar en el cuarto de don Antonio; 
pero al llegar á la puerta oyó dentro pronunciar 
su nombre y se detuvo impulsivamente. 



—380- 

— Federico se mudará pronto, decía don Anto- 
nio. 

— ¡Si, si! esclamaba Belén; que se vaya, no quie- 
ro verle; me causa horror su presencia. Mi orgullo 
me ha prestado fuerzas superiores. Es verdad que 
le amaba, pero hoy le detesto. 

— Después del olvido vendrá la indiferencia. 

—Nada puede haber entre los dos: ha puesto un 
mundo entre mi corazón y el suyo. 

— ¡Ay Belén! en esos arrebatos hay todavía 
amor. 

— ¡No! prorrumpió la joven estremeciéndose y 
queriendo engañarse á sí misma. No dicta el des- 
pecho mis palabras; estaba acalorada, pero hoy la 
razón ha recobrado su imperio: ¡ese hombre no tie- 
ne corazón! 

— Esa esclamacion vende el estado de tu alma; 
ten valor. 

— No lo necesito, porque ya no lucho; á costa 
de un esfuerzo grande reconquisté la calma per- 
dida. 

— Me causa gran placer oirte hablar así, porque 
quiero creerte; seremos felices, Belén; me parece 
que siento circular por las venas el fuego de mis 
primeros años, que recobro mi ardor y que vuelvo 
á la vida lleno de pasión y de entusiasmo; á tí de- 
bo esta dicha que me embriaga, porque seremos 
felices, te lo repito; me darás tu juventud y en 
cambio te daré mi amor. 



—¡Qué bueno es urtted conmigo! Para calmar 
mis dolores me.dá usted sus consuelos, un porve- 
nir y su nombre; y yo, pobre de mí ¿que doy? Un 
corazón lastimado por un estravío y mi persona 

despreciada; ¿COÍI íim' oiumIo ii:i'>-:ir mi:i "ciifiosi- 

dad tan sublimt 

— ¡Con tu carillo! 

—Sí, don Antonio, ; -. j ., . . : ^ i . ^ : 

!< ( onsagraré mi vida entera, mi pensamiento 

¡hasta mi amor! 

— Piénsalo bien; puede despertar tu cfirazon que 
está cuando mas dormido. 

— ¡No! ¡nunca! ¡en mi pecho tiene un trono el 
honor! El nombre de usted será siempre respeta- 
do: sabré conservarlo puro. 

— No puedes figurarte la alegria que esas pala- 
bras derraman en mi alma. 

Federico habia escuchado al principio con in- 
terés y cuando oyó de boca de Belén la promesa 
de amar á don Antonio sintió un disgusto estraño 
sin darse cuenta del interés que podia inspirarle 
aquel diálogo; maquinalmente echó á andar y al 
poner el pié en la calle dijo para sí: 

— Esa muchacha tiene talento y espresa bien 

su dolor Si Paulina fuera de ese temple no 

hubiera sucumbido á las exijencias de su padre, 
porque Paulina me ama ¿quién lo duda? me ha. 
dado tantas pruebas de ello, pero la desprecio al- 
tamente y aunque tuviera cien millones de dote 



-382- 

no coiiseguiria que volviera á mirarla Esas 

gentes ricas son insoportables; reducen los senti- 
mientos á deducciones numéricas y no saben dis- 
tinguir Bien mirado, Belén es una mujer su- 
perior ¿Me aborrece? ¿no quiere verme? ¿se 

cree valiente parapetándose en el honor de un 
hombre con quien vá á casarse, sin duda por inte- 
rés, ó cuando menos por despecho? 

Quedóse el joven pensativo en medio de la 
calle, sin notar que el sol de Cuba no permite esos 
paréntesis de la imaginación al aire libre y por úl- 
timo echó á andar, esclamando con cierta decisión: 
— ¿Me aborrece? ¿quiere luchar conmigo? Vere- 
mos si ha olvidado su amor y si soy capaz de a- 
tormentarla todavía; ha de comprar á caro precio 
esas palabras que ha dejado arrancar de su alma 

como un desahogo ¡Esta lucha me convendrá! 

El amor propio mió acaba de sufrir un golpe y voy 
á cobrarlo con usura á esta pobre niña ¿Tie- 
ne corazón? Mejor: parece que me intereso en 

el combate Así me encontraré mas fuerte pa- 
ra llevar á cabo mi proyecto con Paulina 

Donde uno menos piensa encuentra un corazón 
grande 

Federico apretó el paso para llegar á la casa 
de comercio en donde estaba empleado, contento 
al parecer con su decisión. 

Entretanto Belén encerrada en su cuarto coor- 
dinaba sus ideas y recordando las palabras de un 



— ."ks;;— 

iiu'ntido afecto que pocos minutos antes «e le lia- 
l»¡an escapado en su exasperación, se horrorizó de 
.su conducta; para espiar su falta lloró amarga- 
mente. 



XI 



Convencido Federico de que guiado solo por 
miras interesadas habia pretendido á Paulina cos- 
tóle poco borrar su impresión llamando en su ayu- 
da al amor propio que es un gran agente para las 
luchas del corazón. 

El mismo agente puesto en juego en diverso 
sentido empezó á desvelarlo; el diálogo que habia 
sorprendido entre don Antonio y Belén le hirió 
profundamente y mostró decidido empeño en tor- 
cer la voluntad de la joven que al parecer estaba 
decidida á olvidar la pasión que habia concebido 
por él; interesado en la lucha se ocupó en buscar 
medios para vencer y dedicóse á observar á Belén 
en sus menores acciones, sin decidirse á abando- 
nar la casa, con gran sentimiento de don Antonio 
que contaba los minutos, creyendo con razón so- 
brada que Federico era remora á su proyecto. 

Pasaron algunos dias y el joven, pensando en 
Belén que mas que antes se manifestaba reserva- 



—384— 
da, conteniendo los impulsos de su corazón para 
esconder sus sentimientos, resultó lo que resalta 
siempre: Federico se fijó en Belén y tuvo que re- 
conocer la escelencia de su mérito y sus cualida- 
des morales: estos no impresionan en el momento 
pero con el trato labran una pasión. 

A los veinte dias creia Federico que Belén se 
manifestaba mas desdeñosa que el di a que se pro. 
puso vencerla y animado por los desdenes insis- 
tió en prodigarle sus atenciones, sin notar que en 
el alma de don Antonio rujia una tempestad, pues 
fiel observador de cuanto pasaba veia que á la lar- 
ga su prometida no podria sostener el combate con 
un hombre que aun debia imperar en su pecho. 

Belén no se esplicaba el cambio de Federico, 
pero modesta siempre creia que intentaba con sus 
obsequios borrar el efecto de la confesión que ha- 
bia hecho á don Antonio sobre su mérito personal. 

El hombre que se propone triunfar de una 
mujer, sea cualquiera el motivo que lo impulse á 
ocuparse de ella demasiado, se espone á impresio- 
narse: he aqui lo que sucedió; á los veinte dias 
Federico conoció que estaba enamorado de Belén 
y que aquella era la mujer destinada por la Pro- 
videncia á cerrar la herida ^e sus desengaños y á 
hacerlo feliz. 

Trabajando con la imaginación en esta idea 
desde el momento que la hubo acariciado, dio 
completamente al olvido á Paulina. 



— .Í.S-j — 

Apremiado por don Anlonu) para el cumpli. 
muiito de su palabra y no encontrándose con fuer- 
zas para separarse de la casa, aprovechó una ma- 
fiana que encontró sola á Belén en la sala; hallá- 
base esta entregada á la labor cuando ól entró y 
viendo que la jó\ i');i l,i (ábeza le dijo 

^^ontándüse ásu luuw. 

— Parece que está usted triste, Belén, y bien sa. 
1)0 Dios que quisiera ver á usted siempre contenta. 

Alzó ella entonces la cabeza y (ij ando los ojos en 
l^'t'derico volvió abajarla sin contestar, pero la aguja 
■ ' tenia en la mano se desprendió de sus dedos. 
-¿No quiere usted contestanne? insistió el; cual- 
quiera cree ria que tengo alguna parte en la me- 
lancolia que domina á usted hace tiempo. 

— ¡No! esclamó la joven repentinamente dela- 
tando con* su tono la verdad; nada tiene que ver 
con usted mi melancolia, aunque esta existiera. 

— No intente usted negar lo que todos estamos 
viendo; y sobre todo álos que mas se interesan por 
la tranquilidad de usted. 

— ¿Interesarse por mí? ¿Cree usted que sufro y 
pretende sin embargo burlarse de mi dolor? 

— ¿Burlarme yo? Perdono á usted esa ofensa por- 
que no lee en mi corazón. 

La joven abrió los ojos con espanto y quiso 
levantarse, pero Federico la contuvo diciéndole: 

— Óigame usted y no insista en ocultarme sus 
sentimientos. 

49 



—386— 

— Tiene usted pruebas de mi amistad 

—¡Amistad! no quiero ser amigo de usted; la a- 
mistad es una llama que no prende entre usted y 
yo; no comprendo la amistad entre un hombre y 
una mujer. 

—Entonces 

— Entonces, Belén, comprenderá usted que sien- 
to algo mas. 

— ¿Hacia mí? preguntó la joven temblando. 

— Sí: siento amor. 

— ¿Amor? ¡ah! como abusa usted, Federico^ 

de esa palabra. ¡Amor! ¡cuánto se agravia un nom- 
bre tan hermoso! Los hombres como usted lo lle- 
van en los labios y lo prodigan o para abusar de la 
credulidad de una niña ó para turbar el alma de 
una desventurada como yo; felizmente entre nos- 
otros es imposible ese afecto: hablemos de otra 
cosa. 

— ¿Imposible? puedo j urar 

—¿Para qué? Ha pensado usted hoy en subyu- 
gar una mujer mas y se olvida usted de que aun- 
que no tuviera espejo para desengañarme tengo 
oídos que escuchan su mal. 

— No comprendo 

— ¡Soy fea! 

— ¡Delirio! 

— ¡Oh! sí: usted mismo lo dijo. Los hombres no 
buscan en la mujer mas que la belleza del rostro, 
aunque tenga el alma horrible; ¿que importa? 



— obí- 
iiiors** quilata en el mundo solo por la cara 

no quiero ser amada ¡no! ¡dichosa la que na- 

rr fea! 

-No fliio tal cosa, interrumpió Federico tur- 

— i A.) ui bien claro 

—Bien: entonces estaba loco; no, entonces era 
un necioj ¿quién ha desoritx) la hermosura? Reco- 
nozco mi emir: la belloza so encierra solo en el 
corazón. 

— Déjeme usted, Federico. 

— No puede ser porque amo á usted. 

— ¿Amarme? esclamó la joven pasándose la ma- 
no por la frente, y queriendo de nuevo levantarse 

hizo un vano esfuerzo. ¡Amarme! ¡Oh! ¡calle 

usted, Federico! ¡silencio! ¡no debo, no puedo, no 
quiero oir esa confesión! 

— ¿Porqué? 

— Porque no me pertenezco; porque tengo que 
guardar el nombre que voy á recibir; porque he 
comprometido mi mano y mi corazón. 

— ¡El corazón no! 

— ¡Sí! ¡si! ¡déjeme usted! ¡vayase usted de esta 
casa! 

— No me iré; es preciso que usted me perdone 
la ofensa que le inferí por lijereza 

—Todo, todo lo perdono, pero vayase usted; ¡no 
puedo escuchar sus palabras! ¡no pretenda usted 
hacerme infeliz! ¡seria una crueldad! 



—388— 
— No consentiré en que usted se case con otro 
hombre porque la amo: el tiempo probará á usted 
si mis palabras son mentira: hago á usted respon- 
sable de cualquier determinación que tome y cul- 
pa suya será lo que suceda por no haberme oido. 

La joven bajó la cabeza y sintió que las lá- 
grimas se abrasaban en sus párpados, pugnando 
por correr para desahogar su pecho. 

Federico salió después de estrechar con efu- 
sión una mano de Belén que no pudo separar aun- 
que lo intentó. 

Cuando don Antonio entró en la sala todavía 
estaba Belén inmóvil en el mismo sitio, sin poder 
darse cuenta de lo que habia pasado. 

Don Antonio no se atrevió á dirijirle la pala- 
bra, pero le bastó observar su rostro para conocer 
que Federico habia estado alli. 

El hombre que ama en el aire aspira las e- 
manaciones que se han escapado al alma de la mu- 
jer. Don Antonio encontró la sala impregnada de 
amor, pero ¡ay! era la corriente magnética del 
amor de Federico y de Belén. 



XII 



Muy ajeno estaba Silvio del cambio de su ami- 
go; aunque lo visitaba á menudo nunca se atrevió 
este á decirle una palabra sobre la pasión que Be- 



len había despertado vw .'K \ii porque temiera las 
clianzonetas, indispensable.s siempre en hombres 
'le HU carácter, yaporíinc ¡uñando de veras (jiutÍii 
'•onservar el misteri- 

Nada habla adelantado Silvio, ape.sar de yus 
«ombinaciones, en su proyecto contra los cincuen- 
ta mil pesos del dote, pero iba preparando el terre- 
no con solo decir á todo el mundo que estaba ena- 
morado de Belén por sus escelentos prendas y por 
su buena educación. 

Decidido al fin á estrechar de una vez la dis- 
tancia y declararse ji la joven fué á su casa el dia 
después de la entrevista de estacón Federico. 

Al entrar Silvio no pudo menos de dar gra- 
cias a la Providencia pues Belén estaba sola, con- 
sagrada como siempre á la labor, única tarea que 
podia distraerla del combate interior que sostenia; 
6\ esclamó para sí: 

— La suerte me proteje pues la muchacha está 
sola y no dejo escapar la ocasión. ¡A vi -ya atrape 
el milloncejo! 

Belén le hizo un saludo frió, como quien sien- 
te que la interrumpan en sus meditaciones, pero 
Silvio sin notarlo se adelantó; ella le dijo: 
—Federico ha salido. 

— Si usted me permite, señorita, lo esperaré. 
— Tome usted asiento. 

Silvio, apesar de su carácter algo audaz con 
las mujeres, se encontró embarazado para entablar 



—390— 

líi con versación, lio sabiendo como hacerla rodar a,- 
donde pretendia; asi es que hubo un silencio de al- 
gunos segundos; decidióse al fin á hablar tomando 
á Federico por pretesto. 

— ¿Sabe usted, preguntó, si Federico volverá 
pronto? 

— Lo ignoro, contestó ella secamente. 

— El sale de la casa de comercio á las tres y ya 
son las cuatro; sin duda alguna-mujer se ha cruzado 
en su camino. 

Belén alzó la cabeza para mirar fijamente á 
Silvio, pero volvió á bajarla diciendo: 

— ¿Una mujer? 

— Si: mi amigo es terrible en ese particular y 
como tiene tanta fortuna no es estraño que ande 
siempre ocupado. 

Esta vez Belén dejó la costura, pareciendo 
que se interesaba en la conversación; comprendió 
al instante el joven la causa y trató con la mejor 
intención de poner en mal lugar á Federico para 
que Belén se desimpresionara, ignorando como ya 
he dicho el cambio que en él se habia verificado. 

— ¿Según veo, está usted muy informado de la 
vida de su amigo? 

— ¡Oh! no tiene secretos para mí; en Madrid era 
yo su confidente y llevaba el alta y baja de todas 
sus pasiones; aqui disfruto también de su entera 
confianza; es un escalente muchacho, con un cora- 
zón magnífico, pero un poco calavera; no le dura 



iiKMlio ut'i curazoii. 

- No te comprendo. 

,.No sabias que amaba ú Belén? 
—¿Tú? ¡has perdido el juicio! 
— Sí: la amaba y me has dado un golpe l'alai 
o siento; pero debías haberme advertido 

[iif .su dinero 

— Eres un malvado si piensas de ese modo. 
— Tú me enseñaste á pensar así: acuérdate de 
i a fonda de Aranjuez. 

—¡Voy á beber tu sangre! 

<)ué demonio! ¿eres sanguijuela? Deja (jur me 

— Te costará cara esa risa; toda tu sangre 

— ¿Qué placer por hi sangre se ha despertado 
<n tí desde ayer? ¿Te has hecho brusista? 

— ¡Sal de aquí! has matado mis ilusiones. 

— Me voy porque no quiero olvidar lo que debo 
á una amistad tan antigua como la nuestra, pero 
si mañana no te has arrepentido de los insultos que 
acabas de prodigarme, también yo me veré obliga- 
do á olvidarlo todo. 

Silvio salió encogiéndose de hombros y pen- 
sando con fundamento que su amigo se habia vuel- 
to loco. 

Y con efecto aquel golpe afectó de tal modo á 
Federico que en todo el día pudo darse cuenta del 
estado de su razón, 

50 



-394— 



XIII. 



El insomnio se entronizó aquella noche en la 
casa; solo dona Carlota durmió tranquilamente, 
gozando con la idea del próximo enlace de su hija. 

Don Antonio estuvo desvelado porque com- 
prendia que algo habia pasado entre su futura es- 
posa y su pro tejido. 

Belén no durmió llorando amargamente al re- 
cordar las palabras de Silvio que destruyendo 
todas las ilusiones que habian empezado de nuevo 
á germinar en su alma. 

En cuanto á Federico el lector comprenderá 
demasiado que le fué imposible conciliar el sueño, 
conociendo cuanto desprecio abrigaria Belén por 
su conducta; no podia quedarle duda de que ella 
habia dado crédito á la confesión de su amigo 
pues lo espresaba bien la mirada que le habia di- 
rijido por la mañana. 

Siéndole imposible soportar la situación en 
que se hallaba colocado, apenas amaneció fué á 
despertar á don Antonio, pero sorprendióse de en- 
contrarlo vestido á aquella hora. 



—395- 

— ¿Levantado ya? le dijo. 

—Sí: pasé mala ii'>''l!" 

— Yo también. 

— ¿EstA usted indispuesto? 

—No: ¿y usted? 

—Tampoco. 

— Entonces 

—Entonces, quiere decir, amigo Federico, que 
una misma causa nos desvela. 

— Puede ser, contestó el joven. 

-~Y es preciso que termine de una vez ese esta- 
do tan violento para los dos. 

— Celebro en el alma que me hable usted asi, 
pues hace dias que necesitaba una esplicacion. 

— Hable usted. 

Federico abrió su corazón á don Antonio que 
le escuchó impasible al parecer, pero en su inte- 
rior sentía una pena profunda que lo atormenta- 
ba; cuando aquel le refirió lo ocurrido la víspera 
con Silvio le dijo: 

— Ya conoce usted, Federico, que el mal es irre. 
mediable; usted tiene la culpa en haberse fran- 
queado con su amigo de una manera tan esplícita. 

— Tiene remedio, esclamó Federico, porque ha- 
ré comprender á Belén que Silvio me ha calum- 
niado con una intención torcida. 

— Me estraSa mucho, amigo mió, oír hablará us- 
ted así, pues no hace dos meses que discurría us- 
ted de muy distinta manera. 



-396- 

— Es verdad, pero lian pasado para mí tantos 
sucesos en dos meses que no debe usted estrañar el 
cambio de mis ideas. 

— Muy repentino lo encuentro, apesar de todo lo 
que usted me dice. 

— Fué la impresión de un momento de crisis; 
mi alma habia sufrido muchos desengaños y un 
rayo de luz la iluminó; oí la voz de la razón, de 
los años y de la esperiencia que me hizo conocer 
cuan estraviado estaba en mi modo de pensar. 
Amo á Belén y no puedo vivir sin ella. 

— ¿Quiere usted por ventura exijirme que re- 
nuncie á un amor que he labrado en muchos años, 
hoy que he visto realizada mi esperanza? 

— Tengo la convicción de que se casa usted con 
Belén porque estima sus prendas en lo que valen- 

— No, esclamó don Antonio interrumpiéndole; 
me caso con Belén porque la amo; ¿cree usted aca- 
so que debajo de esta cabeza gris no hay un cora- 
zón que palpita todavía con toda la fuerza de los 
primeros años? ¡ Ah! se equivoca usted. ¡Debajo de 
una montaña cubierta de nieve se esconde un vol- 
itan! ¡No, no! ¡no renunciaré á Belén porque 

In amo como un niño! 

— Belén no puede amar á usted; mentiría al 
pronunciar su juramento. 

— El juramento que pronuncie ante el altar lo 
ha pronunciado ya ante Dios: lo guardo en mi co- 
razón. 



-31)7- 
S(»ni usted infeliz con ella porque me ama; 
II el desprecio que ayer me manifestó por las pa- 
i.iljras de Silvio liabia mucho amor; ¡oh! si no me 
iTuara ¿qué le importaria mi modo de pensar rela- 
ivamente á las mujeres? Piénselo usted bien, don 
Vntonio; esa mujer me pertenece; hace dos dias 
|ue le declaré mi pasión y temblaba; sí, sí, me 
mía y será niia aunque el mundo se interponga 
"^v" los dos. 

>on Antonio se habia quedado inmóvil al oir 
iíis últimas frases de Federico; pero volviendo en 
Á un instante después corrió á la estancia de Be- 
lén y la trajo de la mano; la palidez de su rostro 
revelaba el miedo que tenia al resultado de la de- 
urminacion que iba a tomar; Belén retrocedió dos 
pasos al ver á Federico, pero don Antonio, usando 
del toi.o afíible que le era natural, le dijo: 

— Federico sabe que Silvio lo ha calumniado pa- 
ra hacerse lugar á tus ojos y desea sincerarse; con 
ese objeto te traigo. 

Belén se estremeció; don Antonio, confiado 
sin duda en el compromiso de la joven se colocó 
en segundo término y con los brazos cruzados se 
preparó á escuchar sus palabras. 
Federico dijo algo conmovido: 
— Agradezco á don Antonio el paso que acaba 
de dar porque no podia conformarme con aparecer 
tan miserable á los ojos de usted, Belén, a quien 
amo con todo mi corazón. 



—398— 

— Federico^ ya nada puedo oir porque tengo que 
guardar puro el nombre que voy á llevar; ya no 
pertenezco al mundo. Nadie tiene derecho á tur- 
bar la tranquilidad de mi alma. 

— Yo la turbaré porque no puedo consentir en 
que usted me abandone por una acusación injusta; 
desprecio el oro que don Antonio ofrecía á usted; 
trabajaré, Belén, para los dos, y seremos felices 
como si nadáramos en la abundancia. 

— No pretenda usted por un mero capricho que 
olvide el cumplimiento de mis deberes. 

— ¿Capricho? ¡no! Dios con su manto cubre á las 
almas que se quieren; ¿quién puede romper el la- 
zo que las une? 

— El deber rompe todo lazo; por él debo sacrifi- 
carme. 

— ¿Sacrificio? ¡oh! esa palabra vende á usted, 
Belén. 

— Federico, esclamó esta haciéndose superior á 
la lucha que sostenía, olvídeme usted, salga de es- 
ta casa para siempre. 

— ¡Es imposible! 

— ¿No vé usted que no tengo fuerzas para sos- 
tener este combate? 

Y las lágrimas saltaron de sus ojos; volvióse 
y al ver á don Antonio inmóvil se arrojó en sus 
brazos dando un grito: 

— ¡Sálveme usted! ¡Perdón por mi estravio! yo 
sabré cumplir 



—890— 

— ¡No! esclamó don Antonio; acabas de abrirme 
til corazón y he leído en él; Federico, estime ub- 
tod en lo que vale el sacrificio mió. 

Y cojiendo las manos de los dos jóvenes l.w 
unió mirando :i! lospues de un momento 

dijo: 

— Sean ustedes felices. 

— ¡Ah! ¡quó erapcion! dijo Federico 

— ¡Quó ventura! esclamó la joven ci-i entre 
dientes. 

— Serán ustedes mis hijos y gozaró con la dicha 
de veHos contentos. 

— ¿Con qué puedo pagar á usted esta deuda de 
gratitud? preguntó la joven escesivamente conmo- 
vida. 

— Con tu carino. 

Doña Carlota entró en aquel momento y al 
saber lo que pasaba, al ver irradiar en la Árente de 
su hija el contento, abrazó á los tres ebria de fe- 
licidad. 



XIV. 

El lector no necesita saber mas. 

Federico se casó con Belén y hoy asegura á 
todo el inundo que es completamente feliz con una 
mujer que adora en él y que le ha dado un vasta- 
go que forma todas los encantos de su vida, que le 



—400— 

lia doviiclto s\is ilusiono^ y que lo anima á traba- 
jar para sembrar de goces su porvenir. 

Federico ha conocido su error sobre hi belle- 
za y cree como Mad. Lanibert que el hombre no 
«lebe casarse por la impresión de la vista y ain re- 
llexionar; la hermosura y la fealdad llegan á ser 
lo mismo, pues ambas disminuyen con el hábito de 
verlas. Cuando se juzga por las cualidades del co- 
razón poco importa lo demás. 

Se ha reconciliado con Silvio que pidió per- 
don a Belén, confesándole las intenciones que lo 
dictaron su acusación contra 61. 

Don Antonio se convenció al cabo de que la 
vida tiene sus épocas y de que su amor era e-stem- 
povdneo: en la bondad de su alma quiere á los dos 
jóvenes como si fueran suí hijos, y los ha nombrado 
herederos de su cuantiosa fortuna. 

D%a Carlota es feliz: ¿cómo no ha de serlo 
siéndolo su hija? 

¡Ah! el ejemplo de Federico es una gran lor 
eion para la humanidad; él ha jjiprendido que el 
dinero y la hermosura no realizan los sueños del 
corazón. 

La felicidad es una nube que pasa y vá á des- 
cargar donde, cuando y como quiere. 



HISTORIA SEST4. 

VIRGINIA. 

RELACIÓN DEL COMERCIANTE. 



vii^GhiisriA., 



¡Cómo malgasta la juventud el tiempo y el 
dinero! 

El tiempo y el dinero son sinónimos para los 
liombres de negocios. 

Una hora empleada en perseguir una mujer 
es la pérdida de una idea lucrativa. 

Una noche de baile ó de fiesta es un insomnio 
desperdiciado en el cual podia consultarse con la 
almohada una operación comercial que sirviera de 
base para una fortuna. 

Un dia de campo es una resta de la suma del 



—404— 

precioso capital que la Providencia nos dá con el 
nombre de tiem'po.' 

Una semana encina partida de placer es una 
bancarrota. *^^'^' 

Una vida entregada á las orgias y á los men- 
tidos placeres mundanales es un crimen. 

El trabajo es el filón de una mina produc- 
tiva. 

Sentados estos principios, voy á hacer el sa- 
crificio de acompañar á mis lectores á un baile de 
máscaras en el Teatro Real de Madrid. 

Estamos en el Carnaval de 1866. 

La mayor parte de mis lectores no habrán 
visto el Teatro Real de Madrid, pero no importa: 
es un salón magnifico con muchas luces y muchos 
adornos y sobretodo con mucha gente. 

He aqui lo que hace al caso. Entre esa mucha 
gente qi^se codea y se empuja y se pisa, hacién- 
dose la ilusión de que se divierte, vamos á seguir á 
im joven que retrata en su semblante un interés 
particular por la fiesta: busca algo y cualquiera di- 
na al ver la avidez con que sus ojos quieren pene- 
trar por entre los antifaces que es un celoso persi- 
guiendo á su amada para sorprenderla in fraganti. 

Sin embargo, Narciso Pimentel no vá disfra- 
zado; es un joven de veintiséis años, de aventaja- 
da estatura, de hermosa presencia y de maneras 
elegantes. 

Después de una hora de inútiles pesquisas, 



;insado de buscar lo que no encontraba, se sentó 
vil las banquetas delante de un palco vacio; casi 
al mismo tiempo entraron en este dos damas per- 
Icctamente envueltas en domrnós negros de seda» 
Narciso ni siquiera se dignó mirarlas, pero ellas no 
-r[)araron de él la vista. 

1 11 grupo que pasaba por delante del joven 
le hizo levantar la cabeza; la bulla que movia aho- 
gó por un momento la algazara de los concurren- 
tes y el estrépito de la música. 

Un centenar de personas se unieron al grupo 
para disfrutar de las ocurrencias oportunas de una 
máscara que iba diciendo la buenaventura á todos 
los que se le acercaban. El interés habia crecido 
porque la máscara vestida de gitana que conocía á 
todas las gentes de viso que llenaban el salón ha- 
bia dicho grandes verdades, sacando los colores á 
la cara á mas de un señorón encopetado. I^s jóve- 
nes, animados con el ingenio de la gitana, se dis- 
putaban el honor de darle el brazo, pero ella se 
habia negado diciendo que buscaba á su caballero. 

La elegancia del talle, sus hermosas formas y 
su pié tropical acabaron de encender á la juventud, 
arrastrándola en pos del interés que produce el 
misterio de una hermosura que se adivina; for- 
mábanse mil comentarios, y unos la levantaban á 
la altura de las primeras damas de la corte mien- 
tras que otros aseguraban que era simplemente 
una aventurera; pero de cualquier modo se veia 



—406— 
perseguida por esa multitud de moza! vetes y cala- 
veras que van á un baile de máscaras en busca de 
emociones y de conquistas. 

La gitana se paró delante de Narciso que es- 
taba con el codo apoyado en el antepecho del palco; 
pero su presencia no consiguió hacerlo variar de 
postura. 

— He aquí un filósofo, dijo la gitana señalándo- 
lo con el dedo; Diójenes buscaba un hombre y este 
busca una mujer en un mundo alborotado, pero no 
vé que trae apagada la linterna. 

Una carcajada general acogió la ocurrencia 
de la gitana; Narciso se puso en pié, ya para de- 
fenderse de la burla de todos, ya porque aquellas 
palabras encerraban un secreto que para él no de- 
bia serlo. 

Su evolución hizo correr á la gitana y le im- 
pidió v^r que esta al separarse habia dejado caer 
dentro de su sombrero, que estaba sobre la ban- 
queta, el ramillete de flores que llevaba en la 
mano. 

Antes que Narciso se hubiera sentado la ma- 
no de uno de los dóminos negros del palco cruzó 
por encima del antepecho y se apoderó del rami- 
llete; cuando el joven se sentó ya la máscara, con 
esa perspicacia de la mujer, habia registrado las 
flores para sacar de entre ellas un papel. 

Volvió la espalda á la platea para que no pu- 
dieran sorprenderla y abriendo el billete leyó estas 



"Lü que bu.scatí está eu el tíaloa; lio cseas cie- 
U"o; pontíi en pie v mikIm si nnit'fcs r(';ili/:ir tu 

Laa manos de la máscara temblaban eonvul- 
.^ivamente; dobló el papel y volviendo ú colocarlo 
vn vi ramillete lo entregó á su compañera, dicién- 
<Iole al oido: 

— Toma, Carmen. 

— ¿Qué dice ese papel, Virginia? 

— Narciso es un infame: me engaña. 

La llamada Carmen aprovechó un momento 
vn que Narciso estaba distraído para esconder otra 
vez el ramillete en el sombrero: al ver que se pro- 
longaba su enagenacion, le tocó en el hombro y le 
dijo: 

— ¿Parece que el baile no te ofrece muchos a- 
tractivos? 

— Ningunos, respondió el joven volviendo la ca- 
beza para mirar á la que le interpelaba. 
— ¿Porqué no te vas á la cama? 

— Porque espero. 

— ¿Vives de la esperanza? ¡dichoso tú! Sin*em- 
bargo esa gitana te ha entregado un despojo del 
cual no quieres aprovecharte. 

— No te entiendo, máscara. 

— Busca, añadió Carmen riéndose y tomando el 
tono de la gitana. 



■408— 



—¿En donde? 



— En tu cabeza. 

— Estás de buen humor. 

— Si no tienes cabeza busca en el sombrero. 
Narciso miró maquinalmente dentro de este 
y apoderándose del ramo miró con fijeza á la da- 
ma del dominó negro. 

—No he sido yo, dijo esta, sino la gitana quien 
te ha hecho ese presente; cuidado no estén echi- 
zadaslasñoresy lleven en su centro algún veneno. 
No habia concluido de decir estas palabras 
cuando Narciso tropezando con el billete y leyén- 
dolo rápidamente se levantó como un rayo para su- 
birse encima de la banqueta y dominar el salón; 
al distinguir cerca de la orquesta la oleada de gen- 
te que seguia á la gitana corrió á incorporarse á 
ella. 

En el momento se puso en pié la máscara 
que habia leido el billete, esclamando: 

— Ven, Carmen; ese hombre es un miserable. 

—Cuidado, Virginia; puede comprender Narciso 
que lo vamos siguiendo. 

Y salieron del palco para presentarse en la 
sala, colocándose á alguna distancia de Pimentel. 
Apenas llegó este cerca de la gitana se abrió 
paso con los codos sin detenerse á considerar que 
faltaba alas conveniencias sociales, y merced á tan 
poderosos auxiliares se encontró cara á cara con 
la máscara, que al verlo esclamó: 



— 4UÜ— 
Ik' acjuíú Diüj enes con levita .|uc al lin ^ah 
*le su inercia; ¿á que adivino lo que buscas en v\ 
sulou? 

— Dame el brazo, dijo Narciso ai)oderAndf)se del 
«le la gitana y apoyándolo en el suyo. 



No es corto de genio, esclamó la 



lechazar la acción atrevida del joven. 

Sigúeme, dijo este con cierto tono de ini[)ei¡o. 

— jQiie la suelte! gritaron Algunos, incomodados 
;il comprender que ]^ quitaban el objeto de su di- 
versión . 

— ¡Paso! e.sclamó Narci.so. 

— ;Qu6 altaneria! anadió uno. 

— Señores, dijo la gitana adelantándose; yo tani. 
bien como Diójeues büscJ^ba un hombre y lo he en- 
contrado; he aquí á mi caballero. Paso ú la gi 
tana! 

A su voz todos se separaron, mirándose con 
asombro y envidiando acaso la fortuna del joven 
que había cautivado á tan deliciosa criatura. 

Narciso 3' la máscara salieron del salón, cru- 
zaron el corredor, bajaron una escalera y al entrar 
en el ambigú, sentáronse á una mesa: todo esto co- 
mo impulsados por una misma idea, pero sin ha- 
blarse una palabra, ni comunicarse una idea; el 
contacto del brazo de Narciso parecía haber quita- 
do su locuacidad á la gitana: la transformación 
fué notable. 

Detras de ellos entraron en el ambigú las dos 



—410— 
máscaras envueltas en sus dóminos negros; pero la 
una arrastraba á la otra que sentía flaquear sus 
piernas; solo quedaba vacia una mesa enfrente de 
la de Narciso y la ocuparon; podian desde allí ver 
pero no oir, lo cual las inquietaba. 

Narciso esperó que la gitana se quitase la, ca- 
reta para conocerla, pero esta tomando un vaso de 
agua descubrió para beberlo sdlo la boca y la 
barba. 

Aquella barba y aquella#)oca con dos magní- 
ficas hileras de dientes blanquísimos hubieran ani- 
mado á cualquier hombre, pero Pimentel permane- 
ció impasible. 

La máscara que conocemos con el nombre de 
Virginia, al ver aquella boca tan fresca y aquel 
cutis tan delicado, se envolvió masen su capuchón 
y comprimió 4a mano de su amiga. 

— ¿No piensas dejarme ver el rostro? preguntó 
Narciso á la gitana. 

— ¿Aquí? ¿estás loco? 

— ¿Tienes miedo? 

— Puede ser. 

— ¿Me conoces, máscara? 

— Creo que Narciso Pimentel ha venido esta no- 
che al baile atraído por una cita misteriosa. 

— Es verdad. 

— El billete de esta mañana era de la misma le- 
tra que el que acabas de encontrar en tu sombrero. 

— ¿Entonces has sido tú? 



— 111- 

—¿Dudas todaví 

— No; ¿puedo saber (juieii eres? 

—Una gitana. 

— Déjate de chanzas porque estoy en ascuas; me 
íiablas de la realización de mi sueno y dudo que tu 
talento sibilítico alcance á leer en mi interior. 

—¡Qué candido eres! Estás en vísperas de casar- 
tií con una mujer que fué hermosa, pero que apa- 
rece hoy á tus ojos de.slumbradora por su dinero y 
su posición, y quieres enlazarte siendo antes dipu. 
tado para valer algo á sus ojos. 

—¡Diablo! ¿quién eres tú? 

— Acabas de decirlo en tu esclamacion: el dia- 
blo disfrazado de gitana. 

— ¿Te conozco yo? 

— Me ves todos los di as. 

—¿En dónde? 

— En el mundo. # 

— Estás- misteriosa. 

— Soy un enigma; y sin embargo, las mujeres 
cuando llevamos esta careta artificial es cuando 
solemos decir la verdad. 

— Creo que nunca. 

— ¿Si soy hermosa te atreverás á amarme? 

— ¿No acabas de decir que me caso pronto? 

— Eso no importa: si Virginia te ama yo tam- 
bién; ella puede ofrecerte dinero, pero yo realizaré 
tus deseos y ¿quién sabe hasta donde te elevaré 



—412- 

— Me estás dando una verdadera broma, de Car- 
naval. 

— Exijeme pruebas y te convencerás. 

— Enséñame la cara. 

— Aquí no puede ser; me conoce todo el mundo. 

— Salgamos del teatro. 

— Seria peligroso; ven, y en el corredor me qui- 
taré la careta. 

— Vamos, dijo Narciso levantándose de impro- 
viso y arrojando un doblón sobre la mesa para pa- 
gar la cena que no habian tocado. 

Cuando entraron en el corredor la gitana se 
quitó la careta, presentando^ á Narciso un rostro 
peregrino; pero él, retrocediendo un paso, esclamó: 

--¡Estela! 

— ¡Silencio! dijo ella; nadie debe saber que he 
venido esta noche al Teatro Real. 

— ¿f|.dónde nos veremos? 

— En mi casa, mañana á las tres de la tarde. 
Narciso y la gitana volvieron al salón. 
Las dos damas de dóminos negros habian pene- 
trado en el corredor detrás de Narciso y vieron el 
rostro de la gitana, aunque muy de prisa porque 
ella lo cubrió al sentir sus pasos. 

— Yo conozco esa cara, dijo Virginia. 

— También me parece que la he visto m as de 
una vez; y no puede negarse que es bonita. 

— ¡Oh! ¡si! ¡muy bonita! esclamó aquella con 
acento de dolor. ¡Qué desengaño! La mano anóni- 



iii;i ([i cribió esta mañana no mintió al a- 

minci;irin(' (jiic Narciso vcmlria íil baile citado por 
MiKi mujer. 
- ,Qué mald.i 
— ;No! agradezco ci aviso p()r(|uc iiic oiisciwi á 
onocer al hombre á quien iba a ligarme para 
le; á las once se marchó de casa pretestando 
JIM ic dolia la cabeza. 

Ihia hora después habian desaparecido del 
l>ai'e las cuatro personas quoel lector ha visto en 
1 salón. 

Narciso, después de acompañar á Estela hasta 
su carruage, s(! embozó en la capa y apretó el paso, 
diciendo: 

— La fortuna parece quf \i\r -onríe; con Virgi- 
nia desafiaré las tempestades de la vida; con Este- 
la escalaré el poder. Colocad*^ <^"^v<. .l.>>: ii)in,^r"< 
(jue no amo el porvenir es mit 



II. 



Por si el lector es curioso, y el lector lo es 
siempre, voy á decir cuatro palabras sobre los cua- 
tro individuos del salón del baile, quitando las ca- 
retas de sus rostros para conocerlos bien. 



—414- • 

Narciso Pimentel, á quien he presentado con 
la cara descubierta, era sin embargo el que lleva- 
ba una máscara mas impenetrable; para él la vida 
era un perpetuo Carnaval, pues arrastraba una de 
esas existencias inverosímiles tan comunes en la 
corte, donde nadie pregunta ai que gasta mucho 
de qué mina se surte para sus ostentaciones. 

Narciso alternaba con la alta sociedad, mon- 
taba soberbios caballos, arrastraba trenes lujosos, 
vestía con todo el rigorismo de la derniére, comia 
en casa de Lhardy y estaba abonado á los teatros; 
nadie conocia el capital que daba abasto á tan rui- 
nosas necesidades, y el capital no era otro que el 
tapete de una mesa de juego; los queleveian jugar 
decian que despreciaba el dinero, y nunca llegaron 
á comprender que el azar le favorecía demasiado, 
siéndola base de aquella fortuna. 

Nadie leia en la impasibilidad de su rostro la 
lucha que estaba sosteniendo con la suerte, porque 
Narciso era avaro en estremo y hacia un sacrificio 
inmenso al derrochar sus ganancias; su prodigali. 
dad era una semilla que sembraba en terreno fér- 
til para cojer después el fruto. 

Y el fruto estaba ya maduro, según su mane- 
ra de ver. 

Narciso iiabia conocido en los salones á Vir- 
ginia, y con su buen ojo comprendió al momento 
que debia avasallarla para sentar sólidamente su 
fortuna. 



Virginia era un s^A poniente; traia tnis de ai 
una reputación coloyal de belleza que aun conser- 
vaba en los rasgos do su fisonomia y en sus for- 
mas bien torneadas. Virginia rayaba en los cua- 
renta anos y al ver acercarse esa época se desespe- 
laba, luchando heroicamente por detener los cre- 
púsculos que Msoninban en forma de canas y de 
arrugas. 

ba al mismo tiempo por su trato y su talento; he- 
redera de una fortuna respetable y descendiente 
de una familia ilustre se habia visto perseguida 
por ese turbión de adoradores que rodea a las mu- 
jeres hermosas y ricas, lastimando sus oidos con las 
lisonjas, y sus ojos c(m el incienso que perpetua- 
mente queman en su presencia. Desconfiando de 
todos los hombres ó creyéndose en muy alto pues- 
to para descender habia dejado escapar los años de 
su juventud desvanecida y halagada, y cuando lle- 
gó un hombre á interesarla sucedió lo que gene- 
ralmente sucede: que su elección no fué acertada. 

iN^irciso no era capaz de amar á ninguna mu- 
jer; para él en el mundo solo el dinero tenia atrac- 
tivos; así es que la ternura y los obsequios que 
prodigó á Virginia no fueron mas que medios estu- 
diados para rendirla. 

Y io consiguió hasta el punto de traslornar la 
razón de aquella mujer que le ofreció su mano, sin 
considerar la diferencia de edad, ni averiguar los 



—416— 
antecedentes del hombre á quien iba á sacrificar- 
lo todo. 

Próximo ya el dia de ventura para Narciso, 
desvelábase este en su aniíbicion por cubrir su ver- 
dadero estado con un oropel social: ambicionaba 
salir diputado, es decir, queria ser todo y nada á 
lavez, y para conseguirlo habi a puesto enjuego las 
relaciones de las infinitas personas que lo trataban 
en la corte sin conocerlo. 

Y en casa de uno de los hombres de mas viso 
y mas notables que lo protejian en su candidatura 
liabia conocido Estela á Narciso Pimentel. 

Estela era simplemente una bailarina de la 
compañía del Teatro Real, que estaba haciendo fu- 
ror por su belleza, por su ^acia y habilidad en el 
llamado arte coreográfico y sobretodo por su favo- 
ritismo con el personaje citado que era la. palanca 
secreta del gabinete. 

Estela concibió una pasión por Narciso que 
este no comprendió, ageno á las intrigas del amor; 
necesitando abrirle los ojos quiso utilizar su valer 
en pro de su pretensión y le escribió el billete que 
llevó al joven al baile de máscaras; y sabiendo sus 
relaciones con Virginia envió á ésta otro anónimo, 
segura de que los celos la llevarian al baile y 
viendo á su amante con una rival romperia aquel 
matrimonio que le estorbaba para sus miras ulte- 
riores. 

Lo que Estela habia meditado sucedió, según 



los lectores han podido ver;Narci.so íuú arrastrado 
por las palabras misteriosas del billete y al encon- 
( rarse con Estela comprendió al vuelo cuanto po- 
lia servirle aquella mujer con su influencia pode- 
rosa. 

Virginia se exaltó al leer el anónimo, pero ii- 
brigando el recelo se disfrazó con Carmen, amiga 
(lo toda su confianza, para sorprender íi su futuro 
en la intriga que le anunciaban. 

Ahora que todos nos conocemos continúo mi 
historia, sin temor de que me interrumpan para 
pedirme detalles de las cuatro personas de quienes 
al empezar este capítulo dije que iba á consignar 
cuatro palabras. 



III 



Los lectores van ii conocer á otro personage 
que ó no asistió al baile de máscaras del Teatro 
Real ó se nos oscureció entre la multitud que lle- 
naba los salones. 

Don Gustavo Girón era un joven de treinta 
años, de aspecto agradable, comunicativo, audaz 
hasta lo sumo y que representó una parte muy ac- 
tiva en las Cortes Constituyentes que brotaron al 

53 



-418- 
calor de la revolución de julio de 1854 y que se 
sosteoian aun en la época en que empieza mi his- 
toria; Girón, apoyado por su osadia y por el vali- 
miento que á poca costa adquirió en las jornadas 
de Madrid, habia logrado que la provincia de Bur- 
gos, su suelo natal, apoyara su candidatura. 

Después, sus discursos, sembrados de ideas 
mas atrevidas que sólidas, hicieron que la aten- 
ción se fijara en él, llegando á ser lo que en políti- 
ca se llama un hombre importante. 

Girón ambicionando subir no se paraba en lob 
medios, siendo de aquellos hombres públicos que 
2>rofesan la doctrina de que todos son buenos para 
escalar el poder; tenia que pararse mas en este 
particular porque no contaba con bienes de for- 
tuna. 

Usando de la estrategia parlamentaria se ha- 
bia hecho lugar y su actitud no habia dejado de 
inspirar algún temor al gabinete; conocia á Narci- 
so Pimentel y le profesaba afecto, pero ese afecto 
de los hombres públicos que no puede quilatarse 
por los apretones de manos espresivos ó por pala- 
bras de interés que no son mas que palabras. 

Girón habia presentado á Narciso en casa del 
personage incógnito de quien Estela era favorita, 
recomendándolo para las nuevas elecciones que 
debían hacerse en un distrito vacante por muerte 
del diputado electo. 

En aquella casa habia conocido Estela á Nar- 



f 



-ll'J- 

I y comprendiendo Gustavo Girón por las prc- 
iiiiti^ (!<• ¡ifiuella que le interesaba el candidato se 
[irostó á ¡ipoyíir las pretensiones para que viendo á 
la l)ailarina so distrajera algún tiempo con sus re- 
laciones, dándole un resultado que lo desvelaba. 

Porque Girón que conocía (i Virginia liabia 
concebido esperanzas de deshancar á su amigo, des- 
lumbrúndola con el prestigio de su popularidad 
(ue es siempre un aliciente poderoso para las mu- 
lares. 

Virginia, comprometida ya con Pimentel, no 
si> había fijado en los obsequios de Girón que acep 
taba con el carácter de amigo de su amante, pero 
sin comprender que llevasen una idea que enton- 
ces no cabia en vsu mente y mucho menos en su co- 
razón; pero su amabilidad daba alas á la traición 
de Gustavo que ya por su demasiada presunción, 
ya porque no sabia distinguir en el trato, no per- 
donaba medio para conquistar á Virginia, cuyos 
bienes podían servirle de gran base para adquirir 
una posición respetable. 

Sabiendo por Estela que Gustavo Girón habia 
ido al baile citado por ella, fué á casa de su amigo, 
á quien encontró levantándose: 
— Adiós, compañero, le dijo. 
— jCompañero! ¿Se burla usted, Gustavo? 
— No sea usted candido; cuando se solicita una- 
cosa es preciso acostumbrarse con tiempo á sus con- 
secuencias. 



—420— 

— Mi solicitud me desvela. 

— Parece que no madruga usted mucho para se- 
guir las huellas á la fortuna, que co^re mucho en 
poco tiempo, y en perdiéndole una vez la pista no 
se vuelve á tropezar con ella. 

— No descanso; recuperaba lo perdido pues ano- 
che estuve hasta muy tarde en el baile de másca- 
ras; y puedo asegurar á usted que no se desperdició 
la noche. 

— jBa! alguna intriguilla de colegial; no hará us- 
ted carrera, amigo mió, si todavía las mujeres lo 
desvelan. 

— Se equivoea usted; es verdad que median fal- 
das en el asunto, pero no soy hombre capaz de per- 
der mi tiempo con una mujer simplemente por los 
atractivos de su belleza: busco siempre en ellas al- 
go de provecho. 

— Es usted con el sexo mas tirante que yo, pues 
apesar de lo que he dicho, todavía me arrepiento 
de algunos arrebatos. 

—Ya sabe usted cual es mi idea fija. 

— ¡Oh, sí! 

—Pues bien, tropecé anoche con la fortuna dis- 
frazada de gitana. 

— Eso anuncia una buena ventura. 

— Ese juego de palabras es exactísimo. 

— Ya comprendo; encontró usted allí á la mar- 
quesa del Álamo, fresca todavía, que cree tener 
grande influencia con los prohombres de la situación. 



— 


121— 






-¡Quiá! mi mjiscarii 


vale 


mas que la maniuesa 


'K'l Álamo. 








— ¿Seria la piiiiui -l'l 


,,,;,,;. 


t ri <' 




— Vale mucho ma 








— ¡Demonio! ¿qui» 




uiiila 


(le tanto valí- 


miento? 








—¿Quién ha de ser? Estela 







— ¡Hola! ¿la bailarina? Si hubiera usted logrado 
conqui^arla podia cantar victoria. 

— Confio en la discreción de usted y no quiero 
ser reservado para que me aconseje. 

— Cuente usted conmigo para todo. 

— Con mucho gusto; recibí una cita misteriosa y 
topó con Estela en el salón. 

— Es usted un monstruo de suerte; como hom- 
bre y como pretendiente envidio esa venturosa con- 
(|uista. 

—Lo creo. 

— Estoy seguro de que la máquina que llaman 
mundo está movida por la mano de una mujer. 
No desperdicie usted la ocasión porque se halla en 
camino de subir mucho valiéndose de esa escalera 
que le facilita sus peldaños. 

— Con permiso de usted voy á vestirme porque 
á las tres me aguarda en su casa. 

— La fortuna, amigo mió, cobija á usted hoy con 
alas de algodón, pero apesar de la apariencia lo 
llevarán al pináculo. Terpsicore impera hoy por- 
que ha rendido con sus piruetas al mismo Marte. 



—4:22 — 

Hasta luego, pues la representación nacional me 
reclama: van á dar las dos. 

El diputado presente y el diputado futuro se 
separaron alimentando sus sueños de fortuna: sue- 
ños que tenian por base los pies de una bailarina. 



IV 



Al pisar Narciso la alfombra del salón de la 
casa de Estela creyó que se habia equivocado, 
pues no podia creer, apesar del favoritismo de que 
gozaba, que aquellos magníficos sillones y mesas, 
aquellas molduras doradas, aquella profusión de 
vasos y adornos de china fueran el mueblage de 
una bailarina. 

Encojióse de hombros asombrado y se dejó 
caer en un diván de terciopelo, acercándose á la 
chimenea en la que ardian gruesos troncos. No tar- 
dó cinco minutos en presentarse Estela pudorosa- 
mente envuelta en una bata de cachemir que di- 
bujaba sus soberbias formas, aquellas formas que 
por la noche entusiasmaban al público, presenta- 
das demasiado al natural. 

Estela estaba bellísima con su traje oriental, 
pero Narciso no se conmovió: no parecía sino que 



ujuel hombre no tenia una fibra sensible para las 
mujeres, según la indiferencia con que las con- 
loniplaba. ¡Narciso era hombre de talento! 

Aceptó la mano que ella le presentaba, sin cor- 
responder con inteligenciaá la presión que le abría 
el camino de la confianza. 

Sentados los dos en el mismo diván dijo ella: 

—Estoy segura, señor de Pimentel, que no for- 
mará usted buen concepto de mí porque le he da- 
do una cita en mi casa. 

— Me creo dichoso, Estela, con el lavor que he 
merecido. 

— Me parece, sin embargo, que es usted un hom- 
bre tan entregado á la política que no cabe en su 
corazón otro amor que el de la ambición. 

— Es verdad que soy ambicioso, pero por una 
mujer como usted olvido todo, dijo Narciso hacien- 
do un esfuerzo por ser galante. 

— Perdone usted mi estravio, pero no he podido 
Jiacerme superior á una impresión que hace dias 
me domina; Narciso, amo á usted y no temo decir- 
lo porque para mí las leyes sociales no tienen la 
importancia que el mundo quiere darles. 

— Yo también estoy dispuesto á amar á usted, 
esclamó el joven con un fuego estraño á su organi- 
zación, fuego que sin duda era impulsado por haber 
visto en aquella confesión de Estela asegurado su 
pensamiento. 

— Acaso, continuó la bailarina procurando apa- 



—424- 
recer pudorosa, sea verdad lo que usted me dice 
pero debo dudarlo porque he aprendido a descon- 
fiar de los hombres, 

— De mí no debe usted dudar. 
—Sé que la ambición domina á usted y sé que 
se desvive ahora por ser diputado; pues bien: ase- 
guro á usted su elección porque tengo medios para 
obtener el triunfo. 

—Cuento con la protección de usted, Estela. 
—Para ello es preciso que reciba una prueba de 
cariño, un sacrificio por parte de usted que me a- 
credite que soy algoá sus ojos. 

—No tema usted decírmelo porque estoy pronto 
á todo. 

— ?No dudará usted? 
—¿Dudar yo? jlmposible! 

—Narciso, sé que debe usted casarse con Virgi- 
nia; cuando se ama de veras no se consiente la 
existencia de una rival. 

— ¿Qué dice usted? preguntó Narciso como heri- 
do por un rayo. 

— Digo que para corresponder al amor que abri- 
go en mi alma es necesario que rompa usted su 
matrimonio con Virginia; es una consecuencia in- 
mediata: ó ella ó yo. 

Tan asombrado quedó el joven con la exijen- 
cia de Estela que no pudo en algunos segundos 
contestar, ni casi darse cuenta de lo que por él pa- 
saba. 



-42.")- 

La bailarina comprendió al momento el moíi- 
V») do la vacilación de Pimentel y herida en su 
amor propio, no queriendo romper el silencio en 
que aquel se habia encerrado, se puso 4 morder los 
cordones de seda de su bata, desflecándolos sin pie- 
dad, 8Ín saber acaso lo que hacia. 

Viendo que trascurrian los instantes y que 
Narciso 6 no quería ó ti > •" ■■♦•"vin m hablar. íiizo 
un esfuerzo y dijo: 

— ¿Parece que ha sorprendido á usted mi prcv 
jiosicion, señor de Pimentel? 

—No por cierto, contestó el joven, pero estaba 
pensando en las consecuencias de una campanada 
tan ruidosa como la que se daria con el rompi- 
miento de mi matrimonio, del cual tiene conoci- 
miento todo Madrid. 

— Mas en mi abono para exijir á usted ese sa- 
crificio, pues no podría tolerar que todo Madrid 
viese en mi amante al futuro de otra mujer. 

—Es verdad; usted conoce, sin embargo, Estela, 
que necesito algún tiempo para buscar un medio 
decoroso; y ofrezco á usted buscarlo pronto. Creo 
que fiará usted en mi palabra. 

— Debo fiarme. 

— Aquí tiene usted aína nota que es preciso po- 
ner en circulación porque no hay tiempo que per. 
der; el día de la elección se acerca. 

— Será usted servido, señor diputado, dijo Este- 
la con una sonrisa graciosa qué hubiera estrcmeci- 



—426— 
do á cualquier hombre que no fuera JSarciso Pi- 
mentel. 

Comprendiendo que nada adelantaria y cre- 
yendo cumplida su misión salió, estampando un be- 
so en la mano de la ninfa coreográfica. 

Cuando Narciso puso el pié en la calle com- 
prendió todo lo triste de su posición: se veia obli- 
gado á optar como Páris entre las dos mujeres: u- 
na leofrecia la posición social y otra la riqueza; la 
elección para un avaro no era dudosa, pero sí para 
un avaro ambicioso que necesitaba de las dos. 

En cuanto á Estela, apenas salió JSarciso, dio 
con su diminuto pié un fuerte golpe en la puerta 
que se cerró con estrépito, y echando á la chime- 
nea la nota que el joven le habia dado esclamó 
con ira: 

—¡Bien empleado me está! me veo obsequiada, 
perseguida por muchos hombres que se disputan 
una mirada mia y me dejo impresionar por un mi- 
serable que ni siquiera ha reparado en mi belle- 
za ¡Oh! romperé ese matrimonio, porque 

ya no es mi amor quien lo desea: es mi amor pro- 
pio quien lo exije. Lo subyugaré y para contentar- 
lo daremos un poco de cebo á su ambición 

Pero no ahora: después que el mundo sepa mi 
triunfo. 

Estela escribió una carta al diputado Girón y 
mandó á un criado que la llevase en seguida á su 
destino. 



1-J7— 



V. 



Vnizima nos i'.spfrii; no iicccsiio <'sior/:uiiu' 
mucho para que el lector comprenda cuan angus- 
tiosa seria su situación después de haber visto lo 
ocurrido en el baile del Teatro Real que ponia pal- 
pable la traición del hombre que debia enlazarse 
con ella para siempre. Los esfuerzos de su buena 
amiga Carmen para calmarla en su desesperación 
fueron inútiles; Narciso con su conducta habia 
herido no solo (3I profundo amor que ella le profe- 
saba sino también su orgullo. 

Y el orgullo de una mujer cuando vé ponerse 
el astro de su belleza es muy susceptible; el terre- 
no que pierde le hace abrir los ojos para observar 
donde pone el pié; teme una caida á cada paso 
aunque no lo confiesa; el espejo la engaña, pero re- 
cuerda la frescura de su cutis que vá desaparecien- 
do, como desaparece el matiz de la rosa al dia si- 
guiente que abre á los rayos del sol, y vé reflejada 
esa frescura en las purpúreas mejillas de una rival. 

¡Oh! debe ser espantoso para la imajinacion 
de la mujer el anuncio de su derrota, sobretodo 
cuando todavia vive de esperanzas y sueña con 



-428- 
las ilusiones; ella no puede como Josué detener el 
curso al sol para seguir peleando, y debe contem- 
plar con horror á la juventud que la empuja y que 
deslumbra con las gracias que ella ostentaba ayer. 

Virginia tenia en el corazón todo el fuego de 
los primeros años, porque no lo habia gastado en 
las luchas poderosas del amor, y cuando el corazón 
.se siente lleno de vida, niño todavía para las pa- 
siones, es triste contemplar que el tiempo im. 
placable marchita en el rostro esos atractivos que 
son los que seducen, los que inflaman el alma de 
la persona que se quiere. 

Al abrir su corazón á las impresiones del 
amor comprendió que habia perdido un tiempo pre- 
cioso que se va para no volver, llev¿uidose los en- 
cantos; comprendió también que desvanecida con 
las lisonjas no habia pensado en que sus admirado- 
resla abandonarian el dia que llégasela noche déla 
belleza, esa noche que empieza a asomar con sus 
crepúsculos vespertinos desde q ue la mujer cumple 
los treinta años. 

Y entonces le amenaza la soltería con todos 
sus horrores si no tiene otros encantos positivos: 
las riquezas de Virginia atrajeron á su alrededor á 
esos hombres pensadores que buscan en el matri- 
monio el dia de mañana, sin acordarse de que esa 
prosperidad futura ha de traer consigo 1 a exijen- 
cia de soportar á una mujer cuya belleza ya po- 
niente ha de haber desaparecido del todo. 



— 121» — 

V^irginiaeni'á la sazón una mujer hermosa, pe- 
ro con esa hermosura que se despide y que anun- 
cia coniohi ílor de hi tarde que al dia siguiente ha 
de amanecer marchita y que pronto se deshojará. 

Narciso Pimentel y Gustavo Girón eran dos. 
iiombres délos que antes indiqué; buscaban en Vir- ^" 
-íinia á la mujer de hoy sin tener presente el dia 
«k'spues, seguros de que el empleo de su capital no 
les dejaria tiempo para pensaren si las arrugas se 
presentaban demasiado descaradas en el rostro de 
s\i espo!í:i. 

\'ii\uiiii;i aína!);! ;i N;mvim> v se había forjado 
la idea de la felicidad en unirse a él, convencida 
de que la posición desahogada en que lo colorabíi 
sostendría siempre la ilusión de su cariño. 

Ahora se comprenderá el terrible golpe <|ue 
habia sufrido al ver a su futuro en una intriga 
de máscaras con una mujer mas joven y mas her- 
mosa que ella. 

Carmen le dio consejos y quiso convencerla 
<le que acaso la gitana estaría ligada á Xarciso por 
otro vínculo que el del amor, pero Virginia sentía 
en su corazón una inquietud que era mas que des- 
pecho: eran celos fundados. 

Todo el dia lo pasó esperando á Narciso, sin 
formar plan alguno para recibirlo; quería obrar CvS- 
pontáneamente para no engañarse, pues estaba se- 
gura de que el corazón cuando se deja llevar de 
sus impulsos vá siempre adonde debe ir. 



—430— 
A las ocho de la noche entró Pimentel y al 
verlo sintió Virginia que una nube oscurecia sus 
ojos: era la sangre que la ahogaba; apesar de que 
habia llorado mucho, y á su edad las lágrimas de- 
jan una huella fatal en el rostro, el joven nada no- 
tó, indiferente siempre á la cara de las mujeres. 

Virginia apoyó la mano en la mejilla y lo 
miró fijamente, pero él estaba preocupado; trascur- 
ridos algunos segundos, dijo ella: 
— Vienes muy silencioso. 
— Sabes que hablo siempre muy poco. 

— ¿Y pretendes ser diputado? preguntó ella ha- 
ciendo un esfuerzo para aparecer risueña. 

— ¡Diputado! exclamó Narciso creyendo que 
aquellas palabras encerraban una indirecta alusi- 
va á Estela. 

— Sí; ¿no me has dicho que trabajas para conse- 
guirlo? 

— Y creo ahora mas que nunca que lo conseguiré. 
— Eres tan reservado conmigo que nada me 

cuentas; me parece que debias 

— Estos asuntos son poco agradables para las 
mujeres, dijo el joven interrumpiendo la frase. 

— Nada que se refiera á ti puede serme indi- 
ferente. 

— Te agradezco ese interés, al cual correspondo 
como mereces. 

— Sin embargo, no has venido en todo el di a y 
te aguardaba con impaciencin. 



— Me Icviiutc tarde. 

—,; Pasaste mala nocliL-V 

— No: dormí muy bien. 

Cuando Virginia alzo la cabeza para mirar fi- 
jamente á Narciso, sorprendida del descaro con 
([ue mentia, halló los ojo^ de este que la estaban 
observando con demasiada detención. . 

Los dos bajaron los ojos al mismo tiempo no 
})udiendo sostener el choque de sus miradas trai- 
doras. 

La mentira avergüenza «iempre ala conciencia. 

— Se me figura, Narciso, dijo ella, que vienes 
preocupado; noto en tí una vaguedad estraña 

— Puede ser, contestó él sin atreverse todavía á 
mirarla de frente; mi diputación me trae á mal 
traer; los hombres públicos nonos pertenecemos. 

— Es verdad; y los hombres públicos tampoco 
pertenecen á las mujeres; sea porque nos tienen en 
muy poco ó porque la ambición absorve sus sentidos. 

— No diré que la ambiciom; 

— Los hombres públicos debieran optar para no 
hacer víctima de un engaño á la mujer. 

— ¿Optar? preguntó Pimentel con asombro. 

— Sí; las mujeres agradecemos la franqueza y 
preferimos que nos desengañen á tiempo íi ser tor- 
pemente juguetes de un capricho 

— Señora, esclamó Narciso levantándose, ó corre 
mal viento ó algo ha pasado, pues no es usted la 
misma de ayer. 



—432— 

— Lo que vá de ayer a hoy, dijo Virginia pug. 
nando por sonreírse para esconder dos lágrimas 
que le estaban escaldando los párpados. 

— Esa actitud me obliga á pedir á usted una es- 
plicacion. 

— Después que usted satisfaga debidamente mis 
preguntas. 

— Estoy pronto. 

— ¿Adonde fue usted anoche después que salió 
de aquí? 

— A mi casa. 

— ¿Y después? 

— A ninguna parte. 

— ¡Miente usted! 

— ¡Señora! ¡Esto es insoportable! Mañana 

se arrepentirá usted de haberme insultado. A los 
pies de usted. 

Narciso salió precipitadamente, muy conten- 
to al parecer de que el acaso le hubiera proporcio- 
nado la ocasión para una querella con Virginia 
que podía durar algunos días, los bastantes para 
asegurar el triunfo de su candidatura. 

Cuando Virginia se encontró sola tuvo re- 
mordimientos de haberse dejado llevar demasiado 
de los arranques de su genio, pero al recordar la 
escena del teatro se tranquilizó, creyendo que algu- 
nos días de paréntesis le bastarían para averiguar 
el lazo que unía á Narciso con la gitana del baile, 
y en caso de ser una intriga amorosa tomar una 



—433— 
determinación que por violenta que í'iie.se la encon- 
(r.iriíi conveniente. 

Esta manera de discurrir prueba que Virginia 
iiabia pasado de los albores de la juventud: la lóji. 
ca que parece no cabe en el corazón de la mujer 
.sino cuando no amase entroniza apesar suyo cuan- 
do la reflexión llega con la madurez. 

Virginia amaba á Narciso y diezaííuM ;uiie.s ó 
so hubiera precipitado en el baile sobre Estela 6 
hubiera llorado á los pies de su amante para ave- 
riguar el motivo de aquella cita. 

Si el tiempo no fuera inflexible, si no viniera 
á apagar los ardores de la juventud, pasaría en 
balde y la naturaleza no lo ha dispuesto asi. 

La lucha de Virginia con su corazón era mus 
terrible porque no se dejaba arrastrar por su con- 
sejo: la cabeza imperaba ya. 



¡Ah! ¡que triste es la cadena de los años! 



VI. 



La situación de Narciso Pimentel era critica 
en estremo; pugnaba por agarrar con ambas ma- 
nos las dos cosas objetos de su deseo, y no sabia 
como valerse para no sacrificar la ambición en 
aras de la avaricia, ni la avaricia en aras de la am- 
bición. 



—434— 

La lucha, sin embargo, era muy difícil de 
sostener por cuanto estaba basada la realización 
de sus proyectos en el amor de dos mujeres y las 
mujeres, sea cualquiera su condición, no toleran la 
rivalidad. Narciso no conocia el corazón de la mu- 
jer que no habia estudiado ni teórica ni práctica- 
mente y así creia empresa fácil triunfar de las dos; 
sabiendo que las dos le amaban se proponía abu- 
sar de su imperio, como el jugador que dispone de 
dos barajas preparadas de antemano para abusar 
de la confianza de los incautos. 

Su rompimiento con Virginia no tenia para él 
importancia alguna pues viéndola supeditado por 
el dominio que ejercía en su corazón, esperaba que 
pasados algunos días, en los cuales podría él ase- 
gurar su elección por medio de Estela, volvería al 
lado de Virginia que todo lo olvidaría, ignorando 
su traición. 

Aquella noche se estrenaba en el Teatro Real 
un sorprendente baile pantomímico en que debía 
lucir sus piruetas toda la compañía coreográfica. 
El público que acude siempre arrastrado por el 
falso cebo de ese anzuelo de las empresas que lla- 
man carteles llenó el gran coliseo: los gacetilleros 
habían agitado el hómbo para enaltecer las gracias 
de Estela, anunciando maravillas de aquella dei- 
dad pedestre. 

¡Cómo sí valieran el precio de la luneta todos 
los saltos de todas las sílfides del mundo! 



I 



--435- 

En un palco do platea entraron Virginia y 
Carmen; aquella llevaba en el rostro marcada la 
lucha que desde la noche anterior sostenia, pero 
decidida á no dejarse abatir por el golpe ñital que 
habia recibido iba al teatro animada también por 
hu amiga. 

Narciso tenia su butaca cerca del palco; asi es 
que no podia evitar el que sus miradas se encon- 
traran con las de su amante; al ocupar su asiento 
quitóse el sombrero para saludar á Virginia y á 
Carmen, recibiendo por respuesta una inclinación 
de cabeza tan desdeñosa que se alarmó; pero no 
quiso dar á entender que habia comprendido su 
actitud y se puso á recorrer los palcos con los ge- 
melos delante de los ojos; estos, sin embargo, no 
siempre seguían la dirección de aquellos, pues mas 
de una vez por debajo de los cristales miró á Vir- 
ginia, que de reojo también le observaba. — Los dos 
querían engañarse. 

Alzóse el telón y dio principio el espectáculo; 
Narciso quería aparentar que le interesaba la mi- 
mica escénica, pero no podia hacerse superior y de 
vez en cuando volvía la cabeza para mirar al pal- 
co, arrepintiéndose en seguida de su acción pues 
su conciencia lo acusaba de cobardía. Virginia que 
amaba á Narciso no perdía el menor de sus movi- 
mientos y, preciso es decirlo, aquella vacilación de 
Pímentel y sus evoluciones forzadas le halagaban 
porque comprendía que aun habia algo en su cora- 



—436- 
zon; pero el desengaño estaba llamando á las puer- 
tas de su alma. 

Un aplauso prolongado anunció la presenta- 
ción de Estela en las tablas; la sílfide causó sensa- 
ción en el público con su traje demasiado aéreo y 
con sas graciosos movimientos. Narciso fijó en ella 
los ojos para no separarlos mas, pues sabiendo que 
Estela habia de observarlo no queria comprometer 
la diputación que por conducto de ella aguardaba; 
ademas, no pudiendo sospechar que Virginia tu- 
viese noticias de su entrevista con la bailarina, no 
corria peligro en sostener con ella un telégrafo 
traidor. 

Estela y Narciso cambiaron dos miradas de- 
masiado comunicativas. 

El joven fijo enteramente en la escena no vio 
lo que pasaba en el palco. 

Apenas miró Virginia á las tablas una nube 
oscureció su vista; restregóse los ojos y no dando 
crédito á lo que su imaginación le presentaba en 
la figura de Estela se apoderó de una de las manos 
de su amiga Carmen y con voz trémula le dijo: 

— Mira á esa mujer. 

— ¿A cual mujer? 

—A la bailarina. 

— ¡Ah! esclamó Carmen; es ella. 

—Si, dijo Virginia con ira; ya me parecia ano- 
che que liabia visto esa cara otras veces; es la gi- 
tana del baile. 



— 137— 

— Puede ser que nos equivoquemos. 

—No; es ella: repara á Narciso; no le quita los 
ojos. 

—Es verdad. 

— ¡Traidor! ¡mé engaña por una aventurera de 
teatro! ¡Oh! ¡me vengaré! 

— Nos están observando, Virginia. 

— ¿Quó me importa? Ese hombre me hace olvi- 
darlo todo ¿No ves como la aplaude con insis- 
tencia? ¡Ya no nos mira! Ella se sonrio 

para él solo ¡Oh! ¡esto es inicuo! 

Acabo el acto y apenas cayo el telón, Narciso 
se volvió hacia el palco para observar a Virginia, 
no teniendo ya delante á Estela: creia que jugaba 
bien con las dos barajas, sin notar que enseñaba 
sus cartas á Virginia. Esta volvió la cabeza y se 
puso á hablar con su amiga, haciendo esfuerzos 
para sonreírse, pero él entre sí creyó que ella que- 
na engañarlo y atraerlo. 

Narciso entró en el camarín de Estela que lo 
aguardaba impaciente. 

— Se ha hecho usted esperar, señor de Pimentel, 
le dijo retirando la mano que él le pedia en el 
saludo. 

— ¡Oh! me detuvo un amigo importuno 

— Diga usted mas bien que lo detuvieron los 
ojos de cierta dama que tiene cerca esta noche. 

— ¡Qué disparate! eso ya acabó, Estela; le he da- 
do una lección dura esta mañana. 



—438— 

— ¿De veras? 

— Hemos roto de una manera trájica; no admi- 
to las situaciones violentas, y debe usted agrade- 
cerme este paso pues solo por usted 

— No tengo todavia pruebas. * 

— Las tendrá usted. 

— Necesito que no mire usted á esa mujer y que 
el mundo sepa que el matrimonio proyectado se 
ha roto para siempre. 

— El mundo lo sabrá demasiado pronto. 
— No rae basta. 

— ¿Para qué quiere usted que demos un escán- 
dalo? 

—Para convencerme de que soy amada. 
— Puedo asegurarlo. 
— Lo veremos. 

— ¿Y aquella nota? 

— ¿La diputación? Es cosa segura. 

—El tiempo urje. 

— Tengo alas, y con mis alas hago la fortuna de 
las personas que distingo. 

— Entonces descanso en el genio protector que 
ha de llevarme al pináculo. 

— Vá á empezar el acto; cuando concluya el se- 
gundo venga usted á buscarme y me arrancaré las 
alas para dar á usted el brazo. 

~ No faltaré. 

Narciso se volvió al salón con la impaciencia 
que el lector comprenderá. 



—139— 



VII 



Virginia tenia la vista fija en la puerta du 
entrada á las butacas esperando que apareciera 
Narciso Pimentel, pero no por el deseo de verlo si- 
no porque queria gozarse en atormentarlo. 

Y hé aquí el medio de que se habia valido. 

Los lectores saben ya que el diputado Girón 
pretendia á Virginia; esta, ocupada completamen- 
te de Narciso, no habia sospechado la intención de 
aquél y aun habia rechazado con aire de duda al- 
guna sospecha de Pimentel, relativamente al afec- 
to con que el diputado la trataba. 

Todas las miradas se habian fijado aquella 
noche en Gustavo Girón cuando apareció en el 
Teatro Real; la política tiene el privilegio de ab- 
sorverlo, todo y por la tarde el joven diputado se 
habia hecho aplaudir en el Congreso pronuncian- 
do un discurso de oposición que habia puesto en 
grave compromiso la vida del ministerio. 

El nombre de Gustavo llegó á los oídos de 
Virginia y de Carmen que correspondieron á su sa- 
ludo con afabilidad estrema: creyendo él que la o- 
casion era propicia, pues no estaba Narciso en el 
palco, aprovechó el entreacto para visitar á las dos 
señoras; por la mente de Virginia cruzó la idea de 



-440- 
la venganza y desplegó una amabilidad estudiada 
con el joven, que al punto acarició la idea de des" 
bancar á su amigo. 

Varias personas que estaban enteradas de las 
relaciones de Virginia con Narciso, al ver entrar 
á este en la platea le dirigieron bromas sobre la 
actitud de su amante, bromas que lo exaltaron al 
punto. 

No hizo mas que mirar al palco y compren- 
dió que Girón ocupaba de hecho su puesto; la co- 
dicia despertó en su alma la inquietud y avivó ese 
aguijón que cualquiera que no lo hubiese conocido 
hubiera interpretado por celos; pero Narciso no 
podia sentir la pasión de los celos porque no ha- 
bia en su alma ni un átomo de amor; conoció en 
aquel momento el peligro que corria su porvenir y 
se arrepintió de todo corazón de haber jugado con 
la suerte. 

No era posible ya retroceder, y él necesitaba 
á todo trance romper aquel lazo que podia estre- 
charse arrastrándolo á su ruina. 

Su situación era terrible, pues alzado el telón 
apareció Estela dispuesta á observarlo; mirando á 
Virginia perdia su candidatura ya asegurada, y mi- 
rando á Estela perdia un matrimonio brillante; 
sin embargo, como después de recapacitar algunos 
segundos en que no miró á la una ni á la otra hu- 
bo de convencerse que de el matrimonio era mas 
positivo se volvió hacia Virginia para consagrarle 



tocljifí sus miradas; la detcmiinaoion ora tardía 
pues Vir^rinia ya no le miraba y procurando dis- 
traer.se conversaba con el joven diputado, sin f^alKir 
acaso lo que le decía, sin comprender que el mun- 
do la estaba observando y que corria gran jleligro 
en dejarse llevar t;m Icios ñor nji csnírifn de ven- 
ganza. 

Gustavo aproveciiaba ios nioiiieiitos do aque- 
lla crisis, cuya causa conocia demasiado, y preten- 
diendo arrancar una prenda al despecbo de aque- 
lla mujer la estrecbaba, prodigándole frases apasio- 
nadas, que ella no oia aunque al parecer las escu- 
cbaba con cierta fruición. 

Por su parte ^Estela bailaba dejando á su» 
pies que hicieran proezas, pero en su rostro estaba 
pintada la cólera al ver á aquel hombre que hacia 
un cuarto de hora le habia jurado su adhesión, 
vuelto á su rival, olvidando su promesa. 

Virginia y Estela no se miraban; Narciso sal- 
taba en su asiento y unas veces se volvia al esce- 
nario con ira y otras al palco con inquietud. 

La hora que tardó el acto en concluirse fué 
un siglo para los tres; solo Gustavo hubiera queri- 
do prolongarlo. 

Al caer el telón, Virginia sin saber ya lo que 
hacia se apoderó del brazo del diputado y salieron. 

Narciso como un loco se lanzó á los pasillos 
dispuesto á atropellar á Gustavo y á insultar á su 
amante, pero al verlos llegar muy ocupados uno 

5G 



-442- 

de otro recobró la razón su imperio y se propuso 
dejarlos pasar sin hacerles caso. 

Virginia se sonrió forzadamente y le dijo con 
aire de confianza. 
— AdioSj Pimentel. 

El diputado le apretó la mano al paso y sin 
mirarlo anadió: 
— Adiós, querido. 

Aquellos saludos encerraban dos sarcasmos 
sangrientos que clavaron un puñal en el alma del 
hombre ambicioso que veia desvanecerse, por esce- 
so de ambición, una esperanza casi realizada. 

Quedóse í^iarciso clavado en el sitio sin repa- 
rar que toda la concurrencia habia abandonado ya 
el coliseo; reconcentróse un momento en sí y com- 
prendiendo que el mal podia remediarse poniendo 
algo de su parte, se acordó de Estela que estaria 
quitándose las alas para esperarlo; dirijióse al es- 
cenario y al llegar á la puerta del camarin salió 
ella dando el brazo á un hombre: este hombre era 
el diputado Girón. 

Estela pasó por delante de el sin mirarlo y 
Gustavo le cojió otra vez al paso la mano y con el 
mismo tono le dijo: 

—¡Hola querido! ¿aqui también? 

Los ojos de ísarciso echaron fuego y no pu- 
diendo contenerse siguió á Gustavo y á Estela á 
alguna distancia. 

Al entrar ella en el carruaje estaba Narciso 



—^143— 
(le pié en la puerta de la Plaza de Isalxíl Segunda 
y al verlo apretó la mano de Girón, diciéndole con 
risa satírica: 

— Abrigúese usted, amigo mió, que los aires co- 
lados no son apropó.sito para los plantones. 

Apenas echó á andar el coche, Narciso mas ir- 
ritado todavía con la burla de Estela detuvo al di- 
putado, dicióndole: 

— ¿Ha creído usted por \-('iitiir;i .m-' dikmim Imi'- 
larse de mí impunement' 

— ¿Burlarme yo, querido? 

— Parece que lo intenta usted, y le advierto 

— Amigo mío, Estela tiene razón; con este gris 
que sopla no es conveniente ajustar cuentas al ai- 
re libre. Ya sabe usted donde vivo: buenas noches. 
Y sin dar tiempo i'i Narciso para responder, 
embozándose en la capa, apretó el paso por la ca- 
lle del Arenal. 



VIII. 

Cuando Virginia entró en su casa desahogó 
su corazón que había hecho esfuerzos sobrenatura- 
les para vencer en el combate que había sostenido; 
la victoria obtenida la compraba á caro precio, 
pues Narciso era su primer amor; habin jugado 



—444— 
con las pasiones sin ver que el tiempo pasaba, y 
cuando se encontró aprisionada ya la frescura de 
su cutis empezaba á marchitarse; ia noche que pa- 
só en una agitación continua le hizo comprender 
que necesitaba tomar una determinación violenta 
y muy temprano fué á casa de su amiga Carmen á 
comunicarle su idea. 

También Narciso se desveló, pero no era el 
amor el que le robaba el sueno sino la pérdida de 
su porvenir; formó mil proyectos, escribió cien car- 
tas á Virginia pidiéndole perdón, pero las rompió 
por no parecerle bastante espresivas. Por último á 
las dos de la tarde, después de mil vacilaciones, se 
vistió y fué á casa de su amante. 

Al llegar á la meseta de la escalera tropezó 
con un hombre que tiraba del cordón de la cam- 
panilla. 

Los dos se miraron y sin hablarse dieron á 
entender que se estorbaban mutuamente. 

— Está escrito, dijo Girón, porque era él, que he- 
mos de encontrarnos. 

— Uno de los dos sobra, caballero, esclamó Nar- 
ciso con entonación dramática. 

— Ahora entremos, contestó el diputado, pues he 
aquí al lacayo que nos abre la puerta; los dos ca- 
bemos en la sala. 

— ¿Buscan ustedes á la señora? preguntó el do- 
méstico cerrándoles el paso. 

—Si, repusieron los dos. 



—445— 

— La seCora hace una hora que marchó a 
Francia en una silla de posta. 

El lacayo cerró la puerta y los dos jóvenes se 
(juedaron mirándose uno á otro, convertidos en es- 
tatuas; vueltos de su estupor bajaron la escalera y 
sin hablarse tomaron la calle en distinta dirección. 

Al llegar á su casa Narciso se dejó caer en un 
.sillón, aterrado; un instante después entró el cria- 
do ii darle una carta; cojiólacon ansiedad, creyen- 
do que seria de Virginia: la carta decia lo si- 
guiente: 

"Apesar de todo conozco que amo á usted y 
me decido á escribirle; la protección que quise 
dispensarle me ha malquistado con mi celoso pro- 
tector; pierde usted su candidatura y yo el favor 
de un hombre que me colmaba de riquezas; pero 
no importa: nuestro amor nos compensará de este 
contratiempo. Soy generosa y espero que venga 
usted á probarme que no era el interés el móvil 
de su pasión. De usted afectisima — Estela," 

Narciso hizo pedazos la carta y en su furor se 
mesó los cabellos: por su ambición habia perdido 
un brillante matrimonio, no consiguiendo elevarse: 
la conquista de una mujer era para 61 una cosa 
despreciable. 



446- 



IX. 



La felicidad no es un problema que puede el 
hombre resolver: solo la Providencia sabe despe- 
jar esa incógnita. 

Virginia habia desperdiciado los tesoros de su 
juventud y no poseyendo mas que un tesoro posi- 
tivo se convenció de que solo él era el cebo que ar- 
rastraba á los hombres á pretenderla; asi prefirió 
ahogar sus impresiones y hacer pedazos su cora- 
zón antes que enlazarse con un hombre ambicioso 
y avaro que la amenazaba con la desventura. 

Narciso justificó aquel refrán español tan co- 
nocido: la codicia rompe el saco. 

La felicidad no es un problema, pero puede 
ser un enigma con cuya clave se tropieza á fuerza 
de tacto y de estudio. 



( 



EPÍLOGO. 



Efitamop en el año de 1870, 

Si alguno de mis lectores cree que sueño no 
irá muy descaminado. 

Aunque bien puedo llevar- al lector á una 
época futura como otros autores lo llevan á épo- 
cas pasadas: este derecho nadie se atreverá á dis- 
putármelo. 

Lo mismo que el escritor se ocupa de fechas 
que no vio debe ocuparse de épocas que acaso no 
verá. 

Desde octubre de 1858 en que escribo estas 
líneas á octubre de 1870 de que habla este epilo- 
go han corrido ó correrán doce años. 

Y en esos doce años ¡cuantas cosas han (ó ha- 
brán) pasado! 

Por lo pronto el autor de este libro tiene la 
debilidad de confesar que se alegrará mucho de 
no haber jtasaxJo para poder rectificar lo que de 

57 



—450-- 
entonces y para entonces escribe; pero ¿quién sabe 
en doce años cuantas ocasiones habrá tenido de 
morirse, aunque nunca por su gusto? 
Supongamos que se haya casado. 
Y aquí es prudente advertir que el autor es 
soltero, lo cual á nadie interesa mas que á él. Así 
como Bertoldo debiendo elegir árbol para que lo 
ahorcasen siguió viviendo porque ninguno le pa- 
reció apropósito, así el autor sigue en soltería 
porque no ha encontrado todavía la mujer apy^o- 
jpósito. 

Esto lo escribe en octubre de 1858 y liasta 
octubre de 1870 han de transcurrir doce años; 
quizas para entonces habrá encontrado la muger 
donde ahorcarse...... 

Rectifico: quizas para entonces habrá encou- 

trado el árbol donde casarse 

El lector rectificará; en estos asuntos nunca 
el hombre sabe lo que dice. 

No sé si estoy dormido ó despierto; pero el 
caso es que estamos en 1870. 

Doce años hace que escribí un libro con la 
simple idea de buscar el tipo de la felicidad; ver- 
dad es que no lo encontré y que después de haber 
llenado alguí.os centenares de cuartillas de papel 
con ese objeto vi que habia perdido el tiempo; pe- 
ro hoy reconozco mi error y haría cualquier siicri- 
ficío por volver á aquel tiempo en que todavía en 
mi cabeza bullian ideas ardorosas. 



-451— 

En doce anos ha cambiado la faz del mundo, 
sobre todo para el que encuentra su cabeza nevada 
y calmados los arrebatos de la sangre. 

Acaso el mundo no haya cambiado sino yo; 
pero la hu!n:Hi¡dn<l n<> (inicn* convencerse de este 
misterio. 

En 1870 ya se lia descubierto el tipo de la 
felicidad: hemos avanzado mucho en doce anos; 
navegamos en globos como ayer en vapores, y 
hemos descubierto la piedra filosofal y hallado la 
cuadratura del círculo: ¿que no es dado al tiempo 
y sobre todo á la constancia del hombre? Pero 
esto no hace al caso: recuerdo que en mi libro 
abandoné á los personajes que en él figuraban, de- 
jando á unos en el colmo de la felicidad y a otros 
luchando con su infortunio. 

Algunos dormían ya el sueno de los justos, y 
para estos si que no alcanza esa vara májica que 
lleva en su mano el novelista. Puedo como Caglios- 
tro alargar la vida de los seres que creé, pero no 
puedo decir á los muertos: ^'¿Lázaro, levántate?" 

Doce años son una eternidad, y como el mun- 
do y en el mundo los hombres han dado tantas 
vueltas, ya no me ha sido posible buscar en la Ha- 
bana á aquellos amigos que me contaron las seis 
historias; pero me he puesto en comunicación con 
ellos. 

lié aquí, pues, lo que he sabido de mis per- 
sonajes. 



—452— 



II 



No hace muchos dias que fui al paradero del 
ferro-carril á esperar á un amigo que debia hos- 
pedarse en mi casa, y al llegar el tren me dieron 
un abrazo: no era la persona que esperaba, pero 
tuve gran contento al reconocer á Rafael Guzman, 
aquel gacetillero que mis lectores conocen. Su tra- 
ge no era el mismo, pues vestia un flux de lienzo 
no muy limpio; llevaba gafas azules y un enorme 
sombrero de dudosa jipijapa. 

— jCuánto me alegro de verte! me dijo; hace al- 
gunos años que vivo retirado: desde que dejé el pe- 
riodismo para casarme. 

— ¡Hola! ¿te has casado? 

— Por supuesto. 

— ¿Y las letras? 

— ¡Ay, amigo mió! las letras están muy en 
baja, pues solo las de cambio dan de comer; an- 
dando siempre á caza de sucesos tropecé con una 
prójima que me cojió en el garlito; pero como el 
amor cuando dejenera en matrimonio tiene un 
presupuesto diario que no pueden cubrir las gaceti- 
llas, me busqué la vida de un modo mas positivo. 



— ¿Quu hacen uhoraV 

— Estoy (le adininistrudiM tío im in^i^fnio en 
Güira de Melena donde me dan lo nece.sario para 
mantener á mi mujer y á ocho hijos con (juo la 
naturaleza me ha empohrecido. 

— ¡Cáspita! mucho dá la esplotacion de ese in- 
genio ajeno. 

— Mas que la esplotacion de mi ingenio propio. 

—Me alegro. Y apropósito: ¿por donde anda tu 
amigo Barreda? 

— ¡Oh! ¡es un monstruo do íortuua! al ano de 
haberse casado murió Mr. Payne dejando una 
fortuna fabulosa; tuvo un hijo que costó la vida 
á la pobre Emma, y en seguida realizó la herencia; 
hoy lo tienes en Madrid arrastrando trenes y des- 
lumhrando a los cortesanos con el fruto de los su- 
dores del senador. 

— ¿Quién le habia de decir que un advenedizo 
disírutaria el producto de sus desvelos'!' 

— Esa es la vida. 

—¿Será muy dichoso? 

— Es mas infeliz que cuando daba lecciones de 
piano; figúrate que no bastándole los goces de la 
riqueza se entregó en cuerpo y alma á la política: 
es diputado y ahora se le antoja creer que el sue- 
ño de la felicidad consiste en ser ministro. 

— ¡Qué necio! 

— De manera que la felicidad para él no existe. 

—¿Y para ti? 



—454- 
— Vivo en un rincón y como no deseo mas que 
educar á mis hijos, mientras tenga con que man- 
tenerlos estoy contento. 

— Me alegraré de tus prosperidades. 
— Adiós. 

Y nos dimos un abrazo para no volver á ver- 
nos quizas en muchos años. 



III. 



Peña es constante: continúa haciendo viajes 
para distraerse. Hé aquí la carta que me escribió 
desde Constantinopla: 

"Amigo mió: me aburro de que el mundo sea 
tan pequeño, pues quisiera tener mas espacio que 
recorrer para darme gusto; contesto á la carta de 
usted que recibí al año de escrita, pues ha venido 
siguiéndome sin poder darme alcance hasta hoy. 

"¿Quiere usted saber que es de mi vida? Sigo 
parodiando al Judio errante; en mi compañía 
viene Julián de Figueroa, á quien no consigo ar- 
rancar su melancolia, pero es un compañero esce- 
lente, sobre todo de dia, pues de noche se embria- 
ga para dormir. Tiene una constitución de hier- 
ro; ha engordado, apesar del abuso que hace de las 



— 155— 
bebidas espirituosas, fuiicsis [iii Ir proporcionan 
t'l sueño. 

"En Madrid lo encontró cuando recibió la no- 
ticia de la muerte de Mercedes, y fuimos juntos á 
Andalucia. ¡Desgraciada! el pueblo la lloró con 
justicia. En vano trataria de pintar á usted la deses- 
peración de Julián cuando supo la vida de priva- 
ciones y de virtudes que habia llevado la mu- 
jer que todavía amaba; cuando leyó el diario que 
ella le habia óonsagrado, tan lleno de amor y de 
abnegación, creí que se volvia loco; mi amistad ha 
influido mucho para salvarlo. 

"Esta dura lección me hace huir de las mu- 
jeres: asi es que no paso un mes en ninguna ciu- 
dad. 

"El carruaje me espera: me voy no sé á don- 
de, pero necesito seguir andando. — Adiós." 



IV 



Calderón ya no es capitán, pero es siempre 
el mismo Calderón; regresó á España, y allí laa 
revueltas y doce años mas de servicios le han he. 
cho pescar el grado de coronel; pero esconde lo» 
tres galones y se tiue algunos pelos canos que lo 



—456— 
atormentan para deslizarse por cualquier salón 
vergonzante que le ofrezca emociones baratas y 
conquistas fáciles. 

Calderón no debía haber pasado de capitán 
pues nació para llevar las dos charreteras; las 
exijencias de los tres galones no se prestan á su 
carácter vivo. 

Cuando le escribí preguntándole por Tula me 
contestó con esta lacónica frase: 

"Tula murió para el mundo por demasiado 
vivir en él." 



¿Qué puedo decir al lector de Rosario? Los 
periódicos de Europa están llenos de elogios de su 
indisputable mérito; ha recorrido el mundo, aco- 
piando riquezas y laureles, no habiéndola des- 
tronado otros muchos astros que desde 1858 han 
aparecido en la esfera del arte. 

¿Y Adolfo de Mendoza? oigo preguntar á mas 
de una lectora. ¡Ah! solo contesto con estas pala- 
bras: ¡han pasado doce años! 

ün mes hará que fondeó en este puerto una 
íragata de guerra; su comandante era el capitán 



— lóT— 

(!»• iiiiViu Uoli ;\iUmi>o L'lloíi; lni.> \ iiiin.-< \ no.-* ha- 

blaiiioH: al recordar i'i Rosario le hice la inisiim 
pregunta de mis lectoras: 

— ¿Y Adolfo (ie Mendoza? 

— A muertos y á idos, me contestó con un poe- 
ta, no hay te ni pasión. 

— ¿Es posible'' 

— Sí: el año pasado estuvo Roslirio en España 
y la oí en el teatro de Cádiz; se conserva muy 
hermosa; al verme tendió la mano con una sonri- 
za que rne heló el corazón; iba á recordarle la tris- 
te historia de Barcelona, pero vi llegar á un joven 
rubio, buen mozo, que le habló con una laniilia- 
ridad 

—"¿Su amanteV 

— La crónica me aseguró que no era el primero. 

— ¡Qué infame! 

— Está escrito así, amigo mió; ella creyó que 
la felicidad habia muerto para su corazón, y ahora 
se desquita del tiempo que desperdició consagrada 
á un dolor que hoy juzgará inútil. 

— ¿De manera que canta otra vez con entusiasmo? 

— Por supuesto. 

Y hablamos en seguida de varias cusasj que 
no nos interesaban, ni tumpocíé-al lector. 



•45S-- 



VI. 



El licenciado Tellez está rico, muy rico; doce 
años mas de revolver el foro han llenado su gabeta; 
está fomentando un ingenio con su antiguo cliente 
Federico Rosales, que heredó á don Antonio 
Ortega. 

Federico y Belén son felices, muy felices; á 
lo menos asi lo dicen y hay que creerlos bajo su 
palabra. # 



VII 



Virginia se retiró de la sociedad hace algunos 
años; tiene la cabeza blanca; Narciso Pimentel 
cuando la encuentra al salir de las cuarenta ho- 
ras vuelve la cabeza para no verla y siente un es- 
calofrió desagradable, recordando que si se hubie- 
ra casado con ella hoy tendría que lucir esa anti- 
güedad repugnante; asi se consuela del contra- 
tiempo que esperimentó. 



—459— 

lia vida de Pimentel es la misma: sigue ar- 
rastrando una existencia inverosímil; no ha sido 
diputado, pero vive sobre el pais. 

En cambio Gustavo Girón es ministro y se- 
nador. 

Estela ya no baila pues pesa ocho arrobas; 
las alas de la silfide cayeron al peso de los años y 
de una vida demasiado ajitada; hoy vive de re- 
cuerdos: es una silfide jubilada. 

El poderoso comerciante don Serapio murió 
de apoplejía: Pimentel no se cambia hoy por don 
Serapio. ¡Lo que va de ayer A hoy! 



VIH 



¿Cuál es, pues, el tipo de la felicidad? 

Preguntaré con Rousseau: "¿En donde está la 
felicidad? ¿quién lo sabe? — Todos la buscan y na- 
die la encuentra.— Se gasta la vida en perseguirla." 

De Lépine dice que para conquistar la feli- 
cidad, manzana de oro del jardin relijioso de las 
Hespérides modernas, necesita el hombre de la fé, 
la esperanza y la caridad. 

La fé para escapar ú la duda; la esperanza 



-460— 
para desterrar el fastidio, y la caridad para evitar 
el egoi.smo: esos son los tres gusanos roedores de 
la humanidad. 

Fé en lo pasado, caridad en lo presente, es- 
peranza en lo porvenir: hé aquí las columnas del 
templo de la felicidad humana: sobre el altar se 
encuentran tres estatuas que deben honrarse: ¡la 
de la Naturaleza, la de la Humanidad, la de Dios! 

No busques, lector, el tipo de la felicidad; la 
felicidad se encierra en lo inesperado, pero es in- 
finita. 

La felicidad es un pájaro de bellos colores 
que tiende el vuelo cuando se cree que se va á to- 
car; el que mas consigue arranca algunas plumas 
de sus pintadas alas, pero el pájaro se va 

La felicidad es una estrella tras la cual ca- 
minamos todos, pero como está muy lejos solo 
vemos su luz. 



FIN. 



F£ DE ERRATAS . 



PAUINA 



UR'K. 



LEASB. 



11 


2 


permitia 


permitian 


57 


4y5 


amiinecer 


anochecer 


87 


19 


Hu cuarto 


mi cuarto 


180 


4 


sembrarán 


sembrareis 


191 


13 


formaban 


formabais. 


199 


20 


la carta 


las cartas 


280 ■ 


11 


conoce ral 


conocer al 


310 


última 


olma. 


polaca. 


312 


13 


brazo 


su brazo. 


313 


1 


mi vez 


—A mi vez 


Id. 


( 


necesito 


necesito; 


324 


1 


ligado 


ligada. 


347 


• 20 


,carino 


cariño, 


352 


7 


insomio 


insomnio 


372 


16 


seria inútil 


serian inútiles 


375 


16 


este 


aquel 


394 


8 


destruyendo 


destruyeron 


434 


13 


supeditado 


supeditada 


440 


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